Ileana Fuentes
Hoy se cumplen 50 años de lo que quizás pueda catalogarse como el asesinato político más obsceno e impúdico cometido en el siglo XX en un país de la América Latina: el perpetrado en República Dominicana contra tres mujeres –en ese momento indefensas-, por órdenes del dictador Rafael Leónidas Trujillo en 1960.
Las Hermanas Mirabal -Minerva, de 34 años, María Teresa, de 25, y Patria, de 36 -militantes anti-trujillistas, regresaban a su residencia en la localidad de Salcedo luego de visitar en prisión a sus respectivos esposos, encarcelados desde mayo de ese mismo año por actividades en contra de la seguridad del estado dominicano. Las tres valientes hermanas, miembros de la clase alta dominicana, preparaban informes en contra de la dictadura, informes que llegarían hasta el seno de la OEA. Trujillo ideó su ejecución, según narra en sus memorias el entonces Teniente Alicinio Peña Rivera. En el tomo, Peña Rivera recuerda sus propias acciones: "Vengo de parte del ministro de las Fuerzas Armadas, General Román… las Hermanas Mirabal deben morir y se simulará un accidente automovilístico, ese es el deseo del jefe". Interceptado el jeep donde viajaban de regreso a casa, las tres (también su chofer) fueron conducidas allí a punta de pistola, ahorcadas con pañuelos por un escuadrón de muerte integrado por seis hombres, y una vez muertas apaleadas para mejor simulacro del supuesto accidente. El vehículo, con los cuatro cadáveres, fue lanzado por un barranco.
Sería el principio del fin de "El Jefe". El 30 de mayo de 1961, apenas seis meses después, Trujillo sería ultimado a balazos. Se cumplía aquello de "quien a hierro mata, a hierro muere". ¿Justicia para Minerva, María Teresa y Patria? No del todo hasta el 17 de diciembre de 1999, día en que Naciones Unidas designa el 25 de noviembre como Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, en honor a aquellas insignes dominicanas.
Desde 1991, y organizado por el Centro de Liderazgo Global de la Mujer de la Universidad Rutgers, en New Jersey, se observa la campaña 16 Días de Activismo contra la Violencia de Género, entre el 25 de noviembre y el 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos. Esta campaña la han observado desde sus inicios en 1991 unas 3,400 organizaciones no-gubernamentales en 164 países del mundo, recalcando no sólo la necesidad de erradicar toda forma de violencia en contra de la mujer, sino también la noción de que los derechos de la mujer son derechos humanos.
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viernes, 26 de noviembre de 2010
viernes, 22 de enero de 2010
Sí soy Brindis de Salas, ¡pero me muero!
Excelente post de Javier de Castro Mori en su Memorandum Vitae, sobre el violinista negro Brindis de Salas.
miércoles, 13 de enero de 2010
De mudanzas y voces
Cristina Fernández
(Foto de Ena Columbié, tomada de Cuba Inglesa)
Apenas llevo unos meses trabajando en una galería cuando me avisan que me llevarán para una tienda de ropas. Acomodo mi pensamiento a la idea de la transferencia; no será fácil, me advierto. Ya comenzaba a sentirme protegida por los destellos del óleo que no unge pero conforta, aún cuando las obras no pasen de meras insinuaciones para aparear con sofás. Una fotografía del carnaval de Venecia me recuerda que acá la mascarada dura casi todo el año. El verdadero rostro pocos lo arriesgan. Pasa alguien que reconozco y le extiendo un saludo. Hablamos de lo obvio, las bajas temperaturas, lo bien que se venden los accesorios de Romero Britto (fabricados en China), y entonces me dice que Carlos Barrios está mudando su tienda. “¿Agartha City se muda?”. “Sí, bien lejos. Ya sabes, la renta”. Qué poco duró la fascinación de ese espacio para mí, mitad bazar de antigüallas y orientalismo, mitad librería, donde Carlos emprendió algunas reuniones en torno a la escritura. En esa arca, compartiendo espacio las divinidades, los patriarcas, los incensarios y los mandalas, me reencontré con la Gitana, transplantada de la Habana Vieja a Hialeah; un personaje común a la vida bohemia que se dio cita en la Casa del tango en los años noventa y que asoma en uno de mis cuentos de esa época. Allí, al amparo de sus pinturas no hechas para agradar, conversé con Barrios sobre las casas hechizadas de Miami y de cómo su cuerpo, curtido en la Poesía, era casa de tránsito para espíritus y voces ajenas.
En ese cenáculo conocí al pintor Alejandro Lorenzo, al poeta Rodrigo de la Luz, a Elena Tamargo, esa mujer única que en una noche nos leyó fragmentos de una novela en construcción. Custodiados por bodhisatvas de madera de cerezo y figuras del teatro de sombras de Bali, nos sentamos a escuchar a Elena, quien no titubea al hablar de la vida y del dolor, de la hermeneútica, del exilio y su transposición. Una tienda se muda, abren otra nueva. Me mudan a la nueva. Se mudarán a la que cierra. Se cerrarán a la que muda. Las escrituras antiguas ya dijeron todo lo posible sobre la impermanencia. Los periódicos de hoy hablan de la crisis, las crisis, las múltiples crisis. Pero Elena, de su propia voz dijo aquella noche mientras leía: “La constancia es más fuerte que el destino”. Yo la repito bien bajo, no vaya a ser que algún ladrón de saber se la lleve y deje un espacio en blanco en la novela por venir. Lo que no sería justo pues esa frase, con todos sus quilates, debe llegar a todos, debe amparanos de tanto buen empeño que se escurre.
(Foto de Ena Columbié, tomada de Cuba Inglesa)
Apenas llevo unos meses trabajando en una galería cuando me avisan que me llevarán para una tienda de ropas. Acomodo mi pensamiento a la idea de la transferencia; no será fácil, me advierto. Ya comenzaba a sentirme protegida por los destellos del óleo que no unge pero conforta, aún cuando las obras no pasen de meras insinuaciones para aparear con sofás. Una fotografía del carnaval de Venecia me recuerda que acá la mascarada dura casi todo el año. El verdadero rostro pocos lo arriesgan. Pasa alguien que reconozco y le extiendo un saludo. Hablamos de lo obvio, las bajas temperaturas, lo bien que se venden los accesorios de Romero Britto (fabricados en China), y entonces me dice que Carlos Barrios está mudando su tienda. “¿Agartha City se muda?”. “Sí, bien lejos. Ya sabes, la renta”. Qué poco duró la fascinación de ese espacio para mí, mitad bazar de antigüallas y orientalismo, mitad librería, donde Carlos emprendió algunas reuniones en torno a la escritura. En esa arca, compartiendo espacio las divinidades, los patriarcas, los incensarios y los mandalas, me reencontré con la Gitana, transplantada de la Habana Vieja a Hialeah; un personaje común a la vida bohemia que se dio cita en la Casa del tango en los años noventa y que asoma en uno de mis cuentos de esa época. Allí, al amparo de sus pinturas no hechas para agradar, conversé con Barrios sobre las casas hechizadas de Miami y de cómo su cuerpo, curtido en la Poesía, era casa de tránsito para espíritus y voces ajenas.
En ese cenáculo conocí al pintor Alejandro Lorenzo, al poeta Rodrigo de la Luz, a Elena Tamargo, esa mujer única que en una noche nos leyó fragmentos de una novela en construcción. Custodiados por bodhisatvas de madera de cerezo y figuras del teatro de sombras de Bali, nos sentamos a escuchar a Elena, quien no titubea al hablar de la vida y del dolor, de la hermeneútica, del exilio y su transposición. Una tienda se muda, abren otra nueva. Me mudan a la nueva. Se mudarán a la que cierra. Se cerrarán a la que muda. Las escrituras antiguas ya dijeron todo lo posible sobre la impermanencia. Los periódicos de hoy hablan de la crisis, las crisis, las múltiples crisis. Pero Elena, de su propia voz dijo aquella noche mientras leía: “La constancia es más fuerte que el destino”. Yo la repito bien bajo, no vaya a ser que algún ladrón de saber se la lleve y deje un espacio en blanco en la novela por venir. Lo que no sería justo pues esa frase, con todos sus quilates, debe llegar a todos, debe amparanos de tanto buen empeño que se escurre.
martes, 24 de noviembre de 2009
¿Suicidio o escapismo? Mi fuga en balsa
Luis Soler
Me pasó por la cabeza bajarme del camión y terminar con toda esa locura, pero permanecí tenso y callado al lado del chofer que también estaba cagado de miedo. Seguramente él tampoco hubiera querido prestar su vehículo para llevar la balsa hasta la costa, y sin embargo ahora no podía dar macha atrás. A medida que nos acercábamos a la costa transitando por toda la calle 60 rumbo a la 5ª Avenida sin ningún contratiempo, mayor eran ya las posibilidades de tirar la balsa al agua -y en menos de lo que canta un gallo estar yo en medio de las olas remando rumbo al norte. Durante los preparativos de la dichosa balsa todo me parecía un gran disparate, pero uno a uno fueron desechados mis mejores argumentos en contra de una aventura que tenía más de suicidio que de escapismo.
El exceso de entusiasmo y las prontas noticias de los que iban llegando los mantenía imbuidos en una euforia optimista donde al parecer todo iba a ser muy fácil. Ya se veían en la calle 8, en medio de un carnaval, bailando al compás de Willy Chirino. Para ellos nada podía salir mal. Además, estábamos protegidos por los santos (según el babalawo que nos había tirado los caracoles íbamos a tener "algunos sustos" pero nada que unos tipos con buenos cojones no pudieran superar). Mi problema era que nunca había sido claro. Debí haber dicho que no quería irme así de esa manera, y todo habría quedado solucionado, pero lo dejé todo en manos del azar, que este se encargara de salvar mi reputación de valiente, pues en cualquier momento se me iban a ablandar las patas y me iba a rajar vergonzosamente.
Para mi mala suerte, los imponderables responden sólo a patrones normales de conducta. Y en un lugar donde el surrealismo es cotidiano, se mimetizan de tal manera que ocurren pero uno no los percibe. O sí, pero los malinterpretamos. Todo parecía favorecernos, hasta en la manera prodigiosa en la que fueron apareciendo todos los materiales de la balsa: Sogas, poliespuma, tornillos, tablas y cuanta cosa era difícil de resolver.
Al llegar a 5ª y 60 la luz roja del semáforo nos hizo detenernos justo al lado de la garita del guardia que custodiaba una embajada ubicada en esa esquina. Respiré profundo y rogué porque el oficial nos diera un alto (asumir las consecuencias de estar preso un par de días antes que morir en medio del océano me parecía una opción razonable). El tipo miró la punta de la balsa que sobresalía por la parte de atrás del camión y lo vimos tomar el teléfono. El chofer, en un ataque de pánico manifestó que todo se había jodido, que él pagaría las consecuencias con años de cárcel. Jorgito le gritó que no fuera pendejo y apretara el acelerador hasta la costa que para eso le habían pagado. Nadie lo vio, pero yo sí; Jorgito empuñaba en su mano derecha, pegada a la manecilla de la puerta, una enorme navaja que afortunadamente no tuvo que usar. Muchas veces me he preguntado si él era el más valiente de todos y la visión de esa mano apretando la cuchilla me hace dudar.
El chofer hundió el pie en el acelerador por toda la 60 hasta llegar a 1ª y dobló hacia la derecha rumbo a la playita de 16. Todos estábamos callados mirando para atrás, donde el chino y Raciel nos hacían gestos de dale, dale...sigan. No paramos en ninguna luz, en ningún PARE. Nadie se atravesó en el camino. Casi al llegar oímos las sirenas de la policía. Sentí que mi suerte mejoraba. Estaba seguro que algo evitaría que llegáramos al mar. En una revisión que me hice unos días antes me había salido que estaba "osorbo" con Elegguá y que para que todo me saliera bien, yo debería hacer unos "trabajitos". Por supuesto que no hice nada. Todo aquello me parecía pura tontería, puro negocio, y por si acaso, no lo hice, para que todo nos saliera mal… hacer lo que no debía impediría que tuviéramos éxito (creo que este tipo de contradicciones filosóficas entre la relatividad del éxito, la aplicación dual de la fe y el tradicionalismo criollo vs. el pragmatismo me tenían sumido en una fuerte depresión existencialista con esos típicos resultados inertes de la personalidad).
El camión se metió por los dientes de perros sin dificultad. Avanzó hasta detenerse a unos cien metros del mar. Nos bajamos y comenzamos a desmontar la balsa. Yo mirando para la calle. ¿Cuándo llegaría la policía? Imagine las luces rojas y azules salir de todas partes con decenas de agentes rodeándonos en un cerco salvador. La balsa no pesaba mucho. De pronto unas siluetas aparecieron de la nada: Eran dos milicianos. Venían hacia nosotros. Jorgito grito entre dientes: SIGAN. Ya, estábamos cogidos. Los guardias se hicieron más visibles. Dos mulatos fornidos. Sentí ganas de iniciar una estampida pero me contuve, esperando la inminente intercepción de los milicianos (y con ella el resguardo de mi coraje). Un baño de agua gélida me cayó arriba cuando uno de ellos preguntó: ¿Cabe alguien más con ustedes? Raciel –mientras seguía caminando– les contestó que la balsa era para cuatro; que no aguantaría. Entonces nos ayudaron a cargarla y ponerla en el agua. Para cuando sorteábamos las primeras olas, oí el chirriar de las gomas del camión dando marcha atrás. Imaginé una sonrisa en la cara pálida del chofer y sentí el fresco viento del norte cargado de salitre pegarme en la cara.
Me pasó por la cabeza bajarme del camión y terminar con toda esa locura, pero permanecí tenso y callado al lado del chofer que también estaba cagado de miedo. Seguramente él tampoco hubiera querido prestar su vehículo para llevar la balsa hasta la costa, y sin embargo ahora no podía dar macha atrás. A medida que nos acercábamos a la costa transitando por toda la calle 60 rumbo a la 5ª Avenida sin ningún contratiempo, mayor eran ya las posibilidades de tirar la balsa al agua -y en menos de lo que canta un gallo estar yo en medio de las olas remando rumbo al norte. Durante los preparativos de la dichosa balsa todo me parecía un gran disparate, pero uno a uno fueron desechados mis mejores argumentos en contra de una aventura que tenía más de suicidio que de escapismo.
El exceso de entusiasmo y las prontas noticias de los que iban llegando los mantenía imbuidos en una euforia optimista donde al parecer todo iba a ser muy fácil. Ya se veían en la calle 8, en medio de un carnaval, bailando al compás de Willy Chirino. Para ellos nada podía salir mal. Además, estábamos protegidos por los santos (según el babalawo que nos había tirado los caracoles íbamos a tener "algunos sustos" pero nada que unos tipos con buenos cojones no pudieran superar). Mi problema era que nunca había sido claro. Debí haber dicho que no quería irme así de esa manera, y todo habría quedado solucionado, pero lo dejé todo en manos del azar, que este se encargara de salvar mi reputación de valiente, pues en cualquier momento se me iban a ablandar las patas y me iba a rajar vergonzosamente.
Para mi mala suerte, los imponderables responden sólo a patrones normales de conducta. Y en un lugar donde el surrealismo es cotidiano, se mimetizan de tal manera que ocurren pero uno no los percibe. O sí, pero los malinterpretamos. Todo parecía favorecernos, hasta en la manera prodigiosa en la que fueron apareciendo todos los materiales de la balsa: Sogas, poliespuma, tornillos, tablas y cuanta cosa era difícil de resolver.
Al llegar a 5ª y 60 la luz roja del semáforo nos hizo detenernos justo al lado de la garita del guardia que custodiaba una embajada ubicada en esa esquina. Respiré profundo y rogué porque el oficial nos diera un alto (asumir las consecuencias de estar preso un par de días antes que morir en medio del océano me parecía una opción razonable). El tipo miró la punta de la balsa que sobresalía por la parte de atrás del camión y lo vimos tomar el teléfono. El chofer, en un ataque de pánico manifestó que todo se había jodido, que él pagaría las consecuencias con años de cárcel. Jorgito le gritó que no fuera pendejo y apretara el acelerador hasta la costa que para eso le habían pagado. Nadie lo vio, pero yo sí; Jorgito empuñaba en su mano derecha, pegada a la manecilla de la puerta, una enorme navaja que afortunadamente no tuvo que usar. Muchas veces me he preguntado si él era el más valiente de todos y la visión de esa mano apretando la cuchilla me hace dudar.
El chofer hundió el pie en el acelerador por toda la 60 hasta llegar a 1ª y dobló hacia la derecha rumbo a la playita de 16. Todos estábamos callados mirando para atrás, donde el chino y Raciel nos hacían gestos de dale, dale...sigan. No paramos en ninguna luz, en ningún PARE. Nadie se atravesó en el camino. Casi al llegar oímos las sirenas de la policía. Sentí que mi suerte mejoraba. Estaba seguro que algo evitaría que llegáramos al mar. En una revisión que me hice unos días antes me había salido que estaba "osorbo" con Elegguá y que para que todo me saliera bien, yo debería hacer unos "trabajitos". Por supuesto que no hice nada. Todo aquello me parecía pura tontería, puro negocio, y por si acaso, no lo hice, para que todo nos saliera mal… hacer lo que no debía impediría que tuviéramos éxito (creo que este tipo de contradicciones filosóficas entre la relatividad del éxito, la aplicación dual de la fe y el tradicionalismo criollo vs. el pragmatismo me tenían sumido en una fuerte depresión existencialista con esos típicos resultados inertes de la personalidad).
El camión se metió por los dientes de perros sin dificultad. Avanzó hasta detenerse a unos cien metros del mar. Nos bajamos y comenzamos a desmontar la balsa. Yo mirando para la calle. ¿Cuándo llegaría la policía? Imagine las luces rojas y azules salir de todas partes con decenas de agentes rodeándonos en un cerco salvador. La balsa no pesaba mucho. De pronto unas siluetas aparecieron de la nada: Eran dos milicianos. Venían hacia nosotros. Jorgito grito entre dientes: SIGAN. Ya, estábamos cogidos. Los guardias se hicieron más visibles. Dos mulatos fornidos. Sentí ganas de iniciar una estampida pero me contuve, esperando la inminente intercepción de los milicianos (y con ella el resguardo de mi coraje). Un baño de agua gélida me cayó arriba cuando uno de ellos preguntó: ¿Cabe alguien más con ustedes? Raciel –mientras seguía caminando– les contestó que la balsa era para cuatro; que no aguantaría. Entonces nos ayudaron a cargarla y ponerla en el agua. Para cuando sorteábamos las primeras olas, oí el chirriar de las gomas del camión dando marcha atrás. Imaginé una sonrisa en la cara pálida del chofer y sentí el fresco viento del norte cargado de salitre pegarme en la cara.
domingo, 16 de agosto de 2009
Woodstock @ 40
Jesús Rosado
Medio millón de seres. Utopistas descalzos con la flor tatuada en la mirada. Más de 500 000 razones para decir no a la guerra y al desdén hacia las libertades civiles. En agosto del año 69 del siglo XX, el festival de Woodstock se hizo icónica contratrinchera a donde acudirían pacifistas, ecologistas, cultores del amor libre y amantes de la librecultura, aquellos primeros gnomos postmodernos, melenudos y desmaquillados que convertirían la hasta entonces inadvertida granja de Bethel en meca de la música y la paz. Fueron tres días del último verano de los sesenta en que toda la bondad de una generación se resumiría en baladas folk o descargas de rock. Incandescentes jornadas de guitarras y banderas de arco iris. Una reunión maravillosa y triste a la vez, porque era una cita con el amor y con la vida, mientras resonaban letales los morteros en las afueras de Saigón. Nadie sabe si justamente estaba cayendo una bomba sobre la cabeza de un niño, cuando Jimi Hendrix presintió el zumbar de los bombardeos en su Star Spangled Banner de Woodstock. Hace ya cuatro décadas desde entonces. Y, sin embargo, el doloroso contraste no se desvanece.

Póster de la Feria de la Música y las Artes Woodstock 1969 "3 Days of Peace and Music" cuyo patrón fue concebido artesanalmente por Arnold Skolnick durante una madrugada de tijeras, engrudos y papeles de colores.
sábado, 13 de junio de 2009
Ha muerto el más cubano de los gallegos: el gallego Regueral

Delio Regueral
La última lección es la de morir como se vive y viniendo de él no me extraña la maestría con la que se fue. Empezó a morir en Gijón, España, el 17 de enero del 1924, pareciera que después de llenar sus pulmones por primera vez fue la ultima vez que lloró. Vivir por naturaleza con bajísimo grado de concentración de adrenalina en la sangre, encontró cabida su espíritu aventurero en la guerra civil española. A la corta edad de 12 años tomó partido contra el fascismo franquista. Ostentó con orgullo el penoso título de ser el preso político más joven de la dictadura y condenado a muerte, escapa por la frontera francesa a mediados del 43. Durante la segunda guerra mundial vuelve a involucrarse activamente contra el fascismo (después de un bombardeo alemán es rescatado de entre los muertos). Cinco años más tarde llega a la Habana, casi por casualidad a bordo de un avión con destino a Panamá que se vio obligado por problemas técnicos a hacer un aterrizaje forzoso. Ejerció el periodismo mientras el país navegaba sin rumbo por el caudaloso río de las dictaduras. Sus reportajes arriesgados en la prensa escrita y radial lo llevan a ser el primer periodista “cubano” que publica en la revista LIFE el famoso caso del “onceno cadáver” y desde la clandestinidad toma partido una vez más, esta vez contra Batista. Sube a la sierra y regresa a la Habana con el grado de capitán, al que renuncia una vez que triunfa la revolución. En 1973, atiza las teclas de su Olivetti sin más compromiso que con la justicia para denunciar al mundo otro de los innumerables sucesos del surrealismo de la revolución fidelista, lo que le costó su libertad y en 1982 retorna a la madre patria. Aventurero, escritor, periodista, científico y comprometido únicamente con sus convicciones, se va conciente, sin dolor y feliz el 4 de junio de 2009, a vivir como el mismo titulara su novela, “La Noche Ancha”. Adiós mi viejo.
viernes, 13 de febrero de 2009
De mi reciente visita a las ciudades de Palma Soriano y Santiago de Cuba (con reparto de La Víbora incluida)

Ramón Alejandro
Por supuesto que fui a Palma Soriano, y entré hasta el mismo patio de tu casa donde crece un árbol de naranja agria y otro de guanábana. Está bastante bien pintada de verde claro, y actualmente alberga un bufete colectivo de notarios. Tiene a la entrada una placa que dice que es un heroico centro de trabajo o algo de ese jaez. Los que nos la mostraron están muy contentos de su buen estado de conservación, sobre todo el baño con sus baldosas y revestimiento de cerámica art deco intacto. Verde, negro y crema, si mal no recuerdo. Hay una escalera caracol recubierta de mampostería por fuera, con espaciados agujeros como si quisera ser una sumaria y algo recatada celosía. Las pinturas de aves, cisnes, gaviotas u otra especie de emplumado cuerpo y huesos ahuecados que aún vuelan en tu memoria, han sido ya varias veces repintadas y habría que descarcarar las succesivas capas de pintura que las cubren para que pudieran alzar su poético vuelo y lucirse de nuevo a la luz del sol. De todas formas es la casa más guapetona del modesto pueblo, y pudiera estar muy bien plantada entre las que adornan al Vedado o a La Víbora. Al llegar, primero le preguntamos por tu abuelo Don Mariano Esteva Lora a un viejo con bastante evidentes signos de depresión nerviosa, que estaba sentado aburridísimo en el contén frente a la casa contigua, y que se me antojó "de época". Y en efecto, había conocido a tu abuelo y al hablar de él le dió el calificativo de "Muy Buena Persona". Luego el chofer santiaguero que nos llevó hasta allá nos envalentonó, y con cierto pudor nos atrevimos a decir a lo que veníamos, y luego a pedir que nos dejaran visitar el interior a ver si encontrábamos aquellas aves perennes que allí estuvieron pintadas. Todos fueron extremadamente amables con nosotros. Después nos fuimos a buscar la finca o vaquería de tu tía. Pasamos por varias instancias administrativas averiguando, y desde la entrada de una de ellas pude ver una buena parte de la Sierra Maestra con todo el azul de su lejanía echado encima. En camino vimos un árbol con flores semejantes a orquídeas de color violeta, y pasamos por timbiriches en trance de desmonte después del final, seguramente apoteósico, del reciente carnaval. El suelo estaba tan enchumbado de grasa de cerdo que yo creí que todavía estaban vendiendo pan con lechón del fuerte olor que despedía. Por desgracia ya no quedaban ni chicharrones y teníamos hambre. Varios fueron los que nos dieron diversas indicaciones y sugerencias. Existe una finca de las características que me dijiste a la salida del pueblo después del puente de un trébol de reciente factura camino de un pueblo llamado ahora Mella, o con el nombre propio de algún otro héroe del proceso, que seguramente antes se llamaba Tumba Cuatro, o Cucalaméquete del Bajío o algo equivalente. El administrador, un flaco de bigote que se lo tomaba todo muy en serio, nos dijo que efectivamente esa señora Carmen Rosa, la antigua dueña, él se recordaba muy bien de que se había ido con su familia al Norte en los primeros tiempos de la Revolución. Seguramente era tu tía. No pude sacarle fotos a tu casa, ni a la finca Santa Rosa, porque Maikel se había gastado la reserva de la carga de la cámara filmando un toque de santo para San Lázaro el día de la víspera de su fiesta que tuvo lugar por los muelles del puerto de Santiago para probarme donde había ido, porque volvió a las nueve y media de la mañana sin que yo supiera donde estaba. Le dio por irse a beber cada noche después que yo me acostaba cansado de caminar por la calle Enramada y el Parque Dolores, el Tivoli, Chicharrones y otros barrios de la ciudad, con unos mulatos que incansablemente celebraban un vago cumpleaños desde hacía tres días en una casa situada en la misma calle San Pedro donde nos alojábamos. Otra vez, después de que yo cogí tremenda nota bailando con una deliciosa orquestica de Siboney que tocaba esa noche en la Casa de la Música. Bailé tanto y con tanto brío, para tener encima una tan venerable edad como la que tengo aunque, según me dicen seguramente para halagarme ciertos amigos, sin demasiado ostentarlo, que perdí uno de los dos aretes que llevaba colgados del lóbulo de mi oreja izquierda. Maikel ni corto ni perezoso con nota simétrica e igualmente paralela a la mía, se mandó a instancias y sugerencia del prieto e interesado chofer con el que me llevó a encerrarme a dormir la mona en nuestro albergue, hasta Palma Soriano, que en su borrachera decía llamarse "Palmira o algo de eso". Porque durante tres días consecutivos se estaba celebrando un carnaval, el mismo carnaval cuyos restos mortales pudimos disfrutar olfativamente cuando visitamos el pueblo. Esa vez volvió a las doce del mediodía siguiente pretendiendo no haberse acostado con nadie. Y capaz que es cierto porque lo suyo de verdad es la nota boba que se la pasa hablando mierda con el primero que se le apropincue. Que cuando no son los santos es un carnaval, o si no, las cotidianas orquestas que animan casi cada esquina del centro de Santiago para locura de las europeas que se frotan y remenean con los oriúndos, y muy especialmente con los de la antiguamente llamada "raza de color". Antes de volver de Palma, Maikel se comió una pizza tan asquerosa, calentada a penas en un mal simulacro de horno napolitano en una rústica tienda instalada en el portal de una casa particular que estaba toda cubierta con pinturas alusivas a los atributos de Changó y que por supuesto se llamaba "Santa Bárbara", que todavía se me revuelve el estómago al recordarla. El refresco que se metió entre pecho y espinazo, porque ese extraño líquido oscuro no merece que hablando de él se use el verbo beber, se exhibía en una pecera llena de grandes bolas casi redondas de hielo. Como si las hubieran hecho con calcetines o bolsas de plástico porque yo nunca antes había visto hielos tan grandes y redondos en toda mi vida. Y se quedó tan campante y después por la noche cenó de lo más bien. A él se le ocurrió que dibujara tu casa, pero la calle Maceo no daba demasiada perspectiva para abarcar bien sus dos pisos, y sólo tenía conmigo un bolígrafo y un cuadernito muy chico para eso. Te imaginé merodeando de niño por el parque que queda dos cuadras más lejos. Y pensé en lo distante que ahora estás de todo eso. Pero no te tuve lástima porque ya tampoco la siento por mi mismo. Irnos fue una gran suerte para todos nosotros. Aunque volver a La Víbora siga siendo un placer inenarrable para mi. Hacía cincuenta años que yo no había vuelto a Santiago. Me bañé en la playa de Siboney el mismo día del solsticio de invierno, y el agua estaba sabrosísima. Ya estoy de nuevo en México. Las últimas dos semanas empecé a extrañar mi disciplina de trabajo. Por suerte pude hacer mi Bandera Ubérrima en cuatro jornadas, y volveré a verla expuesta en la Bienal este mes de marzo que viene. Paseé a mi sobrino francés por La Habana y estuve celebrando las fiestas con la familia de Maikel y todo el contexto sociocultural del cual él es inseparable. Después de pasada la primera sorpresa, Emmanuel ya se iba acostumbrando a que los visitantes se echaran al suelo y sonaran el agogó de Ochún y la maraquita de Elegguá al llegar a la casa. Tu casa está ahí. En mejor estado que la mía. Y nosotros vivitos y coleando. No hay mal que por bien no venga, y todo lo que sucede conviene, mi hermano.
lunes, 2 de febrero de 2009
Juan Ramón Jiménez: Cómo homenajear a un hombre tan tímido

Cristina Fernández
(Foto de la casa de JRJ en Miami)
De los pájaros más solos...
Me pregunto cómo puede hacérsele homenaje a un hombre tímido, renuente de los eventos sociales que lo aburrían y desamparaban. Un hombre que prefería una audición musical a un parloteo entre “entendidos”. Un hombre siempre insatisfecho y del que celebran haber llegado hace setenta años a la Florida de la mano de su cable a tierra: su mujer Xenobia, su Sancho, su hemisferio derecho. La casita blanca, que le recordaba a Moguer, ya no existe. En su lugar se levantan las Alhambra Towers, imponentes dentro de la sección de negocios de Coral Gables. Desde ese rincón se hilvanaron otra vez sus cantos, luego de un período de aturdimiento provocado por la salida al exilio y las noticias dolorosas recibidas en Cuba: el allanamiento de su casa en Madrid, la muerte de su sobrino en la Guerra, la muerte de Antonio Machado, a quien inútilmente trató de que lo invitaran a la Universidad de la Habana, siendo desoída su petición como para que se cumpliera lo irremediable. Juan Ramón Jímenez era un hombre dado a la tristeza, tanto como a la fe; incapaz de vivir sin profundos temores pero dotado de un ojo especial para acatar la belleza del mundo natural. De la Florida lo sedujeron los pájaros, las garzas, los cangrejos, los pinos, la soledad de las marismas. Xenobia, que lo sacaba a pasear como el niño grande que era, daba cuenta en su diario que la razón de JRJ para levantarse algunos días era dar de comer a los pájaros. Habría que añadir que la segunda razón podía ser escribir luego: “….Y los pájaros más solos /cantan como para nadie/ bajan como para todos/ al nadie que está en el todo, /al nadie que está en la nada.” Confieso que me alegré cuando supe que en el Centro Cultural Español de Miami iba a recordarse el paso del poeta por esta tierra. Apartando el regusto a capilla y misa que me sugieren estas veladas fui al convite académico y confieso que sentí en un momento que nada estaba perdido. Fue en la voz de Ida Vitale, quien conociera de jovencita a JRJ en su fructífero viaje a la Argentina. Respetuosa de los silencios y los énfasis del poeta, leyó dos poemas intensos: uno donde la anécdota, su peso, es extendido como una sábana delante de nuestros ojos y encima una voz nos va pintando tres bueyes, una aldea, una tristeza inefable. Otro donde la reflexión nos aparta de cualquier distracción que no sea territorio de subjetividad. JRJ tenía ojo de pintor, pero frente de filósofo. Dijo su mujer que venía de la estirpe de los reyes de León. Cualquiera sabe… En Miami volvió a inflamársele el genio poético y escribió sus “Romances de Coral Gables” pero tampoco hay que tocar al ángelus. Sabemos que aún siendo un apasionado de la tierra de su infancia, no desdeñó concientizar el desapego. “Ninguna ciudad del mundo es la única”; por lo tanto ,todas son malas o todas son buenas… Desde Lérida, sueño con las columnas de Tebas, o con las pirámides; desde Atenas soñaría con un Tokio del siglo XVIII, desde Babilonia con el Londres actual; desde París, con … ¡el Jardin de las Hespérides! Y quizás la impresión de las lecturas, sea en resumen lo mejor”. Entonces, ¿de haber estado ayer en el CCE probablemente hubiera soñado con sentarse a la sombra del portal de un hotel del Vedado, donde lo esperaban para conversar amigos y curiosos? ¿Y de haber estado en la Habana tal vez le apeteciera irse al CCE a compartir con quienes le daban homenaje? Se sabe que en 1956 a JRJ le dieron el Premio Nobel de Literatura. También hubieran podido darle el de la la Paz teniendo en cuenta la permanencia del guerrero en la batalla por domarse a sí mismo, y amistado con la existencia ir al encuentro del dios que late en cada vida, sea niño, pájaro o buey. En esa reunión poética de contrarios-iguales se iluminaban sus contradicciones. De ahí que pudiera escribir esto en su exilio en Miami: “Me encontraré con el sol, / me encontraré con la estrella, / me encontraré al que se vaya / y me encontraré al que venga. / Seremos los cinco iguales / en paz y en luz blancas, negras; / la desnudez de lo igual / igualará su presencia.”
domingo, 25 de enero de 2009
¿Dónde estás Leo Brower? (primera parte)

Alfredo Triff
Año 1977: Leo Brower* acaba de tocar el Concierto de Aranjuez para guitarra de Joaquín Rodrigo con la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Manuel Duchesne Cuzán**. Los aplausos son atronadores. Después de dos salidas apresuradas, Leo regresa acompañado por el director regordete (que pareciera más un funcionario que un músico), saludan y acto seguido desaparecen por el lateral izquierdo. Aumentan los aplausos, prolongándose por medio minuto. Aparece entonces la figura. Delgado, fibroso, vestido completamente de negro con cuello de tortuga, pantalones campanas y botines lustrosos. Camina pausadamente hacia el centro del escenario. La carota de pómulos salientes y labios gruesos adornada con espejuelotes de carey. Pelo largo por los hombros, negro, brillantísimo. Manos largas, dedos refinados que acarician el instrumento casi afeminadamente. Leo no toca la guitarra como otros virtuosos del momento: Yepes parece querer violarla, Bream la porta y parece que le incomodara, John Williams la exhibe cual condecoración militar. Pero Leo se embrolla con el maderamen sinuoso como justo al inicio de una sesión amatoria, tanteando la tablazón entre pecho, rodilla y pierna. El brazo derecho se mueve sigilosamente al vacío, como dirigiendo una sección de cellos invisibles; la mano derecha, casi que maniobrada por otro cerebro, pendiente de cada traste y vuelta de la clavija. Silencio absoluto. Afina. Cierra los ojos y se escuchan los acordes decadentes de La fille aux chevaux de lin de Debussy (en arreglo que compite e incluso supera al de Heifetz para violín y piano), seguida -si mal no recuerdo- por la melancólica La plus que lente. En Leo el silencio es tan importante como el sonido. Debo decir, el silencio es sonido. La interpretación en manos del compositor deviene en híbrido, especie de apropiación en sentido del Pop de los años 60 y post-moderno (que Leo, aunque sea inconscientemente, emplea).***Entre frase y frase, delicadas cascadas modales que el guitarrista acerca -como sin querer- al diapasón -sonido sul ponticello tan característico de Leo de picada aleatoria, más que nada de son montuno broweriano****. La música fluye en óptima sincronía entre respiración y digitación (tanto el difunto Mario Dali como Martín Pedreira y el negro Kesel, estudiantes de Leo, me revelaron el secreto). Cada frase pensada, uña-por-nota. No exagero. El intérprete se transporta con teatro y público incluido hacia una nube poético-musical en esa misma Habana gris, socialista, militarmente institucionalizada del susodicho, y a no ser por alguna que otra tos perdida y contagiosa, nos parece -quevedianamente- soñar que soñamos. Aquella noche, aquel encore de Brower-Debussy, entre sacro y metafísico, de notas redondas, arcanas, casi-expresionista, cual ilustración alquímica decimonónica de Jan Toorop, es sencillamente inolvidable*****.
_________
*Me refiero a Juan Leovilgildo Brower. **Duchesne, como director de orquesta era un tipo frío, aunque "sabía llevar la orquesta muy bien", su "sentido ritmático de relojero suizo", de acuerdo a testimonios, recibidos por este cronista, de boca del percusionista Domingo Aragú y Bencomo, el muy querido primer trompa de la orquesta. ***¿Qué es más parecido a un Sherrie Levine que un Walker Evans? ****Al parecer de este cronista, la música broweriana es, esencialmente, elogio de la síncopa. *****Ese Concierto de Aranjuez de 1977 se considera la mejor interpretación de Leo del concierto en La Habana. No sólo hablo de un Leo triunfante en Europa (como compositor e intérprete), con perfecto dominio técnico. Esa era también la mejor sinfónica del período revolucionario, con músicos extranjeros aplatanados y la primera camada de los músicos que luego serían profesores del ISA, el año siguiente. El reporte de este cronista no está causado por la impresionabilidad de la edad temprana, o la admiración al ídolo del momento. Aunque sería largo de explicar, por los años 70, algunos de nosotros, demasiado jóvenes, solíamos detestar (acaso más por pose que por inclinación del corazón) ese repertorio clásico "aceptado" que seducía al público de conciertos. Imaginen una especie de reserva contraída por el lavado de cerebro del susodicho contra cualquier vestigio de azucaramieto al estilo Sociedad Pro Arte Musical capitalista de los años 50. Nota: De tanta repetición post-modernista, el Concierto de Aranjuez, junto a otras piezas, como la 5ª de Beethoven, deben dejarse descansar en el silencio por los próximos 100 años.
lunes, 22 de diciembre de 2008
Psylocibe cubensis y María Sabina

Cristina Fernández
Ilustración: "Concilio", María Villares
Era como casi siempre período especial y teníamos hambre en el cuerpo y en el espíritu. Para el cuerpo inventábamos de todo: viajes en tren al campo para practicar un trueque primitivo, y al organopónico por ramos de espinaca o apio. Para el espíritu la cosa se nos ponía igual de difícil: había que desplazarse hasta las vaquerías de afueras de la ciudad y allí caminar al sol bajo los potreros inmensos rastreando los plastones de mierda de vaca. Fabulaciones abundan sobre quién y cómo introdujo la práctica de ingerir el psilocibe. Alguien dice que Samuel Feijoó fue un iniciado en los misterios de la seta dorada, allá en la fértil región del centro insular. Lo cierto es que en plena década de los noventa en la Habana bandadas de jóvenes inquietos se desplazaban por valles y llanuras para asegurarse una buena recolección. Por supuesto que el “enemigo” apareció en un punto climático de la historia, pues eran tremendamente sospechosas esas bandadas husmeando en el estiércol y luego verlas tumbadas en los potreros, flauta o soliloquio en boca. Como si no bastara con el tácito tabú de no comerciar con la carne de res, en torno a los cosechadores de hongos comenzó a levantarse otro cerco de prohibiciones. Argumentando que los terrenos eran propiedad del estado, o reservas estratégicas de la biosfera, o intocables unidades militares, Cualquier terreno propicio al “crimen” se acordonaba con un “NO SE PUEDE”. Sé que la verdadera causa de la restricción era el temor patológico a perder el control de las mentes abiertas que pretendían explorase a sí mismas y a lo circundante. Una noche, luego de ingerir algunas setas prohibidas, mi entonces pareja y yo fuimos a parar a casa de unos amigos. Para ellos era la hora de comer y salió a relucir el tema de la precaria situación de los alimentos. “No aparece ni la leche en polvo”, comentaba uno de ellos. Sensibilizada hasta el límite de la angustia con el tema, auguré que ese gobierno inepto no duraría un año más. Han pasado diez años de mi falsa profecía y no ha aparecido el fin de la crisis que ha devastado generaciones enteras y ha proscrito cualquier clase de alimentos posibles. Por aquellos años me entusiasmó la historia de María Sabina, sus cantos espontáneos, la misión que acogió para sí como ser humano. Con fe y plegarias se dedicaba a sanar a los que la buscaban, consumiendo en sus trances energías y lágrimas. Contaba ella como siendo una niña, a punto de desfallecer de hambre junto a su hermanita , vio aquellos extraños retoños en la tierra y los comió. Podemos imaginar a aquella criatura que buscando llenar su estómago encontró el rostro de la eternidad. Pudiéramos decir que el hambre la llevó al cielo (que como se sabe pasa por el camino del infierno). Sabiendo hoy que los humanos erramos con frecuencia en cualquier estado de conciencia, me vuelvo hacia la naturaleza como señal de respeto por su permanencia y saber. Ella sabe cuándo germinar esporas y juntar mierda, sol, agua y psiquis para crear maravillas. Es hacia ella, y apartando dudosos presagios, donde se completa el viaje perfecto. De otros asuntos no podemos dar fe.
martes, 18 de noviembre de 2008
lunes, 15 de septiembre de 2008
Desalojo revolucionario: 1976, Teresa
En 1976 Teresa, mi bisabuela paterna, falleció, y Tomás, mi bisabuelo paterno, fue reclamado por una hija que vivía en Estados Unidos. Recuerdo como si fuera ayer cuando hicieron el “inventario” de la vieja casona colonial de Mariel y nos dieron generosamente -a mis padres, a mi hermano menor y a mí- 72 horas para abandonarla. Fue la primera vez en mi vida que escuché la palabra desalojo. Según las leyes cubanas de vivienda, ni mi abuelo, ni mi padre, tenían ningún derecho sobre la propiedad familiar adquirida por el bisabuelo alrededor de 1920. En el portón de madera pegaron un sello advirtiendo que la casa era propiedad del Estado. Unos días después fue convertida en Museo Municipal. Atrás quedó la tía Felipa, la Iglesia de Santa Teresa de Jesús, el padre Prieto, los framboyanes del parque, la escuela primaria Turcios Lima, la maestra Gladys y el recuerdo de un bisabuelo gruñón al cual nunca volví a ver. Supe que murió en un home de Miami, muchísimo tiempo antes de llegar yo por estos mismos lares. Nos fuimos a vivir a la casa de los abuelos paternos en Guanajay. Crecimos. Veinte años después caminé Mariel y su Museo. Decía Navokov que escudriñar la infancia es lo que más se parece a escudriñar la propia eternidad. Parada en medio de aquel cuarto, de techos y ventanas infinitas, donde mi hermano jugaba a sembrar el pánico en noches inocentes, volví a escuchar aquella su voz tierna. Mis abuelos paternos murieron en Cuba cuando yo tenía 12 y 21 años. Mi padre, el desafortunado primogénito, escuchó la misma noticia: No tienes derecho a la propiedad, esta vez con una ligera pero significativa variante, a menos que nos pagues su valor total. Valor que ellos muy alto estimaron. Finalmente, el pasado año mi padre logró terminar de pagar la casa que mis bisabuelos paternos compraron alrededor de 1930 y recibió su cartón de propiedad otorgado por el estado socialista cubano, así reza. Mientras tanto en el portón del Museo Municipal de Mariel han tenido que cambiar la advertencia: Peligro, cerrado por posible derrumbe.
jueves, 3 de julio de 2008
¿Otro color para una Cuba rosa?

(Vía Carmen Díaz)
En una nación como Cuba ser maricón es algo que exige tener muchos cojones. Más de dos, diría incluso algún travesti de los que se atreve cada noche a hacer sus rondas. La policía es un cuerpo homofóbico que sigue encontrando en el gay una víctima fácil, en la cual descargar siglos de odio a manera de multas y golpes. La inexistencia de lugares donde socializar reduce a ghettos invisibles las trayectorias del homosexual, confinado, junto a otros sectores demasiado "desenfrenados" a deambular de un punto a otro de la ciudad, en riesgo perpetuo de ser encarcelado o penalizado, si bien en la Constitución hace años que el homosexualismo dejó de ser delito. Queda una cláusula, sin embargo, lo suficientemente nebulosa como para dejar las manos sueltas en direcciones no siempre edificantes, casi siempre en contra de las "zonas blandas de la sociedad", según reza una frase lamentable. Las defensas legales del homosexual cubano no existen, de ahí que me parezca aún ridículo el que tantos aspiren a contraer matrimonio o a adoptar, cuando todavía no poseen, en cuanto a derechos civiles, rango de verdaderas personas que puedan demandar, rebatir y lograr vencer al machismo uniformado. Los avances del CENESEX y del Centro de Prevención de ITS/VIH/SIDA han sido, por lo general estrategias persuasivas que decaen ante la violencia de lo que la noche dice como verdad. De esas noches habrá que buscar datos en libros extranjeros, como Machos, maricones y gays, de Ian Lumsden, porque el fondo de investigaciones de esas instituciones rara vez ha alcanzado la luz pública. No es sino hasta muy poco que aparece una revista cubana sobre sexualidad. Pregúntele a un gay cubano que es la Declaración de Montreal, y verá cuán pocos sabrán de lo que está usted hablándole.-- Fragmento del texto de Norge Espinosa Mendoza que se ha desplazado a través de la red de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana (Arriba, foto de la UMAP en Camagüey).
lunes, 16 de junio de 2008
Y a l a, Oumou Sangare (foto: Malik Sidibe)
Tumiamiblog
La primera vez que supe de la malinense Oumou Sangare fue en París por el año 1994. Tocábamos en el conocido club "New Morning", cerca del 7ème Arrondisement, en piquete con Kip Hanrahan. El guitarrista de Oumou, Boubacar, tipo culto y exquisito vino vernos al camerino con su novia francesa. Al final del primer set me presentó a algunos de sus amigos entre los que estaban el melómano periodista y escritor Michel Contat (íntimo de Sartre y Beauvoir), con una Julia Kristeva intensa, quien no paraba de fumar, pespunteando largas y agudas preguntas. Resultó ser que Contat y Hanrahan eran muy amigos y al concluir el concierto, terminamos todos en la misma mesa, Oumou incluida, hasta que nos botaron del club a las 3am. Al día siguiente Boubacar me llevó a comer a un restaurant marroquí en la Rue de Charonne y me regaló Ko Sira, el primer CD de Oumou, que atesoro y escucho a menudo. Nunca olvidaré la guitarra Fender de fines de los años 70 -hecha leña- de Boubacar, su Ma Chérie como él la llamaba, especie de escultura/collage sonora, símbolo de su amado continente. El clip del video está hecho con las fotos costumbristas del Malik Sidibe, respetado fotógrafo africano quien figuró hace poco en el show Snap Judgments curado por Okwui Enwezor en el ya extinto Miami Art Central. Disfruten.
jueves, 4 de octubre de 2007
Ana Luisa

Tumiamiblog
Gur mornin, buenos días –casi canta Ana Luisa con su sonrisa. No importa quien tenga delante (y a veces es difícil con ese desfile constante de fachas toscas, ácidas, extenuadas). Hay una pequeña cola, la manager (cubana mulata fuertota) está de malas. ¿Dónde está Mariaaaa? Mariaaa. Está en el baño, responde Ana Luisa con sus años a cuestas. Gur mornin, buenos días. Entra una muchacha joven, sensual y opulenta con su niñito a cuestas. El tatuaje de la pierna derecha, con letras góticas, desde la rodilla hasta el tobillo (cual salidos de una incunábula en el taller de Wolgemut) lee: "Rogelio" (el dibujo acapara las miradas de los comensales). Ana Luisaaa, le grita la del niño, miraaaa. Y Ana Luisa, sin dejar de hacer lo que debe, comienza a hacerle gracias a la criatura ante la mirada de reparo de la manager, quien sigue quejándose mientras toma órdenes del drive in a través del micrófono. Una pareja de viejos se quejan; algo falta en el cartucho. Faltan servilletas. Las servilletas a la entrada. Ay, que lindooo está Rogelito, suelta Maria Luisa con voz latosa. ¿Y se porta bien? No, Ade se fue para Cuba. Mei ai hel piú… ¿jáu meni meni criim? Llegan ahora dos mastodontes y le piden una orden de pancakes para cuatro con seis raciones extra de burritos, dos cinamon melts y cuatro coca colas gigantescas. ¿Para llevar? Bertaaa mira a Rogelito qué lindo está, exclama Ana Luisa. ¡Qué beeeello! Los mastodontes miran a Levisleidis con cara de lascivia. Esperaaa, grita Berta desde el fondo, esto está en candela. Entonces se aproxima un viejito al mostrador, con gafas gruesas, bigote muy cuidado y el periódico bajo el brazo. Ana Luisa mi vida. Buenos días. ¿Hiciste lo que te dije? Pregunta Ana Luisa. Sí, claro, le responde. Aquí tienes. Léete el artículo de Andrés Reynaldo que está muy bueno, dice él. ¿Qué quieres? Dame un café con mucha leche y seis sobresitos de azúcar. Mañana sin falta te traigo el libro que me prestaste, le aclara Ana Luisa. Me encantó el final. La Allende es muy buena escritora. Gur mornin, buenos días.
Gur mornin, buenos días –casi canta Ana Luisa con su sonrisa. No importa quien tenga delante (y a veces es difícil con ese desfile constante de fachas toscas, ácidas, extenuadas). Hay una pequeña cola, la manager (cubana mulata fuertota) está de malas. ¿Dónde está Mariaaaa? Mariaaa. Está en el baño, responde Ana Luisa con sus años a cuestas. Gur mornin, buenos días. Entra una muchacha joven, sensual y opulenta con su niñito a cuestas. El tatuaje de la pierna derecha, con letras góticas, desde la rodilla hasta el tobillo (cual salidos de una incunábula en el taller de Wolgemut) lee: "Rogelio" (el dibujo acapara las miradas de los comensales). Ana Luisaaa, le grita la del niño, miraaaa. Y Ana Luisa, sin dejar de hacer lo que debe, comienza a hacerle gracias a la criatura ante la mirada de reparo de la manager, quien sigue quejándose mientras toma órdenes del drive in a través del micrófono. Una pareja de viejos se quejan; algo falta en el cartucho. Faltan servilletas. Las servilletas a la entrada. Ay, que lindooo está Rogelito, suelta Maria Luisa con voz latosa. ¿Y se porta bien? No, Ade se fue para Cuba. Mei ai hel piú… ¿jáu meni meni criim? Llegan ahora dos mastodontes y le piden una orden de pancakes para cuatro con seis raciones extra de burritos, dos cinamon melts y cuatro coca colas gigantescas. ¿Para llevar? Bertaaa mira a Rogelito qué lindo está, exclama Ana Luisa. ¡Qué beeeello! Los mastodontes miran a Levisleidis con cara de lascivia. Esperaaa, grita Berta desde el fondo, esto está en candela. Entonces se aproxima un viejito al mostrador, con gafas gruesas, bigote muy cuidado y el periódico bajo el brazo. Ana Luisa mi vida. Buenos días. ¿Hiciste lo que te dije? Pregunta Ana Luisa. Sí, claro, le responde. Aquí tienes. Léete el artículo de Andrés Reynaldo que está muy bueno, dice él. ¿Qué quieres? Dame un café con mucha leche y seis sobresitos de azúcar. Mañana sin falta te traigo el libro que me prestaste, le aclara Ana Luisa. Me encantó el final. La Allende es muy buena escritora. Gur mornin, buenos días.
martes, 6 de diciembre de 2005
De balsas y balseros

Por Luis Soler
…Al quinto día, cuando ya todo parecía perdido y la fiebre me rostizaba el pescuezo, el cielo cambió a unos sospechosos tonos rosados, el mar dejó sus convulsiones de ocho metros. Me dolían un montón los ganglios de las verijas; los palpé con cuidado y parecían pelotas de ping-pong (la infección era severa). Me atreví a tocarme la rodilla y sentí el hueso de la rótula expuesto, mientras la piel colgante se movía al vaivén de las olas. Mis brazos apoyados en el caucho negro de la balsa estaban totalmente quemados por la fricción y esa ausencia dérmica me hacía tragar gemidos de dolor que le daban forma al silencio. Nadie decía nada. Mis tres amigos aprovecharon la calma chicha para poder dormir algo y después de cuatro días sin poder pegar un ojo, no les costó demasiado. Yo no. Yo quería morir pero no sabía ahogarme, así es que esperé a que plasma y pus se esparcieran hasta la manada de tiburones más cercanos y estos dieran cuenta de mí. No tuve suerte. Nos recogieron esa madrugada cuando yo perdía el conocimiento del alba cercana y la muerte me hacía un guiño. Me daba otro chance.
domingo, 16 de octubre de 2005
La Chuna cumple 80

Hoy nuestra Chuna cumple 80. Ese número, encarnado como ella lo lleva, merece respeto y admiración. Chuna bella, toda blogolandia te desea muchas felicidades, y que cumplas muchos más junto a tu querido Bill.
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Photo courtesy of Mariel, with the following dedication: To the forever young & beautiful La Chuna, happy birthday. I love you Mom.
domingo, 8 de mayo de 2005
Mi madre, el asma y los capuchinos
Por Marcia Morgado
Bueno, pues aquí estoy, otro domingo en la mañana. Desperezco en mi rincón de Miami, alegrándome de respirar sin la presión en el pecho que de alguna manera me remite y vincula a mi asmático predilecto, el único al que puedo añorar: el incomparable Lezama Lima, a quien también me une el intenso gusto por los capuchinos (los que, al igual que el asma, también me vinculan a mi madre.) Siento el sabor sutil del almíbar que enchumbaba aquellos capuchinos que comíamos mi madre y yo en las tardes, camino de Acierto #609, en Luyanó. Cotidiana visita a mi abuela Pepilla; tardes perfectas aquellas de la niñez, segura y cogida de la mano de mi madre. Antes de llegar a Diez de Octubre, nos deteníamos a comprar capuchinos en la Gran Vía de la calle Santos Suárez. Fragmentos de cantos-a-Ochún apretujados en una cajita blanca, atada con cinta de papel color rosa. Atesoro esos momentos con mi madre, los capuchinos y la Gran Vía, siempre vivos y entrelazados en la memoria habanera de mi niñez. Ahora al cabo de los años, después de tantas pérdidas --y un par de semanas con los bronquios dándome tortazos en el pecho-- siento un miedo recién estrenado, el de otro ataque asmático. La vida cambia con esos pequeños temores que nos van impulsando por el camino de la contención interior, por el camino de las limitaciones. ¡Quién pudiera regresar de la escuela bajo el resplandeciente sol de aquella Habana e irse a explorar la trillada cotidianidad de las tardes chorreadas de almíbar, de capuchinos sin asma, de la mano de mi madre!
Bueno, pues aquí estoy, otro domingo en la mañana. Desperezco en mi rincón de Miami, alegrándome de respirar sin la presión en el pecho que de alguna manera me remite y vincula a mi asmático predilecto, el único al que puedo añorar: el incomparable Lezama Lima, a quien también me une el intenso gusto por los capuchinos (los que, al igual que el asma, también me vinculan a mi madre.) Siento el sabor sutil del almíbar que enchumbaba aquellos capuchinos que comíamos mi madre y yo en las tardes, camino de Acierto #609, en Luyanó. Cotidiana visita a mi abuela Pepilla; tardes perfectas aquellas de la niñez, segura y cogida de la mano de mi madre. Antes de llegar a Diez de Octubre, nos deteníamos a comprar capuchinos en la Gran Vía de la calle Santos Suárez. Fragmentos de cantos-a-Ochún apretujados en una cajita blanca, atada con cinta de papel color rosa. Atesoro esos momentos con mi madre, los capuchinos y la Gran Vía, siempre vivos y entrelazados en la memoria habanera de mi niñez. Ahora al cabo de los años, después de tantas pérdidas --y un par de semanas con los bronquios dándome tortazos en el pecho-- siento un miedo recién estrenado, el de otro ataque asmático. La vida cambia con esos pequeños temores que nos van impulsando por el camino de la contención interior, por el camino de las limitaciones. ¡Quién pudiera regresar de la escuela bajo el resplandeciente sol de aquella Habana e irse a explorar la trillada cotidianidad de las tardes chorreadas de almíbar, de capuchinos sin asma, de la mano de mi madre!
martes, 15 de febrero de 2005
Impresiones desde Mérida
Por Marcia Morgado
Lento discurre el tiempo. El carbón encendido juguetea con una cascada hecha de remanentes de la construcción: frugalidad. Humo perfumado de bosques y tradición. Afuera se escucha una infantil corneta: ¡el panadero! Pan fresco, tortillas de maíz y harina para acompañar las delicias caseras: paté criollo, crema de ají picante, chicharrones, fajitas, frijoles refritos. Preludio a una tarde dominical entre amigos. Esa única e incomparable familia compuesta de momentos compartidos, de alegrías y tristezas, de sueños hechos realidad. Red de apoyo incondicional. Como los grandes amores. Que de eso se trata la amistad. A la mañana siguiente desayunamos papaya, níspero y mamey, panecillos recién horneados, mermeladas caseras –exquisita la de tomate con naranja– y café con leche. Armonía. La vida es generosa, me digo, sentada bajo la sombra de la típica palapa en el hogareño patio de Casa Ana (www.casaana.com), Bed & Breaskfast hecho de ilusión y tesón por dos cubanas quienes después de vivir largos años en Miami optaron por ubicarse en la capital yucateca. La casa vibra con calor criollo. Andando un puñado de cuadras se llega al dinámico zócalo de la Ciudad Blanca, lleno de música y alegría. En sus alrededores viven algunas amigas, y la promesa de las que llegarán. Haciendo de esa ciudad conectada a Cuba desde antaño un sitio idóneo donde refugiarse, donde arrebujarse en la seguridad de lo familiar. Otros como Saúl llevan años. El propietario de Casa San Juan (www.casasanjuan.com), Bed & Breakfast con un acogedor patio interior donde proliferan las heliconias y los jengibres, es un cubano que después de recorrer medio mundo se instaló Mérida. Donde el ritmo invita a relajarse, a tomar la vida sosegadamente, a saludar a los vecinos y dar largas caminatas perfumadas de jazmín, galán de noche o las fragantes mariposas. Un lugar donde es posible hacer de la madurez un canto a la vida. Donde amar y ser. Donde vivir en "presente", ése al que se refería Octavio Paz; su imagen engalana una moneda de 20 pesos. El presente es lo único que tenemos. El mío aquí, arropada bajo la palapa de la amistad. Del amor. De la vida misma en su enriquecedor transcurrir.
Lento discurre el tiempo. El carbón encendido juguetea con una cascada hecha de remanentes de la construcción: frugalidad. Humo perfumado de bosques y tradición. Afuera se escucha una infantil corneta: ¡el panadero! Pan fresco, tortillas de maíz y harina para acompañar las delicias caseras: paté criollo, crema de ají picante, chicharrones, fajitas, frijoles refritos. Preludio a una tarde dominical entre amigos. Esa única e incomparable familia compuesta de momentos compartidos, de alegrías y tristezas, de sueños hechos realidad. Red de apoyo incondicional. Como los grandes amores. Que de eso se trata la amistad. A la mañana siguiente desayunamos papaya, níspero y mamey, panecillos recién horneados, mermeladas caseras –exquisita la de tomate con naranja– y café con leche. Armonía. La vida es generosa, me digo, sentada bajo la sombra de la típica palapa en el hogareño patio de Casa Ana (www.casaana.com), Bed & Breaskfast hecho de ilusión y tesón por dos cubanas quienes después de vivir largos años en Miami optaron por ubicarse en la capital yucateca. La casa vibra con calor criollo. Andando un puñado de cuadras se llega al dinámico zócalo de la Ciudad Blanca, lleno de música y alegría. En sus alrededores viven algunas amigas, y la promesa de las que llegarán. Haciendo de esa ciudad conectada a Cuba desde antaño un sitio idóneo donde refugiarse, donde arrebujarse en la seguridad de lo familiar. Otros como Saúl llevan años. El propietario de Casa San Juan (www.casasanjuan.com), Bed & Breakfast con un acogedor patio interior donde proliferan las heliconias y los jengibres, es un cubano que después de recorrer medio mundo se instaló Mérida. Donde el ritmo invita a relajarse, a tomar la vida sosegadamente, a saludar a los vecinos y dar largas caminatas perfumadas de jazmín, galán de noche o las fragantes mariposas. Un lugar donde es posible hacer de la madurez un canto a la vida. Donde amar y ser. Donde vivir en "presente", ése al que se refería Octavio Paz; su imagen engalana una moneda de 20 pesos. El presente es lo único que tenemos. El mío aquí, arropada bajo la palapa de la amistad. Del amor. De la vida misma en su enriquecedor transcurrir.
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