lunes, 25 de marzo de 2019

Pasa lo que no tiene que pasar en la calle de Albear (relato contrafáctico)



Para Juan y Carmen Márquez

alfrEdo tRifF

Todas las mañanas antes de llegar a su trabajo Pedro toma su café en “La Maravilla.” Lee el periódico y conversa con sus amigos. Hoy, empero, decide ir a otra cafetería donde dicen que hay un buen café con leche. Después de terminar su desayuno, se monta en su coche y se dirige a su trabajo. Para llegar, debe hacer una derecha justo antes de la calle Albear (cuando se maneja, se está pendiente de todo menos de manejar). Pedro está absorto en sus pensamientos: que como está el mundo de loco, que mira que pegarle los tarros a Lucila (refiérese a su cuñado), que como andan las negociaciones de paz en el medio oriente. Hace una derecha (no se piensa, se hace y ya) pero apenas tiene tiempo para ver otro auto que se le encima a toda velocidad.

Pedro termina en el hospital en estado de coma. El doctor de turno le informa ahora a la esposa y los hijos que pese a las múltiples fracturas en la pierna, brazo y costillas, lo peor de Pedro es ese estado de shock que lo mantiene inconsciente. La esposa está desconsolada y el doctor la conforta: Pedro sufre una fractura craneal con laceración de vasos sanguíneos con lesión axonal difusa. Hay que esperar, tener paciencia. No se imaginan que Pedro los oye y piensa. Como que se siente bien, con una profunda quietud interior; algo así como un cansancio enorme. Allí Pedro se pregunta “por qué,” lo cual equivale a ir al principio de todo.

Hay que retrotraer de toda esa cadena de causas que preceden al accidente; esas que parecen descollantes. Las cosas se analizan por parte. Uno no se detiene a pensar en cosas intrascendentes: que por qué fumarse un cigarrillo después del café y no antes, o si no se debió abrocharse el botón de la camisa. Uno busca con cuidado en su memoria todo lo que pudiera haberse hecho de otro modo. Se pregunta Pedro por qué cambió su hábito matutino. Y es que hay que cambiar las cosas; lo mismo siempre cansa y aburre. Recuerda la persona que le recomendó el lugar nuevo. ¿Es ella culpable del accidente? No, si hay un culpable es él por hacerle caso. Se reprocha un tanto estar pensando en eso, que ahora resulta que si sigue por ahí es capaz de terminar por creer que el café con leche era malo, con tal de disculparse por no haber ido a “La Maravilla,” y por tanto no haber hecho aquella fatal derecha. Y pensar eso le da satisfacción de una cierta capacidad para la autocrítica, algo de lo que su tío Fermín siempre le hablaba. Pedro respira profundo y sigue inmerso en su cavilación.

¿Qué hay de esas cosas menores que parecen menos importantes, como lo es el momento en que al leer un anuncio de “apartamentos se rentan” en el periódico, pensó en su amigo José que se acaba de divorciar de la mujer y que necesita un estudio pequeño –y lo iba a llamar, pero el teléfono estaba ocupado y decidió hacerlo desde el trabajo a la hora del lonche. Y recuerda que ya dentro del auto pensó en llevar un café con leche para Lucho (un viejo con el que siempre juega una partida de damas después del lonche y antes de la campana). Y ponderó así mismo en algo que ya no sabía si había pensado o hecho, como es frenar antes de hacer la maldita derecha, frenar sin razón, por qué no, que no hay que tener razones para hacer cada cosa. Uno no puede admitir que algo tan jodido como eso tenga que pasar, sin ser posible de otro modo.

La ironía de la vida es que si antes de hacer la derecha Pedro se encuentra con que hay una maleta abandonada en medio de la calle y hubiese parado y abierto la maleta y resulta que está llena de billetes de a cien, entonces aunque haga la derecha y choque, podría al menos pensar que valió la pena no haber ido a “La Maravilla” ésta mañana. Pero eso no pasa nunca (está ese dicho sarraceno: “la suerte es peor que mejor”). Uno se dice “lo que pasa tiene que pasar.” Pero el pensamiento se ofusca ante obtusa repetición. Si lo que es, tiene que pasar, ¿para qué objetarlo?

Resulta difícil admitir que lo ocurrido tiene que ocurrir por ese mero hecho –“mero” ya que se cuestiona su validez– de ocurrir. Esa infalibilidad molesta sobremanera, y sucede que a todo hecho uno le contrapone “lo que pudo pasar.” Siempre podemos albergar esa posibilidad no materializada. Pensar ... poder pensar es el asunto, pero se piensa después del hecho, no antes; el hecho y el pensar son cosas distintas. Lo accidental jode, ya que coarta nuestros planes. No importa, Pedro disfruta la primera vez en que puede pensar en cosas así. Uno siempre está tan ocupado con la vida que no piensa en ella.

Es cierto que las cosas no tienen que pasar siempre como uno las previene ya que hay posibilidades mas allá de nuestro alcance; cosas que hace uno y otras que lo toman por sorpresa. Hacer la derecha en Albear fue su incumbencia, pero aún así le sorprendió el choque. Ahora se le hace difícil pensar en esa derecha sin el coque acaecido. No deja de imaginar el auto con el que chocó, pasándole lentamente por el lado y el pobre hombre (pobre nada, que fue su culpa) preguntándole: “¿por favor amigo, sabe donde es la calle Albear?”

Sí, en la vida hay cosas imprevisibles. Por ejemplo, uno no puede evitar un terremoto mientras duerme en su cama; nada que reprocharse, a no ser que pensáramos que uno le ocurre al terremoto por estar ahí en ese momento. Quiere decir eso acaso que sin Pedro no habría el choque de Pedro, por así decir. Pero, ¿no hay acaso una relación entre el auto y Pedro y el choque? No siempre que alguien hace una derecha en la calle Albear tiene que chocar con otro auto, y como no existe tal necesidad, pudo haber sido siempre distinto –conjetura Pedro.

Lo que uno nunca hace en esta vida es pensar cuantas otras cosas pasan pese a lo que tiene que ocurrir. Como lo es sugerir que no hay causa del accidente en sí, sino de algo mas, o menos. Se sugiere la posibilidad de un hecho sin causa alguna, como quien se lanza a su muerte desde el último piso de un edificio sin motivo. O podemos restarle al accidente el accidente mismo y se tiene que se hace la derecha y se llega al trabajo, y todo transcurre como siempre: Pedro llega a la casa, y ahí está su mujer; y ya llamó a José, y se reúne con él a las 9 pm en el bar de la esquina, y se toman unas cervezas; y después se va a casa, mira un poco la tele y se va a dormir. Visto así podemos conjeturar que cada momento de la vida es un momento de un accidente no ocurrido. Si estoy en la mesa almorzando es porque no resbalé fatídicamente contra la mesa de cristal de la sala un minuto antes y así sucesivamente.

Por primera vez, Pedro encuentra tal secuencia de eventos pavorosa. ¿Cuál es el propósito de recrear una vida –la suya– que no sea la del choque? ¿Para qué creer que por no ir a “La Maravilla” llega a su trabajo sano y salvo, o con una maleta llena de billetes de a cien? ¿Todo eso por no haber ido a “La Maravilla?” No vale la pena; la realidad es ésta. No es que lo que pasa puede pasar de otro modo, sino que lo que pasó esta mañana –o lo que tenía que pasar, al menos– es lo únicamente materializado (quizá no porque tenía que pasar, sino) porque en éste mundo las cosas son así.

Nuestro mundo tiene la extraña particularidad de tener a Pedro chocando con un loco en la calle Albear. Con los hechos, hay cosas que parecen más descollantes, mas necesarias. Pongamos que sean tan legítimas como otras posibilidades por igual. Se trata entonces de lo accidental del mundo, que es el mundo al fin. ¿Existe acaso una “mejor posibilidad,” que esa de Pedro el afortunado con una maleta llena de dinero que acaba de encontrar? Pongamos que sí, como posibilidad. Pero estar donde está, tendido sin el menor dolor, sin ningún vestigio de esa frívola ofuscación que es la vida de todos los días le permite ahora un examen quizá imposible en otro caso: ponderar ese aspecto prometedor de lo inevitable. Lo que hay de único en el asunto es su contingencia. Es decir, el asunto de cuánto hay por pasar que no pasa porque debe pasar y sin embargo pasa. Es cierto que parece ilógico a Pedro (o a cualquier otro) pensar que si hace una derecha en la calle Albear tiene que chocar. Pero es que el choque no pasa sino en la derecha-de-no-ir-a-“La Maravilla.” El choque es el del día de hoy para todo el mundo de éste día.

Todo está conectado: por no ir a “La Maravilla,” pero también por ir al trabajo, por ir a trabajar ayer y hace seis años, por tener esa profesión, por no haber sido albañil en lugar de tornero, por gustarle tanto ir al taller de su tío Fermín cuando era niño, por haber sido sobrino de Fermín, por ser hijo de su padre, por éste último casarse con su madre y por todo lo que tenía que pasar en el mundo antes de Pedro, pero que tenía que terminar con esa derecha, hoy, en la calle Albear. Si la emigración de sus abuelos desde Arabia, como la derecha, tienen que ver con el choque, entonces las migraciones de los pueblos todos del mundo están conectadas de alguna manera con el accidente. También las vidas y las peripecias de esos grandes hombres de la historia que su tío Fermín le hablaba. Luego, éste mundo con su historia es el mundo del choque de Pedro. Y ahora no sabe como reaccionar a esta idea que todos los anales del mundo apunten a este instante imprevisto en que hizo la derecha. Se siente en medio de una vorágine de sucesos, favorecido por lo indisputablede la necesidad e intima que le toca un nuevo papel, un sentir que lo separa un poco de sí, de su grave condición en esa cama en el hospital, para convertirlo en un testigo imparcial, incluso generoso de su propio infortunio.

Disfruta entonces Pedro una profunda calma de no tener que ponderar un “por qué” ni pensar en nada mas relacionado con el accidente. No tendrá que continuar cavilando, pues todas las causas del mundo están conectadas entre sí de modo que ninguna puede dejar de causar la otra. No hay motivo de dolor alguno, sino una profunda quietud. Cualquier causa en el mundo antes y después de hoy es parte del choque de Pedro, y Pedro deviene, por tanto, en causa y efecto de todo.

jueves, 21 de marzo de 2019

La vida es solo un estar fuera del Ser


Ramón Alejandro 

Navegaba en un destartalado barco de transporte de inmigrantes europeos a la América del Sur. Portugueses, napolitanos y unos pocos malagueños iban de vuelta a sus lares porque la situación económica se estaba deteriorando en Brasil y el Rio de la Plata. Eran los finales del mes de marzo del año 1963, justo después de los carnavales de Rio de Janeiro durante los cuales no había podido divertirme tanto como el año anterior por la intensidad del deseo de llegar a las puertas del Museo del Prado. Necesitaba dejar atrás el mundo de las apariencias y volver al empireo. Mi verdad la había hallado una década atrás en la sala donde mi abuelo tenía colgadas las copias que siendo joven estudiante de la Academia de San Fernando de Madrid había hecho de ciertas pinturas.
Lo que representaban era la Verdadera Vida. La imagen viva que sostiene la Realidad. Ese era el mundo de los arquetipos ideales que había enseñado Platón. El carnaval “existía", pero las pinturas de mi abuelo “eran". El Arte “es", la Vida es solo un “estar" fuera del Ser.

Un día de Terça feira que cierra esa semana de festejos me despedí al borde del muelle de la bahía de Guanabara de mi compañero Antonio Larreta y subido a ese navío cuyo nombre he olvidado. El cielo raso de nubes extendido sobre los morros de Botafogo, el Corcovado, Dois Irmaõs y la Pedra da Gavea estaba iluminado de rojo por las luces de la ciudad en transe. Era uno de los últimos viajes de este viejo barco, mudo testimonio de tanta miseria humana.

Al cruzar el Ecuador entre el archipiélago de Cabo Verde y las orillas del desierto de África una tempestad que duró varios días nos levantaba y nos volvía a hundir con el vertiginoso oleaje. Los portugueses vomitaban sobre sus propias literas mientras las viejas napolitanas vestidas de negro cantaban sobre la cubierta barrida por los elementos desencadenados alrededor de un petiso regordete que oficiaba la misa en medio de los tumbos de la popa y de la espuma que pasaba de babor a estibor. Se desgañitaban repitiendo “Bianca come la luna"…invocando a la Virgo María Mater Dei con sus voces estridentes mientras yo hundía mi mirada en el abismo negro que como bostezo sobrenatural se abría del otro lado de la barandilla donde me apoyaba.

Ahí en lo hondo rugía Olokum, Yemayolokum, Yalodde macho, el dueño de los tesoros que guarda el fondo del Océano. El Poseidón fabricador de innumerables tretas y enemigo feroz de Ulises. El cáliz del adiposo afeminado se tambaleaba entre las manos sobre el mantel del altar improvisado por el joven curita. Al horizonte una estrecha franja de sutil color gris dividía el oscuro cielo y el negro Océano. La silueta negra de un barco con la proa dirigida hacia las nubes como implorando piedad se iba hundiendo poco a poco. Apostados cerca de la cabina del capitan mis amiguetes malagueños y yo escuchábamos el agitado tintineo del telégrafo por el que surgían las desesperadas llamadas de ayuda de quienes estaban a punto de naufragar y perder la vida tan cerca de nosotros. Unos descarados jóvenes napolitanos se burlaban de mí llamándome “Trequarti" porque mi abrigo solo me llegaba a la rodilla. Poco después de esos clamores desembarcamos silenciosos, sobrecogidos por la belleza de una isla volcánica sobre cuyas laderas cubiertas de viñedos apuntaban al cielo los campanarios de diminutas iglesitas barrocas de ensueño; Madeira.

Al día siguiente llegamos al puerto de Lisboa donde un sigiloso vendedor de pornografía nos mostró sus imágenes prohibidas. Cansados después de quince días sobre el agitado Océano nos dirigimos ya hacia la puerta occidental de Europa, los propileos levantados por Hércules, dispuestos a surcar sobre nuestro armatroste entre el Peñón de Gibraltar y el Hacha de Ceuta. Las aguas del Atlántico y las del Mediterráneo no se mezclaban con demasiada prisa y mostraban por separado sus diversos azules en el estrecho. Sin embargo la música mora y la música andaluza se confundían surgiendo de varios radios transistores al unísono. No podíamos distinguirlas a la una de la otra con tanta certeza como los colores de aquellas olas. Esa misma noche desembarcamos en Barcelona con buen tiempo.

miércoles, 13 de marzo de 2019

lo trans y lo sustantivo del SER


aLfrEdo tRifF

qué es el asunto "trans"?

el trans es un hombre o una mujer que nace en el cuerpo equivocado. a esto se le ha mal llamado disforia, término que desde la sicología indica una insatisfacción generalizada con el cuerpo. luego, el asunto trans nos lleva al problema de la identidad.

1. otra manera del ver el asunto trans es como un ir "desde" y "hacia".

el trans busca ir "desde" un cuerpo "hacia" otro. tener el cuerpo de hombre y anhelar ser mujer es manifestar la "falta", que apunta el "desde" el cuerpo masculino "hacia" el femenino. la sorpresa es que el cuerpo no es el asunto, ya que el "hacia" no termina en el cuerpo femenino. ahí está el error de asumir que "hacia" implica un destino corporal fijo.

lo trans no tiene destino fijo. una vez en el "hacia" el trans realiza que su insatisfacción no desaparece. y no desaparece porque la causa de la disforia no está en el cuerpo. más bien la disforia se manifiesta en un cuerpo pero viene "desde" otra parte.

2. el asunto trans tiene raíz en lo sustantivo del ser.

ningún cuerpo puede satisfacer la necesidad del ser ya que el cuerpo no es -aunque parezca lo contrario- lo definitorio en este caso. el ser transciende al cuerpo. en todo caso el ser corresponde no a un cuerpo sino un "es pos" del cuerpo.

claramente "en pos" no puede encontrarse corporalmente en el futuro (de otro cuerpo).

3. el trans CREE que desea otro cuerpo. no es así. no puede serlo. lo que el trans desea es el SER de otro cuerpo. pero NO HAY SER EN EL CUERPO NI CUERPO EN EL SER.

cuerpo y ser están DESFASADOS. incluso el ser mismo está desfasado consigo mismo.

jean paul sartre lo declara de un modo enrevesadamente poético: el ser es lo que no es y no es lo que es.

la lección es que la llamada "disforia" no es corporal. el asunto SER es una condición TRANS estructuralmente hablando. pero no porque se rechaze cuerpo alguno.  

el SER es rechazar SER.

domingo, 3 de marzo de 2019

Gino Paoli - Senza Fine



Hablando de cine, anoche (unas horas antes) mi mujer y yo hemos visto Mi Vida sin Mí, una de las obras tempranas (2003) de la realizadora Isabel Coixet, la cual se convirtió en su primer éxito en el séptimo arte. Coixet es la autora de la antológica Verano 1993, la cual citamos en la relación de películas relevantes de 2018. En esta otra cinta una joven chica casada, madre de dos hijas, es diagnosticada de una enfermedad mortal que le deja muy poco tiempo para vivir. A partir de ese momento se genera un redescubrimiento del sentido de su vida y comienza a preparar estoicamente su partida sin darle a conocer a la familia la fase terminal de su existencia. El guion de Coixet es una adaptación libre del relato corto Pretending the bed is a raft (Simulando que la cama es una balsa) (1997), último texto en un compendio con idéntico título​ de la escritora floridana Nanci Kincaid. El script de Coixet se convierte en una pieza literaria envidiable para cualquier escritor. Y la concepción del filme muestra por primera vez que los ovarios de esta mujer-cine están hechos de célula viva, talento y exquisita sensibilidad. Su delicadeza como autora echa mano a una banda sonora urdida por el barcelonés Alfonso Villalonga, uno de los más reconocidos compositores musicales del cine europeo. Entre las citas ambientales que no son de Villalonga, la Coixet escoge esta hermosa balada de Gino Paoli, un icono de la canzone italiana. El filme debe estar disponible en Netflix y si se aventuran a verla disfrutarán de un filme memorable, pletórico de ternura e impecable belleza. (JR)