domingo, 30 de agosto de 2015

Felipe González: La vía rupturista no es la solución


Felipe González

Hace casi dos décadas que salí de la presidencia del Gobierno de España. No tengo responsabilidades institucionales ni de partido. He recuperado la sencilla condición de ciudadano, aunque en todo momento comprometido con nuestro destino común. Por ese compromiso con España, espacio público que compartimos durante siglos, me dirijo a los ciudadanos de Cataluña para que no se dejen arrastrar a una aventura ilegal e irresponsable que pone en peligro la convivencia entre los catalanes y entre estos y los demás españoles.

Siempre he sentido gratitud por vuestro apoyo permanente y mayoritario para la tarea de gobierno. Siempre, incluso cuando este apoyo era declinante en el resto de España. Y gracias a esta sintonía he podido representaros con orgullo, como a todos los españoles, en Europa, en América Latina y en el mundo. Con vuestra confianza hemos progresado juntos, durante muchos años, superando la pesada herencia de la dictadura, consolidando las libertades, sentando las bases de la sociedad del bienestar y reconociendo, como nunca antes en la historia, la identidad de Cataluña y su derecho al autogobierno.

He creído y creo que estamos mucho mejor juntos que enfrentados: reconociendo la diversidad como una riqueza compartida y no como un motivo de fractura entre nosotros. Para mí, España dejaría de serlo sin Cataluña, y Cataluña tampoco sería lo que es separada y aislada.

La idea de “desconectar” de España, como propone Artur Mas, en un extraño y disparatado frente de rechazo y ruptura de la legalidad, tendría unas consecuencias que deben conocer todos:

— Desconectarían de una parte sustancial de la sociedad catalana, fracturándola dramáticamente. Ya se siente esa fractura en la convivencia, y se empiezan a oír voces de rechazo a los que no tienen “pedigrí” catalán. Esos ciudadanos catalanes se sienten hoy agobiados porque se está limitando su libertad para expresar su repudio a esta aventura, porque le niegan o coartan su identidad —catalana y española— que viven como una riqueza propia y no como una contradicción.

— Desconectarían del resto de España, rompiendo la Constitución, y por ello el Estatuto que garantiza el autogobierno, y la convivencia secular en este espacio público que compartimos. En el límite de la locura, empiezan a ofrecer ciudadanía catalana a los aragoneses, valencianos, baleares y franceses del sur. Hemos pasado épocas de represión de las diferencias, de los sentimientos de pertenencia, de la lengua, pero desde hace casi cuatro décadas, con la vuelta de Tarradellas, entramos en una nueva etapa de reconocimiento de la diversidad y de construcción del autogobierno más completo jamás habido en Cataluña.

— Desconectarían de Europa, aislando a Cataluña en una aventura sin propósito ni ventaja para nadie. ¿Imaginan un Consejo Europeo de 150 o 200 miembros en la ya difícil gobernanza de la Unión? Porque ese sería el resultado de la descomposición de la estructura de los 28 Estados nación que conforman la UE. ¿Imaginan al Estado francés cediendo parte de su territorio para satisfacer este nuevo irredentismo? Nadie serio se prestará a ello en Europa y, menos que nadie, España, que tanto luchó por incorporarse y participar en la construcción europea, tal como es, con su diversidad y, por cierto, con el máximo apoyo de Cataluña.

— Desconectarían de la dimensión iberoamericana (que tanto valor y trascendencia tiene para todos) y especialmente de Cataluña porque este vínculo se hace a través de España como Estado nación y de la lengua que compartimos con 500 millones de personas —el castellano—, como saben muy bien los mayores editores en esta lengua, que están en Barcelona.

Naturalmente afirman lo contrario: “Solo queremos desconectar de España”. ¿De qué España? ¿La que excluye también Aragón, Valencia y Baleares? Los responsables de la propuesta saben que lo que les estoy diciendo es la verdad, si se cumpliera ese “des-propósito”. En realidad tratan de llevaros, ciudadanos de Cataluña, a la verdadera “vía muerta” de la que habla Mas, en un extraño “acto fallido”.

Vivimos en la sociedad más conectada de la historia. La revolución tecnológica significa “conexión”, “interconexión”, todo lo contrario a “desconexión”. Cada día es mayor la interdependencia entre todos nosotros: españoles de todas las identidades, europeos de la Unión entre 28 Estados nación, latinoamericanos de más de 20 países, por no hablar de nuestros vecinos del sur o del resto del mundo. Pregunten a sus empresas, las que crean riqueza y empleo por esta desconexión.

La propuesta que hace esa extraña coalición unida solo por el rechazo a España, sea cual sea el resultado de la falseada contienda electoral, puede ser el comienzo de la verdadera “vía muerta”. ¿Cómo es posible que se quiera llevar al pueblo catalán al aislamiento, a una especie de Albania del siglo XXI? El señor Mas engaña a los independentistas y a los que han creído que el derecho a decidir sobre el espacio público que compartimos como Estado nación se puede fraccionar arbitraria e ilegalmente, o que ese es el camino para negociar con más fuerza. Comete el mismo error que Tsipras en Grecia, pero fuera de la ley y con resultados más graves.

¿Qué pasó cuando se propuso a los griegos una consulta para rechazar la oferta de la Unión Europea y “negociar con más fuerza”? Después de que más del 60% de los griegos lo creyeran, Tsipras aceptó condiciones mucho peores que las que habían rechazado en referéndum, con el argumento, que sabían de antemano, de que no tenían otra salida. ¿Sabían que no había otra salida y engañaron a los ciudadanos?

Pueden creerme. No conseguirán, rompiendo la legalidad, sentar a una mesa de negociación a nadie que tenga el deber de respetarla y hacerla cumplir. Ningún responsable puede permitir una política de hechos consumados, y menos rompiendo la legalidad, porque invitaría a otros a aventuras en sentido contrario. Todos arriesgaríamos lo ya conseguido y la posibilidad de avanzar con diálogo y reformas.

Eso es lo que necesitamos: reformas pactadas que garanticen los hechos diferenciales sin romper ni la igualdad básica de la ciudadanía ni la soberanía de todos para decidir nuestro futuro común. No necesitamos más liquidacionistas en nuestra historia que propongan romper la convivencia y las reglas de juego con planteamientos falsamente democráticos.

Si la reforma de la ley electoral catalana no ha podido aprobarse porque no se da la mayoría cualificada prevista en el Estatuto, ¿cómo se puede plantear en serio la liquidación del mismo Estatuto y de la Constitución en que se legitima, si se obtiene un diputado más en esa lista única de rechazo? ¿Cómo el presidente de la Generalitat va en el cuarto puesto, como si necesitara una guardia pretoriana para violentar la ley?

Es lo más parecido a la aventura alemana o italiana de los años treinta del siglo pasado. Pero nos cuesta expresarlo así por respeto a la tradición de convivencia de Cataluña. El señor Mas sabe que, desde el momento mismo que incumple su obligación como presidente de la Generalitat y como primer representante del Estado en Cataluña, está violando su promesa de cumplir y hacer cumplir LA LEY. Se coloca fuera de la legalidad, renuncia a representar a todos los catalanes y pierde la legitimidad democrática en el ejercicio de sus funciones.

No estoy de acuerdo con el inmovilismo del Gobierno de la nación, cerrado al diálogo y a la reforma, ni con los recursos innecesarios ante el Tribunal Constitucional. Pero esta convicción, que estrecha el margen de maniobra de los que desearíamos avanzar por la vía del entendimiento, no me puede llevar a una posición de equidistancia entre los que se atienen a la ley y los que tratan de romperla.

No creo que España se vaya a romper, porque sé que eso no va a ocurrir, sea cual sea el resultado electoral. Creo que el desgarro en la convivencia que provoca esta aventura afectará a nuestro futuro y al de nuestros hijos y trato de contribuir a evitarlo. Sé que en el enfrentamiento perderemos todos. En el entendimiento podemos seguir avanzando y resolviendo nuestros problemas.

martes, 25 de agosto de 2015

osmani y ortega

yo soy yo y mi circunstancia.-- ortega y gasset

aLfrEdo tRifF

las redes sociales cubanas están hipersaturadas de lo que ya podemos llamar el affair osmani.

francamente, no conocía al aludido.

me desayuno con las polarizaciones de nuestra callejera lógica feisbuquiana.

observo dos o tres videos de osmani. lo primero que evito --me digo--, la trampa de emitir un criterio inmediato.

cierto, el manejo verbal del tal osmani es fragmentario y carente. en efecto, se expresa en germanía muy propia y oscura de su circunstancia.

a osmani le aflige la logorrea (lo que siendo rapero se vislumbra): menciona nombres, valoraciones apresuradas: los cowboys, obama, raúl, el exilio, tirar balas, la pasta dental, el bisté, las muelas picadas, los cables gordos. se trata de un performance "selfie", en passant, someramente mascullado.

¿dónde queda el yo de osmani?


en los videos el osmani que vemos es medium de su circunstancia, precisamente una que resulta harto problemática. y de cierto modo se comprende.


¿basta decir medio siglo de castrismo


entonces cunden --y se multiplican-- versiones, y versiones de otras versiones en las redes sociales. los ofendidos (que son muchos) contraatacan. entre ataque, consejo y disculpa, cuesta trabajo discernir el asunto mismo. mientras, osmani retracta, se disculpa. ahora es acusado, vilipendiado. sin duda emerge una nueva circunstancia.

entonces osmani se defiende, se excusa, pero el ataque de la nueva circunstancia se hace directamente proporcional a su exigua --y postiza-- disculpa. ya lo diría un conocedor clásico, "no hay límite para zanjar el agravio".

pocos entienden que no se trata de osmani, se trata de ortega.

y es entonces que osmani, el sujeto, se hace polvo.

martes, 18 de agosto de 2015

Las nuevas relaciones Cuba/EE.UU y la lección de Transición Española hacia la Democracia


Amílcar Barca

Tengo grandes amigos cubanos en esta ciudad que viven el acercamiento en posiciones distintas: unos, como una traición del país que les ha acogido y les ha otorgado bienestar y libertad, EE.UU. Otros, como un triunfo del sentido común y un necesario fin de las tensas relaciones que no llevaban a ningún lugar. Este artículo está dedicado a los primeros; a quienes sienten ingratitud y desprecio por el nuevo establecimiento de relaciones bilaterales desde el gobierno de Obama.

Sin ánimo de dar lecciones a nadie, escribo de buena fe, por la experiencia vivida como víctima de una dictadura. Apelo a un valor que ya parece exhausto en la comunidad cubana de Miami: la esperanza. Y presento la iniciativa de algún paralelismo que pudiera abrir los ojos a la democracia que todos deseamos en la Isla, lo más pronto.

Ubiquemos la comparación que pretendo. La Transición Española es el periodo comprendido entre la muerte de Francisco Franco el 20 de noviembre de 1976 y el intento de golpe de estado del teniente coronel Antonio Tejero, el fatídico 23 de febrero de 1981 al tomar por asalto la sede del Congreso en Madrid. Antes de la muerte del dictador, todo era falta de libertad, represión policial, clandestinidad de los opositores, restricción del derecho de reunión y manifestación, corrupción política, connivencia entre la prensa y el estado, concentración del poder económico en grupos afines al régimen, relaciones peligrosas entre la extrema derecha y el ejército, falta de separación entre los poderes de la iglesia y el estado, inflación económica, etc.

Entonces apareció un organismo en 1974, la Coordinadora Democrática, que unía a todas las fuerzas opositoras tanto del ala izquierda como del ala derecha, tanto cristianos como laicos, e incluso personalidades del sector monárquico o republicano con los comunistas o socialistas. Fuerzas que, en sí mismas, eran antagónicas en sus fines -y por supuesto en sus medios- a la hora de lo que debía ser un nuevo modelo social. Todos tenían como objetivo un único fin: romper con el régimen autoritario y abrir las puertas a una transición en busca de la legalidad de los partidos y la constitución de una elecciones libres y democráticas en España.

Durante este periodo se fueron abriendo lentamente, no sin sucesos violentos y dolorosos, las puertas del Estado hacia la población. Se sucedieron huelgas generales (País Vasco, Sabadell, Elda…) tanto en el mundo laboral como en el universitario, intervenciones violentas de la extrema derecha (Fuerza Nueva, el GAL) también de la extrema izquierda (ETA, el FRAP, el GRAPO). Ciertos cargos eclesiásticos abrieron su boca para allanar el camino (el cardenal Tarancón). El cine y la TV mostraban sus series y programas relacionados con el sexo. Aparecieron nuevos periódicos de prensa libre (El País, El Periódico, El Mundo, Avui). Nuevas revistas político-sociales (Cambio 16, Ajoblanco, Cuadernos para el diálogo; de música Star, Rock de Luxe). El PCE (Partido Comunista de España) junto al PSOE (Partido Socialista) pactaban reconocer a la monarquía de Juan Carlos I y también la bandera española (símbolo del fascismo para los que perdieron la guerra); algo que enfureció a muchos de sus militantes, ya que todos eran republicanos. Se habló de no “injerir” -que no olvidar- a los que intervinieron políticamente en asuntos violentos y criminales durante la dictadura. Se dio la Ley de Amnistía y una reducción de las penas por delitos sociales no manchados de sangre. Se legalizó el divorcio. Los que habían sufrido aquella humillación en las cárceles, se sintieron irritados y a veces no comprendidos ante estos hechos que algunos calificaban de obscenos ante el olvido.

Había que empezar algo nuevo sabiendo que los radicales de ambas alas (extrema derecha e izquierda) alteraban el orden en busca de un golpe de estado. Y así fue. En febrero de 1981. Pero el sentido común de todos los partidos políticos y la ratificación en aquel momento del rey en seguir el proceso, fortaleció la democracia. Habían pasado ocho años donde, poco a poco y gracias a un apertura dosificada y desde el sufrimiento, el pueblo aprendió a vivir en convivencia con sus enemigos, instaurar la tolerancia y abrirse al futuro.

Soy consciente del malestar actual de muchos exiliados cubanos que asisten, como si fuera una película de “horror de guante blanco”, a un espectáculo esperpéntico al ver izar la bandera de EE.UU otra vez en la Habana -y viceversa en Washington- después de tanto tiempo, sin haber cambiado nada desde el régimen. Y asociar esta “cesión” a una compraventa o una amenaza lobbysta de algunos desalmados políticos y empresarios, que no entienden que esto beneficia a “los Castro and Co.” y no al pueblo común. Parte –o mucha- de razón hay.

Pero déjenme que sugiera algo: las puertas están abiertas ahora. Las idas y venidas de un país a otro permitirán aperturas. Modos de entendimiento distintos. Puntos de vista disímiles y abiertos a nuevos proyectos. Creación poco a poco de nuevos negocios e iniciativas privadas. Y si bien habrá núcleos de poder político-empresariales, como ha pasado en Rusia o China -también se van a dar; no seamos ingenuos- es evidente que otras perspectivas se van a establecer. Va a seguir existiendo injusticia, sin duda. Abusos de poder en varias áreas, asimismo. Corruptos habrá (¿no los hay igualmente ahora? ). La represión, no seamos estúpidos, seguirá en plena calle y en el sigilo.

Déjenme que les diga una cosa: a medida que la sociedad se organice social y económicamente van a ver nuevos grupos de presión y poder. Distintos puntos de vista que obligarán a decidir políticas no precisamente homogéneas. Estas contradicciones, cuando “el susodicho” se muera, saldrán a flote. Y sin negar un periodo de aguas turbias y difíciles -a veces con acontecimientos violentos como las que hubo en España en aquel periodo- van a llevar al país hacia la normalidad democrática poco a poco. Y creo que hablo, ya no desde la perspectiva de un deseo, sino de un hecho.

Quizá, como observaron algunos el 14 de agosto de este año, la bandera de las barras y las estrellas no ondeó cuando se izaba en la embajada por falta de aire, pero nadie puede negar que el mar está a escasos pies de allí y el viento del norte se pasea a menudo por su orilla.

Tiempo al tiempo.

domingo, 2 de agosto de 2015

El genio humorístico de Alejandro Aguilera

Sin título, Alejandro Aguilera

aLfRedO tRifF

Si algo bueno puede ofrecer Facebook es asomarnos al trabajo de un buen artista. Es así como he descubierto otro lado de Alejandro Aguilera. No hablo de Aguilera el conocido escultor cubano/americano. Antes de llegar a ese otro lado quisiera examinar el dibujo de Aguliera. Es de esperar que un buen escultor tenga un sentido "escultórico" del dibujo.

(Los tres dibujos que siguen tomados de la exhibición "Black Drawings, About the Modern Spirit" de 2012).  

Young B. de las Casas (2011)

¿Por qué el dibujo? Es el trazo primario del arte, sea pincelada, viruta o pedimento. Cada elemento material es un dibujo intelectivo implícito.

Aguilera ha desarrollado un dibujo muy original, de impronta modernista, particularmente futurista/vorticista, tridimensional, muy gráfico, y permeado de rigor historicista.

 Mondrian at Work (2011)

Honor a las influencias: el trazo del Picasso postcubista (muy en el estilo de Dominique Ingres), la poética de los muralistas mexicanos, la marca sardónica de un dadaísta como Otto Dix. Está también la marca del diseño gráfico comercial de entreguerras del siglo XX.

Frank Lloyd Wright (2011)

Hasta aquí destaco al dibujante original para comentar otro lado menos conocido: el Aguilera humorista.

Abajo tenemos un limpiador de alfombras que no se percata (no puede) que el calentamiento global lo incluye, lo que el ensayista Timothy Morton ha llamado "hiperobjeto", ente omnímodo que lo "aspira" todo mientras él despreocupado usa su aspiradora. 

 Sin título

Aguilera le da duro al humor social y político. Presento algunos ejemplos:

La casa de modas populistas que es el chavismo,

Sin título

Las intrigas del vaticano y el Papa Francisco (a la usanza de el dibujo cáustico de ese maestro de la sátira política, Otto Dix). 

Sin título

La fuga fantástica del "chapo" Guzmám (con bandera mexicana incluída en la carreta de construcción).

Sin título

El payaso de Trump como algún felino familiar de Looney Toons.

Sin título

La realidad constante del balsero que nos toca (sea en el estrecho de la Florida o cruzando la frontera). En un futuro casi inmediato serán recogidos por Carnival Cruises y devueltos a la Habana.

Sin título
Poco a poco realizamos que Aguilera puede jugar al humor del ilustrador maduro. Por ejemplo, el destape racista confederado del sur de Estados Unidos, ahora como obra didáctica teatral.

 Sin título

O el león Cecil, el felino célebre cazado por el dentista americano Walter Palmer, en el cielo con angelitos negros,  novedad que le ha dado la vuelta al mundo.

Sin título

O este "Monumento a los huesos", más codificado, elegante y cerebral.

Sin título

No bromeo, Aguilera pudiera encontrar empleo en una revista como The New Yorker (contra todos los pronósticos advierto que el género que nos toca discutir aquí no desaparecerá por el momento).

Lo he conversado con el artista. Es hora de una exhibición de ese otro lado prometedor de Aguilera.