Mostrando entradas con la etiqueta Las aventuras de Adua la pedagoga. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Las aventuras de Adua la pedagoga. Mostrar todas las entradas

domingo, 28 de octubre de 2012

Un sueño de Halloween

Ramón Alejandro

Sobresaltado me desperté de un sueño: Estaba en La Habana y Edmundo García me había conseguido una invitación para una fiesta que daban en el Palacio de la Revolución. El Consejo de Estado había decidido celebrar Halloween en la sala de cuidados intensivos donde tenían recluído desde hace unas semanas al retirado Jefe de Estado. Lo habían disfrazado de zombie y le guindaban sondas, esparadrapos, tubos de oxigenación y todo tipo de adorno paramedical que le quedaba de lo más elegante sobre su enclenque compostura.

La idea directriz de esta fiesta improvisada era invitar al encargado de negocios de la misión americana para llevar adelante un nuevo plan de acercamiento ideado por Cacho, el cual se había convertido en el consejero principal de Raúl después de que Abel Prieto se había asilado en el interior del Palacio Cardenalicio bajo la protección del Cardenal Ortega Alamino, quién le estaba tramitando en esos precisos momentos con el Papa Juan Pablo Roque Dieciséis, su traslado inminente a Roma en una avioneta de los Hermanos al Rescate piloteada por el fantasma de una de las cuatro víctimas del alevoso ataque de la aviación de guerra cubana.

Según el audaz plan inventado por Kcho ya estaba bueno con eso de que las relaciones entre los dos tan disímiles y asimétricos estados, por un lado la Rampante Potencia Mundial Cubana y por el otro el decadente Imperio al borde de la ruina económica causada por el Presidente Obama y su dispendiosos planes de Seguridad Social y dos o tres guerritas por ahí que les habían salido de lo más caras.

Cuba le iba a perdonar generosamente la vida a los debilitados Estados Unidos, a cambio de que le devolvieran a los cinco de la Red Avispa y de paso a Rosita Fornés y a Daysi Granados, que habían sido secuestradas por un grupo de extremistas homosexuales que querían nombrarlas alcaldesas de Dade County. Cuba acceptaría que el Imperio le devolviese ciertas enormes sumas de dólares, cuyo monto exacto sería dado a conocer ultriormente para intentar cubrir solamente una pequeña parte del perjuicio que le había causado al pueblo cubano tener que recibir y alimentar a tanto exiliado que volvía a la Isla, para poder comer a saciedad y vestirse decentemente (después de que la crisis económica actual hubiera sumido en la miseria a gran parte de la población de los países del primer mundo, como nos lo explicó Mariela en su reciente viaje a Bélgica).

Raúl estaba vestido de Turandot de Puccini con una aguja enorme atravesándole un moño descomunal que era parte de su disfraz de emperatriz china. Mariela iba de Madame Butterfly. Los dos se pavoneaban montados encima de un dragón de plastico dorado que la República Popular China había solidariamente prestado para esta ocasión.

Delia Soto "del Lotto", así llamada por haberse ganado el premio gordo casándose con el dueño del manicomio se quiso vestir de negro, pero un babalao se lo desaconsejó por parecerle que inevitablemente traería osobbo provocando a Ikú, y que de todas formas ya muy pronto se podría poner toda la ropa de luto que quisiera, así que fue vestida de Drácula con dos colmillitos botados saliéndoseles sobre el labio inferior para que no la acusaran de armar arayé.

El "General Tortoló" fue disfrazado de Guillermo Tell con la Manzana de Máximo Gómez puesta en la cabeza atravesada por una flecha. Alfredo Guevara no había sido invitado porque últimamente Fifo había terminado por darse cuenta de que él había sido el único causante de su nefasta equivocación táctica induciéndolo a ser proclive al marxismo, error fatal que había dado al traste con todos los planes de desarrollo económico y social que la Revolución hubiera querido realizar en beneficio de su sacrificado pueblo si hubiera sido capaz de inspirarse en un modelo más adecuado que el de la occisa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la cabecera del fracaso y madre de todos los desmerengamientos. Lo tenían castigado y sin disfraz considerando que ya no le hacía falta porque con su cara tenía bastante castigo.

Todo eso me lo iba explicando Edmundo de lo más serio. Cuando en eso entre estruendosos aplausos se abre de pronto una puerta y salen volando Hugo Chávez y Evo Morales vestidos de brujas montando sendas escobas que estaban manipuladas por poleas y cables sostenidos por carrileras corredizas instaladas en el cielo raso gracias a la pericia del ingeniero Ramón Castro, hijo de Quién Tú Sabes, que fue vestido de Elena Ceausescu, Danubio de Ciencias, y cubierto de medallas y diplomas Honoris Causa dados por las más prestigiosas universidades rusas, checoslovacas, húngaras, polacas, búlgaras y hasta una del Kasajastán.

El momento estelar fue cuando el Comandante, con voz temblorosa, comenzó a explicar al divertido público que agitaba frenéticamente banderitas cubanas de papel reciclado, que el Universo "estaba en constante expansión". Se bebió maltinga y se comió moringa aderezada de mil diversas maneras, gracias al talento de Erasmo, ejemplar de chernipato de lentejuela y pandereta que lejos de encontrarse en peligro de extinción medra gozosamente en el caldo de cultivo machista de las gloriosas F.A.R. que tanto se distiguieron en la heroica defensa de la isla de Granada y la independencia de Namibia, que además de todo eso es el cocinero favorito de Raúl.

Se lanzaron confetis y serpentinas, y la cosa estaba programada para durar hasta la madrugada pero a partir de medianoche al darse cuenta los invitados de que en fin de cuentas el encargado de negocios americano no iba a venir, el ánimo decayó considerablemente y cada uno se fue retirando con la mayor discreción y el sigilio de rigor en caso de fiasco, mientras que en medio del salón decorado de esqueletos, calabazas talladas iluminadas desde adentro por velas, ratones ensangrentados, telarañas y otros espantos de ocasión, Raúl lloraba en brazos de Mariela con una cola de burro colgándole de la rabadilla.

Kcho se daba tremendo pase de nieve andina delante de todo el mundo y un coro de transexuales ostentando sobre sus enhiestas cabezas sus cercenados genitales puestos en valor por Javier Guerra, brillante pinero alumno de Kcho que los había hábilmente montado sobre extravagantes pamelas en forma de botecitos con remos que tuvieron muchísima acceptación (y despertaron el interés de numerosos intelectuales europeos y hasta de un famoso galerista de Nueva York que le firmó al socio tremendo contrato ahí mismo, mientras que al mismo tiempo los beneficiarios de la vaginoplastia gratuíta bailaban un desenfrenado french cancán para intentar disipar el muermo provocado por el nuevo y fracasado intento de reconciliación con nuestro Gran Hermano del Norte).

Que los yumas son tan hipócritas, rencorosos, vengativos, abusadores e intolerantes que ni fingiendo con la mejor voluntad del mundo adoptar sus decadentes usos y costumbres le perdonan al pueblo cubano el haber reconquistado su dignidad perdida con la infausta enmienda Platt hace ya más de un siglo, porque seguramente los muy tacaños siguen furiosos por aquellas justas nacionalizaciones de los primeros años de la siempre victoriosa Revolución, que total no fue tanto como para que nos hayan cogido tanta jiña esos cuatro quilitos que perdieron los nagües.

¡Esos americanos son de verdad retama de guayacol y calcañar de jíbaro, asere!

lunes, 16 de abril de 2012

en tu preocupación de hallarme, desmayada, asesinada por un negro, suicidada de calenturas por culpa tuya, infectada por el tubo metálico del Romeo y Julieta que te regalé para que luego de fumártelo me sirviera de consolador

Ramón Alejandro

Anoche, como te había predicho, llega la pájarapinta y se encuentra a la morona de su gata afuera. Y se alborota toda al constatar que yo la había dejado escapar. Ipso facto le dije que le explicaría la secuencia de hechos que provocaron el exilio de esa pobre bestezuela, fuera de su gao habitual. Le conté como embelesada yo en mi yeré, escuchando a Concha Buika cantar esas canciones mexicanas que son el caldo de cultivo afectivo de mi alma y la fuente de mis modelos amorosos, ni me apercibí que mi celular estaba puesto en su modo vibratorio y por supuesto, a la hora en que tú trataste de comunicarte conmigo no escuché ninguno de tus repetidos, diecisiete me dijiste que fueron, intentos de comunicarte conmigo. Le conté como habías logrado convencer al atrasado mental del barbero M. para que te diera acceso a la puerta de la casa que por poco tumbas en tu preocupación de hallarme, desmayada, asesinada por un negro, suicidada de calenturas por culpa tuya, infectada por el tubo metálico del Romeo y Julieta que te regalé para que luego de fumártelo me sirviera de consolador, y que me estoy metiendo por el culo desde aquel feliz día que pasamos juntos en Cubaocho.

En fin que al final y una vez reencontrados tú, es decir Romeo, y yo, Julieta, nos fuimos despreocupados a la playa a continuar nuestros sabrosos diálogos filosóficos, musicales y eróticos, en los que a falta de pan, buenas son tortas, me singas mentalmente y me sugieres finamente diversas maneras de convencerme con cuentos e inventos ad hoc, a fin de sacarme descaradamente mi dinerito. En eso el Diablo que nunca duerme y todo lo añasca, hizo que los dos gatos, el comemierda amarillo y la ya antemencionada morona negriblanca, tomaron las de Villadiego y se fueron a buscar ratones por el barrio. Justo antes de salir nosotros, pues estuviste en casa solamente el tiempo que me llevó el vestirme, el amarillo volvió a entrar, porque recuerdo vagamente haberlo visto, pero parece que la negribalnca se pasó la tarde afuera por comemierda. La loca se puso histérica al saber que habías osado penetrar en su casita, considerando que ninguna razón había para ello. Yo le aclaré que sí que la había y que tu legítima preocupación de que tu anciana mariquita enamorada se te fuera a ir a cantar el manisero a los Campos Elíseos junto con las sombras de Ulises y demás antepasados difuntos solita en su cuartico alquilado, era razón suficiente para que le violaras a mansalva y a tu siempre viril manera, su sancto sanctorum domiciliario. Y de paso no quise privarme del placer infinito de expresarle a grito pelado mi mas profundo desprecio por ese par de mongólicos gatunos que ella adora, repitiéndole dos veces, según la vernácula costumbre cubana de redundar en abundancia, que yo me limpiaba el inán )el fuifo o si prefieres en castellano castizo, el culo(, con sus dos gatos.

Después de eso silentium post clamores. Él se puso a recitar el mantra un ratico y yo me tiré en la cama a darme una crema hidratante a base de cocoa por mis piernas, brazos, pecho con su correspondiente tetamen y vientre, lamentando no tener conmigo a un esclavo abisinio que me la diera también por la espalda y de paso por la entrenalga. Y dormí como una mona después de ser poseída por el orangután de sus amores. Héteme aquí ahora contándome mi vida como suelo, deseando verte de nuevo hoy para continuar nuestro coloquio interminable y que me hables de violines y Stradivarius, y de bosques de cipreses resinosos, y de cómo se vive bien en Cuba cuando se es pincho e hijo de artistas reconocidos del régimen, y lo bonita que era Rusia cuando era ñángara y todas esas cosas que, entre otras, y sobre todo tu carita de ángel de Salcillo, y pecho de oso siberiano, tanto me fascinan de ti.

Ya sabes, el panorama se aclaró y creo que la dejé planchada, la pobre, pues no se esperaba que yo, que tan mansita pretendo ser, me le haya revirado de tal manera. Y que no le conviene que me le vaya antes del fin de mes porque tendría que devolverme el dinero que le di por adelantado ya que la infeliz está en la fuácata. En fin que si quiere ser casera tiene todavía que tomar muchos cursos preparatorios y yo ya le he dado el primero de gratis.

Un beso sobre tu divina portañuela.
De tu chernita prodigiosa que te adora.

sábado, 24 de marzo de 2012

tuyAparasiempre

Eric Stanton, 1960's
Ramón Alejandro

Me acabo de dar cuenta durante esta deliciosa madrugada tropical, que con las dos tarjetas que tienes en tu poder, la mía y la tuyA, puedes sacar todo el dinero que tú quieras de mi cuenta y ponértelo en la tuyA. Esta vez sí que me puse la soga al cuello bien apretadita. Yo no se todavía si tu vas a hacerme esa violencia, si has decidido hacérmela mas tarde, o si ya me la has hecho. Por eso me siento tan inquietica que he tenido que dejar de apretarme mis dos clítorix pensando en ti, acostada en mi camita solitaria como me he pasado buena parte de esta noche inolvidable, para ponerme a escribirte esta cartica de amor, de amor del mío, de ese amor extraño que es el de la víctima gozadora por el verdugo de todos sus amores. 
Estoy atada a ti por el secreto absoluto que te debo desde que decidí ser totalmente tuyAparasiempre

Tú sabes que mis dos maridos abusadores me dejaron por razones diversas, Él de Miami, por celos, y él de La Habana, por el qué dirán. Yo soy fiel y después de haber sido muy promíscua de jovencita me he vuelto monógama convencida, nunca los hubiera dejado de mi propia voluntad, y si por mi fuera aún estaría en las duras manos del primero que sabia chulearme a largo plazo, como espero que tú lo sepas hacer por muchos años. Yo quiero que esta deliciosa relación que apenas hemos comenzado entre nosotros nos dure el resto de nuestras vidas. Imagínate si ahora de entrada, me quimbas el poco dinerito que tengo puesto en tus manos por culpa de este gustico que me da poner a prueba a mi macho, permitiéndole decidir a él solito si me arrebata mi dinerito o si me lo saca poquito a poco, que es lo que me gusta a mí.

Lo que yo deseo ardientemente es que este gustico de ser esquilmado que disfruto tanto, dure el mayor tiempo que sea posible. Yo sé que tu eres inteligente y que no eres un delincuente abierto como lo son mis dos anteriores, tanto el de Miami, hábil y capaz de cálculo a largo plazo de optar para simultáneamente por su interés y el mío, de explotarme de una manera durable, o como el fantasioso bicitaxista que me arrebataba torpemente en un instante oportuno lo más que podía debido a las circunstancias limitadoras que imperan en Cuba para los numerosos bugarrones que como él trasquilan habitualmente a los mariconcitos masoquistas como yo.

Pero Papa, eres macho y tienes bajo tu férula a una mariquita tan bien capada, tan sumisa a tu ley y arbitrario imperio, que me pareceria sorprendente que me perdonaras la vida sabiendo lo mucho que gozo cuando mi dueño me tumba mi lanita. Tu corderita mamalona nació así, como tú sabes, y a lo mejor te podrías dejar llevar por la tentación de sacarme a la fuerza, por gusto, a la dura y por el ímpetu de tus cojones y hormonas masculinas, lo que bien sabes que terminaré por darte mansita, por la propia ley de mi feliz naturaleza de víctima gozadora. Tenía que decírtelo, tenía que ponerlo todo en claro en mi cabecita de monguita enamorada. Perdóname tanta torturadora complicación, pero el patico sumiso que te ha tocado, tu putica boba, es así. Ve aprendiendo a perdonarme mis defectos que son lo que me hacen tan débil ante tu poder de varón.

Entiéndeme Papá, lo que yo quiero es que lo nuestro dure toda la vida, no lo vayas a estropear por una pueril impaciencia de tu testosterona desenfrenada. Eres muy jovencito aún, Pipo. Aprende a trasquilarme con calma, cocíname a fuego lento para que puedas aprovecharte bien de mí, y yo siga gozando como esta madrugada solita en mi cama, saboreando mi relación contigo, soñando como una criadita de barrio popular cualquiera un romance sin fin con un hombre de tu temple. Capaz de vivir su vida de dominador natural con la de amaestrador de chernitas comepingas como yo. Me vine como una yegua, me aprete mis dos clítorix como una loca y logré uno de los orgasmos más satisfactorios de mi larga vida de pajera empedernida. Espero con impaciencia el jueves a que me des lo que me promatiste anoche. La noche de la celebración de mi cumpleaños y del aniversario de la muerte de mi padre que fue quien con su sadismo y desprecio me hizo este ser inferior y débil que te adora.

Espero dentro de unas horas volverte ver, nunca me abandones, Papá. Te necesito mucho. No podría vivir ya sin ti. Te quiero y te espero dentro de pocas horas. Estar sin ti es un martirio, y ser martirizada por ti una gloria.

Tu siempre devota Monguita.

jueves, 15 de marzo de 2012

Comerteloshuevosabesosesoesloquequiero

Aubrey Beardsley, The examination of the Herald, 1880s
Ramón Alejandro

Querido:

El numero de la charada es: 463-373-9542.
Y son 300 dólares como me mando mi papá. El moro del ciberespacio me propuso una tarjeta de fidelidad, y me miró como diciéndome: Un viejito maricón como usted es lo que me hace falta a mi para llegar a salvo a los fines de mes. La verdad que lo tuyo es demasiado, nunca en mi vida me habían sacado tanto dinero con menos esfuerzo. A fuerza de careta, ya me quimbaste más de mil dólares sin ni siquiera enseñarme la cabilla. Mercancía virtual, pues tuve que ver una película, que además ya la vio todo el mundo, para ver más o menos como es que la tienes.

Está caro ese "mandado". Muy bonita que la tienes por cierto y estoy segura que te crece un montón cuando te la acarician bien, y eso déjamelo a mí, que con las debidas protecciones que hay que tener en cuenta cuando se singa con un seropositivo, te puedo hacer conocer alguna cosita que a lo mejor todavía no te han hecho. Que tengo tremenda escuela y se me ha terminado por morir mi propia piltrafita, a fuerza de ocuparme del pingón de mis amigos. Que si no se usa se atrofian los órganos vitales. Y al tuyo le has dado buen uso y se te debe haber puesto cada vez más sabroso a fuerza de sucesivos tratamientos de cariño.

Yo le quiero sacar brillo con la lengua aunque sea a través de un condón. Ojalá que el día llegue en que me pueda poner delante de tu porteñuela a sacar el bicho de su cueva y enfrenterme a la fascinación que sufrimos quienes hemos nacido bajo el signo de las adoradoras del divino bulto ante la visión del dulce energúmeno.

Comerteloshuevosabesosesoesloquequiero.

Besitos y mucha lengüita en la cresta y en el frenillo y en el agujerito que escupe tan ricos licores. Chorritos de oro o de champola. Traguitos que me emborrachan. Despacito y con tiempo, que para bien mamar no hay que tener prisa; festinare lente, como decía el Emperador Marco Aurelio, a   p   u   r   a   r   s   e despacio.

Antes de tragarme el tronco entero de la tranca hasta el esófago, si no tienes el cabezón demasiado gordo. Yo prefiero que me desfondes la campanilla a cabezazos que a que la tengas de esas que son tan flacas que se te pueden meter por el esófago para dentro. Que eso es otro gustico diferente pero mucho menor que el de llenarse bien la boca y recitar poemas de amor con la boca llena de carne. Okey, Papi, el coro de chernas maléficas tenía bien razón cuando temían por mi bolsillito. Tu lo que eres es una de esas aspiradoras de marca prestigiosa, que en vez de polvo recoge billetes en los bolsillos de tus víctimas de amor. No te rompas más el coco; en cierto momento entre dos éxtasis, tus mujeres sacan la cuenta y les parece que les estás saliendo muy caro. Escucha mi voz que es la de la experiencia; a ti lo que te hacia falta es un viejito bien maricón, bien capado y sumiso, que te suelte el baro fácil, como te lo suelto yo.

Y que pueda, porque el que puede puede y el que no puede, que se retire a hacerse pajas secas en la Tebaida de Egipto y gane méritos para ir al cielo con Darío Méndez. Me gustó tu cuerpito, ya sé que después de que filmaron La Vida es Silbar has engordado, pero el garbo de tus molleros, el triángulo de tu torso bien proporcionado, con tu motica de vellos en medio, tu pelo y tu cara que tienen ese algo excesivamente bello de los angelotes barrocos. Lo que te guinda que se te mece tan bien caminando por el Prado. Me gustas papi, qué le voy a hacer. Estoy jodida, ten piedad de tu chernita enamorada, búrlate de mí todo lo que quieras, síngate a todas las jevas que quieras pero no me ridiculices ante ese coro de chernas frustradas que nos envidian.

No quisiera que me engañaras con otro invertido. Ya bastante ridículo me siento yo ante ti, con mis años y mi decrepitud a cuestas, pretendiendo una caricia tuya, que está aún por ver si me la querrás dar. Feliz día de los enamorados, aunque aquí el único enamorado sea yo.

¡Quésuertelamía!

sábado, 3 de marzo de 2012

Es esa misma humillación la que me hace gozar tanto

Fracisco Goya, ¿qué hay que hacer más?, 1810-20
Ramón Alejandro

Estoy loquita por llamarte por teléfono para volver a gozar oyendo tu voz. Pero no quiero molestarte tanto con mis mariconerías.
Me desvelé como siempre suelo hacerlo a eso de las cuatro, y me puse naturalmente a pensar en tu sonrisa tan dulce y dura al mismo tiempo.
De alicatedulce.
Y en esos ojos que son pura brujería.
Se me ocurrió que yo debía estar fichada clínicamente hace tiempo como homosexual pasivo con tendencias al transexualismo y aspiración constante y obsesiva a la vaginoplastia en algún instituto psiquiátrico en vista a que los doctores competentes encuentren un tratamiento adecuado a mi caso.
Para comenzar me tendrías que hacer una tarjeta de identidad como "auténtico enculé francés". Y para mostrar mi derecho a ser clasificado en la categoría de "sodomizado feliz y empedernido" me podrías, si te gusta esta idea, sacar una foto de mi ojo del culo mientras yo me abro las nalgas para mostrar bien el daño que me han hecho durante toda una vida de maricón sumiso los muchos abusadores que así me lo han dejado. Que se vea también la papaya que llevo tatuada como signo de mi perseverante estado de humillación.
El moro expresidiario que me la tatuó en Pigalle fue el mismo que me perforó los pezones con un estilete hecho especialmente para ponerles argollas en las tetas a los masoquistas delante de su mujer para que ella se dejara hacer lo mismo que era el cráneo que él tenía.
Ya entendí que nunca querrás dejarme tocarte el cuerpo, y eso me gusta mucho. No quisiera macular con mis manos y boca de enfermita patológica tu impoluta calidad de macho cubano como Dios, y la Revolución, mandan. Prefiero resignarme al papel de inferioridad que me ha dado nuestra cultura y sociedad machista y gozo como una enajenada de mi condición justamente subalterna. Mi macho puede mearme, abofetearme, meterme por el culo un bate de plástico verde fosforescente, como el que vimos en la playa tirado en la arena esta tarde. Todo es cuestión de encontrar el calibre adecuado de manera a dilatarme el ojete sin hacerme más daño como me lo recomendó el médico. Metérmelo suavecito nada más, sin traqueteármelo adentro como tantas veces me lo han hecho. Solamente para hacerme sentir bien claramente la ignominia que significa tomar por el culo.
E s e s a m i s m a h u m i l l a c i ó n l a q u e m e h a c e g o z a r t a n t o.
Tu mirada y sonrisa burlona me tapan la boca y no me dejan ni hablar.
Me pudieras meter en la boca un blúmer de alguna de tus jevas para amordazarme, e irme enseñando a callarme como me has dado a entender que voy a tener que hacer de ahora en adelante si quiero seguir este extraño romance contigo.
Como te podrás imaginar, me he estado apretando los dos clítorix de mis teticas mientras te escribo estas sentidas líneas.
Pero tengo la piltrafita tan anestesiada y flácida que ni siquiera me la puedo menear a ver si me vengo.
Es que se me va saliendo la leche sola pensando en que me vas a fichar definitivamente como chernita y no logro el mínimo de erección necesaria para eyacular como un varoncito. Es la misma sensación que sentía cuando aquel doctor me daba las inyecciones de hormonas femeninas con una jeringa de aguja gorda delante de mi mujer. Me pasé como dos meses sin poder venirme.
Me excita mucho esta idea que se me ha ocurrido, espero que te guste, o que por lo menos no te disguste.
Ojalá que quieras darle este gustico tan rico a tu devota cochinita. A lo mejor un día me vas a capar de verdad con tijera y cuchillo como le dijiste a Yimali que me ibas a hacer.
Tremenda carnicería.
Pero no hay que llegar a tales extremos, me conformo con que me capes simbólicamente, como tan bien lo sabes hacer con la manera dominadora con la que me tratas y te adueñas de toda mi persona cuando estamos juntos.
Es mucho más razonable ignorar esos pellejitos insignificantes y ocuparme de poner mis ojos en tu divina portañuela, que es donde se esconde el misterio fascinante de tu virilidad y esa malanga extraña que me tiene esclavizada.
Mañana me dirás si quieres concederme este favorcito.
Me va a encantar posar para la fotografía de mi carnet de identidad de "enculé". Después me la mandarás, si tú quieres, a mi correo electrónico.
Un besito en la suela de tu zapato.

domingo, 26 de febrero de 2012

El acoplamiento ideal y perfecto, como el Universo Inmutable que imaginó Aristóteles

Sátira francesa, 1815, "el salón de los cornudos".
Ramón Alejandro

Amado mío…

Me ha venido en mente otra de mis mariconerías, y tengo que dejar mi camita donde me retuerzo pensando en ti, lamentando que la pájara que me alquila no te haya dejado seguir durmiendo en el sofá de la sala, adonde aquella primera y única noche que te quedaste yo podía irte a ver durmiendo cada vez que me apeteciera. Y tengo que volver al teclado a contarte mi constante sufrir por tu cara de ángel, por tus ojos inexplicables, por tu boca santa, por tu piel de seda, por tu cuerpo que va madurando tan sabrosamente para desgracia mía y satisfacción vanidosa de tus divinos cojones.
En éstos mismos instantes le debe estar dejando toda tu lechita, que me tenías prometida para el jueves, en el chocho de esa guanaja. Y esto ha sido por culpa mía, porque me dio pena sentir las ganas que tenías de echar un palo, después de tantos meses de abstinencia por tu frustrado amor por Yadira. Y por lo mucho que sé que necesitas un bollo, yo que lo único que quiero es tu cabilla. Yo pude haber evitado este encuentro, yo pude haberlo jodido. Y no, yo te dejé irme envolviendo en tu deseo y funcionando como un pelele entre tus manos para la consecución de tu designio. Y me iba gustando servirte contra mi propio interés que era velar por que me cumplieras tu promesa. Y te saliste con la tuya porque yo sabia que esa jeva sólo piensa en meterse lo que se le presente, sobre todo si el varoncito que se le presenta es hermoso, aunque raramente sea ni la mitad de lo hermoso que eres tú. Será monga, más monga que yo, pero tiene una suerte del recontracoño de su puta madre, que por cierto fue también muy linda.
Seguro que te la llevaste a tu casa, que yo pagué, porque la invitaste a su copa con el dinero mío, que yo con tanto gusto te dejo administrar para ti y para mí, pero que no estoy muy seguro que me gustaría que te lo gastaras con una putica. Esa es la parte que parece que me toca a mí siempre, pagar.
Con gusto, a ti mi Papá, te pago todo lo que me pidas que te pague.
En cierto momento comprendí por la experiencia que me han dado los múltiples tarros que me pegó mi mujer, que ya a ella se le había mojado la crica y empezaba a mirarte a la cara directamente acariciándose el pelo por mechones, y respondiéndote quejumbrosamente, no sé, a tus preguntas.
Me di cuenta que como me pasó a mi cuando volví de París, al principio ella no se atrevía a mirarte de frente. Por miedo a tu esplendor natural, esa aura de macho sanote que los Orishas te dieron.
Mi costumbre de tarrudo me hizo levantarme para irme al baño, no porque tuviera ganas de mear sentado, sino para salir del paso y dejarle la vía abierta a tu embestida viril. Algunos de los amantes de mi mujer, solían mandarme a comprarles cigarrillos y cuando yo volvía ella ya estaba arrodillada mamando y con la blusa caída sobre su barriguita ofreciéndole sus blanquísimas teticas. O todavía estaba sentada con él en el sofá y ya estaba con la saya levantada y tres dedos del tipo metidos en el bollo que se lo estaba pajeando groseramente. O ya se habían metido en el cuarto y me había cerrado la puerta el muy cabrón, y yo oía a través de la madera interpuesta los gemidos de gusto de mi mujercita en manos del rústico personaje. A veces me la dejaban abierta para darme jamón. Otras veces yo mismo me atrevía a entreabrirla a riesgo de llevarme un castigo físico imprevisible, dependiendo de la cultura y gustos del socio. La infinita mayoría de las veces me ignoraban de tal manera que yo me iba acercando progresiva y sigilosamente hasta terminar sentadita en el suelo al lado de mi profanado lecho nupcial, gozando los primeros planos de todo tipo de penetraciones y ofensas a mi dignidad de maridito maricón y consentidor, y de su dignidad de mujer casada. Algunas afortunadas veces el macho me invitaba a hacerle una mamada y me permitía comerle los huevos entre dos penetraciones, y a veces hasta me trituraba los pezones haciéndome alcanzar ese tipo de orgasmo que es mi jardín privado y oculto que es lo que más me gusta en la vida. Me recordé de esas vivencias ya lejanas pero siempre muy ardientes y presentes en mi memoria afectiva.
Y le saqué la lasca que pude a tu cabronada, porque a decir verdad, Papito, me volviste a joder de nuevo, como a mí me gusta.
Se me ocurrió que la única manera de provocar tu ira y que me pegues, sería que me fuera de lengua como chernita chismosita que siempre he sido y le contara a la gente lo que me estás haciendo. Pero no temas, me gusta tanto como me tratas que ni por el gusto de que me sonaras una buena tunda lo cambiaría.
Sigamos así, Mi Gallito Fino, tú gozando y yo también. Yo pagando y tú cobrando. Tú pisando y yo cacareando de gusto con el mango de un plumero moral encajado en el ojo del culo.
El acoplamiento ideal y perfecto, como el Universo Inmutable que imaginó Aristóteles.
Te quiere siempre tu Monguita.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Concebí esperanzas de poder llegar a algo concreto contigo

Ramón Alejandro

Babba Mi:

No hay duda que con las características que manifiesta tu personalidad es muy posible que seas hijo de Changó.
Por eso te saludo con estas dos palabras yorubas con las que, entre tantas otras, se le suele saludar:
Cabio Silé, Kawo, Obbalube, Obbare, Obbaná, Eyée, Alayé, Lubbeo, Obba Koso, Olufina, Alafi Alafi, Ebbora, Omanguerillé, Obba Tola y muchos otros epítetos más con los que se le interpela en los guemileres.
Que como a Gran Señor mucho moforibale se le debe.
Sin embargo, si entendí bien algunas veladas alusiones que me hiciste cuando a altas horas de la noche hablamos por teléfono, es el rojo cardenalicio (más que el rojo y blanco de Changó) el color que te conviene, por tu relación privilegiada con las altas jerarquías de la desprestigiada iglesia católica cubana. También me contaste que en altas esferas del Instituto Cubano del Cine tienes a un querido amigo muy atento a tus cosas. Ya Jerjes te lo ha advertido, según me dijo él mismo, que no te conviene andar publicando ese tipo de referencia insular en la ciudad en la que ambos hemos escogido libremente residir por el momento. Miami no tiene fama de ciudad "abierta", como Roma lo fue cuando los aliados desmerengaron al imperio hitleriano. Yo tú ni me acordaba por el momento de esos amiguetes. En Miami, como en La Habana, es mejor no conocer a nadie que conocer a cierta gente. Somos un pueblo muy quisquilloso y me extraña que sea yo quien te lo tenga que recordar. Tú sabes de eso más que yo porque lo has vivido de más cerca.
Después que almorcé ayer con mi vieja amiga Aloe Vera un nuevo amanecer despunto en mi mente.
Concebí esperanzas de poder llegar a algo concreto contigo.
Como ella es muy amiga de François-Emanuel, pudo contarme, con pelos y señales, el viejo chisme de tus relaciones con este rico sexagenario cuando pasaste un tiempo viviendo en su gao hace diez años aquí en Paris. El hecho de que él sea dueño de una galería de arte debe haber sido importante para vuestras relaciones. Como tu esplendor juvenil lo debe haber sido para él. Aloe se creyó todo lo que François Emmanuel le conto y me lo repitió tal cual. Y yo pensé que si habías podido comértelo a él, sería bien posible que me pudieras igualmente comerme a mí.
Iluso que fui.
Que ducha fría recibí cuando me respondiste que tú nunca habías comido carne de puerco, ni tenías ninguna intención de probarla en el futuro.
No solo cerraste esas apetitosas perspectivas que mi amiga Aloe había abierto en mi alocada imaginación con su chisme, sino que fríamente me recomendaste seguir la ascética vía de la sublimación. Me sugeriste que abandonara toda esperanza como aquellos que entran en el Infierno de la Divina Comedia.
Como de sublimación obligatoria se trataba, inmediatamente después de colgar contigo, llame a mi amigo Jerjes.
Porque Jerjes como buen católico practicante sabe mucho del arte de sublimar sus deseos. Pero Jerjes no quiso hablar de tu caso, porque estaba mucho más deseoso de que yo le contara de la ceremonia de rito melkita en la cual yo había sido padrino de bautizo de la hija de mi amigo Florián en la iglesita de San-Julian-le-Pauvre.
Le tuve que describir la liturgia de San Juan Crisóstomo con lujo de detalles.
Y aproveché parta investigar que significaba el enigmático icono que yo vi entronizar el día de la fiesta del santo patrón de ese templo.
Parece que Julián el Hospitalario, como también se le suele llamar, se atrevió a transportar a un leproso de una orilla del Sena a la otra, pues ese era su oficio. Por eso ese énfasis en el contacto físico de las manos sobre el cuerpo desnudo del leproso. No era lascivia como yo malpensaba, sino compasión lo que motivaba todo ese manoseo del desnudo adolescente. Resulta que en fin de cuentas ese joven leproso resulto ser el mismísimo Señor Jesús Cristo disfrazado para probar la fe de esos buenos cristianos. En vez de rechazar al enfermo, Julián se compadeció de él y por ese único acto encomiable fue que logro la santidad.
Que parece que por aquellos tiempos era más fácil obtener la gracia de ser canonizado que hoy en dia.
El caso es que Jerjes con toda esa delectación estética que lo caracteriza tanto como la desenfrenada gula que lo hace famoso, no pudo añadir nada a lo que Aloe me había contado, y como era ya de madrugada me fui a dormir considerando tus hechos y milagros como si fueras también un santo, que de cierta manera también lo eres, puesto que yo te venero, y antes que yo, ya muchos otros te han venerado. Un día te tengo que representar en un icono predicándome la castidad, y la pajita boba a distancia.
Un verdadero suplicio de Tántalo se me represento ante mí, un porvenir en el que yo sufriría deseándote mientras tú me mostrarías tus encantos a distancia mientras yo me fuera aliviando solito, quizás con una prótesis de goma. La victima babeando de deseos frustrados ante el macho que se pasea en calzoncillos a sus anchas por toda la casa.
Y me dije que quizás fuera mejor ilusionarme con otro joven menos esquivo.
Un joven que como San Julián el Pobre se compadeciera de mí, y se dignase a tocar mi cuerpo de seropositivo, que hoy en día el Sida es algo semejante a lo que fue la lepra en la Edad Media.
Edad Media que levanto esas catedrales góticas que tu tanto admiras y que yo visite de la mano de un viejo amante que me ligue en Saint-Germain-des-Pres el mismo día que llegue a París. Porque yo también fui jinetero cultural en los años sesenta del pasado siglo, no te creas que tú fuiste el primer cubanito hermoso que triunfa en Paris, mi abbure. Este viejuco me hizo conocer las catedrales de Amiens, Rouen, Reims, Chartres, Saint-Denis, Beauvais y quizás alguna otra que ya se me ha olvidado.
También termino llevándome a Roma. Él era lector de la prestigiosa casa de edición Gallimard, en la que mi amigo Severo Sarduy fue lector muchos años después.
Publicó una curiosa novela titulada "La tentación del Cardenal", en la que contaba como un cardenal había logrado, después de muchas intrigas, hacer elegir Papa a otro Cardenal del cual él estaba locamente enamorado.
Tremenda mariconería pontifical, asere.
Las chernas son tremendas, que se cuelan donde quiera y meten su cuchareta en cualquier maraña, y se salen casi siempre con la suya las muy cabroncitas.
Bueno Obba Lube, te dejo por hoy, que ya está a punto de rayar el día y me quedan muy pocos ya para volar a Miami.
Ya saqué el billete por Air France para el próximo domingo, porque en la Cacafuaca Airways si que no viajo más.
Tuyo,

domingo, 29 de enero de 2012

Con el pie en el estribo

Ilustración de Domingo Orejudos (1933-1991)
Ramón Alejandro

Querido Antinous:

Como toda la gente de mi edad sufro de insomnios. Y una buena parte de esta madrugada la pasé dialogando contigo, o imaginando que dialogaba, porque realmente me la pasé hablando conmigo mismo. Como es natural, a ti te preocupan mucho las mujeres. Como la mayor parte de los varones, las entiendes poco y mal.

De ahí pasé a considerar que yo pretendo conocerlas mejor y preguntarme el porqué de esta pretensión. Y tuve que internarme en el cálido ámbito de la mentalidad cubana y su concepción particular de los dos géneros. Te veía a ti como modelo de hombre logrado, y junto a ti como figura central y catalizadora de nuestros mal disimulados deseos, estábamos dos hombres malogrados, fallidos, según el criterio rígido y excesivamente jerárquico de nuestra sociedad insular. El macho viril es la flor y corona de la creación. Una buena parte de la fascinación que tú nos provocas a ambos viene de la envidia que te tenemos de ser tan soberanamente varonil. Yo no me avergüenzo de decirte que hubiera preferido, de haber podido escoger mi destino, ser un hombre hecho, derecho y mujeriego y templarme a una infinidad de hembras dejándolas satisfechas como tú dices haber dejado a tu última pareja. Jerjes y yo estamos en el sótano de esa jerarquía tan cruel, como dos intentos de ser hombres, siendo tan sólo dos eunucos, es decir, lo más bajo dentro de esa escala de valores. Capados.

Nacidos para complacer los instintos dominadores de los individuos plenamente dotados de todas sus facultades. Completos. Entre esa cúspide en la que tú resplandeces y nosotros dos, están por medio en sendos escalones descendentes e intermediarios las mujeres hechas y derechas, y las lesbianas que son mucho más consideradas por el vulgo que nosotros, los invertidos, por tener algo de hombres. Jerjes pretende estar contento de ser un ente asexuado y creo que nunca ha gozado de su cuerpo ni al derecho ni al revés. Una especie de ángel, ectoplasma, o aguamala muy en concordancia con ese neoplatonismo que profesan los católicos a falta de una filosofía más concreta. Esto también le toca por su procedencia social. Sacarócrata empedernido y más español que cubano, criado en una pequeña ciudad de provincia como Sancti Spiritus. Ni chicha ni limoná. Fue protegido por una estructura familiar bien constituida de los efluvios corruptores de nuestras calles populares con sus esquinas donde se elaboraba al inclemente sol cotidiano la filosofía sexológica de la plebe blanca, negra y mulata.

En cambio yo, surgido de la pequeña burguesía de Santos Suarez, parangón del medio pelo. Hijo menor de una familia destruida por la muerte prematura de una madre enferma, no tuve tiempo de escoger. Antes de darme cuenta ya estaba identificado por los muchachitos de mi barrio como afeminado, criado por una madre infeliz que aceptaba mansamente los maltratos de su rudo marido asturiano, y por mis hermanas, tías, y primas que con su excesivo cariño quisieron compensar el rechazo que mi padre me hacía. Cuando murió mi madre toda la familia se dispersó, porque mi padre se casó con una holandesa y se desinteresó de todos nosotros. Sin nadie que me protegiera de la ferocidad de los varoncitos del barrio. Me desgraciaron, como se solía decir de la mujeres a las que un novio desconsiderado les robaba la virginidad antes del casamiento, demasiado temprano. Así sometido al brutal placer de los bugarroncitos de mi cuadra, aprendí a gozar como una hembrita y quedé totalmente convencido de serlo. En ningún momento pude darme el lujo de sentirme varón. No hubo ambigüedad ninguna en cuanto a mi género. Me repetían al oído que yo había nacido exclusivamente para tres cosas; mamar, dar el culo y pagar por esos favores. Cuando llegó mi adolescencia comprendí plenamente el triste destino que me habían trazado, quise suicidarme. Pero no tuve el valor de hacerlo. Opté por gozar lo implacable de mi papel secundario y seguir obedeciendo a la sociedad. Tuve que cargar con la cruz de resignarme, no sin esporádicos momentos de rebeldía que finalizaban inevitablemente en el ridículo más humillante, a los dictados del maldito placer al que me habían condenado.

Hoy he logrado hacerme una máscara. Fingir ser feliz de ser tal como soy. Pero hice un último intento casándome cuando tenía treinta y un años, para muy pronto comprender que no podía darle a mi mujer lo que tú le diste a esta última aventura femenina, como seguramente le has dado a toda la larga lista de amantes anteriores. Mi mujer tuvo que buscar en otros hombres lo que le hacía falta y le tuve que dar permiso de hacerlo. Juzgué que no tenía derecho a privarla de su felicidad sensual y sicológica. Finalmente, tras muchos tanteos, logramos encontrar un arreglo mutualmente satisfactorio, en aquella época de revolución sexual, compartiendo los maridos con ella. Algunos se ocupaban de mí sin prejuicios, otros me permitían solamente mirar el cuadro a cierta distancia. Los más recalcitrantes me mandaban a comprarles cigarrillos o me obligaban a permanecer en otra habitación mientras se divertían. Terminé siendo tan mujer como ella ante sus propios ojos. Hicimos tantos excesos de alcohol y mariguana que casi dejo de poder pintar. Salimos de esos años completamente destruidos. Aparentemente yo más destruido que ella, convirtiéndonos a una forma del budismo tibetano que nos permitió organizar mejor nuestras vidas, y un poco tarde, intentar crear una familia pues finalmente terminamos por tener dos hijos. Míos, pues ella así lo quiso, a pesar de no gozar conmigo y pegarme los tarros sin ninguna piedad. Por eso te puedo decir que conozco la naturaleza de la mujer mejor que tú. Nos quisimos mucho recíprocamente a pesar de todo, seguramente yo la quise a ella más que ella a mí. Pasamos en total dieciocho años juntos en una complicidad total, ella nunca se ganó la vida y yo la mantuve siempre. Ciertamente la malcrié mucho. Sobre el arco de la puerta de entrada de la iglesia de Jesús del Monte, donde se casaron mis padres. Subiendo por la Calzada del Diez de Octubre. Cerca de la clínica donde yo nací y donde mismo nueve años después murió mi madre, hay un corderito pascual esculpido en la piedra. Cuando se lo señalé a mi último amante, Maikel, un joven mulato de Centrohabana, me dijo con una gran sonrisa:

¡Ah! Por eso es que tú eres tan mansito, asere. De esas locas travesuras nos quedó como regalo el entonces desconocido virus del sida, y murió a los cuarenta y un años. Perdona la biografía, no solicitada, que te estoy contando. Pero es que desde que te conocí sentí en tu persona algo que no deja de perseguirme, y que debe ser de la misma naturaleza del sentimiento que el pobre Jerjes sintió cuando te conoció tan joven en tu segundo viaje a Europa. Nos habitas de cierta manera. Remueves quizás en nosotros, según me parece, el recuerdo de aquel modelo que nos proponían como ideal y al que Jerjes y yo nunca logramos llegar a imitar. Bueno, basta de descarga por hoy.

Te quiere, tu amigo encandilado.

miércoles, 25 de enero de 2012

Curiosidad malsana

Ramón Alejandro

Querido Antinous:
¿Qué quiere decir eso de "veler relve" que usted ha puesto en el encabezamiento de su respuesta a mi carta?
¿Es algo ignoto en una lengua real, o un juego de palabras insignificante? Parece un retruécano.
No es capicúa.
Suena a secreto alquímico.
A cuadrado mágico.
Abre campo a especulaciones polisémicas practicamente ilimitadas.
¿Tiene algo que ver con el contenido de tu carta?
¿Tiene algo que ver con tu pintura?
¿Es tinta de calamar o bola de humo?
Dice Freud que todo ese tipo de cosa siempre quiere decir algo. Aunque yo no creo mucho en los devaneos freudianos, ya te habrás dado cuenta de que soy muy curioso. No te pido perdón por hacerte una pregunta tan tirada por los pelos para no cansarte con demasiadas delicadezas que podrían parecerte excesivamente afectadas. Es que aún no te conozco bien y no sé por donde abordarte. La confesión de que llevas una herida por dentro de tus juveniles apariencias me paraliza un poco. En el restorán me hablaste de esa última relación que te abandonó recientemente. Pero puede que ese episodio tenga más profundas raíces en las cuales sería estúpido que yo quisiera entrar a investigar tan prematuramente.
Hay que respetar al dolor bajo todas sus formas. A la amistad hay que dejarle el tiempo de crecer y es una enredadera muy sensible a todo tipo de parásito que pueda hacerla malograr.
En patines, y con un celular cacafuaca en la mano, estoy echando un tobillo para aprovechar las últimas horas que me quedan en este sitio para mí paradisíaco. Si el avión que me lleva a París, o el que me debe traer un mes después, se cayera, me quedaría sin conocerte mejor. Eso fuera una gran lástima. Esperemos que nos volvamos a ver aquí, allá o acullá. Que tu dolor no sea mortal y que mi alboroto contigo prudentemente se me pase con una frecuentación que lo haga transformarse en algo más aceptable desde el punto de vista social.
Un fuerte abrazo.
(Continuará)

sábado, 21 de enero de 2012

Si usted generosamente se dignase a soportar mi impertinencia

Ramón Alejandro (primero de una serie única para tumiamiblog)

Estimado Antinous:

Después de nuestro encuentro de anoche en el restaurante Vainilla y Pistacho en el Down Town he estado impaciente por enviarle algunas líneas para confesarle sinceramente la alegria que me ha causado conocerlo. Sólo un ya previamente concertado paseo en el yate de un querido sobrino con su familia por la bahía hasta mar afuera, seguido por un suculento almuerzo con todos ellos en el restorán Casablanca junto al río Miami, me ha hecho retrasar mi propósito hasta estas horas de la noche.

Como ya sabe, nuestro común amigo Jerjes, aún después de tantos años en que ustedes llevan tratándose, se ocupa mucho y muy afectuosamente de su persona, según sale a relucir en nuestras frecuentes conversaciones telefónicas cuando ambos tratamos de sacudirnos el aburrimiento que nos aqueja a ambos en Paris. Y estoy muy curioso, ahora que lo he conocido finalmente, de tener la oportunidad de llegar a saber en qué consiste ese fuerte atractivo que Jerjes siente por usted. No hay duda que tiene usted una indudable facultad de seducción como ya he podido constatar anoche. Ya le he dicho que la fotografía suya que él me había mostrado se quedaba corta respecto a lo agradable que resultan sus facciones a quienes como nosotros ya hemos perdido el esplendor de la juventud.

Por el apellido puedo aventurarme a suponer que sea de Italia, madre de la belleza y de las artes, que viene lo placentero que nos resulta contemplarlo mientras tratamos humilde y precavidamente de disimular nuestra poco sensata delectación para respetar el natural pudor que pudiera causarle nuestro furtivo placer. Ya que a ambos se nos ha inculcado en hora temprana en Cuba el debido respeto a los hombres, y sobre todo cuando se trata de apreciar su apariencia física. Los años no parecen haber menguado la armonía de sus facciones, al contrario, debo hacerle saber que los rasgos de madurez que comienzan a desdibujar una perfección que sospecho haber sido extrema, y por lo tanto quizás algo fria, no hacen más que añadirle una sabrosura que se acerca a lo peligroso para quien lo mira.

Por favor, considere benévolamente, y con humor si puede, mi descaro y acepte esta cándida expresión de admiración, sin la más mínima pretensión de consecuencia alguna, sino solamente del deseo de volver a encontrarlo nuevamente cuando a usted le convenga y si usted generosamente se dignase a soportar mi impertinencia. Temiendo provocar su justa ira y pidiéndole de antemano perdón si sucediera, como es posible que suceda, que usted se sintiese ofendido por mis palabras, ya que en ningún momento esta haya sido mi intención.

Espero que su dirección electrónica esté correctamente escrita, pues estos ojos gastados no logran percibir los tenues caracteres tipográficos con la misma facilidad con la que aún se percatan de la dulce armonía o la triste descomposición de las formas de este mundo, en el que manifestando las diversas edades y momentos de la vida humana nos encontramos pasajeramente usted, Jerjes y yo.

Respetuosamente y casi ya arrepentido de mi osadía lo saluda,

Un deslumbrado admirador.

domingo, 6 de junio de 2010

En cuestiones del alma más nos vale empezar por el principio, y al principio fue el Cuerpo.

Ramón Alejandro

Pero no se vayan a creer que fue Abouraschid quien más me alumbró los faroles indispensables bajo cuya luz lograra elucidar ese ovillo que tenía enrevesado dentro de mi inquieta y laboriosa mente. En cuestiones del alma más nos vale empezar por el principio, y al principio fue el Cuerpo, asere. No el Verbo ni nada de eso. Porque todas nuestras actitudes vienen de ese substrato material que ni se crea ni se destruye, sino que se transforma sin cesar adoptando las más diversas formas. Que esa substancia única diversamente modificada que sostiene el variopinto mundo de los múltiples fenómenos y las ligeras y fugaces apariencias es la misma Madre Materia.

Y que es de su proteico cuerpo que brota inexplicablemente nuestra mente, tan simple y naturalmente que aún no hemos logrado elucidar su secreto mecanismo. Y que seguimos escrutando incesantemente todos los posibles encadenamientos causales esperando lograr satisfacer un venidero día nuestra legítima curiosidad. Antigone Le Yaouanc, como su apellido indica, es una bretona bien fornida, atlética y que no tiene más de veinticinco años de edad.

Antigone ejerce muy cerca de mi casa esa útil e interesante profesión que consiste a aplicar terapéuticamente el saber de la ciencia ortóptica. Ortoptista es por lo tanto la joven y un tanto hombruna bretona que se ocupa de reeducarle a aquellos que tienen la vista ida, o que se les va, o en proceso de estársele yendo. O que en fin no logran ver con precisión un objeto que esto le puede suceder a cualquiera sin llegar al estrabismo como llegaban mi madre y mi hermana Regina. O como mi mismo hermano Carlos que cuando a veces ambos estábamos en plena y animada conversación me distraía de mala manera al poder observar, no sin cierta alarma, como la pupila de su ojo izquierdo se le empezaba a resbalar imperceptiblemente hacia la comisura de su nariz, mientras que la del ojo derecho seguía imperturbablemente fija en las mías.

Me era imposible concentrarme en lo que me estaba diciendo por la fascinación que ese insólito fenómeno me provocaba en mi distraída naturaleza. Llegaba el momento en que toda mi atención se concentraba en los saltos que esa misma pupila daba intentando heróicamente de volver a focalizarme. Porque supongo yo que él por su parte se daba cuenta de que me iba viendo doble, cada vez más desdoblado, y que de repente ya tenía dos hermanos menores delante de sus ojos, en vez del único y verdadero con el que estaba despreocupadamente conversando hacía solamente unos breves momentos, y el mismo que yo siempre fui. Y ni hablemos de Regina, que vino al mundo con un ojo tan mal encaminado que nunca logró aprender a ver con él.

Como nadie de la familia se percató a tiempo de que esa niña no podía ver ni dos montados en un burro con ese desviado órgano, acabó perdiendo la visión al no poder hacer a su debido tiempo las conexiones necesarias que todo ojo debe realizar con el cerebro para que el sistema nervioso central pueda interpretar los datos que eventualmente le envíe el nervio óptico que se enraíza en el globo ocular. Que no es razón suficiente de que por ser doble ese órgano, se desdeñe a uno de sus dos componentes. Y que resulta muy conveniente, y aún necesario y recomendable, conservar entrambos de manera a poder disfrutar de la profundidad de ese maravilloso espacio virtual que se llama el campo visual. Escenario donde nos delectamos gozando de ver tanto lo bello y placentero, como lo grotesco y repugnante, que se produce delante de nosotros en este valle de carcajadas, temblores, cosquillas, eyaculaciones, estertores y lágrimas, mientras nos duran nuestras precarias existencias. Que sin conquistar la visión binocular, no hay percepción del espacio posible.

Y Regina ha vivido toda su larga vida en un mundo absolutamente plano, tan pobre respecto a la plasticidad de los fenómenos, como lo es un mapa planisferio del tipo de la Proyección Mercator de corriente difusión en las escuelas de mi infancia, a la realidad de la esfericidad del Globo Terráqueo contemplada desde el punto de vista de un satélite artificial. Y que quizás sea por eso que debe estar llena de resentimientos hacia los que vemos simultáneamente con nuestros dos socairos bien dirigidos hacia un punto convergente. Y que a lo mejor fue por esos mismos sentimientos retorcidos que encierra en su corazón que me expulsó de su casa de Buenos Aires. Y que veinticinco años más hizo denodados amagos de trasquilarme sin el más mínimo éxito, pero con la más determinada intención de esquilmarme hasta el collín.

Pero eso se los contaré dentro de algunos capítulos, porque Roma no se hizo en un día, y que ya les advertí que mi descarga va para rato. Así que si se impacientan desagradablemente no duden en botar inmediatamente este libro proyectándolo vigorosamente por cualquier cuneta de carretera por la que estén transitando a todo meter para ocuparse de sus asuntos corrientes. Que eso es lo que en primer lugar debían estar haciendo en vez de perder su tiempo leyendo vaciedades.

lunes, 26 de abril de 2010

Pintar

Ramón Alejandro

Cuando acababa de morir François Lunven no estaba yo en condiciones de tener este tipo de sueño. Alighiero andaba por aquellos años todavía correteando por Afghanistan cuando todavía era un arcaico reino tradicionalista, fumando haschish y gozando de los desiertos en los cuales él me decía que sentía a Dios. Yo le oponía divinidades múltiples que se manifestaban a través del Monte, en sus infinitamente variadas especies vegetales, en los diversos palos que con sus diferentes virtudes proliferaban ilimitadamente cada una siguiendo su propia ley dentro de la Ley Mayor que las orientaba a todas unificándolas sin abolirlas. Y por supuesto que el color de esta Ley tenía que ser el negro más mate, el mismo color y textura que tiene la piel morena.

Como es que me ha sucedido el hecho de que la pintura se haya convertido en algo tan importante y tan íntimamente ligado a mi vida interior, cuando la pintura ha sido tan solo un oficio con el que modestos artesanos se ganaban la vida guapeando en circunstancias más bien difíciles, como hacía ese personaje que fue Roberto que me convenció a echarme a pintar como quien se tira al agua. Nada más que por poder comer algo con lo cual ir sobreviviendo, y poder alquilar un sitio en donde meterse cuando llueve y se hace de noche, o que se ponde a chiflar el mono del Invierno con sus vientos helados.

Y cuando se dice eso de que es para ganarse la vida es porque puede ser que uno sea incapaz de trabajar como hoy quiere la gente que tiene dinero que uno trabaje, de manera inhumana, sin sentido ninguno ni fe en nada. Solamente por ganarse la vida que se dice muy rápido pero que implica muchas cosas y mucha violencia a la naturaleza humana que no está hecha exclusivamente para trabajar ciegamente siguiéndo órdenes arbitrarias. Y porque es que a mí me dio por darle tanta importancia a eso de pintar cuadros al óleo, que inicialmente me daba tanto miedo cuando veía aquellas maravillas divinamente pintadas que están conservadas desde hace siglos en los grandes Museos de Europa y que con su embrujo me comían el cerebro. Y estaban allí reunidas porque a los artistas que las pintaron se las compraron los propios Reyes que luego se las fueron dejando de herencia a sus hijos príncipes.

Hasta que llegó la hora en la que los revolucionarios les empezaron a cortar sus cabezas a todos esos supuestamente nobles gobernantes para ponerles a la hora esos relojes anticuados que tenían adentro de ellas. Y que se acabaran de dar cuenta de que ya eran otros tiempos. Y ahora siguen ahí en lo que fueron aquellos antiguos Palacios Reales donde ya no hay ningún rey que sea dueño de ellas. Y que un joven castellano fue andando a pie desde Palencia a Madrid a través de toda esa meseta de Castilla la Vieja, para ir a la Academia de San Fernando a aprender a pintar y poder copiar algunos de esos cuadros que siguen colgados de las paredes del Museo del Prado. Pero yo no fui a ninguna escuela, y aquella vez que fui el portero me sacó de una patada en el culo por maricón.

Y cuando encontré un verdadero maestro lo tuve que dejar porque ya les contaré lo que me pasó con Giannis Tsarujis. Que ese sí que fue mi maestro, carajo. Porque ese sí que no solo sabía pintar, sino que sabía muy bien lo que era la Pintura con mayúscula. Ni Carlos Scliar, ni mi tio Pepe, ni Roberto García York, ni Johnny Friedlaender, sabían lo que él sabía. Que al que Dios-Olofi se lo da, San Pedro-Oggún se lo bendice. Y que lo que Natura no da, Ni Atenas ni Salamanca ni Florencia te lo pueden prestar.

martes, 23 de marzo de 2010

De las coincidencias entre el enramado, la maravilla mecánica del Paradero del Vedado, la poesía científica de Lucrecio y la playa La Concha

Ramón Alejandro

Estaba yo un día disfrutando de las magníficas secuencias de cierta película sobre la música cubana, y escuchando con fruición la deliciosa banda sonora, cuando de repente veo un árbol, o parte de un árbol, solamente el tronco de un almendro playero. Súbitamente me sobresalto, y una emoción tan enorme me sobrecoge que el corazón por poco se me sale por la boca. Porque me daba la impresión de que yo conocía ese árbol al que sólo se le vio una parte del tronco pasando en un suave deslizamiento de tráveling.

Cuando la cámara siguió su camino dejando ver el sitio donde este viejo almendro estaba arraigado, reconocí que era el mismo árbol bajo cuya enramada mi madre me ponía a jugar entre mi hermano Carlos y mis tres hermanas Regina, Bebé y Elena. Que era bajo sus ramas cuajadas de grandes hojas pintadas de manchas rojas y amarillas que almorzábamos aquella sabrosa tortilla de papas y cebolla. Y que nos bebíamos la leche condensada revuelta con diversos refrescos cuando nos llevaba casi cotidianamente a la playa en aquellos veranos de fines de los años cuarenta y principios de los cincuenta.

Llegábamos hasta Marianao en unos tranvías que saliendo del paradero de La Víbora cogían por toda esa empinada Calzada de Jesús del Monte hacia abajo. Primero nos llevaban hasta el Paradero del Vedado en donde cambiábamos imperceptiblemente de via mediante una curiosa plataforma giratoria circular hecha de madera. Un portentoso aparato que tenía varias carrileras de raíles de acero entrecruzadas sobre su plana superficie, movida y levantada en vilo por escondidos mecanismos. Sin tener que bajar del mismo vehículo en el cual habíamos venido viajando cómodamente desde el Paradero de La Víbora. Salíamos tan campantes rumbo a la playa de la Concha por otra carrilera de las tantas que se entrecruzaban sobre el disco de ese místico aparato que barajaba en un instante a los cuatro puntos cardinales.

Era una máquina concebida a propósito para trastocar elegantemente y sin el menor sobresalto las ocho direcciones del espacio horizontal. Entrabas por un lado y salías por el lado opuesto para seguir tu caminito hacia otro rumbo diferente. Desplazado insensiblemente por invisibles estructuras que la ponían en movimiento por algún admirable artilugio ignorado por los inocentes viajeros. Porque esa gran rueda acostada, hecha de madera, que ejecutaba su bien articulada circumvolución, obedecía a la voluntad de un operario oculto que manipulaba las palancas de mando desde algún invisible lugar situado fuera de la vista del público. Sintetizando perfectamente en su cinética geometría todas las infinitas posibilidades del espacio a partir de ese punto y pivote central sobre el cual giraba sigilosa y eficazmente.

La «res extensa» de Descartes amaestrada por el ingenio mecánico de los humanos y puesta a girar para su comodidad y beneficio por la «res cogitans». El edificio dentro del cual funcionaba ese ingenioso aparato estaba constituido por unas amplias naves de monumentales arcadas clásicas. Y no resulta nada extraño que cuando viera años más tarde por vez primera las pinturas de Giorgio de Chirico reconociese inmediatamente esa misma armonía espacial tan misteriosa que reinaba dentro de ese edificio. Porque seguramente su arquitecto había sido influido por aquellas mismas evocadoras reminiscencias de la Roma Imperial que bañaban las pinturas de ese hijo de un ingeniero italiano nacido en Volos de Tesalia, el mismo puerto desde el cual hace ya innumerables siglos zarparon los Argonautas a conquistar el legendario Vellocino de Oro.

Cuando tuve la suerte de leer «De Rerum Natura» del genial Tito Lucrecio Caro, volví a recordar ese paradero de tranvías junto a la desembocadura del río Almendares que tanto marcó mi sensibilidad infantil. Y que de cierta menera me abrió la puerta de la fecunda Poesía Científica, que a mi modesta manera de ver es la forma artística más sublime que se haya producido en toda la cultura occidental. También es probable que sea aquella que más se aproxima al sentido profundo de los arcanos que en el Oriente. Por donde de manera significativa también surge cada día la luz del Sol, haya inspirado a tantos diversos linajes y escuelas de pensadores desde hace ya más de tres o cuatro milenarios. Porque algunos sabios de épocas pretéritas, llenos de compasión, regalaron a nuestra sufriente humanidad ciertos principios de filosofía surgidos de sus propias experiencias existenciales.

Para que con ellos pudiésemos evitar sufrimientos inútiles y encaminarnos por menos dolorosos senderos a través de estas difíciles edades en las que nos tocaría vivir. Tiempos turbulentos en los que nos iba a ser casi imposible andar caminos humanamente satisfactorios. Pero los ecos de las palabras de Demócrito y de Epicuro, y de tantos otros sabios benévolos, de cuando en cuando, lograban llegar hasta nosotros por insospechados senderos. A pesar de que monjes de todo trapo y calaña trataron de interponerse para que no pudieran alcanzarnos.

Porque precisamente siendo nuestra Mente la esencia y médula de nuestra propia humanidad, nos resulta indescifrable a nosotros mismos. Precisamente somos seres cuya propia naturaleza consiste en esa indescifrable complexión que nos habita, resultándonos tremendamente difícil poder observarnos a nosotros mismos que somos la llave de nuestro propio secreto. Tal como no podemos ver nuestra propias pestañas, ni la propia niña de los ojos con los que nos miramos.

sábado, 16 de enero de 2010

De cómo mataba el tiempo durante las ociosas y largas horas de esos voluptuosos días pasados junto a mi madre y mis hermanos


Ramón Alejandro

Se daba también la curiosa casualidad de que fuera precisamente ese lugar el mismo en donde mi madre me diera de comer aquellas sabrosísimas tortillas de huevo, cebolla y papa. Bebiendo ese refresco llamado Orange Crush, que era de un color tan intensamente anaranjado que manchaba la ropa, y que venía en una extraña botella acanalada de vidrio muy oscuro. Porque ese refresco se podía llegar a poner de un colorido eléctrico casi fosforescente. Cuando al revolverlo con leche condensada usando una cuchara que uno se chupaba después para aprovechar bien hasta la última gotica toda la dulzura de esa densa substancia que permanecía aún adherida a su frío metal. Todo esa elaboración alquímica se me antojaba algo maravillosamente artificial, moderno y nunca antes visto. Algo vagamente usurpado al extranjero, y bastante exaltante.

Tan extraño a los procedimientos habituales y a las substancias y materias corrientes que de costumbre me rodeaban. Que hundiéndome en una profunda ensoñación me hacía creerme a punto de estar accediendo a una espontánea iniciación personal a los misterios de esa escandalosa modernidad venida del Norte. Ese país desde donde nos estaban llegando por aquel entonces tantos nuevos materiales plásticos, automóviles de audaz diseño y muñequitos de Flash Gordon volando dentro de naves espaciales por planetas de otros sistemas solares. Infinitamente ocultos en el seno del helado abismo sideral que se abría en descomunal bostezo entre de las más lejanas e insospechadas galaxias.

En esos días de ocio yo mataba el tiempo restregando lascivamente mi barriguita sobre la arena de la playa. Vacilando al mismo tiempo a los varoncitos de mi misma edad con quienes jugueteaba a veces. Y también a algunos mayorcitos que ya estaban echando sus pelitos dentro de esa hendidura que se les abría sobre el mismo hueso del esternón, entre sus ya abultados músculos pectorales. Allí yo le daba candela por detrás al caracol prestado en el que se metían los macaos para hacerlos salir despavoridos de su concha ricamente nacarada por dentro.

Viéndoles bien detenidamente como aquel vientre blando y blancuzco se exponía obscenamente a los ardientes rayos del sol habanero. Porque esos macaos eran unos inquilinos oportunistas que se colaban por cuenta propia en cualquier caracol abandonado por su original artífice creador. Y siendo simples moluscos ya habían inventado la manera de alojarse sin pagar alquiler, como suelen hacer ciertos seres humanos. Allí mismo era donde contemplaba a los bancos de majúas que se cobijaban a la sombra de aquella glorieta en la que los músicos se ponían de vez en cuando a tocar viejas melodías que nos ponían melosos. Porque melodía, miel y meloso tienen algo que ver con la música que nos endulza el alma. Con el melao de la caña que es prieto como los morenos que endulzan la raza cubana con el terciopelo de su epidermis rebosante de melatonina. Que Melania quiere decir la negra. Y demasiado se asemejan los vocablos que en griego designan a la música, y a lo negro, para que tanta semejanza resulte gratuita y no signifique algo importante a un nivel muy profundo. A lo mejor es el sentido oculto de esa misteriosa noche que junto con Cuba eran las dos novias del poeta. Música, noche y cuerpo de la Isla negra como el humus que sustenta la vegetación que nos nutre, ese mismo humus que finalmente nos devora.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Cómo se pueden disolver todos los amargos resabios que puedan permanecer rezagados en los rincones de nuestras memorias, y desaparecer todo desvarío de arrogancia en nuestras apesadumbradas conciencias



Ramón Alejandro

En efecto, como cada cual tiene su peso específico, nadie puede alcanzar lo que a otro le esté destinado por mucho que se recondene al verlo subir más alto y recibir mas y más claros rayos de sol que los que él mismo recibe. Y los que se arrastran por el suelo en busca de un tronco en el que enroscarse para subir a esas altas esferas por donde se le antoja que circulan mas deliciosamente los céfiros, no tienen porque envidiar lo que nunca les será dado por muchos retortijones con los que su inconformidad y su descontento les haga retorcer las entrañas. Y de nada les servirá que se los lleven los demonios del resentimiento o que se entreguen a la más ridícula e inútil desesperación. A cada cual le toca lo que le tiene que tocar sin remedio ni mejora, ni escapatoria posibles. Por eso dice el pueblo que al que Dios se lo dio, San Pedro se lo bendiga. Y que lo que está para ti nadie te lo quita. Y que hay que vivir el momento feliz y que hay que dejarse de tanta ansiedad, como tan bella y sabiamente nos lo cantó Arsenio.

Así pues, cada uno de nosotros tal cual somos, más nos vale optar en toda libertad y de buen corazón por dar gracias a la vida por habernos hecho tales cuales somos. Sin que por eso quiera decir obligatoriamente que debamos vanagloriarnos de ello. Sino que sin darle tan grande importancia a aquello que nos ha tocado ser, ya sea esto bueno o malo, placentero o doloroso, quedemos sin la mas mínima sombra de resentimiento ni inconformidad con nuestro destino. Ni siquiera cuando se dé el caso de que nos toque tener que embarajar con condiciones que se nos antojen ser poco halagüeñas. Porque el estar desconformes con lo que queriéndolo o no hemos de ser de todas formas, es la mayor insensatez que pudiéramos cometer. Puesto que no hay ninguna manera de escapar a la estricta cadena de causas y efectos sucesivos que vienen produciéndose desde un infinito pasado sin ningún comienzo que nos sea dado conocer. Y que tratar de disimular o querer esconder nuestra manera de ser es la más ociosa empresa que pudiéramos intentar. Ya que más rápido se agarra a un mentiroso que a un cojo. ¿Quien fuera capaz de engañarse a sí mismo en esas madrugadas de insomnio que inevitablemente tendremos que enfrentar más tarde o más temprano? Sin por ello olvidar que el factor tiempo condiciona grandemente todas las comparaciones que pudiéramos estar tentados de hacer en cada momento.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Mis primeras aventuras en París



Ramón Alejandro

París era aún una ciudad viva a principios los 60 del pasado siglo. O en todo caso, era una ciudad que estaba mucho más viva de lo que está hoy en día. Las calles de sus barrios populares bullían con una intensa vitalidad. Las vendedoras de los timbiriches callejeros vociferaban a grito pelado anunciando sus productos, y las camareras de los restoranes baraticos transmitían sus pedidos a los cocineros a través de las ventanillas que comunicaban directamente la sala del restorán con las cocinas.Y los cocineros les respondían en directo con sus voces estentóreas desde las mismas intrincadas tripas de aquellas antihigiénicas instalaciones. Los pedidos se precisaban dos veces para que quedaran bien claros: «Deux biftecs frittes, deux».

Y por esas mismas impúdicas ventanillas los capitosos vapores cargados de voluptuosas especias llegaban de inmediato hasta la clientela que se apretujaba sobre sus endebles sillas en exiguas alrededor de las mesitas en las que no hubieran debido caber normalmente ni la mitad de público de la que entraba a matarse el hambre a esos frecuentadísimos establecimientos. Por la Bastilla y por la Place d’Italie la morería campeaba pululando al igual que por la Goutte d’Or o por Belleville. Aquellos barrios eran verdaderos retazos del Africa del Norte incrustados dentro del polícromo mosaico del densos tablero de ajedrez tan racionalmente drenados por los amplios boulevares que abrió el Barón de Haussmann a través del cuerpo vivo de la populosa urbe para que en caso de revolico popular las fuerzas represivas del estado burgués pudieran abrirse paso sin dificultad para volver a meter en cintura al incontrolable populacho que desde la famosa Revolución de fines del siglo XVIII se había malcriado tanto que se echaba a zafar adoquines y levantar barricadas por un si o por un no cuando desde arriba le apretaban demasiado el cinturón.

Cuando salía de ver alguna película de particular interés histórico de esas que se hicieron por los años veinte o treinta del pasado siglo en la Cinemateca, que por entonces estaba instalada en un sótano del Palais de Chaillot. Monumental edificio que dominaba la plaza del Trocadero con su imponente masa. Desde esas soledades del elegante décimosexto barrio de la capital francesa solía volver caminando hasta el barrio de Saint-Germain-des-Près. Porque ese era el que yo frecuentaba usualmente después de salir del taller de grabado de Johnny Friedlaender. En cierto Café de la rue du Tournon, que estaba abierto toda la noche se reunía una turbamulta de extranjeros que merodeaban por el llamado barrio latino, y que se frecuentaban entre ellos mismos, ya que en su mayor parte ninguno conocía todavía a ningún francés. Porque los franceses vivían acantonados dentro de sus apartamentos, sobre todo mientras transcurrían lentamente los largos meses en los que soplaban los gélidos vientos invernales. Entonces por las calles sólo se nos veía a nosotros, que habíamos venido de las cuatro esquinas del Mundo a ver si era verdad todo eso que habíamos leído en las novelas de Sartre y de Camus.

En la calle Xavier Privas que cruzaba la de la Huchette en la esquina de la librería esotérica llamada La Tabla de Esmeralda, casi en frente de la dulcería griega a donde yo iba a leer tan a menudo, existía un establecimiento que era como una taberna o bodegón especializado en servir un couscous a bajo precio y de bastante buena calidad. Allí, en un espacio que más parecía un largo pasillo apenas lo suficientemente ancho para poner las mesas necesarias dentro de una sala de restorán, se podía comer por tres francos y cincuenta centavos toda la sémola que nos cupiese en nuestros ahuecados estómagos. Lo que no se podía repetir de ninguna manera era la porción de carne un poco correosa y bastante mechada de nervios y cartílagos que le tocaba a cada uno. Ni la de zanahorias, nabos, y otras legumbres que te servían al comienzo y que constituían el acompañamiento de ese grano de trigo tan nutritivo que nos garantizaba la más indispensable alimentación necesaria para sobrevivir a muchos de nosotros.

Las fachadas de los edificios estaban aún muy mugrientas y bien renegridas de añejo hollín. Y por encima de eso casi totalmente empapeladas por succesivas capas de carteles publicitarios y proclamas políticas a medio arrancar. Y todavía se sentía en el ambiente de ese barrio latino algo como el eco de la pasada guerra mundial, sin que aún se pudiera imaginar que dentro de cinco años a penas, en el 1968, fueran de nuevo a producirse los enfrentamientos entre los estudiantes universitario y los espectaculares gladiadores de las fuerzas del órden que tanto impresionaron y repercutieron en todo el resto del Mundo. Era como si París fuera todavía la capital mundial de la cultura. Y a lo mejor todavía lo era, aunque después de ese último sobresalto parece que haya dejado de serlo. (Continuará)

lunes, 5 de octubre de 2009

"El gran amor de su vida había sido su padre"


Ramón Alejandro

Mi madre me provocaba lástima, con su llanto constante y sus incesantes quejas. Y su jipío asmático que me impedía dormir de madrugada me hacía imaginar que, a pesar de que la infeliz parecía estarse quejando, en realidad lo que estaba sucediendo en aquel cuarto de las grandes lunas de esos espejos enfrentados era que ella estaba gozando intensamente. Porque mi padre estaba haciendo obra de varón dentro de su cuerpo, y le estaba dando tremendo gusto con su revenque bien recio y encabritado allí dentro del mismito cénturifox de su baboso y blando regazo. Y después de esa gozadera, luego ella iba y me culpabilizaba abrazándome, y diciéndome muy patéticamente: "Hijo mio, tú eres el único que me quieres". Eso es muy fuerte para cualquier fiñe. Imagínate tú lo que eso era y cómo me caía a mí, que solamente era un chiquillo, todo nervios e imaginación desenfrenada. Aquello me dejaba turulato. Tremendo electroshock sentimental. Que no se le debe hacer eso a nadie. Porque lo que más me gustaba de mi padre era ese momento de su vida cuando se levantaba por las mañanas y se iba encueros con una toalla anudada alrededor de la cintura a sentarse en un sofá que había en el salón a la altura de la entrada del cuarto de baño. Y allí se sentaba a veces, esperando que alguna de mis hermanas rápidamente terminara de lavarse porque tenía prisa por irse a la escuela. Y a veces Tapón, que fue el último perro que tuvimos, se le encaramaba encima de los muslos y se ponía disimuladamente a lamerle los pezones cubiertos de pelos canosos, como los que por cierto le cubrían todo el resto de su fuerte pecho. Que lo que tenía mi viejo era tremenda pendejara pectoral. Y como poquito a poco se le iba zafando la toalla con todo ese ajetreo que metía el perro Tapón encaramado sobre sus muslos para tratar de mamarle las tetillas, a mi viejo terminaba por salírsele su perfecto tubo que tan bello me parecía por entre la escotadura cada vez más ancha de la toalla que se iba abriendo. Que yo no sé cóme es eso que el rabo de mi padre fuera tan prieto y morado, siendo él asturiano de pura cepa, aunque ya sepamos que los españoles son de ampanga. Y que Ampanga era un legendario reino de Angola. Que a lo mejor mi padre tenía sangre morisca, o aljamiada, o berebere o almohade. O hasta de refilón pudiera haber tenido sangre de algún negrón de aquellos que estaban ya cristianizados y aclimatados en el barrio de Triana frente a Sevilla. Porque la literatura picaresca del siglo de oro nos da a enternder que en la península ibérica la gente de pueblo no se privaba de compartir cualquier lecho de cualquier venta o posada al borde de cualquier camino. La promiscuidad no es privilegio de criollos. Y cualquier jeva queda preñada en cualquier azarosa circunstancia que sobrevenga por el camino. Cualquier hembra lo que quiere es que se la coma el tigre, y se pone para que le den candela en cualquier rincón propicio y más o menso cómodo y propicio. No tiene que ser necesariamente sobre sábanas de Holanda que se hacen los hijos.  

Que estedes saben muy bien que cualquier deseperado varón la mete en el primer agujero que se le ponga delante, que hasta el culo de un maricón les viene bien si no encuentran a tiempo un bollo a mano. Porque les leche tiene que salir de sus bolsas que como están guindándoles de la ingle por fuera de sus cuerpos, cuando se acumula el semen y pesan demasiado comienzan a dolerle a cualquiera. Y que ni la Virgen de Covadonga podía quitarle a mi buen padre eso de sus genes, como ahora se dice, y de su sangre que es como siempre se dijo. Como tampoco pudo salvar a aquel rey Pirindingo, Pelayo o Fruela, o como quiera que se llamara ese rey al que se lo comió un oso, de que el oso se lo comiera. Y en primer lugar díganme, caballeros, quién fue que le mandó a ponerse a jugar a aquel jueguito de manos que tan mal terminó. Que desde el momento en que ha sido vencido, se le ha convertido en marido amo y señor. Que por eso es que entre la amistad, el amor y la admiración por una parte, y el odio y el desprecio por la otra, va tan poco trecho. Que ese es el contenido substancial y conceptual de un libro que anda por ahí en bocas de la gente titulado Adua la pedagoga, escrito por un pintor llamado Ramón Alejandro. Que lo firmó con el apellido de su madre y el nombre de su padre. Y que a medida que lo iba escribiendo se fue dando cuenta de que en realidad el gran amor de su vida había sido su padre, y no su madre como él había siempre creído. Y como su hermano Carlos trató inútil e interesadamente de convencerlo de que en realidad era la cosa. Que de cierta manera, Carlos intentó substituír a su padre convirtiéndose por cuenta propia en el padre de su hermano, pero que sin saber muy precisamente como fue que sucedieron las cosas y se encadenaron causalmente los succesivos acontecimientos, resultó irse del aire por lo desmesurado de su desamor hacia quien en estrecha colaboración con su querida madre le había dado la vida. No hay Sol sin Luna, ni pueden crecer las plantas sin que caiga la lluvia del tormentoso cielo, y sin la impasible serenidad con la cual la tierra las alimenta a través de las raíces. Porque solamente se puede amar a quien se admira, y no es posible que amemos a ese a quien le tenemos lástima.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Quise ser extraordinario


 Ramón Alejandro

Porque mi padre tenía costumbre de llegar muy tempranito por la mañana frente al lavamanos familiar, que tenía un gran espejo puesto justo enfrente de cualquiera se le pusiera delante. Y allí de cara a su propia imagen allí reflejada se carraspeaba muy a fondo la garganta y acto seguido, con la misma, echaba allí unos gargajos gordos y copiosos como ostiones. Que luego al abrir la llave de la pila del agua la fuerza del chorro se llevaba por el caño de desagüe. Toda esa materia orgánica tan viscosa y algo verdosa, pegajosamente densa aunque bastante transparente. Es cierto que me este proceder me inspiraba un poco de asco, pero al mismo tiempo y de alguna secreta manera me turbaba los sentidos produciéndome algo parecido a una excitación sensual, y a la larga terminaba por causarme muchísima admiración. Esos gargajos tan gordos y caudalosos eran como una prueba concreta y casi tangible de la ardiente vitalidad de su macizo cuerpo, y de su inmenso poder moral.

Aunque siempre me tuve que contentar con contemplarlos a prudente distancia, porque nunca se me hubiera ocurrido tocarlos ni con la punta de un dedo por mucha curiosidad que me causaran. Pero aún desde esa respetuosa distancia a la que los miraba, más por miedo de llamar demasiado la atención a los demás miembros de la familia que si se hubieran percatado de que los estaba vacilando con tanta sospechosa delectación hubieran podido alarmarse, que por aversión a sus curiosas materias, me fascinaban. Y ejercían sobre mis papilas gustativas un raro influjo que las hacía secretar esas mismas substancias. Aunque mucho más líquidas e incoloras, porque esos verdes profundos y el amarillo limón que ribeteaban a los gargajos de mi padre eran ya palabras mayores. Y que la mi salivita que secretaba mi párvula boca era algo parecido a ese líquido lubricante que echa el agujerito de la pinga un chiquillo de diez o doce años, poco tiempo antes de que comience el niño a mear dulce y dejar de serlo. Era como si el espectáculo de esos semitransparentes escupitajos dieran comienzo dentro de mi propia boca el consecuente proceso de deglutición empezando desde sus primeros pasos, salivando copiosamente al considerar la babosa esencia de los gargajos paternales. Y todo eso me hacía recordar aquella vez que vi a un gatico hambriento comerse uno de esos gargajos que su ama acababa de echar sobre el rugoso suelo de una acera. Y de como con muchísimo gusto ese animalito lamía la repugnante masa de gelatinosa baba con delicia y avidez.

Y el desparpajo con que mi padre exhibía todo su hermoso cuerpo tan velludo avanzando a lo largo del corredor de mi casa, apenas protegido de mis inquisidoras miradas por aquella ligerita toalla que fluctuaba con versátil ligereza andando descalzo sobre las baldosas de evocadores diseños almocárabes de entrelazados trazos para dirigirse al cuarto de baño. Todos esos actos de disimulada afirmación de su absoluta soberanía sobre el espacio interno de nuestro Ilé me colmaban de beata admiración. Rayana en la adoración. Porque papá me parecía un hombrón fortísimo y enormemente dotado de incalculables e ignotos misterios. Que hasta una vez soñé que una gran tenaza de bogavante salía por el agujero de drenaje de ese lavamanos de loza blanca por la cual se escurrían sus translúcidos gargajos. Era una pinza de crustáceo amarilla y colorada, erizada de agudas puntas azules. Porque los poderes que a mis ojos mi padre estaba investido eran muy sutiles y misteriosos. Y tenían vagamente algo que ver con siluetas de boxeadores en combate entrevistas dentro de los cúmulos que se amontonaban sobre el paisaje cuando se acercaba la tormenta. Y que de su cuerpo emanaba una fuerza telúrica que venía desde muy lejos, desde las paredes rupestres por las que la humedad exudaba el exceso de agua que impregnaba esa tierra. En las cercanías de la desembocadura del Río Piloña allá por Ribadesella. Que en el interior de los profundos corredores de aquellas cavernas que todavía conservan cubiertas los antiquísimos dibujos de caballos, ciervos y cazadores elegantemente garabateados por los hombres prehistóricos. Tan bien caracterizados que esos seres vivientes que poblaron los montes Cantábricos hace muchos milenarios todavía parecen cabalgar y corretear por aquellos campos de un planeta aún virginal, en aquellos lejanos tiempos en que nuestra humanidad apenas amanecía. En unas playas de poca arena situadas junto a ese sitio lo llevaba su madre a tomar baños de mar y a comer sardinas, que es así como en bable aún le llaman a las sardinas.

Y quizás mi desaforado deseo de descollar y de ser el mejor. Esa obsesión de excelencia que me crispa y retuerce hasta los músculos que rigen mis globos oculares y determinan su doble adecuación con el objeto que en cierto momento imanta mi interés. Esa profunda inconformidad con lo que soy, y con lo que me toca vivir, que llevo metida en los trasfondos de mi desasosegada alma, quizás me viene transatlánticamente acarreada dentro del saco de los cojones de mi padre desde aquellos agrestes parajes. Y desde esas bellas y lejanas montañas del macizo del Sueve, donde por sus empinadas laderas aún trota y pasta a su aire campeando por sus reales cojones el montaraz asturcón. Que eso de reales lo digo por el hecho de que esos miembros de una rarísima rama de la raza equina hoy en peligro de desaparición pertenecen personalmente al Príncipe de Asturias y futuro Rey de España. Por la Gracia de Dios y quién sabe cuantas arbitrariedades de esas que constituyen el «derecho» que por cuenta propia se atribuyen esas dinastías fundadas por una pandilla de bandidos. Como lo son todas esas familias reales europeas. Salteadores de camino y ladrones de cuello blanco, ataviados de collares de perlas, coronas incrustadas de diamantes y mantos de armiño. Cuando el pobre gitano que se roba una gallina va preso por quién sabe cuanto tiempo, y que este soquetico caballerito que tiene el título de Príncipe de Asturias se cree que esa manada de asturcones le pertenece en propio por los santos cojones. No ya de Dios, que todos nos hemos por fin dado cuenta de que no existe ni un carajo, sino de la arbitrariedad más descarada. De los incapaces Borbones que en un descuido se encaramaron en el trono de España cuando se agotó el degenerado linaje de los Austrias. Que el macizo del Sueve descuella como loco, separado de la cadena de montañas que delimitan al Mar Cantábrico y culminan en los nevados picos de Europa. Y el Sueve está muy por cuenta propia distinguiéndose por sí mismo desde la otra orilla del Río Piloña. Y por detrás de los picos y por la otra vertiente cae directamente al Mar por torrenteras y farallones de muy austera nobleza. Que el carácter del pueblo asturiano se forjó en estos grandiosos paisajes que imprimió en los corazones de los rebeldes celtíberos que no se dejaron nunca dominar ni por Roma ni por La Meca. Y que se mandaron a joder a los indios que pudieron joderse, y a todo tipo de taínos, Yanomamis, aztecas, mayas, incas, guaraníes, tupinambás, charrúas y todo género de aborígenes que deambulaban semiencueritos y a su aire desde el estrecho de Magallanes en la Tierra del Fuego hasta California. Y que se gobernaron por ellos mismos a la manera anarquista durante dos años, y le dieron candela alegremente a conventos e iglesias, y colgaron y fusilaron curas, obispos y monaguillos sin el más mínimo respeto por estos ensotanados aprovechadores y cara de guantes, cuando la primera república española.

Y que a lo mejor yo quería descollar solito, y ser igual que ese macizo del Sueve que no hace parte de ninguna cadena de montañas.