aLfreDo trifF
Ángel Velázquez. Agradezco que separes un tiempo para esta entrevista informal y algo humorística, para tumiamiblog. Eres cubano, historiador, escritor y te interesa el pensamiento en general y la filosofía en particular. Te veo como una figura proteica. Alguien que mueve fichas y convoca y tiene algo importante que decir. Aprecio que haces todo esto con una dosis de humor que no nunca llega al choteo.
¿Cuántos libros has publicado? Y para futuros escritores interesados ¿cuál es tu receta?
Más de una docena de libros. Y me sorprendo anonadado a cada rato del hecho, porque cuando miro hacia atrás en el tiempo (unos diez años) la memoria no es capaz detectar y asimilar cuándo y cómo pudo acceder a tal acto de publicaciones. De pronto, te parece mentira, un sueño pesimista, nihilista, te invade. Te responde: ¡no es verdad! Pero estas son las maravillas raras de la mente humana: crear olvidos y espacios silentes para una existencia renovada. La técnica para lograr una existencia renovada de escritor de largo alcance, perdurable, la podemos conquistar a través de un ejercicio intelectual publicitado por Paul Valéry desde sus comienzos como escritor. Siguiendo a Nietzsche, Valéry se impuso un método de escritura sacado del proceder ascetológico. Durante casi 50 años escribió disciplinadamente, todos los días en la mañana, para sus cuadernos de apuntes. Si tendríamos que definir ahora en qué consiste la existencia de una técnica para escritura y escritor no hay mejores ejemplos empíricos y fenoménicos que los ejercicios realizados por Valéry en los Cahiers.
¿De dónde sacas tanta energía, del ego?
El ego es nuestra fuente, constituye nuestra fuerza como existencia. Es nuestra libertad sobre el dominio del poder. Para el sexo, el ego es la base. Un mal entendido ha emponzoñado este carácter de por siglos. Uno de los grandes anhelos intelectuales de Nietzsche era desvolver a la humanidad, a contrapelo del dominio del cristianismo, la naturaleza del egoísmo. Ayn Rand tomó nota de eso y escribió para la libertad de América dos de las novelas más importantes de la década de 1950: El Manantial y La rebelión de Atlas. Las razones por las cuales en esta última producción literaria la novelista de origen ruso se pregunta insistentemente quién es John Galt no ha sido dilucidada. El ego es energía, metáfora de la vida perspetivesca. De ahí saco mis perspectivas….
Te considero un disidente de la ortodoxia. Sin embargo, le apuestas a la cubanía. ¿Qué es la “Convención de la Cubanidad II?”
Apuesto por la cubanidad como herencia. La cubanía es una forma de dominación (engendro ideológico del totalitarismo cubano). Los intelectuales cubanos no están a tono con respecto a esta dicotomía. Si lo analizas a fondo, "cubanía" no expresa continuidad, renovación, traslado. La cubanidad, a pesar de la impronta positivista de sus originarios posee una dinámica intrínseca. Cuba-nidad significa –y sigo aquí las imposturas de Heidegger– un nido del ser para la herencia. Esto hacía falta entenderlo en el exilio y la diáspora cubana. De ahí la idea de la Convención. Necesitamos reunirnos para para saber hasta dónde la cultura cubana se extiende y se ramifica desde sus postulados originarios. Nadie se ha preguntado en qué consiste el Monte Daisen cubano. Arrojados ahí, en medio del desdén de lo abierto, somos hasta cierto punto una convención fuera de Cuba. Convención significa un estado de conservación por naturaleza hereditaria…
Eres Nietzscheano. Cultivas una idiosincrasia del ego. Pero ¡qué ego con el ego! ¿Eres egoísta, filosóficamente hablando? Me refiero a esa tradición germano-inglesa, desde Fichte y Adam Smith del egoísta que busca su interés prudentemente.
No soy nietzscheano, soy el heredero postrero de Nietzsche (risas). Por eso cultivo la idiosincrasia del ego. Me remonto a las ideas de un egotista caviar como Max Stirner. En 1844 escribió El único y su propiedad, contra las ideas de los Jóvenes hegelianos. Para las ideas individualistas de Stirner el socialismo utópico y científico de la época era intolerable. Entendió que la producción de bienes y de consumo, antes de pasar por la sociedad y la cultura, debía ser procesado primero por la fisiología humana. En eso consiste la inteligencia –y prudencia del ego. Fichte habla de un yo trascedente, Smith de un yo invisible, Steiner se refiere a un yo hedónico, casi literario, que desea probar todo lo consumible antes de procesarlo fisiológicamente. Aquí nos topamos con una herencia cubana, que Lezama Lima lleva a cabo como experimento literario en Paradiso. El ego sigue siendo nuestra necesidad, aunque lo confundan con la manía de grandeza…
Eres dado a lanzar léxicos excéntricos como “Ego de Kaska”. Hasta tienes un “Eka TV”. ¿Cuál es tu fascinación con la “K”?
Estoy siempre fuera del centro. Y hay una historia antiquísima de la excentricidad. La primera secesión cultural, sobre el origen de la alta cultura (que la literatura demuestra en sus primeros alegatos), es tan babilónica como latinoamericana. Es una tendencia casi humana ir, por idiosincrasia, hacia el centro. Buda era centrista, Zaratustra no. Salomón es centrista. La "C" marca nuestra tendencia simbólica actual. Kafka se dio cuenta de ese egocentrismo de la literatura moderna y decidió crear el universo "K". El universo kafkiano es, en nuestra pobre opinión, exegocentrista. Musil crea con el hombre sin atributos una kakiana, un exegocentrismo epistemológico, una ciudad para ser la literatura. La alta cultura, según Helmuth Plessner, es sensible a esa forma de vida ex. Intuyo la "K", no como universo del absurdo, sino como fenomenología real. La "K" nos distingue: es la entelequia del socialismo real (risas).
Le dedicas mucho tiempo a la cultura y apadrinas lo que llamas “Instituto Cubano de Ciencias Culturales de la Diáspora”. Brevemente, ¿qué es la cultura cubana?
Te asombrarás. La cultura no existe sino después de mí (risas). Estuve leyendo hace un par de días al poeta José Manuel Poveda, releyendo sus Versos Precursores, la sección Nietzscheana. Me topé con un símbolo, "casa". La cultura es una casa simbólica, un arjé. Y como intuye Bachelard, un espacio. Allí donde hayamos la construcción simbólica de un espacio para guarecernos e inmunizarnos de la desazón humana hay cultura. Fernando Ortiz desvió su investigación sobre la cultura cubana. Fue demasiado positivista, produjo enormes libros, tematizó sobre la historia de la transculturación, pero dijo, en cambio, algo excepcional: la cultura es como un catauro, un contenedor. Nadie de los cubanos hasta ahora ha enfocado la cultura desde este ángulo.
Tienes un acercamiento con Franz Kafka. ¿Hay alguna relación entre Kafka y “kasca”?
La correlación es intuitiva. Más arriba aduje ciertos pormenores. Kaska es una intuición de nuestro poderío como ser circense (de alguien que busca cierto equilibro en la vida). En mis años universitarios fui atleta de campo y pista, corredor de velocidad, de 100 y 200 metros planos, eventos que combinaba con el arte de la disidencia existencial. Experimenté entonces que la fuerza podía relacionar simétricamente dos universos, el de la intuición genética del cuerpo y la del intelecto. Todavía mantengo esa intuición acrobática…
Has discutido el tema de "la acrobacia". ¿A qué te refieres: cabriola, gimnasia... circo?
Todo junto, como metáfora. Ni para la muerte, ni para la resurrección, ni para la trascendencia, el hombre es un ser para la acrobacia. Hay una historia sobre Alcibíades, el héroe griego, que relata sus habilidades como funámbulo: la capacidad de poder caminar por encima de la ciudad sin caer al suelo. Es el descubrimiento del Gay saber de Nietzsche. El prólogo de Así habló Zaratustra comienza con una escena acrobática del funámbulo, que muere al caer de la altura por falta de un entrenamiento riguroso. No pudo sobrepasar el peligro y abismo se le hizo falta. Kafka, siguiendo a Nietzsche, tuvo la intuición de democratizar el espíritu del espectáculo circense a través de la metáfora del hambre. "Hay hambre", nos cuenta Kafka en toda su obra: hambre de reconocimiento, de poder, de violencia, de deseos y de figurar en forma de acrobacia. Después el dadaísta Hugo Ball, siguiendo estas tentativas, implemento en su Cabaret Voltaire esa actitud crítica acrobática ahora como laperformance. Los que han hablado de la cultura del espectáculo no saben lo que dicen (risas).
Me parece muy interesante lo que has hecho con la edición de Alberto Lamar Schweyer, que prologaste para Ediciones Exodus. Cuéntanos de eso.
En estos momentos trabajo para una edición de su libro La palabra de Zaratustra. De Alberto Lamar Schweyer hemos reeditados dos libros: Biología de la democracia y Las rutas paralelas. Es un autor olvidado y proscrito por la tendencia literaria predomínate de la cultura cubana. Por qué, hay mucho criterio. Se le acusa de fascista, neo darwinista, anti-positivista, anti-marxista, anti-democrático. Yo que he leído una gran parte de su obra ensayística sospecho sobre un perjuicio que nos colma en la actualidad: la muerte de Dios y la del superhombre. Vio algo que no hemos visto sobre la cultura cubana: el ser cubano es una lucha para la herencia y para tener herencia.
¿Cuáles son tus próximos planes?
Seguir trabajando en pos de los desafíos de Ego de Kaska. Ser mejor acróbata del hambre. El deseo infinito de promover a los artistas y escritores del exilio y la diáspora y de publicar pronto tres libros, dos de ensayos y una novela de 700 paginas (risas). Estoy enfrascado en estos momentos escribiendo un libro para festejar la memoria del Alberto Lamar: Herencia: una heterotopía contra el pecado hereditario.
lunes, 3 de junio de 2019
miércoles, 29 de mayo de 2019
Salvador Lew EPD
Salvador Lew (Lewinowicz) fue toda una institución en la Cuba republicana y después en el exilio, como pionero de la radio de Miami (fue fundador de La Cubanísima WQBA).
Abogado y cronista de memoria asombrosa, Salvador era un cubano de la vieja escuela: culto, afable y generoso. Exiliado durante el gobierno de Batista, Lew regresa a Cuba el 6 de enero de 1959 y se encuentra con una sorpresa que no anticipaba. No tuvo más remedio que largarse de nuevo en 1961. Recomendamos esta entrevista con el periodista Pedro Corzo sobre los recuerdos de Lew, de esos primeros años de la revolución 59-61.... en camino inexorable al comunismo.
martes, 28 de mayo de 2019
Un lagarto en la goma de mi auto
aLfreDo tRifF
La mente alza el vuelo y las cosas se miran entre sí. Unas ven y otras no. Las cosas tienen su misterio, como cuando tropezamos cara a cara con lo desemejante (lo raro del misterio es que se hace familiar). Se enfrenta con un perfil escamoso y parafilético y sobreviene la antipatía que se tiene contra algo sin saberse.
La mirada jurásica viene capciosa y mimética –desde la goma de mi auto, sincera y escueta frialdad. Mirada tan directa que demuda, vigilancia extravagante, ojo a ojo.
Atrevido lagarto que se aventura en la tierra de los gatos.
Por primera vez en mucho tiempo presiento que alguien no disimula. “Soy...” se inquiere en dos direcciones. Seguimos absortos con el universo a las espaldas. Él y yo. Los ojos del lagarto juegan con el latido de la luz, juego que acoteja el hueco del chance.
Un felino entra en escena y se interpone entre los dos. Luego sigue su camino. No el reptil, que ha estado tan cerca del zarpazo, pero nadie podrá verlo (no se mata lo inerme). El gato pausa, se le acerca y casi lo toca con su aliento. Gato receloso, mesurado, sagaz.
¿Lo ve? ¿lo nota? Cada segundo es el pulso de la nada. La presa se petrifica en sí misma. Admiro esa ofidia platitud frente a la faz de la muerte. El reptil deviene fragmento basáltico frígido; hasta su miedo ha muerto.
El felino se replega y el lagarto no se inmuta, excepto su ojo antediluviano, que sigue el movimiento del carnívoro hasta la misma esquina de su cuenca. Ojo a ojo dentro del universo.
Las cosas vuelven a su rumbo refractario y en su perspectiva entran las doce del día, un cielo sin nubes y un sol que raja las piedras.
sábado, 11 de mayo de 2019
"GIZA", el último readymade
aLfreDo tRifF
Una pregunta capciosa, ¿fue (el orinal de Duchamp) arte antes de ser "Fuente"?
No, rotundo.
Lo que lo hace arte es una investidura (una simple firma, en este caso).
Pero todo lo que se firma no es arte. Y no siempre la firma del artista produce arte. Puede firmar un cheque. La firma debe acompañar un hacer específico, dirigido a un objeto en particular. Debe tener intencionalidad, sí, pero la intencionalidad no es algo visible. El vestigio de intencionalidad de "Fuente" es la firma: "R. Mutt", que no es el nombre de Duchamp, sino la marca misma del orinal.
Duchamp ha falsificado la firma de otro y la intencionalidad por tanto apunta al vacío. Vericueto conceptual que para 1917 es todo un acontecimiento. Definamos este punto de intencionalidad vacía como el paradigma del ready-made duchampiano.
Generalicemos ahora: Imaginemos a un artista conceptual internacionalmente conocido. Su próxima obra se titulará "Giza". Consiste en concebir la esencia de la pirámide de Giza.
Recuerden, no se trata de la pirámide real (en Egipto), ni siquiera una foto de la misma, como la de arriba, que usamos ahora como ilustración.
¿Podría venderse?
Ciertamente, tal y como se vende cualquier idea.
¿Podría coleccionarse? Ejem, algo complicado.
Nuestro artista desea explorar lo esencial sin más ayuda que la idea en sí. Busca eso sin lo cual, "Giza" no puede dejar de ser lo que es: el sustrato mismo de la cosa, que no tiene que ser la pirámide que lleva ese nombre -el nombre no es lo fundamental, la pirámide pudo haber tenido otro nombre ("Eiptis", por ejemplo, solo que fue renombrada "Giza" por el faraón siguiente).
Imaginemos a Giza con solo tres pisos y la construcción se paraliza. ¿Habría "Giza" entonces? El arquitecto tiene una idea de Giza, no ejecutada (lo cual no implica que la pirámide sea una mera copia de la idea). Ahora tenemos un punto difícil: la posibilidad que el arquitecto de Giza tuviese la idea de Giza simplemente porque "Giza" siempre existió.
La esencia de Giza deviniendo "Giza" no consiste en solo pensarla. Veamos, desde el punto de vista ideacional, Giza puede pensarse por más de una persona. ¿Hay alguien que sea dueño de la idea de la figura geométrica de la pirámide?
Hipotéticamente hablando, "Giza" está más allá de la manifestación de Giza.
Hay algo aparentemente absurdo en todo esto: "Giza" es coextensiva con cualquier posibilidad o no de manifestación. Aún más problemático, ¿cómo es posible que el pensamiento pueda aprehender la emergencia de tal manifestación sin ser manifestada?
Para llevarlo al límite, "Giza" y "pirámide" no son porque hayan sido pensadas por alguien. Existen en sí mismas, inpensadas o en potencia, en tanto que posibilidad de ser pensadas.
¿Y si no son pensadas nunca?
Disculpen, en todo esto hay una "cañona". Lo que descubrimos mediante el ejercicio metódico es que "Giza" es un como si fuera, (un als ob); metodología del pensamiento para llegar a lo inabarcable sin jamás reducir su manifestación.
Retruécano aparte, ¿y todo esto no es ya, suficientemente, arte?
Una pregunta capciosa, ¿fue (el orinal de Duchamp) arte antes de ser "Fuente"?
No, rotundo.
Lo que lo hace arte es una investidura (una simple firma, en este caso).
Pero todo lo que se firma no es arte. Y no siempre la firma del artista produce arte. Puede firmar un cheque. La firma debe acompañar un hacer específico, dirigido a un objeto en particular. Debe tener intencionalidad, sí, pero la intencionalidad no es algo visible. El vestigio de intencionalidad de "Fuente" es la firma: "R. Mutt", que no es el nombre de Duchamp, sino la marca misma del orinal.
Duchamp ha falsificado la firma de otro y la intencionalidad por tanto apunta al vacío. Vericueto conceptual que para 1917 es todo un acontecimiento. Definamos este punto de intencionalidad vacía como el paradigma del ready-made duchampiano.
Generalicemos ahora: Imaginemos a un artista conceptual internacionalmente conocido. Su próxima obra se titulará "Giza". Consiste en concebir la esencia de la pirámide de Giza.
Recuerden, no se trata de la pirámide real (en Egipto), ni siquiera una foto de la misma, como la de arriba, que usamos ahora como ilustración.
(La noche de la muestra, las paredes de la galería estarán absolutamente vacías).
¿Podría venderse?
Ciertamente, tal y como se vende cualquier idea.
¿Podría coleccionarse? Ejem, algo complicado.
Nuestro artista desea explorar lo esencial sin más ayuda que la idea en sí. Busca eso sin lo cual, "Giza" no puede dejar de ser lo que es: el sustrato mismo de la cosa, que no tiene que ser la pirámide que lleva ese nombre -el nombre no es lo fundamental, la pirámide pudo haber tenido otro nombre ("Eiptis", por ejemplo, solo que fue renombrada "Giza" por el faraón siguiente).
Imaginemos a Giza con solo tres pisos y la construcción se paraliza. ¿Habría "Giza" entonces? El arquitecto tiene una idea de Giza, no ejecutada (lo cual no implica que la pirámide sea una mera copia de la idea). Ahora tenemos un punto difícil: la posibilidad que el arquitecto de Giza tuviese la idea de Giza simplemente porque "Giza" siempre existió.
La esencia de Giza deviniendo "Giza" no consiste en solo pensarla. Veamos, desde el punto de vista ideacional, Giza puede pensarse por más de una persona. ¿Hay alguien que sea dueño de la idea de la figura geométrica de la pirámide?
Hipotéticamente hablando, "Giza" está más allá de la manifestación de Giza.
Hay algo aparentemente absurdo en todo esto: "Giza" es coextensiva con cualquier posibilidad o no de manifestación. Aún más problemático, ¿cómo es posible que el pensamiento pueda aprehender la emergencia de tal manifestación sin ser manifestada?
Para llevarlo al límite, "Giza" y "pirámide" no son porque hayan sido pensadas por alguien. Existen en sí mismas, inpensadas o en potencia, en tanto que posibilidad de ser pensadas.
¿Y si no son pensadas nunca?
Disculpen, en todo esto hay una "cañona". Lo que descubrimos mediante el ejercicio metódico es que "Giza" es un como si fuera, (un als ob); metodología del pensamiento para llegar a lo inabarcable sin jamás reducir su manifestación.
Retruécano aparte, ¿y todo esto no es ya, suficientemente, arte?
miércoles, 1 de mayo de 2019
lunes, 29 de abril de 2019
sábado, 27 de abril de 2019
En Echegaray me eché a otro viejo complaciente, poco simpático, de demasiada alcurnia y de apellido rimbombante: creo que Garcilaso de la Vega.
Madrid en los años 60, foto publicitaria
José Ramón Alejandro Les cuento cómo pasé mi primera noche en Europa antes de dirigirme a mi obsesiva meta, llegar al Museo del Prado. Una vez llegado a Madrid, por mi relación con otros compañeros de travesía uruguayos hallé una pensión barata a poca distancia del Museo, en la Calle de las Huertas del castizo barrio de las Musas y corrí a saciar mi urgente sed de Verdad.
Allí, una joven prostituta canaria cuyo nombre lamento haber olvidado decidió de entrada que yo era primo suyo y nos hicimos amigos. En su habitación solo una reproducción adornaba la pared pegada justo encima de su cama. Era la Muerte de Sardanápalo de Eugène Delacroix donde puede verse a un fornido negro degollar a una voluptuosa hembra sobre la misma cama del rey asirio sostenida por doradas patas en forma de cabeza de elefantes. Ella me contó como se había echado a la mala vida después de haber sido desvirgada y abandonada por su novio. Esa imagen era para ella como una cédula de identificación de toda su persona; una pobre mujer víctima de la violencia de los hombres. Su verdad estaba bien presente a su cabecera. Me sorprendió la inocente lucidez de esta muchacha que tan rápido entró a considerarme su pariente.
No lejos de esa pensión muy pronto encontré a mi elemento natural, porque la calle Echegaray era el centro de reunión de los gays madrileños y rápidamente Luis, un señor maduro muy simpático y armado de una polla truculenta se enamoró de mi y comenzó de manera muy generosa a facilitarme pasar mis jornadas contemplando las pinturas y leyendo los libros que tan ávidamente necesitaba para satisfacer mi deseo de encontrar una finalidad provechosa a mis horas. Yo seguía buscando un sentido que el bullicio de los alegres personajes que asiduamente iban a beber sus cañas cada noche a los numerosos bares no calmaba mi angustia de sentir el lento desvanecerse de mis horas. Esas mismas horas que irían limando mis días y que bien sabía que terminarían por roer mis años como me advertía Don Luis de Góngora, "siguiendo sombras y abrazando engaños", con su admirable soneto a La Brevedad engañosa de la vida. Los domingos mi protector me llevaba a las corridas de toros de Las Ventas y su grupo de amistades terminaron por llevarme con ellos a pasar la Semana Santa a Murcia. En la modesta procesión de aquel domingo de Pascua pude ver a un angelito llevar atado de una cuerda a un horrible demonio. Allí mismo planté a mi cariñoso cliente y me fui solo a Guadix en Almería, camino de Granada y de allí de vuelta a Madrid.
En la sacristía de la catedral de Granada, junto a la tumba de Juana la Loca, había una colección de pinturas flamencas que me extasiaron tanto como la lectura de la elegía a Doña Juana la Loca de Lorca; "Princesa enamorada y mal correspondida, clavel rojo en un valle profundo y desolado, la tumba que te guarda rezuma tu tristeza, a través de unos ojos que ha abierto sobre el mármol". De paso, y para no perder mi mala costumbre, un guía de La Alhambra que me prometió llevarme a conocer un sitio escondido dentro de aquel impresionante monumento me dio por el culo antes de convidarme a asistir al espectáculo que los gitanos del Sacromonte producen cada día para los turistas.
Volví a la pensión de mi prima canaria, a mis días en El Prado y mis noches en Echegaray y me eché a otro viejo complaciente. Este era mucho menos simpático, demasiada alcurnia y de apellido rimbombante, creo que Garcilaso de la Vega, pero la tenía chiquita y colorada. Profesor universitario de griego cuya tesis había sido sobre la A larga en dialecto dorio. Nada que ver con la del viejo Luis. Se enamoró tanto de mí que habiéndose puesto demasiado celoso por mis relaciones gratuitas con un pillete asturianito con el cual la pasaba mucho mejor que con él y con Luis, que tuve que proseguir mi exploración de lo que me interesaba de España. Compré un billete de tres mil kilómetros en la tercera clase de ferrocarril y me di el gusto de recorrer la península antes de proseguir rumbo a París.
Cuando mi abuelo pintor murió, murió llamándome por mi nombre. Mi familia quiso protegerme impidiéndome verlo en su lecho de muerte y solo mucho tiempo después supe de su deseo de tenerme a su lado en ese transe. Esto me hizo concebir la quimera de que la voluntad de mi querido abuelito era que yo siguiera sus pasos para también ser pintor. Esta quimera me llevó a mostrarle a mi tío Pepe, su hijo que también fue pintor, mis obritas para preguntarle si él creía que yo pudiera llegar también un día a serlo. Me dijo que sí, pero que en Cuba nunca podría ganarme la vida pintando. Entonces le pregunté que en donde ese oficio podría hacerme vivir, y me respondió con cierta duda que a él le habían dicho que en París los pintores se ganaban la vida pintando. A partir de ese momento yo había concebido otra quimera, decidiendo tentar mi suerte y lo más pronto posible llegar como fuera que pudiera a esa ciudad.
jueves, 25 de abril de 2019
lunes, 8 de abril de 2019
En mis aventuras buonarenses constaté que abundaban en el mundo aquellos que apreciaban mi juventud
Buenos Aires, 1961
José Ramón Alejandro
Tuve que hacer cierto esfuerzo para entender en cual tipo de situación me hallaba. Era una casona de dos pisos en medio de un espacioso jardín situada en San Isidro, un barrio selecto de la ciudad. No lejos del Rio de La Plata. Pero fui poco a poco comprendiendo que Regina, mi hermana mayor, se había metido en una ratonera. Bob, era un alcohólico niño mimado de la alta burguesía que no hacía mucho tiempo se había visto obligado a contraer matrimonio con urgencia tras haber sido encontrado en posición poco digna ante uno de los empleados de la poderosa compañía de elevadores Otis, en la cual su padre propietario lo había colocado como gerente. Estaba lastrada con tres hijos y con la hermana de Bob, aún más borracha que su marido maricón. Una vez entendido el caso escogí comenzar a recibir instrucción en una escuela de Bellas Artes, pero muy pronto mi agobiada hermana a quién mi padre había encargado de cobijarme, mirándome con mucha dureza me espetó esta frase; "Mira Mongui, a mí tú no me interesas porque tú nunca vas a producir”.
Entretanto, también comprendí que en esa lamentable escuela no iba a aprender nada, pero sin embargo allí conocí a David, un bello joven anarquista del cual me enamoré. Pronto me encontré enredado yo mismo en la engorrosa situación de una reunión subversiva en el proletario barrio a la cual mi bello adorado me arrastró valiéndose de sus encantadores ojos de descendiente de inmigrantes italianos, salidos de un retrato de Antonello da Messina. Caímos presos durante veinte días y la prensa regocijada celebró la captura de un peligroso agente revolucionario cubano con las manos en la masa.
Mientras, en su suntuosa y trágica casona de San Isidro Regina, sofocada por esas alarmantes noticias, registró mis pertenencias hasta dar con un diario en el cual no halló los planes secretos para subvertir toda América del Sur, ni nada semejante al Diario del Ché Guevara, sino salaces aventuras con marineros de los muelles y descripciones de mi embelesamiento platónico con mi enamorado. Tuve que salir en un barco que atravesó las fangosas aguas del ya nombrado Río de La Plata para ponerme a salvo en Montevideo donde desde el primer momento comencé a seguir los cursos de una verdadera escuela de arte.
Esa escuela estaba en manos de un simpático grupo de anarquistas con los cuales me entendí muy bien y tuve la suerte de recibir las lecciones de Historia del Arte de Celina Rolleri, una excelente intelectual que mucho me animó a seguir mi proyecto de irme a vivir a París. De ahí fue que tomando un autobus a Porto Alegre, otro a Saõ Paolo y uno más a Rio de Janeiro llegué a tiempo para asistir encantado a la apertura del Carnaval de 1962 en el teatro Joaõ Gaetano que daba el espectacular baile de homosexuales que iniciaba esos festejos. A penas me puse a tratar de bailar la samba una loca me vino a susurrar al oído; "Tenh gente que gosta”.
En efecto, ya había podido constatar abundaban en el mundo aquellos que apreciaban mi juventud, y la prueba era que a ese mismo baile había podido llegar gracias a la generosidad de un gentil enamorado uruguayo que me daba tanto dinero para que yo pudiera seguir estudiando arte en la escuela, que siendo yo bastante precavido, pude abrir una cuenta en un banco que me permitió ahorrar lo suficiente como para, al año siguiente, comprar el billete de barco para viajar a Europa. En ese primer carnaval en Río cumplí 19 años, y conocí a un grupo de estudiantes de diplomacia que me invitó a volver a disfrutar de otro carnaval. El último de mi paso por esas tierras australes.
Para no perder el tiempo gozando despreocupadamente aproveché para ir a ver las esculturas del Aleijadinho a Minas Gerais y disfrutar del carnaval de Bahía a donde acompañado por mi amigo Antonio Larreta asistí al primer toque de santo de mi vida. Los enamorados estudiantes me presentaron a un célebre pintor, Carlos Scliar, que también contribuyó a financiar mi viaje. De esa forma, aprovechándome de mis encantos naturales, pude ir haciendo acopio de todo aquello que necesitaba para la travesía del Atlántico.
domingo, 31 de marzo de 2019
De cómo la belleza de mis 16 años me puso en primera fila de una lucha campal de desafuero
Ramón Alejandro
Se hubiera podido creer que la misma Yalodde con su Oñí, el poder de su miel, había súbitamente logrado sacar a Oggún del monte. La belleza de mis 16 años me puso en primera fila de una lucha campal, en la cual el desafuero sexual emborrachó a toda una población lasciva que durante demasiado tiempo se había distraído de su vocación amorosa para engañarse a sí misma con preocupaciones ajenas a su naturaleza sensual. Comencé a explorar los caminos que tanta fogosa profusión me prometían. Bajé por esa Calzada de Jesús del Monte para encontrarme con gente gozadora y erudita, que se aprovechaban de mi cuerpo abriéndome a cambio nuevos horizontes intelectuales.
Después de haber leído sucesivamente el Materialismo Histórico del Doctor Konstantinof de la Academia de Ciencias de la URSS, y La Rebelión en la Granja de George Orwell, comprendí los planes que animaban al equipo de improvisados legisladores que habían tomado las riendas del poder por la fuerza de las armas. Me embarqué con unas milicias que pretendían subir a la Sierra Maestra a presenciar la declaración de ya no sé qué reforma, agraria, urbana o cualquier otra fantasía de aquellos revolucionarios. Salimos de Batabanó en un viejo barco sin capitán y le dimos la vuelta a Isla de Pinos. Cuando pasábamos frente a las montañas de la Provincia de Las Villas sobre un mar tan profundo que los rayos solares se veían descender hasta perderse en lo oscuro. Durante algunos instantes cuatro rabos de nube se situaron en los puntos cardinales dándome la impresión de estar en el mismo medio de un tablero mágico como el que se usa para jugar al parchís. Pude intuir el concepto del mandala como cuando había conocido las fascinantes imágenes que surgen al manipular los vidrios de colores contenido en el tubo de un kaleidoscopio en el estudio de mi vecino doctor en optometría.
Ya en el Golfo de Guacanayabo y poco antes de llegar al puerto de Manzanillo en un sitio en el cual sobresalía de la superficie de las olas un palo enhiesto, encallamos en un banco de arena. Los milicianos comenzaron a invocar a Yemayá para escapar de una segura muerte al ver que las siluetas negras de los tiburones dándole vueltas al casco de nuestro navío. Un responsable vino a tratar de impedir los rezos advirtiéndonos que Dios no existía sin que ninguno quisiera escucharlo. Poco después insistió diciéndonos que pudiera ser que Dios existiese, pero que no era propio de revolucionarios invocarlo. Los rezos siguieron y la marea comenzó a subir liberándonos del banco de arena. Desafiante un miliciano le espetó al teórico responsable un provocador pa’que’tu’bea. Pasado el miedo a la muerte los milicianos sacaron una botella de ron y se dispusieron a filosofar sobre sexualidad y formas del amor. Tras mucho discurrir, llegaron a la conclusión de que un bugarrón era un hombre que había nacido con destino de jodedor.
Ya en tierras agrestes y tratando de llegar a La Plata Alta, la milicia acampó en el suelo raso y el desánimo cundía entre nosotros viendo la miseria en la que vivían los guajiros. Las ladillas se adueñaron de nuestros sobacos e ingles. El cuerpo desmembrado de una joven estudiante apareció desnuda en el lecho de un río. No pudo ser identificada por no habérsele hallado cerca ningún documento pertinente.
Muy dentro de mi corazón comprendí que no me hallaba en el país que convenía a mi naturaleza. Me di cuenta que mi más profundo deseo era irme a Europa a contemplar las pinturas originales cuyas copias adornaban las paredes de la sala de la casa donde vivían mis abuelos maternos. Asumí mi esencial egoísmo y me sentí profunda y definitivamente desolidarizado de esa humanidad doliente que allí me rodeaba. El 28 de noviembre del año 1960 monté en el avión de Pan American Airways que en un largo vuelo de 24 horas me llevó hasta Buenos Aires.
miércoles, 27 de marzo de 2019
Nos vemos, Tomás
Jesús Rosado
A Yolanda, Oneida, Carlos, Gisela, César, Daína, Enrique, Yvonne, Jesús y, por supuesto, a Terence
A Yolanda, Oneida, Carlos, Gisela, César, Daína, Enrique, Yvonne, Jesús y, por supuesto, a Terence
Ha muerto Tomás
Piard. O ha llegado a un destino
codiciado, reunirse con su hijo Terence, un joven talento que heredó de su
padre el genio cinematográfico. Terence murió entre las olas de Tenerife cuando
preparaba su proyecto cinematográfico más inmediato. De su muerte los padres
nunca se recuperaron. Tomás siguió canalizando la pérdida a través del arte.
Yolanda, la madre abnegada, se convirtió en un despojo humano.
Conocí a Tomás a finales de los 70. Cursaba yo los últimos años de la carrera. Pertenecía al grupo de Teatro Universitario. Y comencé a frecuentar el Club de Cine Aficionado de la Casa de Cultura de Plaza del cual Tomás era fundador. Me invitó a formar parte del proyecto Sigma y acepté. Simultáneamente nos integramos al grupo de teatro Olga Alonso dirigido por Humberto Rodríguez. Tomás estaba ávido de recibir clases de dramaturgia. Recuerdo de entonces el ejercicio previo a la puesta en escena de El Cuento del Zoo de Edward Albee donde Humberto me asignó el papel de Peter y Tomás asumía el rol de Jerry.
El ejercicio nos unió para siempre. Tomás me repetía constantemente a partir de la experiencia que “el día que acometa un filme sobre un hombre común y corriente capaz de una acción extrema tú eres el actor”. El proyecto nunca se concretó, pero nació una amistad honda, plena en afinidades, en la cual la longevidad de las madrugadas compartidas en los parques habaneros era las más disfrutable evidencia.
Fui testigo del debut de Daína Chaviano y César Évora como actores de cine en el formato de cine amateur. Presencié el primer coqueteo con la pantalla grande de Yvonne López Arenal gracias a Tomás. Asistí a la devoción que Piard mostró como actores hacia mis entrañables amigos Carlos Olivera y Oneida Hernández, una inseparable pareja hoy asentada en Valencia.
Compartimos guion en La Victoria en 1979.
Fui asesor del trabajo de diploma de mi pareja Haydee Luján, para graduarse en el ISA en 1987, sobre el Cine Amateur en Cuba, con todo un capítulo dedicado al cine de Tomás Piard, el cual obtuvo calificación de sobresaliente.
Y Tomás no sabía cómo agradecernos, aunque yo le repitiera una y mil veces que era él quien nos había enseñado la mística del séptimo arte.
Recuerdo tu apartamento del Vedado, Tomás, ornamentado con posters de Delon y las películas de Truffaut.
A tus padres, eternos ángeles custodios de tu amor por Yolanda y por tu Terence niño. Tu Terence adolescente, asomándose al balcón sorbiendo toda la luz que desde adentro y afuera lo nutría.
No olvido los toques tímidos a tu puerta y las entradas de Gisela Rangel como una mariposa. Una de tus musas recurrentes, protagonista de los más logrados desnudos que conseguiste en la pantalla, en los que eras un meticuloso perfeccionista.
Tomás, eras el guajiro culto que se devoraba las erres al hablar, pero que derrotabas a cualquiera en términos de ilustración. Dominabas las tendencias avant-garde del arte, la última palabra en filosofía y eras capaz de dar los consejos más pragmáticos en la vida cotidiana. Noble, sensible, enciclopedia abierta, tu corazón hospedaba a todo el que arribaba con inquietudes existenciales. Y tenías el don de redescubrirnos la vida.
Preservabas en ti, para los que intentan cuestionarte, todos los miedos de los intelectuales cubanos bajo décadas de dictadura. Estabas atento a los miedos de Virgilio y Lezama. Te sobrepusiste al pánico e intentaste revindicar a Lezama antes de tiempo. Te costó recelos y vigilancia. Fuiste el más cojonudo de los cobardes. Y te hizo víctima de nuevos miedos. Nunca fuiste un valiente. Eras un incesante desafiante de ti mismo, incluyendo tu cobardía. Hiciste del terror una actitud digna de mérito.
Hasta el momento en que te dejé de ver, Tomás Piard , no dejaste de creer en la utopía revolucionaria, un sueño distante del autoritarismo. Eras fiel a ese credo y fuiste estoico ante los bandos de amigos y enemigos. Creías en la socialdemocracia y que Cuba era su destino natural. Tu idealismo era un competidor insuperable.
Tu obra merece comentario aparte. Fuiste un descubridor y forjador de talentos. Tu cine amateur es una obra trascendental. Le sacó el máximo al formato de 8 milímetros y a los silencios de un cine huérfano de recursos para legar una obra magistral. Miradas, expresiones dramáticas, lenguaje corporal, manejo sofisticado de la banda sonora y el tratamiento underground del discurso hacían de cada corto tuyo un objeto inusual de la atención crítica.
Sé que te quisieron despedazar innumerables veces y, al final, te convirtieron en un mito.
El acceso al cine profesional con todos sus recursos debilitó tu propuesta. El lenguaje entonces perdió consistencia. La dirección de actores se mostraba precaria. La intención experimental persistía pero solo para hacerle reflexionar al espectador “ah, si esta pieza hubiese caído en manos de Bergman.”. No supiste qué hacer con todas las herramientas que te alejaban de la miseria logística que en el proceso de creación te hizo grande.
Tus mejores realizaciones en los últimos años fueron las series de televisión, proyectos convencionales muy distantes de tu estilo estético peculiar.
Pero el sello Piard, el primigenio, el transgresor, sin dudas, ha dejado un legado. Que nada que ver tiene con la obra de Gutiérrez Alea. Ni con la de Solás. Y mucho menos con la de Fernando Pérez. Ojalá algunos de ellos hubiese asumido la intención de Piard.
Piard es la irrupción de Tarkovsky, Antonioni, Passolini, Jiří Menzel en el talento de cineastas y críticos cubanos recién amanecidos que se mostraban hambrientos de arte en los albores de los ochenta. De cineastas y apasionados iniciados que acudían voraces al ICAIC y a la Cinemateca con otra visión del séptimo arte gracias a la influencia de Tomás, el más cinéfilo de los cinéfilos.
A partir de entonces, las jornadas de cine extranjero adquirieron otra connotación. Se hicieron vivaces y coloridas, gracias él. A su magisterio. A su rol de gurú en la fanaticada cinematográfica. Tomás Piard es lo que considero en el ámbito de la cultura cubana un pregonero ilustre. Lo que hoy llamamos en lenguaje contemporáneo un influencer.
Por eso considero que la decisión de Yolanda, la viuda de Piard, es la más sabia. Las cenizas de Tomás serán lanzadas al aire desde los pisos más altos del 23 y 12 del Vedado habanero. Como para que el aura del cineasta se mantenga flotando sempiterna sobre sus seguidores y aprendices. Ese ángel Piard que es exploración, experimento y laboratorio. Y su manera de hacer arte alternativo y lo que ello significó como expresión emancipada merece hacerse rito repetible cada vez que surja un nuevo talento cubano. Benditas sean, pues, esas cenizas suspendidas en la brisa habanera.
Claro que, tú y yo ,Tomás, no tenemos nada que ver con esa esa ceremonia funeraria. Nosotros nos hablamos en cualquier momento, amigo mío. Nos vemos y conversamos. Cuando haya un chance. Solo quiero que te cuides, Tomás, si la recomendación vale en tu nueva dimensión. Un abrazo, entrañable amigo. Aquí estoy esperando saber de ti.
Conocí a Tomás a finales de los 70. Cursaba yo los últimos años de la carrera. Pertenecía al grupo de Teatro Universitario. Y comencé a frecuentar el Club de Cine Aficionado de la Casa de Cultura de Plaza del cual Tomás era fundador. Me invitó a formar parte del proyecto Sigma y acepté. Simultáneamente nos integramos al grupo de teatro Olga Alonso dirigido por Humberto Rodríguez. Tomás estaba ávido de recibir clases de dramaturgia. Recuerdo de entonces el ejercicio previo a la puesta en escena de El Cuento del Zoo de Edward Albee donde Humberto me asignó el papel de Peter y Tomás asumía el rol de Jerry.
El ejercicio nos unió para siempre. Tomás me repetía constantemente a partir de la experiencia que “el día que acometa un filme sobre un hombre común y corriente capaz de una acción extrema tú eres el actor”. El proyecto nunca se concretó, pero nació una amistad honda, plena en afinidades, en la cual la longevidad de las madrugadas compartidas en los parques habaneros era las más disfrutable evidencia.
Fui testigo del debut de Daína Chaviano y César Évora como actores de cine en el formato de cine amateur. Presencié el primer coqueteo con la pantalla grande de Yvonne López Arenal gracias a Tomás. Asistí a la devoción que Piard mostró como actores hacia mis entrañables amigos Carlos Olivera y Oneida Hernández, una inseparable pareja hoy asentada en Valencia.
Compartimos guion en La Victoria en 1979.
Fui asesor del trabajo de diploma de mi pareja Haydee Luján, para graduarse en el ISA en 1987, sobre el Cine Amateur en Cuba, con todo un capítulo dedicado al cine de Tomás Piard, el cual obtuvo calificación de sobresaliente.
Y Tomás no sabía cómo agradecernos, aunque yo le repitiera una y mil veces que era él quien nos había enseñado la mística del séptimo arte.
Recuerdo tu apartamento del Vedado, Tomás, ornamentado con posters de Delon y las películas de Truffaut.
A tus padres, eternos ángeles custodios de tu amor por Yolanda y por tu Terence niño. Tu Terence adolescente, asomándose al balcón sorbiendo toda la luz que desde adentro y afuera lo nutría.
No olvido los toques tímidos a tu puerta y las entradas de Gisela Rangel como una mariposa. Una de tus musas recurrentes, protagonista de los más logrados desnudos que conseguiste en la pantalla, en los que eras un meticuloso perfeccionista.
Tomás, eras el guajiro culto que se devoraba las erres al hablar, pero que derrotabas a cualquiera en términos de ilustración. Dominabas las tendencias avant-garde del arte, la última palabra en filosofía y eras capaz de dar los consejos más pragmáticos en la vida cotidiana. Noble, sensible, enciclopedia abierta, tu corazón hospedaba a todo el que arribaba con inquietudes existenciales. Y tenías el don de redescubrirnos la vida.
Preservabas en ti, para los que intentan cuestionarte, todos los miedos de los intelectuales cubanos bajo décadas de dictadura. Estabas atento a los miedos de Virgilio y Lezama. Te sobrepusiste al pánico e intentaste revindicar a Lezama antes de tiempo. Te costó recelos y vigilancia. Fuiste el más cojonudo de los cobardes. Y te hizo víctima de nuevos miedos. Nunca fuiste un valiente. Eras un incesante desafiante de ti mismo, incluyendo tu cobardía. Hiciste del terror una actitud digna de mérito.
Hasta el momento en que te dejé de ver, Tomás Piard , no dejaste de creer en la utopía revolucionaria, un sueño distante del autoritarismo. Eras fiel a ese credo y fuiste estoico ante los bandos de amigos y enemigos. Creías en la socialdemocracia y que Cuba era su destino natural. Tu idealismo era un competidor insuperable.
Tu obra merece comentario aparte. Fuiste un descubridor y forjador de talentos. Tu cine amateur es una obra trascendental. Le sacó el máximo al formato de 8 milímetros y a los silencios de un cine huérfano de recursos para legar una obra magistral. Miradas, expresiones dramáticas, lenguaje corporal, manejo sofisticado de la banda sonora y el tratamiento underground del discurso hacían de cada corto tuyo un objeto inusual de la atención crítica.
Sé que te quisieron despedazar innumerables veces y, al final, te convirtieron en un mito.
El acceso al cine profesional con todos sus recursos debilitó tu propuesta. El lenguaje entonces perdió consistencia. La dirección de actores se mostraba precaria. La intención experimental persistía pero solo para hacerle reflexionar al espectador “ah, si esta pieza hubiese caído en manos de Bergman.”. No supiste qué hacer con todas las herramientas que te alejaban de la miseria logística que en el proceso de creación te hizo grande.
Tus mejores realizaciones en los últimos años fueron las series de televisión, proyectos convencionales muy distantes de tu estilo estético peculiar.
Pero el sello Piard, el primigenio, el transgresor, sin dudas, ha dejado un legado. Que nada que ver tiene con la obra de Gutiérrez Alea. Ni con la de Solás. Y mucho menos con la de Fernando Pérez. Ojalá algunos de ellos hubiese asumido la intención de Piard.
Piard es la irrupción de Tarkovsky, Antonioni, Passolini, Jiří Menzel en el talento de cineastas y críticos cubanos recién amanecidos que se mostraban hambrientos de arte en los albores de los ochenta. De cineastas y apasionados iniciados que acudían voraces al ICAIC y a la Cinemateca con otra visión del séptimo arte gracias a la influencia de Tomás, el más cinéfilo de los cinéfilos.
A partir de entonces, las jornadas de cine extranjero adquirieron otra connotación. Se hicieron vivaces y coloridas, gracias él. A su magisterio. A su rol de gurú en la fanaticada cinematográfica. Tomás Piard es lo que considero en el ámbito de la cultura cubana un pregonero ilustre. Lo que hoy llamamos en lenguaje contemporáneo un influencer.
Por eso considero que la decisión de Yolanda, la viuda de Piard, es la más sabia. Las cenizas de Tomás serán lanzadas al aire desde los pisos más altos del 23 y 12 del Vedado habanero. Como para que el aura del cineasta se mantenga flotando sempiterna sobre sus seguidores y aprendices. Ese ángel Piard que es exploración, experimento y laboratorio. Y su manera de hacer arte alternativo y lo que ello significó como expresión emancipada merece hacerse rito repetible cada vez que surja un nuevo talento cubano. Benditas sean, pues, esas cenizas suspendidas en la brisa habanera.
Claro que, tú y yo ,Tomás, no tenemos nada que ver con esa esa ceremonia funeraria. Nosotros nos hablamos en cualquier momento, amigo mío. Nos vemos y conversamos. Cuando haya un chance. Solo quiero que te cuides, Tomás, si la recomendación vale en tu nueva dimensión. Un abrazo, entrañable amigo. Aquí estoy esperando saber de ti.
lunes, 25 de marzo de 2019
Pasa lo que no tiene que pasar en la calle de Albear (relato contrafáctico)
Para Juan y Carmen Márquez
alfrEdo tRifF
Todas las mañanas antes de llegar a su trabajo Pedro toma su café en “La Maravilla.” Lee el periódico y conversa con sus amigos. Hoy, empero, decide ir a otra cafetería donde dicen que hay un buen café con leche. Después de terminar su desayuno, se monta en su coche y se dirige a su trabajo. Para llegar, debe hacer una derecha justo antes de la calle Albear (cuando se maneja, se está pendiente de todo menos de manejar). Pedro está absorto en sus pensamientos: que como está el mundo de loco, que mira que pegarle los tarros a Lucila (refiérese a su cuñado), que como andan las negociaciones de paz en el medio oriente. Hace una derecha (no se piensa, se hace y ya) pero apenas tiene tiempo para ver otro auto que se le encima a toda velocidad.
Pedro termina en el hospital en estado de coma. El doctor de turno le informa ahora a la esposa y los hijos que pese a las múltiples fracturas en la pierna, brazo y costillas, lo peor de Pedro es ese estado de shock que lo mantiene inconsciente. La esposa está desconsolada y el doctor la conforta: Pedro sufre una fractura craneal con laceración de vasos sanguíneos con lesión axonal difusa. Hay que esperar, tener paciencia. No se imaginan que Pedro los oye y piensa. Como que se siente bien, con una profunda quietud interior; algo así como un cansancio enorme. Allí Pedro se pregunta “por qué,” lo cual equivale a ir al principio de todo.
Hay que retrotraer de toda esa cadena de causas que preceden al accidente; esas que parecen descollantes. Las cosas se analizan por parte. Uno no se detiene a pensar en cosas intrascendentes: que por qué fumarse un cigarrillo después del café y no antes, o si no se debió abrocharse el botón de la camisa. Uno busca con cuidado en su memoria todo lo que pudiera haberse hecho de otro modo. Se pregunta Pedro por qué cambió su hábito matutino. Y es que hay que cambiar las cosas; lo mismo siempre cansa y aburre. Recuerda la persona que le recomendó el lugar nuevo. ¿Es ella culpable del accidente? No, si hay un culpable es él por hacerle caso. Se reprocha un tanto estar pensando en eso, que ahora resulta que si sigue por ahí es capaz de terminar por creer que el café con leche era malo, con tal de disculparse por no haber ido a “La Maravilla,” y por tanto no haber hecho aquella fatal derecha. Y pensar eso le da satisfacción de una cierta capacidad para la autocrítica, algo de lo que su tío Fermín siempre le hablaba. Pedro respira profundo y sigue inmerso en su cavilación.
¿Qué hay de esas cosas menores que parecen menos importantes, como lo es el momento en que al leer un anuncio de “apartamentos se rentan” en el periódico, pensó en su amigo José que se acaba de divorciar de la mujer y que necesita un estudio pequeño –y lo iba a llamar, pero el teléfono estaba ocupado y decidió hacerlo desde el trabajo a la hora del lonche. Y recuerda que ya dentro del auto pensó en llevar un café con leche para Lucho (un viejo con el que siempre juega una partida de damas después del lonche y antes de la campana). Y ponderó así mismo en algo que ya no sabía si había pensado o hecho, como es frenar antes de hacer la maldita derecha, frenar sin razón, por qué no, que no hay que tener razones para hacer cada cosa. Uno no puede admitir que algo tan jodido como eso tenga que pasar, sin ser posible de otro modo.
La ironía de la vida es que si antes de hacer la derecha Pedro se encuentra con que hay una maleta abandonada en medio de la calle y hubiese parado y abierto la maleta y resulta que está llena de billetes de a cien, entonces aunque haga la derecha y choque, podría al menos pensar que valió la pena no haber ido a “La Maravilla” ésta mañana. Pero eso no pasa nunca (está ese dicho sarraceno: “la suerte es peor que mejor”). Uno se dice “lo que pasa tiene que pasar.” Pero el pensamiento se ofusca ante obtusa repetición. Si lo que es, tiene que pasar, ¿para qué objetarlo?
Resulta difícil admitir que lo ocurrido tiene que ocurrir por ese mero hecho –“mero” ya que se cuestiona su validez– de ocurrir. Esa infalibilidad molesta sobremanera, y sucede que a todo hecho uno le contrapone “lo que pudo pasar.” Siempre podemos albergar esa posibilidad no materializada. Pensar ... poder pensar es el asunto, pero se piensa después del hecho, no antes; el hecho y el pensar son cosas distintas. Lo accidental jode, ya que coarta nuestros planes. No importa, Pedro disfruta la primera vez en que puede pensar en cosas así. Uno siempre está tan ocupado con la vida que no piensa en ella.
Es cierto que las cosas no tienen que pasar siempre como uno las previene ya que hay posibilidades mas allá de nuestro alcance; cosas que hace uno y otras que lo toman por sorpresa. Hacer la derecha en Albear fue su incumbencia, pero aún así le sorprendió el choque. Ahora se le hace difícil pensar en esa derecha sin el coque acaecido. No deja de imaginar el auto con el que chocó, pasándole lentamente por el lado y el pobre hombre (pobre nada, que fue su culpa) preguntándole: “¿por favor amigo, sabe donde es la calle Albear?”
Sí, en la vida hay cosas imprevisibles. Por ejemplo, uno no puede evitar un terremoto mientras duerme en su cama; nada que reprocharse, a no ser que pensáramos que uno le ocurre al terremoto por estar ahí en ese momento. Quiere decir eso acaso que sin Pedro no habría el choque de Pedro, por así decir. Pero, ¿no hay acaso una relación entre el auto y Pedro y el choque? No siempre que alguien hace una derecha en la calle Albear tiene que chocar con otro auto, y como no existe tal necesidad, pudo haber sido siempre distinto –conjetura Pedro.
Lo que uno nunca hace en esta vida es pensar cuantas otras cosas pasan pese a lo que tiene que ocurrir. Como lo es sugerir que no hay causa del accidente en sí, sino de algo mas, o menos. Se sugiere la posibilidad de un hecho sin causa alguna, como quien se lanza a su muerte desde el último piso de un edificio sin motivo. O podemos restarle al accidente el accidente mismo y se tiene que se hace la derecha y se llega al trabajo, y todo transcurre como siempre: Pedro llega a la casa, y ahí está su mujer; y ya llamó a José, y se reúne con él a las 9 pm en el bar de la esquina, y se toman unas cervezas; y después se va a casa, mira un poco la tele y se va a dormir. Visto así podemos conjeturar que cada momento de la vida es un momento de un accidente no ocurrido. Si estoy en la mesa almorzando es porque no resbalé fatídicamente contra la mesa de cristal de la sala un minuto antes y así sucesivamente.
Por primera vez, Pedro encuentra tal secuencia de eventos pavorosa. ¿Cuál es el propósito de recrear una vida –la suya– que no sea la del choque? ¿Para qué creer que por no ir a “La Maravilla” llega a su trabajo sano y salvo, o con una maleta llena de billetes de a cien? ¿Todo eso por no haber ido a “La Maravilla?” No vale la pena; la realidad es ésta. No es que lo que pasa puede pasar de otro modo, sino que lo que pasó esta mañana –o lo que tenía que pasar, al menos– es lo únicamente materializado (quizá no porque tenía que pasar, sino) porque en éste mundo las cosas son así.
Nuestro mundo tiene la extraña particularidad de tener a Pedro chocando con un loco en la calle Albear. Con los hechos, hay cosas que parecen más descollantes, mas necesarias. Pongamos que sean tan legítimas como otras posibilidades por igual. Se trata entonces de lo accidental del mundo, que es el mundo al fin. ¿Existe acaso una “mejor posibilidad,” que esa de Pedro el afortunado con una maleta llena de dinero que acaba de encontrar? Pongamos que sí, como posibilidad. Pero estar donde está, tendido sin el menor dolor, sin ningún vestigio de esa frívola ofuscación que es la vida de todos los días le permite ahora un examen quizá imposible en otro caso: ponderar ese aspecto prometedor de lo inevitable. Lo que hay de único en el asunto es su contingencia. Es decir, el asunto de cuánto hay por pasar que no pasa porque debe pasar y sin embargo pasa. Es cierto que parece ilógico a Pedro (o a cualquier otro) pensar que si hace una derecha en la calle Albear tiene que chocar. Pero es que el choque no pasa sino en la derecha-de-no-ir-a-“La Maravilla.” El choque es el del día de hoy para todo el mundo de éste día.
Todo está conectado: por no ir a “La Maravilla,” pero también por ir al trabajo, por ir a trabajar ayer y hace seis años, por tener esa profesión, por no haber sido albañil en lugar de tornero, por gustarle tanto ir al taller de su tío Fermín cuando era niño, por haber sido sobrino de Fermín, por ser hijo de su padre, por éste último casarse con su madre y por todo lo que tenía que pasar en el mundo antes de Pedro, pero que tenía que terminar con esa derecha, hoy, en la calle Albear. Si la emigración de sus abuelos desde Arabia, como la derecha, tienen que ver con el choque, entonces las migraciones de los pueblos todos del mundo están conectadas de alguna manera con el accidente. También las vidas y las peripecias de esos grandes hombres de la historia que su tío Fermín le hablaba. Luego, éste mundo con su historia es el mundo del choque de Pedro. Y ahora no sabe como reaccionar a esta idea que todos los anales del mundo apunten a este instante imprevisto en que hizo la derecha. Se siente en medio de una vorágine de sucesos, favorecido por lo indisputablede la necesidad e intima que le toca un nuevo papel, un sentir que lo separa un poco de sí, de su grave condición en esa cama en el hospital, para convertirlo en un testigo imparcial, incluso generoso de su propio infortunio.
Disfruta entonces Pedro una profunda calma de no tener que ponderar un “por qué” ni pensar en nada mas relacionado con el accidente. No tendrá que continuar cavilando, pues todas las causas del mundo están conectadas entre sí de modo que ninguna puede dejar de causar la otra. No hay motivo de dolor alguno, sino una profunda quietud. Cualquier causa en el mundo antes y después de hoy es parte del choque de Pedro, y Pedro deviene, por tanto, en causa y efecto de todo.
jueves, 21 de marzo de 2019
La vida es solo un estar fuera del Ser
Ramón Alejandro
Navegaba en un destartalado barco de transporte de inmigrantes europeos a la América del Sur. Portugueses, napolitanos y unos pocos malagueños iban de vuelta a sus lares porque la situación económica se estaba deteriorando en Brasil y el Rio de la Plata. Eran los finales del mes de marzo del año 1963, justo después de los carnavales de Rio de Janeiro durante los cuales no había podido divertirme tanto como el año anterior por la intensidad del deseo de llegar a las puertas del Museo del Prado. Necesitaba dejar atrás el mundo de las apariencias y volver al empireo. Mi verdad la había hallado una década atrás en la sala donde mi abuelo tenía colgadas las copias que siendo joven estudiante de la Academia de San Fernando de Madrid había hecho de ciertas pinturas.
Lo que representaban era la Verdadera Vida. La imagen viva que sostiene la Realidad. Ese era el mundo de los arquetipos ideales que había enseñado Platón. El carnaval “existía", pero las pinturas de mi abuelo “eran". El Arte “es", la Vida es solo un “estar" fuera del Ser.
Un día de Terça feira que cierra esa semana de festejos me despedí al borde del muelle de la bahía de Guanabara de mi compañero Antonio Larreta y subido a ese navío cuyo nombre he olvidado. El cielo raso de nubes extendido sobre los morros de Botafogo, el Corcovado, Dois Irmaõs y la Pedra da Gavea estaba iluminado de rojo por las luces de la ciudad en transe. Era uno de los últimos viajes de este viejo barco, mudo testimonio de tanta miseria humana.
Al cruzar el Ecuador entre el archipiélago de Cabo Verde y las orillas del desierto de África una tempestad que duró varios días nos levantaba y nos volvía a hundir con el vertiginoso oleaje. Los portugueses vomitaban sobre sus propias literas mientras las viejas napolitanas vestidas de negro cantaban sobre la cubierta barrida por los elementos desencadenados alrededor de un petiso regordete que oficiaba la misa en medio de los tumbos de la popa y de la espuma que pasaba de babor a estibor. Se desgañitaban repitiendo “Bianca come la luna"…invocando a la Virgo María Mater Dei con sus voces estridentes mientras yo hundía mi mirada en el abismo negro que como bostezo sobrenatural se abría del otro lado de la barandilla donde me apoyaba.
Ahí en lo hondo rugía Olokum, Yemayolokum, Yalodde macho, el dueño de los tesoros que guarda el fondo del Océano. El Poseidón fabricador de innumerables tretas y enemigo feroz de Ulises. El cáliz del adiposo afeminado se tambaleaba entre las manos sobre el mantel del altar improvisado por el joven curita. Al horizonte una estrecha franja de sutil color gris dividía el oscuro cielo y el negro Océano. La silueta negra de un barco con la proa dirigida hacia las nubes como implorando piedad se iba hundiendo poco a poco. Apostados cerca de la cabina del capitan mis amiguetes malagueños y yo escuchábamos el agitado tintineo del telégrafo por el que surgían las desesperadas llamadas de ayuda de quienes estaban a punto de naufragar y perder la vida tan cerca de nosotros. Unos descarados jóvenes napolitanos se burlaban de mí llamándome “Trequarti" porque mi abrigo solo me llegaba a la rodilla. Poco después de esos clamores desembarcamos silenciosos, sobrecogidos por la belleza de una isla volcánica sobre cuyas laderas cubiertas de viñedos apuntaban al cielo los campanarios de diminutas iglesitas barrocas de ensueño; Madeira.
Al día siguiente llegamos al puerto de Lisboa donde un sigiloso vendedor de pornografía nos mostró sus imágenes prohibidas. Cansados después de quince días sobre el agitado Océano nos dirigimos ya hacia la puerta occidental de Europa, los propileos levantados por Hércules, dispuestos a surcar sobre nuestro armatroste entre el Peñón de Gibraltar y el Hacha de Ceuta. Las aguas del Atlántico y las del Mediterráneo no se mezclaban con demasiada prisa y mostraban por separado sus diversos azules en el estrecho. Sin embargo la música mora y la música andaluza se confundían surgiendo de varios radios transistores al unísono. No podíamos distinguirlas a la una de la otra con tanta certeza como los colores de aquellas olas. Esa misma noche desembarcamos en Barcelona con buen tiempo.
domingo, 3 de marzo de 2019
Gino Paoli - Senza Fine
Hablando de cine, anoche (unas horas antes) mi mujer y yo hemos visto Mi Vida sin Mí, una de las obras tempranas (2003) de la realizadora Isabel Coixet, la cual se convirtió en su primer éxito en el séptimo arte. Coixet es la autora de la antológica Verano 1993, la cual citamos en la relación de películas relevantes de 2018. En esta otra cinta una joven chica casada, madre de dos hijas, es diagnosticada de una enfermedad mortal que le deja muy poco tiempo para vivir. A partir de ese momento se genera un redescubrimiento del sentido de su vida y comienza a preparar estoicamente su partida sin darle a conocer a la familia la fase terminal de su existencia. El guion de Coixet es una adaptación libre del relato corto Pretending the bed is a raft (Simulando que la cama es una balsa) (1997), último texto en un compendio con idéntico título de la escritora floridana Nanci Kincaid. El script de Coixet se convierte en una pieza literaria envidiable para cualquier escritor. Y la concepción del filme muestra por primera vez que los ovarios de esta mujer-cine están hechos de célula viva, talento y exquisita sensibilidad. Su delicadeza como autora echa mano a una banda sonora urdida por el barcelonés Alfonso Villalonga, uno de los más reconocidos compositores musicales del cine europeo. Entre las citas ambientales que no son de Villalonga, la Coixet escoge esta hermosa balada de Gino Paoli, un icono de la canzone italiana. El filme debe estar disponible en Netflix y si se aventuran a verla disfrutarán de un filme memorable, pletórico de ternura e impecable belleza. (JR)
miércoles, 27 de febrero de 2019
La noche más gris de los Oscares
Jesús Rosado
Muy a tono esa grisura con la mediocridad de nominaciones que decepcionan al crítico ante tanta propuesta mercantilizada. Si habían filmes cuya ingeniosidad salvaban al tradicional evento hollywoodense eran producciones como The Fauvorite, la más reciente obra de Yogos Lanthimos, cinta que aborda los complejos entramados políticos durante la monarquía de Ana de Gran Bretaña, y en el que Olivia Colman, ganadora del Oscar desempeña un rol histriónico excepcional. No es este el Lanthimos de la estatura que admiramos en The Lobster, pero sí conserva todavía su frescura transgresora en el planteamiento cinematográfico de los entresijos cortesanos de época. The Fauvorite es un proyecto tan demencial e insolente que difícilmente los académicos de Hollywood tomarían en serio o, al menos, entenderían.
Es una película de pretensión y construcción preciosista, con el regalo de una fotografía de lujo al que Cuarón deberá vivir agradecido de por vida. Pero si se propone un filme de corte clasista, resulta en lo contrario. Los roles clasistas se confunden, se retraen y finalmente se derriten como plastilina al sol. O se disuelven como la mierda de perro ante la fuerza del agua.
Salvo algún diseño o lentejuela que puede haber caminado sobre tacones espigados o tacones vaqueros la alfombra roja, la gala de los Oscares vivió su noche más gris.
Carente de presentadores, de comentarios ácidos que arrancasen carcajadas o exclamaciones de perplejidad, y desprovista del activismo social que condimentaba las ediciones anteriores, la ceremonia ha sido una invitación al bostezo.
Muy a tono esa grisura con la mediocridad de nominaciones que decepcionan al crítico ante tanta propuesta mercantilizada. Si habían filmes cuya ingeniosidad salvaban al tradicional evento hollywoodense eran producciones como The Fauvorite, la más reciente obra de Yogos Lanthimos, cinta que aborda los complejos entramados políticos durante la monarquía de Ana de Gran Bretaña, y en el que Olivia Colman, ganadora del Oscar desempeña un rol histriónico excepcional. No es este el Lanthimos de la estatura que admiramos en The Lobster, pero sí conserva todavía su frescura transgresora en el planteamiento cinematográfico de los entresijos cortesanos de época. The Fauvorite es un proyecto tan demencial e insolente que difícilmente los académicos de Hollywood tomarían en serio o, al menos, entenderían.
De manera que Lanthimos se muestra como un realizador cimarrón en el protocolo hollywoodense y se anota un tanto importante fuera de arena. Nadie más.
Green Book, la mejor película, es un premio de carácter nacionalista otorgado de manera proteccionista contra el predominio de Roma de Alfonso Cuarón. La obra de un hispano que venía arrasando de festival en festival con película espléndida de corte autobiográfico. Y que se ve sometida a una represalia encubierta de la mentalidad hollywoodense, respaldada por los propósitos mercantiles de Netflix.
Ahora voy sobre esta pieza tan cacareada. Me refiero a Roma. Mi amigo, el reconocido crítico Roberto Madrigal, la califica como una obra artesanal bien construida. Y comparto ese criterio. Alfonso Cuarón es un ingenioso realizador, culto y bien informado. Cuenta con todas la herramientas para reabsorber, premeditadamente, el legado del Nuevo Cine Latinoamericano, fundado por Fernando Birri y secundado por el brasileño Nelson Pereira Dos Santos y los cubanos Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa. Una corriente de la cinematografía latinoamericana que se involucraba de manera comprometida con los conflictos sociales y las tendencias ideológicas. Movimiento legatario del neorrealimo italiano, la nueva ola francesa y el free cinema inglés en el que predominaba la mirada testimonial, el enfoque sociológico con matices clasistas y la utilización de actores no profesionales. Un cine que toma distancia de propósitos mercantiles y prioriza la visión estética e ideológica del autor.
Pero perdón, en este caso, ni lo uno ni lo otro. Cuarón incurre en una gran sutil estafa. Acude a las herramientas de esos precursores, produce un filme atractivamente visual, tanteando con los tempos que Tarkovsky defendía, aunque oprobiándolo de una manera aburrida, sin llegar a emitir conceptualmente una declaración de intención social, ni denuncia, ni alternativa crítica alguna.
Roma es un pigmeo ante obras como Memorias del Subdesarrollo, La Historia Oficial, Hombre Mirando al Sudeste, La Noche de los Lápices, El Año del Conejo, Últimas Imágenes del Naufragio, La Hora de la Estrella, Yo sé que te voy a Amar, Suite Habana o Amores Perros. Piezas genuinas del cine avanzado latinoamericanista.
Es una película de pretensión y construcción preciosista, con el regalo de una fotografía de lujo al que Cuarón deberá vivir agradecido de por vida. Pero si se propone un filme de corte clasista, resulta en lo contrario. Los roles clasistas se confunden, se retraen y finalmente se derriten como plastilina al sol. O se disuelven como la mierda de perro ante la fuerza del agua.
Desahogado y dicho, voy al rito de cada ciclo en estas fechas oscarizadas. Relaciono mis filmes de interés en el curso del año y les añado un breve argumento a las preferencias:
- El Autor, filme español de Manuel Martín Cuenca, inspirada en un escritor con aspiraciones, pero sin talento y en el que, ojo, el actor Antonio de la Torre despliega un performance relevante y sobre la consistencia de este profesional estaremos cerrando estos párrafos.
- Verano 1993, dirigida por otra española, Carla Simón, que narra la conmovedora historia de una niña adoptada huérfana de padres muertos víctimas de SIDA. Una crónica de infancia narrada con ternura pero sin melodramatismo. Su objetividad es tan poética como convincente. Sin dudas, una de la mejores entregas del año.
- Loveless. drama cinematográfico ruso de 2017 realizado por Andréi Zviáguintsev. El relato se refiere a dos padres que viven separados cuyos afectos están olvidados desde hace mucho tiempo y cuya relación se ha convertido en desamor. Se reúnen temporalmente después de que su único hijo pequeño desaparece e intentan encontrarlo. El realizador de la memorable
Elena vuelve a validar un talento de evidentes deudas con la genialidad de Andrei Tarkovski.
- First Reformed, escrita y dirigida por Paul Schrader. Una película eximida de premios porque en su argumento hay una opción de solución terrorista. La ética hollywoodense la excluyó de pretensiones. El filme es de 2018 pero su difusión se amplió en 2019. Exhibe una de las actuaciones más relevantes en la carrera artística de Ethan Hawke. Y su guion es ejemplo de dramaturgia bien resuelta. Filme sólido y valiente que desafió el riesgo de la censura atrincherada.
Elena vuelve a validar un talento de evidentes deudas con la genialidad de Andrei Tarkovski. - First Reformed, escrita y dirigida por Paul Schrader. Una película eximida de premios porque en su argumento hay una opción de solución terrorista. La ética hollywoodense la excluyó de pretensiones. El filme es de 2018 pero su difusión se amplió en 2019. Exhibe una de las actuaciones más relevantes en la carrera artística de Ethan Hawke. Y su guion es ejemplo de dramaturgia bien resuelta. Filme sólido y valiente que desafió el riesgo de la censura atrincherada.
- Todos lo saben, dirigida y escrita por Asgahr Frahadi. El autor iraní emigra de su zona de confort y adapta su estilo narrativo a la realidad ibérica. El resultado es sorprendente. Primero, un thriller que captura al espectador y no lo suelta. Segundo, el ángel de Frahadi no respeta fronteras. Se mueve en el contexto español como pez en el agua y la soltura de su resultado lo prueba. Cuenta con un elenco que resuma talento actoral. Una Penélope Cruz desgarrada como madre que rinde uno de las mejores actuaciones protagónicas del año. Javier Bardem, clavado en su personaje. Ricardo Darín, profesional y elegante como siempre. Y la actuación de Eduard Fernández, posiblemente la mejor de su carrera. Un filme para disfrutar con todos los obsequios que brinda el buen cine de suspenso.
- The Wife. Si alguna vez se hizo una elegía de los ojos de Betty Davis, atención no se pierdan en esta cautivante película los ojos de Glenn Close. Solo por la expresión de su mirada merece todos los galardones del año. Y aunque nos los gane (no los ganó) habrá que hablar de la intensidad de esos ojos por el resto de la historia del cine.
- Carmen y Lola. Tema de amor lesbiano en medio tan adverso como es el mundo gitano que merece toda la atención del circuito crítico. La realización es mediana. Adolece de torpezas. Sin embargo, las actuaciones de las protagonistas son descollantes. Es una película de contrastes entre conservadurismo tribal y la indetenible apertura sexual contemporánea. Tantos anotados para el trabajo de las dos protagonistas. Suficientes como para no olvidarlas.
- El Reino. Una de las mejores realizaciones del año. Dirigida por el joven talento español Rodrigo Sorogoyen, un thriller político acerca de la corrupción en España. Vigoroso. Impactante. Sorprendente. Un filme que secuestra el aliento del espectador durante todo su curso hasta llegar al desenlace. Acaparadora de premios de manera merecida, nos entrega el mejor desempeño de ese experimentado actor que es Antonio de la Torre, el mismo del cual les hablaba en El Autor. Su primer Goya después de innumerables nominaciones. Una obra exquisitamente concebida. Cinematografía de un talento emergente que se coloca en la primera línea del cine europeo. Filme que, como aquel electrizante No habrá paz para los malvados (2011) de Enrique Urbizu, se consolida en el género.
- Cold War. Pieza maestra. Sí, esas solos dos palabras para definirla. Una historia de amor basado en un guion, que a diferencia de la Roma de Cuarón, trasunta vida pasión, ternura y tragedia. La dramaturgia plantea conflicto, antagonismos y momentos climáticos. La atmósfera rapta al espectador. El miedo, el olor del cigarrillo, el encuentro y desencuentro emocional, la embriaguez de la música, el erotismo delicado, el licor, las paranoias ante la persecución política, todo muestra la sangre de autor. La historia se basa parcialmente en la vida de los padres del director, el destacado realizador polaco, Pawel Paulikowsk quien rinde culto en esta realización a sus progenitores estéticos polacos Roman Polański, Krzysztof Kieślowski, Agnieszka Holland, Andrzej Wajda y Andrzej Żuławski, y a exponentes de la nueva ola checoeslovaca como Milos Forman, Vera Chytilová, Jiří Menzel, Jaromil Jires o Schorm. Con el concurso de la fotografía monumental de Lukasz Zal y las actuaciones magistrales de Joanna Kulig y Tomasz Kot, este drama se convierte en la historia del cine polaco en una obra comparable a la Casablanca de Michael Curtiz, aunque, cuidado, con un final shakesperiano superior en metáfora y lirismo. Reitero, un clásico inusual a la altura de 2019.
Esa es mi elección. MI propuesta estética entre tanto bodrio comercial de marca convocado en este año por los “académicos” y las productoras de estreno. Es mi ofrenda espiritual humilde y legítima de cine de arte auténtico. Espero que la disfruten. Pero si no están preparados para ello, por favor escojan una película donde la mierda de perro no les gaste minutos de vida.
*Nota: No he visto Capernaum, aclamada por la critica. Si la excluyo es por ignorancia, pero si sus méritos la avalan, entrará en la selección del año que viene.
*Nota: No he visto Capernaum, aclamada por la critica. Si la excluyo es por ignorancia, pero si sus méritos la avalan, entrará en la selección del año que viene.
lunes, 25 de febrero de 2019
oda al disenso
alfredO triFf
no tengo mucho tiempo. debo entrar en una clase en 40 minutos, pero se me ocurre que debo escribir algo y que salga como sea. se trata del asunto de la ciencia, particularmente las ciencias naturales, la esencia misma de su método, su falibilismo.
falibilismo significa que la ciencia natural no es exacta. no puede serlo jamás porque su naturaleza no es deductiva sino inductiva y la inducción en su estructura es probalística. no existe conclusión alguna que sea garantizada.
todo esto tiene que ver con los ensayos que están escribiendo mis alumnos. uno de los tópicos es el calentamiento global. y cuando voy a google no puedo encontrar ninguna posición de disenso y me pregunto: ¿cómo es posible?
sé que conozco lo suficiente de la historia de las ciencias naturales, porque amo la ciencia, porque nunca en la historia de la ciencia ha habido un momento que se sepa que una teoría reine indisputablemente. no es posible. el dato natural requiere de interpretaciones y no todas pueden ser unánimes.
este punto me lleva a otro -y disculpen- y es que hoy hablamos de ciencias naturales como si fuera o algo subjetivo (para algunos de mis estudiantes el sexo es algo subjetivo), o como dogma absoluto. cuando esto pasa ya estamos en medio de una crisis.
para el ensayo hacen falta puntos a favor y en contra. esto es imprescindible. no hay filosofía sin discusión y no hay discusión sin la dialéctica del toma-y-daca. en google los puntos "en contra" no aparecen; no aparecen porque el algoritmo está construído para que no aparezcan puntos de disensión al consenso.
pero existe: están enterrados tectónicamente en capas posteriores de la búsqueda. y si les cuento de una hora febril el finde pasado buscando, cavando como un arqueólogo hasta que después de muchas páginas llegué finalmente hasta el ansiado disenso. y es como un oasis. y le da sentido a la discusión, la matiza, la lleva a otro lugar. y sonreí de felicidad.
disenso, te aplaudo, sin ti no seríamos nada porque si ti no se sabría nada.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
















