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sábado, 27 de abril de 2019

En Echegaray me eché a otro viejo complaciente, poco simpático, de demasiada alcurnia y de apellido rimbombante: creo que Garcilaso de la Vega.

Madrid en los años 60, foto publicitaria
José Ramón Alejandro

Les cuento cómo pasé mi primera noche en Europa antes de dirigirme a mi obsesiva meta, llegar al Museo del Prado. Una vez llegado a Madrid, por mi relación con otros compañeros de travesía uruguayos hallé una pensión barata a poca distancia del Museo, en la Calle de las Huertas del castizo barrio de las Musas y corrí a saciar mi urgente sed de Verdad.

Allí, una joven prostituta canaria cuyo nombre lamento haber olvidado decidió de entrada que yo era primo suyo y nos hicimos amigos. En su habitación solo una reproducción adornaba la pared pegada justo encima de su cama. Era la Muerte de Sardanápalo de Eugène Delacroix donde puede verse a un fornido negro degollar a una voluptuosa hembra sobre la misma cama del rey asirio sostenida por doradas patas en forma de cabeza de elefantes. Ella me contó como se había echado a la mala vida después de haber sido desvirgada y abandonada por su novio. Esa imagen era para ella como una cédula de identificación de toda su persona; una pobre mujer víctima de la violencia de los hombres. Su verdad estaba bien presente a su cabecera. Me sorprendió la inocente lucidez de esta muchacha que tan rápido entró a considerarme su pariente.

No lejos de esa pensión muy pronto encontré a mi elemento natural, porque la calle Echegaray era el centro de reunión de los gays madrileños y rápidamente Luis, un señor maduro muy simpático y armado de una polla truculenta se enamoró de mi y comenzó de manera muy generosa a facilitarme pasar mis jornadas contemplando las pinturas y leyendo los libros que tan ávidamente necesitaba para satisfacer mi deseo de encontrar una finalidad provechosa a mis horas. Yo seguía buscando un sentido que el bullicio de los alegres personajes que asiduamente iban a beber sus cañas cada noche a los numerosos bares no calmaba mi angustia de sentir el lento desvanecerse de mis horas. Esas mismas horas que irían limando mis días y que bien sabía que terminarían por roer mis años como me advertía Don Luis de Góngora, "siguiendo sombras y abrazando engaños", con su admirable soneto a La Brevedad engañosa de la vida. Los domingos mi protector me llevaba a las corridas de toros de Las Ventas y su grupo de amistades terminaron por llevarme con ellos a pasar la Semana Santa a Murcia. En la modesta procesión de aquel domingo de Pascua pude ver a un angelito llevar atado de una cuerda a un horrible demonio. Allí mismo planté a mi cariñoso cliente y me fui solo a Guadix en Almería, camino de Granada y de allí de vuelta a Madrid.

En la sacristía de la catedral de Granada, junto a la tumba de Juana la Loca, había una colección de pinturas flamencas que me extasiaron tanto como la lectura de la elegía a Doña Juana la Loca de Lorca; "Princesa enamorada y mal correspondida, clavel rojo en un valle profundo y desolado, la tumba que te guarda rezuma tu tristeza, a través de unos ojos que ha abierto sobre el mármol". De paso, y para no perder mi mala costumbre, un guía de La Alhambra que me prometió llevarme a conocer un sitio escondido dentro de aquel impresionante monumento me dio por el culo antes de convidarme a asistir al espectáculo que los gitanos del Sacromonte producen cada día para los turistas.

Volví a la pensión de mi prima canaria, a mis días en El Prado y mis noches en Echegaray y me eché a otro viejo complaciente. Este era mucho menos simpático, demasiada alcurnia y de apellido rimbombante, creo que Garcilaso de la Vega, pero la tenía chiquita y colorada. Profesor universitario de griego cuya tesis había sido sobre la A larga en dialecto dorio. Nada que ver con la del viejo Luis. Se enamoró tanto de mí que habiéndose puesto demasiado celoso por mis relaciones gratuitas con un pillete asturianito con el cual la pasaba mucho mejor que con él y con Luis, que tuve que proseguir mi exploración de lo que me interesaba de España. Compré un billete de tres mil kilómetros en la tercera clase de ferrocarril y me di el gusto de recorrer la península antes de proseguir rumbo a París.

Cuando mi abuelo pintor murió, murió llamándome por mi nombre. Mi familia quiso protegerme impidiéndome verlo en su lecho de muerte y solo mucho tiempo después supe de su deseo de tenerme a su lado en ese transe. Esto me hizo concebir la quimera de que la voluntad de mi querido abuelito era que yo siguiera sus pasos para también ser pintor. Esta quimera me llevó a mostrarle a mi tío Pepe, su hijo que también fue pintor, mis obritas para preguntarle si él creía que yo pudiera llegar también un día a serlo. Me dijo que sí, pero que en Cuba nunca podría ganarme la vida pintando. Entonces le pregunté que en donde ese oficio podría hacerme vivir, y me respondió con cierta duda que a él le habían dicho que en París los pintores se ganaban la vida pintando. A partir de ese momento yo había concebido otra quimera, decidiendo tentar mi suerte y lo más pronto posible llegar como fuera que pudiera a esa ciudad.

lunes, 8 de abril de 2019

En mis aventuras buonarenses constaté que abundaban en el mundo aquellos que apreciaban mi juventud

 Buenos Aires, 1961

José Ramón Alejandro

Tuve que hacer cierto esfuerzo para entender en cual tipo de situación me hallaba. Era una casona de dos pisos en medio de un espacioso jardín situada en San Isidro, un barrio selecto de la ciudad. No lejos del Rio de La Plata. Pero fui poco a poco comprendiendo que Regina, mi hermana mayor, se había metido en una ratonera. Bob, era un alcohólico niño mimado de la alta burguesía que no hacía mucho tiempo se había visto obligado a contraer matrimonio con urgencia tras haber sido encontrado en posición poco digna ante uno de los empleados de la poderosa compañía de elevadores Otis, en la cual su padre propietario lo había colocado como gerente. Estaba lastrada con tres hijos y con la hermana de Bob, aún más borracha que su marido maricón. Una vez entendido el caso escogí comenzar a recibir instrucción en una escuela de Bellas Artes, pero muy pronto mi agobiada hermana a quién mi padre había encargado de cobijarme, mirándome con mucha dureza me espetó esta frase; "Mira Mongui, a mí tú no me interesas porque tú nunca vas a producir”.

Entretanto, también comprendí que en esa lamentable escuela no iba a aprender nada, pero sin embargo allí conocí a David, un bello joven anarquista del cual me enamoré. Pronto me encontré enredado yo mismo en la engorrosa situación de una reunión subversiva en el proletario barrio a la cual mi bello adorado me arrastró valiéndose de sus encantadores ojos de descendiente de inmigrantes italianos, salidos de un retrato de Antonello da Messina. Caímos presos durante veinte días y la prensa regocijada celebró la captura de un peligroso agente revolucionario cubano con las manos en la masa.

Mientras, en su suntuosa y trágica casona de San Isidro Regina, sofocada por esas alarmantes noticias, registró mis pertenencias hasta dar con un diario en el cual no halló los planes secretos para subvertir toda América del Sur, ni nada semejante al Diario del Ché Guevara, sino salaces aventuras con marineros de los muelles y descripciones de mi embelesamiento platónico con mi enamorado. Tuve que salir en un barco que atravesó las fangosas aguas del ya nombrado Río de La Plata para ponerme a salvo en Montevideo donde desde el primer momento comencé a seguir los cursos de una verdadera escuela de arte.

Esa escuela estaba en manos de un simpático grupo de anarquistas con los cuales me entendí muy bien y tuve la suerte de recibir las lecciones de Historia del Arte de Celina Rolleri, una excelente intelectual que mucho me animó a seguir mi proyecto de irme a vivir a París. De ahí fue que tomando un autobus a Porto Alegre, otro a Saõ Paolo y uno más a Rio de Janeiro llegué a tiempo para asistir encantado a la apertura del Carnaval de 1962 en el teatro Joaõ Gaetano que daba el espectacular baile de homosexuales que iniciaba esos festejos. A penas me puse a tratar de bailar la samba una loca me vino a susurrar al oído; "Tenh gente que gosta”.

En efecto, ya había podido constatar abundaban en el mundo aquellos que apreciaban mi juventud, y la prueba era que a ese mismo baile había podido llegar gracias a la generosidad de un gentil enamorado uruguayo que me daba tanto dinero para que yo pudiera seguir estudiando arte en la escuela, que siendo yo bastante precavido, pude abrir una cuenta en un banco que me permitió ahorrar lo suficiente como para, al año siguiente, comprar el billete de barco para viajar a Europa. En ese primer carnaval en Río cumplí 19 años, y conocí a un grupo de estudiantes de diplomacia que me invitó a volver a disfrutar de otro carnaval. El último de mi paso por esas tierras australes.

Para no perder el tiempo gozando despreocupadamente aproveché para ir a ver las esculturas del Aleijadinho a Minas Gerais y disfrutar del carnaval de Bahía a donde acompañado por mi amigo Antonio Larreta asistí al primer toque de santo de mi vida. Los enamorados estudiantes me presentaron a un célebre pintor, Carlos Scliar, que también contribuyó a financiar mi viaje. De esa forma, aprovechándome de mis encantos naturales, pude ir haciendo acopio de todo aquello que necesitaba para la travesía del Atlántico.

domingo, 31 de marzo de 2019

De cómo la belleza de mis 16 años me puso en primera fila de una lucha campal de desafuero


Ramón Alejandro

Se hubiera podido creer que la misma Yalodde con su Oñí, el poder de su miel, había súbitamente logrado sacar a Oggún del monte. La belleza de mis 16 años me puso en primera fila de una lucha campal, en la cual el desafuero sexual emborrachó a toda una población lasciva que durante demasiado tiempo se había distraído de su vocación amorosa para engañarse a sí misma con preocupaciones ajenas a su naturaleza sensual. Comencé a explorar los caminos que tanta fogosa profusión me prometían. Bajé por esa Calzada de Jesús del Monte para encontrarme con gente gozadora y erudita, que se aprovechaban de mi cuerpo abriéndome a cambio nuevos horizontes intelectuales.

Después de haber leído sucesivamente el Materialismo Histórico del Doctor Konstantinof de la Academia de Ciencias de la URSS, y La Rebelión en la Granja de George Orwell, comprendí los planes que animaban al equipo de improvisados legisladores que habían tomado las riendas del poder por la fuerza de las armas. Me embarqué con unas milicias que pretendían subir a la Sierra Maestra a presenciar la declaración de ya no sé qué reforma, agraria, urbana o cualquier otra fantasía de aquellos revolucionarios. Salimos de Batabanó en un viejo barco sin capitán y le dimos la vuelta a Isla de Pinos. Cuando pasábamos frente a las montañas de la Provincia de Las Villas sobre un mar tan profundo que los rayos solares se veían descender hasta perderse en lo oscuro. Durante algunos instantes cuatro rabos de nube se situaron en los puntos cardinales dándome la impresión de estar en el mismo medio de un tablero mágico como el que se usa para jugar al parchís. Pude intuir el concepto del mandala como cuando había conocido las fascinantes imágenes que surgen al manipular los vidrios de colores contenido en el tubo de un kaleidoscopio en el estudio de mi vecino doctor en optometría.

Ya en el Golfo de Guacanayabo y poco antes de llegar al puerto de Manzanillo en un sitio en el cual sobresalía de la superficie de las olas un palo enhiesto, encallamos en un banco de arena. Los milicianos comenzaron a invocar a Yemayá para escapar de una segura muerte al ver que las siluetas negras de los tiburones dándole vueltas al casco de nuestro navío. Un responsable vino a tratar de impedir los rezos advirtiéndonos que Dios no existía sin que ninguno quisiera escucharlo. Poco después insistió diciéndonos que pudiera ser que Dios existiese, pero que no era propio de revolucionarios invocarlo. Los rezos siguieron y la marea comenzó a subir liberándonos del banco de arena. Desafiante un miliciano le espetó al teórico responsable un provocador pa’que’tu’bea. Pasado el miedo a la muerte los milicianos sacaron una botella de ron y se dispusieron a filosofar sobre sexualidad y formas del amor. Tras mucho discurrir, llegaron a la conclusión de que un bugarrón era un hombre que había nacido con destino de jodedor.

Ya en tierras agrestes y tratando de llegar a La Plata Alta, la milicia acampó en el suelo raso y el desánimo cundía entre nosotros viendo la miseria en la que vivían los guajiros. Las ladillas se adueñaron de nuestros sobacos e ingles. El cuerpo desmembrado de una joven estudiante apareció desnuda en el lecho de un río. No pudo ser identificada por no habérsele hallado cerca ningún documento pertinente.

Muy dentro de mi corazón comprendí que no me hallaba en el país que convenía a mi naturaleza. Me di cuenta que mi más profundo deseo era irme a Europa a contemplar las pinturas originales cuyas copias adornaban las paredes de la sala de la casa donde vivían mis abuelos maternos. Asumí mi esencial egoísmo y me sentí profunda y definitivamente desolidarizado de esa humanidad doliente que allí me rodeaba. El 28 de noviembre del año 1960 monté en el avión de Pan American Airways que en un largo vuelo de 24 horas me llevó hasta Buenos Aires.

jueves, 21 de marzo de 2019

La vida es solo un estar fuera del Ser


Ramón Alejandro 

Navegaba en un destartalado barco de transporte de inmigrantes europeos a la América del Sur. Portugueses, napolitanos y unos pocos malagueños iban de vuelta a sus lares porque la situación económica se estaba deteriorando en Brasil y el Rio de la Plata. Eran los finales del mes de marzo del año 1963, justo después de los carnavales de Rio de Janeiro durante los cuales no había podido divertirme tanto como el año anterior por la intensidad del deseo de llegar a las puertas del Museo del Prado. Necesitaba dejar atrás el mundo de las apariencias y volver al empireo. Mi verdad la había hallado una década atrás en la sala donde mi abuelo tenía colgadas las copias que siendo joven estudiante de la Academia de San Fernando de Madrid había hecho de ciertas pinturas.
Lo que representaban era la Verdadera Vida. La imagen viva que sostiene la Realidad. Ese era el mundo de los arquetipos ideales que había enseñado Platón. El carnaval “existía", pero las pinturas de mi abuelo “eran". El Arte “es", la Vida es solo un “estar" fuera del Ser.

Un día de Terça feira que cierra esa semana de festejos me despedí al borde del muelle de la bahía de Guanabara de mi compañero Antonio Larreta y subido a ese navío cuyo nombre he olvidado. El cielo raso de nubes extendido sobre los morros de Botafogo, el Corcovado, Dois Irmaõs y la Pedra da Gavea estaba iluminado de rojo por las luces de la ciudad en transe. Era uno de los últimos viajes de este viejo barco, mudo testimonio de tanta miseria humana.

Al cruzar el Ecuador entre el archipiélago de Cabo Verde y las orillas del desierto de África una tempestad que duró varios días nos levantaba y nos volvía a hundir con el vertiginoso oleaje. Los portugueses vomitaban sobre sus propias literas mientras las viejas napolitanas vestidas de negro cantaban sobre la cubierta barrida por los elementos desencadenados alrededor de un petiso regordete que oficiaba la misa en medio de los tumbos de la popa y de la espuma que pasaba de babor a estibor. Se desgañitaban repitiendo “Bianca come la luna"…invocando a la Virgo María Mater Dei con sus voces estridentes mientras yo hundía mi mirada en el abismo negro que como bostezo sobrenatural se abría del otro lado de la barandilla donde me apoyaba.

Ahí en lo hondo rugía Olokum, Yemayolokum, Yalodde macho, el dueño de los tesoros que guarda el fondo del Océano. El Poseidón fabricador de innumerables tretas y enemigo feroz de Ulises. El cáliz del adiposo afeminado se tambaleaba entre las manos sobre el mantel del altar improvisado por el joven curita. Al horizonte una estrecha franja de sutil color gris dividía el oscuro cielo y el negro Océano. La silueta negra de un barco con la proa dirigida hacia las nubes como implorando piedad se iba hundiendo poco a poco. Apostados cerca de la cabina del capitan mis amiguetes malagueños y yo escuchábamos el agitado tintineo del telégrafo por el que surgían las desesperadas llamadas de ayuda de quienes estaban a punto de naufragar y perder la vida tan cerca de nosotros. Unos descarados jóvenes napolitanos se burlaban de mí llamándome “Trequarti" porque mi abrigo solo me llegaba a la rodilla. Poco después de esos clamores desembarcamos silenciosos, sobrecogidos por la belleza de una isla volcánica sobre cuyas laderas cubiertas de viñedos apuntaban al cielo los campanarios de diminutas iglesitas barrocas de ensueño; Madeira.

Al día siguiente llegamos al puerto de Lisboa donde un sigiloso vendedor de pornografía nos mostró sus imágenes prohibidas. Cansados después de quince días sobre el agitado Océano nos dirigimos ya hacia la puerta occidental de Europa, los propileos levantados por Hércules, dispuestos a surcar sobre nuestro armatroste entre el Peñón de Gibraltar y el Hacha de Ceuta. Las aguas del Atlántico y las del Mediterráneo no se mezclaban con demasiada prisa y mostraban por separado sus diversos azules en el estrecho. Sin embargo la música mora y la música andaluza se confundían surgiendo de varios radios transistores al unísono. No podíamos distinguirlas a la una de la otra con tanta certeza como los colores de aquellas olas. Esa misma noche desembarcamos en Barcelona con buen tiempo.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Pocas veces me he encontrado con alguien más potencial y francamente desagradable (física, social y culturalmente hablando)

refugio en Hialeah para damnificados del ciclón Irma

José Ramón Alejandro

Su respuesta no fue solo adecuada, sino justamente evocadora de las circunstancias de nuestro fortuito refugio. Pocas veces me he encontrado con alguien más potencial y francamente desagradable, física, social y culturalmente hablando. Era una mujercita de corta talla, con una triple barriga cuyo pliegue inferior le tocaba las rodillas. Al hablar echaba el fondillo hacia atrás y la triple tripa hacia adelante abriendo hacia sus dos costados los cinco dedos de ambas manos como si fueran las diez varillas de finas maderas de un elegante abanico de Manila. El pelo mal teñido de amarillo y peor cuidado reunido en un moño por encima y deshilachado en menudos ricitos acaracolados a más no poder.

Por supuesto que su voz era estridente, penetrante, y el volumen varias veces superior al requerido aún para dirigirse a un grupo de gente tan numeroso y disperso sobre todo aquel suelo de negro cemento pulido cual era nuestro caso. Tenía todo para serme desagradable y en un principio me lo fue. Después y muy poco a poquito me fui dando cuenta de la intensa manera en la cual se entregaba para tratar de levantar el decaído ánimo de aquellos infelices refugiados.

Bromeaba y jaleaba pertinentemente para orientar aquella amorfa masa de gente con el alma pegada al espinazo. Un enjambre de chiquillos mulaticos flaquitos ostentando todos los matices del café con leche posibles se propulsaban como imprevisibles y sorprendentes proyectiles por entre los grupos de adultos y ancianos en estado de choc, sin que nadie pareciera constatar sus aceleradas existencias. Este ser nos cocinaba una comida al límite de lo comestible de un grado de insipidez por lo menos calvinista. Pero sin estar obligada a eso se tomaba el trabajo adicional de ofrecernos tacitas de plástico gris desechables de un excelente café que era una nota musical aguda en aquel concierto de contrabajos ominosos cortado por chillidos infantiles provenientes simultáneamente y cambiando alternativamente de lugar de origen desde las cuatro esquinas del enorme recinto.

Poco a poco se fue adueñando muy naturalmente del papel protagonista de todo aquel siniestro sainete. Para divertir a su público se inventó que varios ancianos destartalados era novios suyos y que ya le habían propuesto casarse con ella para darle integralmente el cheque de su retiro por invalidez con tal de ser su marido. En una de esas distribuciones de tacitas de plástico gris llenas de dulce café, uno de los refugiados se acercó solicitando una de ellas y le dijo de manera algo afectada y a guisa de gracioso cumplido; “yo vine por el olor". Ella sin pestañear le ripostó secamente: "menos mal que no me tiré un peo”.

Al pasar el peligro cada uno iba a a abrazarla y agradecerle su espontáneo don de animación. Hasta yo que al principio senti repugnancia por esas dos verrugas mal situadas, una entre el labio superior y un agujero de la nariz y otra en la cúspide del pómulo, sentí deseos de hacer lo mismo y ella me abrazó muy cariñosamente sin sospechar mis resabios de clase en contra de su inocente manera de ser. Demostró ser la más humana de todas las personas que nos atendieron allí. Sentí vergüenza de haberla mirado con desprecio y me prometí que desde ese momento en adelante no juzgaría más a nadie exclusivamente por sus más o menos agraciadas apariencias.

martes, 28 de enero de 2014

Si el título - siempre según el discurso auto-justificativo de José Alessandro Herrero - hubiese sido concedido por la importancia y méritos de los servicios prestados a la Corona Española de la misma mano de no sé ya qué Rey, - si Borbón o Habsburgo - a cierto ingeniero italiano de apellido Alessandro, venido a hacer puentes en la Península Ibérica por allá por los siglos diecisiete o dieciocho

Ramón Alejandro
(Tomado de La familia calandraca)

“De una puta y un gitano nace el vallisoletano”; me dijo a rajatabla mi amiga Antolina Pascual cuando le conté que a una sobrina mía que vive en Nuevo Jersey, se había hecho una prueba de ADN a través de la red de internet, y le había dado el inesperado resultado de que en sus venas corría sangre maya y gitana. Queriendo saber el origen de sus antepasados antes de parir su primer hijo, envió su saliva de la manera convenida a unos laboratorios especializados que prestan ese tipo de servicios.

Lo de maya no podía venirle más que por parte de mi madre, es decir su bisabuela, - porque nació en el puerto de Progreso que está situado en la costa de la península de Yucatán - a muy corta distancia de la ciudad de Mérida. Eso quería decir que su tatarabuela, - mi propia abuela - engañó a su marido con un indio yucateco, o con un mestizo. O bien que de ahora en adelante; - para salvaguardar el honor de mi santa abuelita - tendría que considerar seriamente que mi madre hubiera sido adoptada. Esta segunda versión de aquellos hechos ya tan lejanos; no sería del todo improbable, ni tan descabellada como podría parecer a primera vista; dado que en aquellos cuatro años que pasaron en tierras mayas, mi pobre abuela Amparo había perdido una parejita de jimaguas, - como solemos llamar en Cuba a los gemelos.

Parece que al ser bautizarlos un día de inusitado frio invernal en esas meridionales latitudes del Golfo de México, - cosa bastante poco corriente - tuvieron tan mala suerte que con el frío del agua bautismal atraparon sendas pulmonías y murieron de sus consecuencias. Así fue como me lo contó mi abuelita. Vaya usted a saber, porque en esa época cualquiera se moría de cualquier cosa. Por otra parte mi abuelo era tan neurasténico, - y vivía tan absorto en su mundo imaginario - que quizás no fuera muy dado a darle el necesario gusto y consuelo que legítimamente cualquier mujer merece recibir de su esposo por debajo de las sábanas del lecho nupcial.

Sobre todo durante esos prolongados insomnios tan frecuentes entre los habitantes de las tierras calientes que bordean al Mar Caribe. Muy en especial durante las tan tibias como largas madrugadas como solían ser aquellas que, - antes de que se generalizara el uso del aire acondicionado, - sufría resignadamente la población de los países tropicales. Porque siendo madrileña y panadera, es decir, - al fin y al cabo de clase popular - según ella misma nos lo dio a entender; las costumbres de esos relajados tiempos de la regencia de María Cristina solían ser bastante libertarias antes de que la dictadura de Primo de Rivera y la subsecuente beatería franquista acogotara moralmente a la población después de los horrores de la Guerra Civil y la caída de la República. Pero lo de que fuera entreverada, - es decir hija de gitano y paya o de paya y gitano - que quizás lleve otro nombre que ahora no recuerdo, es cosa bien probable.

Yo mismo me tendría que hacer esa maravillosa prueba para saber el resultado que en mi caso daría; y de ese modo poder escudriñar la inapreciable información que esos memoriosos genes atesoran. Aunque mis bisabuelos no fueran de Valladolid; sino de Zamora, - que no queda muy lejos - la memoria ancestral vernácula de esa zona de la meseta central de la península ibérica, aún conserva el recuerdo de que en pretéritos tiempos de esplendor económico; antes de que le viniera la funesta inspiración de expulsar a moriscos y judíos a la Reina Isabel la Católica, - hundiendo en la inopia a sus infelices reinos - cierto número de tribus gitanas, - abandonando su atávico nomadismo - se habían asentado en esos secos campos que se extienden ente los antiguos Reinos de Castilla y de León.

Fue a mediados del siglo XIX, y en plena decadencia del Imperio Español, que esos recios zamoranos, - poco limpios de sangre - se fueron a amasar la harina y hornear el pan cotidiano en beneficio de los vecinos de aquel barrio de Lavapiés en lo alto de la calle del Ave María; a cuya modesta panadería fue a cortejar a su hija Amparo mi supuesto abuelo José Alejandro Herrero. Porque de ahora en adelante tengo que poner en duda; - después de haber recientemente adquirido el conocimiento de estos datos científicos - el hecho de ser de verdad su nieto. Este putativo abuelo, era a la sazón estudiante de Bellas Artes en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, - situada muy cerca de la famosa Puerta del Sol - en la calle de Alcalá.

Muchos dolores de cabeza y preocupaciones sufrieron esos pobres bisabuelos zamoranos; porque aunque el señorito de mi abuelo fuera un hombre de cierto rango social, - con pretensiones a un peregrino título nobiliario que nunca nadie más que él mismo jamás pudo ver, ni mucho menos tener en sus manos - como para permitirle afirmar a ciencia cierta la concreta realidad de su supuesta validez e improbable existencia.

miércoles, 8 de enero de 2014

Recurso mnemotécnico de pueril trasunto; bien digno de esos eternos menores de edad que suelen ser los maricones, jotos, culeros, pájaros, chernas, pargos, putos, viados, checche, froci, finocchi, ricchioni, pustis, pedés, enculés, faggots, gays y homosexuales de cualquier lugar y cultura en la cual vivan


Ramón Alejandro

Existe en México un escarabajo de vistosos colores iridiscentes, de esos que los poetas simbolistas franceses gustaban llamar “coruscantes”; - haciendo alarde de riqueza de vocabulario, y refugiándose de paso bajo las faldas de la prestgiosa etimología latina, de tal forma ocultar con los oropeles de la erudición su miserable inspiración poética.

Como parece una joya los niños más humildes lo cazan; y atándole un hilo de alguna de sus seis patas, se divierten con ese lujoso juguete provisto a bajo precio por la dadivosa naturaleza mesoamericana. Le llaman mayate, nombre que apenas se destaca de “mayatl”, perdiendo al pasar a la fonética española esa última letra palatal de tan difícil pronunciación para quienes no tuvieron como lengua materna al náhuatl de los mexicas. Los jotos mejicanos llaman también así a aquellos varones; - generalmente miembros de las clases populares - que ocasionalmente les sirven de autoritarios y abusadores maridos.

Por extensión, mayate también se le suele decir en México a los borrachos, - o más precisamente a aquellos malos pagadores que no devuelven lo que alguien les ha prestado - o peor; que se desaparecen subrepticiamente con algo que no les pertenece. Tal como tienen la mala costumbre de hacer estos consuetudinarios depredadores, - con el dinero o las pertenencias - de los infelices y comunmente sumisos culeros; - o maricones - porque con frecuencia, esos lucientes insectos se les escapan a los niños de las manos; llevándose enredado entre sus patas y alrededor del luciente caparazón al hilo con el cual lo mantenían sujeto.

Quizás también los llamen así por lo bien que; - a pesar de todo - pasan su buenos ratos en la -no por interesada menos sabrosa- compañía de esos complacientes compañeros de jueguitos de manos y otros favores corporales; quienes los conmueven hasta los tuétanos haciéndoles revivir pretéritas emociones intensamente impregnadas de ya casi olvidados perfumes; venidos desde aquellos embriagadores instantes de su primera infancia que nunca jamás volverán; irrepetibles vivencias que con el paso de los años pueden haberse ido borrando de las más desflecadas páginas de los estrujados archivos de sus memorias; devolviéndoles aquel virginal estremecimiento provocado por el esplendor de las primeras percepciones que cada uno de los cinco sentidos tuvieron; cuando antaño se divertían con aquellos lujosos escarabajos que les sirvieron de juguete.

jueves, 26 de diciembre de 2013

De esa consiguiente delectación morosa que nos embarga (en todas sus enrevesadas combinaciones al rotar vertiginosamente sobre su propio eje material)

La bacante, Gustave Courbet, 1847

Ramón Alejandro
(de La familia calandraca)

A primera vista; no parecería haber ninguna dificultad en amar sencillamente a ese ser que nos dio la vida, pero mientras van transcurriendo aquellos apacibles días de la pequeña infancia, durante los cuales el lindero del tiempo pasado, que nunca jamás volverá, se va insensiblemente desvaneciendo detrás de un brumoso horizonte en perpetua fuga. En esos instantes es cuando empieza a manifestarse en el cielo de la boca ese sabor amargo tan parecido al sabor de la cerveza. Es el primer sabor; y a su vez es el más vergonzoso, - y el más sabroso - que pueda aspirar a conocer la apolismada conciencia que caracteriza a nuestra atribulada especie.

Después del simple placer de existir en esos primeros embriagadores albores de nuestra vida, el descubrimiento del peculiar gusto que tiene esa inherente violencia que va consubstancialmente entretejida en la propia trama de nuestro cuerpo, - y por lo tanto de nuestra existencia; que no es más que el breve lapso de tiempo durante el cual funciona su compleja maquinaria - determinará para siempre ese familiar y amargo sabor que permanecerá perennemente impregnado en los archivos de nuestras papilas gustativas. Hasta que al fin un día abandonemos nuestro carapacho en cualquier fosa; ya vacío de su trémula pulpa y en proceso de desarticulación. Cuerpo que cuando está en su plenitud es una resoplante maquinaria, o un turgente aparato, - afianzado desde adentro por cables; - de variopintos colores y tan acendradamente enredados entre sí - que cada cual seguirá por su propia cuenta echando adelante según su veleidoso albedrío por esos caminos, senderos, veredas, avenidas y encrucijadas del mundo con sus desconchinflados artefactos adecuadamente dispuestos.

Ingeniosos artilugios con los cuales cada uno de los cinco sentidos ejerce sus tan necesarias como placenteras funciones por la libre; - sin por eso dejar ocasionalmente de enroscarse a cada paso, propinándose a sí mismos alevosos traspiés y traicioneros tropezones; entreverándose entre ellos mismos - mordiéndose furiosamente sus propios rabos y realizando caprichosas y sorprendentes maromas y murumacas a medida que avanzan llevándose su música a otra parte; - hacia un improbable destino que sin embargo termina por concretizarse - aunque no siempre de feliz manera.

Funciones que casi siempre nos resultan gratificantes, por ser optativas y aleatoriamente experimentables, como lo son todas esas sabrosas vivencias inmediatas; como el amor, los viajes y los diversos juegos y distracciones que tanto apreciamos. Todo aquello que nos produzca sabrosas cosquillitas. Ese delicioso cosquilleo del gusto a pulso, a pelo y a contrapelo. Escapándonosle cada vez que nos dé la real gana al mismo Diablo. Saliéndonos siempre con la nuestra. Corriendo como bola por tronera sin saber muy claramente a donde vamos. Dando un salto; como el saltamontes, sin saber en donde iremos a caer.

Es el maldito placer que iremos apeteciendo a medida que veamos gozar a los demás, o escuchando con regodeo el sabichoso relato de sus aventuras amorosas a través de las letras de las canciones populares. Todo eso que va constituyendo el repertorio emotivo de la variadas situaciones que los diversos apegos inicialmente más o menos imaginarios, - con algo de suerte - algún día llegaremos realmente a experimentar en vivo y en el mismo meollo de nuestra agradecida carne.

Estremecidos de placer en nuestro sensual e incesante chapoteo de puro gusto; haciéndonos sentir atados por sabrosísimas e indisolubles cadenas de un bronce aleado con pura carne y hueso vivo a la obtusa noria del deseo. Persiguiendo en redondo esa inalcanzable satisfacción, - que a partir de este eje central - se escabulle por los numerosos pasadizos radialmente divergentes que se van esfumando en vertiginosa fuga hacia las diez direcciones del espacio.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Para no provocar un peligroso corte circuito en el cable que conecta al corazón con el cerebro, tienes que refrescarte la nuca tres días consecutivos con agua serenada


Ramón Alejandro

(de La familia Calandraca)

Ya caída la noche, poco antes de acostarte, llenas una jícara con agua del pozo; y si no tienes cerca un pozo cógela de la pila que da igual; mientras tanto vas invocando a Osáin recitándole aquello que te enseñé la otra vez, si ya no se te olvidó.

Piensa en la inmensidad del Universo y en las insondables constelaciones que desde lo más profundo de la eternidad, -porque en esa descomunal dimensión no existe ninguna diferencia entre el tiempo y el espacio- nos están mirando con sus siderales ojos que chisporrotean luces amarillas, rojas, azules. Cada cual irradiando su propio halo violáceo, mientras sin cesar, estos humanos seres que somos, en nuestra frívola inconsciencia seguimos agitándonos frenéticamente dentro de los hondos y oscuros recovecos de este bajo mundo sublunar. Vagando distraídos por los umbrosos sotobosques de este sabroso valle de lágrimas al que le tenemos tanto apego, el único teatro posible para que, tal cual somos en este preciso momento de la evolución de nuestra proteica y versátil naturaleza, tan sujeta a todo tipo de constantes transformaciones desde los tiempos sin comienzo ni final, que se pierden en el formidable bostezo del inconmensurable horizonte, en el cual, cierto día apareció ante los atónitos ojos de nuestro padre Oloddumare la inefable materia que todo lo sustenta.

Materia que simultáneamente es energía que se desdobla de modo físico y espiritual. Porque estamos aquí para desarrollarnos espiritualmente dentro de este vehículo somático perfectamente adecuado a las condiciones materiales imperantes en este específico planeta. El idóneo tareco cuyo funcionamiento nos ha tocado experimentar esta vez en la perruna existencia que vamos llevando, encerrados dentro de esta rotunda biosfera a lo largo y ancho de quién sabe cuantas encarnaciones sucesivas. Aparato de fama que viene ya provisto con sus amortiguadores y aceleradores, frenos, cloches, bujías y tornillos y de todo mecanismo, bisagra y muelle del que pueda tener un día la eventual necesidad. Porque de toda esa diferenciada materia, incluyendo tuercas, zapatillas y maniguetas sin olvidar los tubos, ganchos y otros pertrechos mecánicos perecederos, está constituido este cuerpo de carne y hueso que un día no muy lejano va a servir de tremendo banquetazo a esos gusanos de la tierra que no le tienen miedo a nada y que son capaces de meterle el diente por igual a cualquiera, quienquiera que sea, y a cualquier cosa.

Esos seres, que desde aquellas inconmensurables alturas en paz descansan y por el aire avanzan, nos observan mientras nos agotamos en vano y disipamos miserablemente nuestras fuerzas; bregando a brazo partido, empujones y codazos, sin querer darnos por vencidos, en constante lucha contra una turbamulta de corrientes contrarias y traicioneras; compuesta de envidias, inextinguibles codicias, insaciables lujurias, arayé, jiña, iñá, calvicie o alopecía, hemorroides, enfisemas y el carajo y la vela. Acogotados con todo tipo de osobbo que te abacora cuando y donde menos te lo esperas, terminando partido en dos con la boca abierta y llena de hormigas, la lengua guindando por fuera y todo el mondongo de nuestras palpitantes entrañas sirviendo de condumio a los escalofriantes insectos carroñeros que se anidarán en nuestro seno cuando nos trinque la sigilosa Ikú.

La siempre inesperada e impuntual pelona, que sin que se conozca una excepción, ni falla alguna, aplica la rigurosa ley bajo cuyo signo nacimos los infortunados mortales, cumpliendo de manera expeditiva y eficaz su natural función en el preciso momento que a ella le dé su real gana. Porque lo que más le complace es hacernos la gracia de sorprendernos; o bien mucho antes, o mucho después de lo que en nuestra arrogancia nos hayamos creído lo suficientemente precavidos como para mangarla como a una boba, engañarla definitivamente o engatusarla por un tiempito más con pueriles cálculos o fantasiosos presentimientos, súbitas corazonadas o inocentes vaticinios de aprendices de brujo. 

Hasta que nos llegue esa hora en la que hartos ya, cansados de tanto puro trajín y tanta majomía; de nuestra propia iniciativa la llamaremos en vano, hastiados de tanto inútil jelengue e insensato ajetreo. Colocas la jícara sobre el quicio de una ventana que dé al norte, que de ahí es de donde nos viene eso único que nunca cambia, la fijeza de esa estrella polar alrededor de la cual gira en su loca ronda todo este mundo hecho de fugaces fantasmagorías involucradas en incesantes transformaciones.

domingo, 28 de octubre de 2012

Un sueño de Halloween

Ramón Alejandro

Sobresaltado me desperté de un sueño: Estaba en La Habana y Edmundo García me había conseguido una invitación para una fiesta que daban en el Palacio de la Revolución. El Consejo de Estado había decidido celebrar Halloween en la sala de cuidados intensivos donde tenían recluído desde hace unas semanas al retirado Jefe de Estado. Lo habían disfrazado de zombie y le guindaban sondas, esparadrapos, tubos de oxigenación y todo tipo de adorno paramedical que le quedaba de lo más elegante sobre su enclenque compostura.

La idea directriz de esta fiesta improvisada era invitar al encargado de negocios de la misión americana para llevar adelante un nuevo plan de acercamiento ideado por Cacho, el cual se había convertido en el consejero principal de Raúl después de que Abel Prieto se había asilado en el interior del Palacio Cardenalicio bajo la protección del Cardenal Ortega Alamino, quién le estaba tramitando en esos precisos momentos con el Papa Juan Pablo Roque Dieciséis, su traslado inminente a Roma en una avioneta de los Hermanos al Rescate piloteada por el fantasma de una de las cuatro víctimas del alevoso ataque de la aviación de guerra cubana.

Según el audaz plan inventado por Kcho ya estaba bueno con eso de que las relaciones entre los dos tan disímiles y asimétricos estados, por un lado la Rampante Potencia Mundial Cubana y por el otro el decadente Imperio al borde de la ruina económica causada por el Presidente Obama y su dispendiosos planes de Seguridad Social y dos o tres guerritas por ahí que les habían salido de lo más caras.

Cuba le iba a perdonar generosamente la vida a los debilitados Estados Unidos, a cambio de que le devolvieran a los cinco de la Red Avispa y de paso a Rosita Fornés y a Daysi Granados, que habían sido secuestradas por un grupo de extremistas homosexuales que querían nombrarlas alcaldesas de Dade County. Cuba acceptaría que el Imperio le devolviese ciertas enormes sumas de dólares, cuyo monto exacto sería dado a conocer ultriormente para intentar cubrir solamente una pequeña parte del perjuicio que le había causado al pueblo cubano tener que recibir y alimentar a tanto exiliado que volvía a la Isla, para poder comer a saciedad y vestirse decentemente (después de que la crisis económica actual hubiera sumido en la miseria a gran parte de la población de los países del primer mundo, como nos lo explicó Mariela en su reciente viaje a Bélgica).

Raúl estaba vestido de Turandot de Puccini con una aguja enorme atravesándole un moño descomunal que era parte de su disfraz de emperatriz china. Mariela iba de Madame Butterfly. Los dos se pavoneaban montados encima de un dragón de plastico dorado que la República Popular China había solidariamente prestado para esta ocasión.

Delia Soto "del Lotto", así llamada por haberse ganado el premio gordo casándose con el dueño del manicomio se quiso vestir de negro, pero un babalao se lo desaconsejó por parecerle que inevitablemente traería osobbo provocando a Ikú, y que de todas formas ya muy pronto se podría poner toda la ropa de luto que quisiera, así que fue vestida de Drácula con dos colmillitos botados saliéndoseles sobre el labio inferior para que no la acusaran de armar arayé.

El "General Tortoló" fue disfrazado de Guillermo Tell con la Manzana de Máximo Gómez puesta en la cabeza atravesada por una flecha. Alfredo Guevara no había sido invitado porque últimamente Fifo había terminado por darse cuenta de que él había sido el único causante de su nefasta equivocación táctica induciéndolo a ser proclive al marxismo, error fatal que había dado al traste con todos los planes de desarrollo económico y social que la Revolución hubiera querido realizar en beneficio de su sacrificado pueblo si hubiera sido capaz de inspirarse en un modelo más adecuado que el de la occisa Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la cabecera del fracaso y madre de todos los desmerengamientos. Lo tenían castigado y sin disfraz considerando que ya no le hacía falta porque con su cara tenía bastante castigo.

Todo eso me lo iba explicando Edmundo de lo más serio. Cuando en eso entre estruendosos aplausos se abre de pronto una puerta y salen volando Hugo Chávez y Evo Morales vestidos de brujas montando sendas escobas que estaban manipuladas por poleas y cables sostenidos por carrileras corredizas instaladas en el cielo raso gracias a la pericia del ingeniero Ramón Castro, hijo de Quién Tú Sabes, que fue vestido de Elena Ceausescu, Danubio de Ciencias, y cubierto de medallas y diplomas Honoris Causa dados por las más prestigiosas universidades rusas, checoslovacas, húngaras, polacas, búlgaras y hasta una del Kasajastán.

El momento estelar fue cuando el Comandante, con voz temblorosa, comenzó a explicar al divertido público que agitaba frenéticamente banderitas cubanas de papel reciclado, que el Universo "estaba en constante expansión". Se bebió maltinga y se comió moringa aderezada de mil diversas maneras, gracias al talento de Erasmo, ejemplar de chernipato de lentejuela y pandereta que lejos de encontrarse en peligro de extinción medra gozosamente en el caldo de cultivo machista de las gloriosas F.A.R. que tanto se distiguieron en la heroica defensa de la isla de Granada y la independencia de Namibia, que además de todo eso es el cocinero favorito de Raúl.

Se lanzaron confetis y serpentinas, y la cosa estaba programada para durar hasta la madrugada pero a partir de medianoche al darse cuenta los invitados de que en fin de cuentas el encargado de negocios americano no iba a venir, el ánimo decayó considerablemente y cada uno se fue retirando con la mayor discreción y el sigilio de rigor en caso de fiasco, mientras que en medio del salón decorado de esqueletos, calabazas talladas iluminadas desde adentro por velas, ratones ensangrentados, telarañas y otros espantos de ocasión, Raúl lloraba en brazos de Mariela con una cola de burro colgándole de la rabadilla.

Kcho se daba tremendo pase de nieve andina delante de todo el mundo y un coro de transexuales ostentando sobre sus enhiestas cabezas sus cercenados genitales puestos en valor por Javier Guerra, brillante pinero alumno de Kcho que los había hábilmente montado sobre extravagantes pamelas en forma de botecitos con remos que tuvieron muchísima acceptación (y despertaron el interés de numerosos intelectuales europeos y hasta de un famoso galerista de Nueva York que le firmó al socio tremendo contrato ahí mismo, mientras que al mismo tiempo los beneficiarios de la vaginoplastia gratuíta bailaban un desenfrenado french cancán para intentar disipar el muermo provocado por el nuevo y fracasado intento de reconciliación con nuestro Gran Hermano del Norte).

Que los yumas son tan hipócritas, rencorosos, vengativos, abusadores e intolerantes que ni fingiendo con la mejor voluntad del mundo adoptar sus decadentes usos y costumbres le perdonan al pueblo cubano el haber reconquistado su dignidad perdida con la infausta enmienda Platt hace ya más de un siglo, porque seguramente los muy tacaños siguen furiosos por aquellas justas nacionalizaciones de los primeros años de la siempre victoriosa Revolución, que total no fue tanto como para que nos hayan cogido tanta jiña esos cuatro quilitos que perdieron los nagües.

¡Esos americanos son de verdad retama de guayacol y calcañar de jíbaro, asere!

lunes, 16 de abril de 2012

en tu preocupación de hallarme, desmayada, asesinada por un negro, suicidada de calenturas por culpa tuya, infectada por el tubo metálico del Romeo y Julieta que te regalé para que luego de fumártelo me sirviera de consolador

Ramón Alejandro

Anoche, como te había predicho, llega la pájarapinta y se encuentra a la morona de su gata afuera. Y se alborota toda al constatar que yo la había dejado escapar. Ipso facto le dije que le explicaría la secuencia de hechos que provocaron el exilio de esa pobre bestezuela, fuera de su gao habitual. Le conté como embelesada yo en mi yeré, escuchando a Concha Buika cantar esas canciones mexicanas que son el caldo de cultivo afectivo de mi alma y la fuente de mis modelos amorosos, ni me apercibí que mi celular estaba puesto en su modo vibratorio y por supuesto, a la hora en que tú trataste de comunicarte conmigo no escuché ninguno de tus repetidos, diecisiete me dijiste que fueron, intentos de comunicarte conmigo. Le conté como habías logrado convencer al atrasado mental del barbero M. para que te diera acceso a la puerta de la casa que por poco tumbas en tu preocupación de hallarme, desmayada, asesinada por un negro, suicidada de calenturas por culpa tuya, infectada por el tubo metálico del Romeo y Julieta que te regalé para que luego de fumártelo me sirviera de consolador, y que me estoy metiendo por el culo desde aquel feliz día que pasamos juntos en Cubaocho.

En fin que al final y una vez reencontrados tú, es decir Romeo, y yo, Julieta, nos fuimos despreocupados a la playa a continuar nuestros sabrosos diálogos filosóficos, musicales y eróticos, en los que a falta de pan, buenas son tortas, me singas mentalmente y me sugieres finamente diversas maneras de convencerme con cuentos e inventos ad hoc, a fin de sacarme descaradamente mi dinerito. En eso el Diablo que nunca duerme y todo lo añasca, hizo que los dos gatos, el comemierda amarillo y la ya antemencionada morona negriblanca, tomaron las de Villadiego y se fueron a buscar ratones por el barrio. Justo antes de salir nosotros, pues estuviste en casa solamente el tiempo que me llevó el vestirme, el amarillo volvió a entrar, porque recuerdo vagamente haberlo visto, pero parece que la negribalnca se pasó la tarde afuera por comemierda. La loca se puso histérica al saber que habías osado penetrar en su casita, considerando que ninguna razón había para ello. Yo le aclaré que sí que la había y que tu legítima preocupación de que tu anciana mariquita enamorada se te fuera a ir a cantar el manisero a los Campos Elíseos junto con las sombras de Ulises y demás antepasados difuntos solita en su cuartico alquilado, era razón suficiente para que le violaras a mansalva y a tu siempre viril manera, su sancto sanctorum domiciliario. Y de paso no quise privarme del placer infinito de expresarle a grito pelado mi mas profundo desprecio por ese par de mongólicos gatunos que ella adora, repitiéndole dos veces, según la vernácula costumbre cubana de redundar en abundancia, que yo me limpiaba el inán )el fuifo o si prefieres en castellano castizo, el culo(, con sus dos gatos.

Después de eso silentium post clamores. Él se puso a recitar el mantra un ratico y yo me tiré en la cama a darme una crema hidratante a base de cocoa por mis piernas, brazos, pecho con su correspondiente tetamen y vientre, lamentando no tener conmigo a un esclavo abisinio que me la diera también por la espalda y de paso por la entrenalga. Y dormí como una mona después de ser poseída por el orangután de sus amores. Héteme aquí ahora contándome mi vida como suelo, deseando verte de nuevo hoy para continuar nuestro coloquio interminable y que me hables de violines y Stradivarius, y de bosques de cipreses resinosos, y de cómo se vive bien en Cuba cuando se es pincho e hijo de artistas reconocidos del régimen, y lo bonita que era Rusia cuando era ñángara y todas esas cosas que, entre otras, y sobre todo tu carita de ángel de Salcillo, y pecho de oso siberiano, tanto me fascinan de ti.

Ya sabes, el panorama se aclaró y creo que la dejé planchada, la pobre, pues no se esperaba que yo, que tan mansita pretendo ser, me le haya revirado de tal manera. Y que no le conviene que me le vaya antes del fin de mes porque tendría que devolverme el dinero que le di por adelantado ya que la infeliz está en la fuácata. En fin que si quiere ser casera tiene todavía que tomar muchos cursos preparatorios y yo ya le he dado el primero de gratis.

Un beso sobre tu divina portañuela.
De tu chernita prodigiosa que te adora.

sábado, 24 de marzo de 2012

tuyAparasiempre

Eric Stanton, 1960's
Ramón Alejandro

Me acabo de dar cuenta durante esta deliciosa madrugada tropical, que con las dos tarjetas que tienes en tu poder, la mía y la tuyA, puedes sacar todo el dinero que tú quieras de mi cuenta y ponértelo en la tuyA. Esta vez sí que me puse la soga al cuello bien apretadita. Yo no se todavía si tu vas a hacerme esa violencia, si has decidido hacérmela mas tarde, o si ya me la has hecho. Por eso me siento tan inquietica que he tenido que dejar de apretarme mis dos clítorix pensando en ti, acostada en mi camita solitaria como me he pasado buena parte de esta noche inolvidable, para ponerme a escribirte esta cartica de amor, de amor del mío, de ese amor extraño que es el de la víctima gozadora por el verdugo de todos sus amores. 
Estoy atada a ti por el secreto absoluto que te debo desde que decidí ser totalmente tuyAparasiempre. 

Tú sabes que mis dos maridos abusadores me dejaron por razones diversas, Él de Miami, por celos, y él de La Habana, por el qué dirán. Yo soy fiel y después de haber sido muy promíscua de jovencita me he vuelto monógama convencida, nunca los hubiera dejado de mi propia voluntad, y si por mi fuera aún estaría en las duras manos del primero que sabia chulearme a largo plazo, como espero que tú lo sepas hacer por muchos años. Yo quiero que esta deliciosa relación que apenas hemos comenzado entre nosotros nos dure el resto de nuestras vidas. Imagínate si ahora de entrada, me quimbas el poco dinerito que tengo puesto en tus manos por culpa de este gustico que me da poner a prueba a mi macho, permitiéndole decidir a él solito si me arrebata mi dinerito o si me lo saca poquito a poco, que es lo que me gusta a mí.

Lo que yo deseo ardientemente es que este gustico de ser esquilmado que disfruto tanto, dure el mayor tiempo que sea posible. Yo sé que tu eres inteligente y que no eres un delincuente abierto como lo son mis dos anteriores, tanto el de Miami, hábil y capaz de cálculo a largo plazo de optar para simultáneamente por su interés y el mío, de explotarme de una manera durable, o como el fantasioso bicitaxista que me arrebataba torpemente en un instante oportuno lo más que podía debido a las circunstancias limitadoras que imperan en Cuba para los numerosos bugarrones que como él trasquilan habitualmente a los mariconcitos masoquistas como yo.

Pero Papa, eres macho y tienes bajo tu férula a una mariquita tan bien capada, tan sumisa a tu ley y arbitrario imperio, que me pareceria sorprendente que me perdonaras la vida sabiendo lo mucho que gozo cuando mi dueño me tumba mi lanita. Tu corderita mamalona nació así, como tú sabes, y a lo mejor te podrías dejar llevar por la tentación de sacarme a la fuerza, por gusto, a la dura y por el ímpetu de tus cojones y hormonas masculinas, lo que bien sabes que terminaré por darte mansita, por la propia ley de mi feliz naturaleza de víctima gozadora. Tenía que decírtelo, tenía que ponerlo todo en claro en mi cabecita de monguita enamorada. Perdóname tanta torturadora complicación, pero el patico sumiso que te ha tocado, tu putica boba, es así. Ve aprendiendo a perdonarme mis defectos que son lo que me hacen tan débil ante tu poder de varón.

Entiéndeme Papá, lo que yo quiero es que lo nuestro dure toda la vida, no lo vayas a estropear por una pueril impaciencia de tu testosterona desenfrenada. Eres muy jovencito aún, Pipo. Aprende a trasquilarme con calma, cocíname a fuego lento para que puedas aprovecharte bien de mí, y yo siga gozando como esta madrugada solita en mi cama, saboreando mi relación contigo, soñando como una criadita de barrio popular cualquiera un romance sin fin con un hombre de tu temple. Capaz de vivir su vida de dominador natural con la de amaestrador de chernitas comepingas como yo. Me vine como una yegua, me aprete mis dos clítorix como una loca y logré uno de los orgasmos más satisfactorios de mi larga vida de pajera empedernida. Espero con impaciencia el jueves a que me des lo que me promatiste anoche. La noche de la celebración de mi cumpleaños y del aniversario de la muerte de mi padre que fue quien con su sadismo y desprecio me hizo este ser inferior y débil que te adora.

Espero dentro de unas horas volverte ver, nunca me abandones, Papá. Te necesito mucho. No podría vivir ya sin ti. Te quiero y te espero dentro de pocas horas. Estar sin ti es un martirio, y ser martirizada por ti una gloria.

Tu siempre devota Monguita.

jueves, 15 de marzo de 2012

Comerteloshuevosabesosesoesloquequiero

Aubrey Beardsley, The examination of the Herald, 1880s
Ramón Alejandro

Querido:

El numero de la charada es: 463-373-9542.
Y son 300 dólares como me mando mi papá. El moro del ciberespacio me propuso una tarjeta de fidelidad, y me miró como diciéndome: Un viejito maricón como usted es lo que me hace falta a mi para llegar a salvo a los fines de mes. La verdad que lo tuyo es demasiado, nunca en mi vida me habían sacado tanto dinero con menos esfuerzo. A fuerza de careta, ya me quimbaste más de mil dólares sin ni siquiera enseñarme la cabilla. Mercancía virtual, pues tuve que ver una película, que además ya la vio todo el mundo, para ver más o menos como es que la tienes.

Está caro ese "mandado". Muy bonita que la tienes por cierto y estoy segura que te crece un montón cuando te la acarician bien, y eso déjamelo a mí, que con las debidas protecciones que hay que tener en cuenta cuando se singa con un seropositivo, te puedo hacer conocer alguna cosita que a lo mejor todavía no te han hecho. Que tengo tremenda escuela y se me ha terminado por morir mi propia piltrafita, a fuerza de ocuparme del pingón de mis amigos. Que si no se usa se atrofian los órganos vitales. Y al tuyo le has dado buen uso y se te debe haber puesto cada vez más sabroso a fuerza de sucesivos tratamientos de cariño.

Yo le quiero sacar brillo con la lengua aunque sea a través de un condón. Ojalá que el día llegue en que me pueda poner delante de tu porteñuela a sacar el bicho de su cueva y enfrenterme a la fascinación que sufrimos quienes hemos nacido bajo el signo de las adoradoras del divino bulto ante la visión del dulce energúmeno.

Comerteloshuevosabesosesoesloquequiero.

Besitos y mucha lengüita en la cresta y en el frenillo y en el agujerito que escupe tan ricos licores. Chorritos de oro o de champola. Traguitos que me emborrachan. Despacito y con tiempo, que para bien mamar no hay que tener prisa; festinare lente, como decía el Emperador Marco Aurelio, a   p   u   r   a   r   s   e despacio.

Antes de tragarme el tronco entero de la tranca hasta el esófago, si no tienes el cabezón demasiado gordo. Yo prefiero que me desfondes la campanilla a cabezazos que a que la tengas de esas que son tan flacas que se te pueden meter por el esófago para dentro. Que eso es otro gustico diferente pero mucho menor que el de llenarse bien la boca y recitar poemas de amor con la boca llena de carne. Okey, Papi, el coro de chernas maléficas tenía bien razón cuando temían por mi bolsillito. Tu lo que eres es una de esas aspiradoras de marca prestigiosa, que en vez de polvo recoge billetes en los bolsillos de tus víctimas de amor. No te rompas más el coco; en cierto momento entre dos éxtasis, tus mujeres sacan la cuenta y les parece que les estás saliendo muy caro. Escucha mi voz que es la de la experiencia; a ti lo que te hacia falta es un viejito bien maricón, bien capado y sumiso, que te suelte el baro fácil, como te lo suelto yo.

Y que pueda, porque el que puede puede y el que no puede, que se retire a hacerse pajas secas en la Tebaida de Egipto y gane méritos para ir al cielo con Darío Méndez. Me gustó tu cuerpito, ya sé que después de que filmaron La Vida es Silbar has engordado, pero el garbo de tus molleros, el triángulo de tu torso bien proporcionado, con tu motica de vellos en medio, tu pelo y tu cara que tienen ese algo excesivamente bello de los angelotes barrocos. Lo que te guinda que se te mece tan bien caminando por el Prado. Me gustas papi, qué le voy a hacer. Estoy jodida, ten piedad de tu chernita enamorada, búrlate de mí todo lo que quieras, síngate a todas las jevas que quieras pero no me ridiculices ante ese coro de chernas frustradas que nos envidian.

No quisiera que me engañaras con otro invertido. Ya bastante ridículo me siento yo ante ti, con mis años y mi decrepitud a cuestas, pretendiendo una caricia tuya, que está aún por ver si me la querrás dar. Feliz día de los enamorados, aunque aquí el único enamorado sea yo.

¡Quésuertelamía!

sábado, 3 de marzo de 2012

Es esa misma humillación la que me hace gozar tanto

Fracisco Goya, ¿qué hay que hacer más?, 1810-20
Ramón Alejandro

Estoy loquita por llamarte por teléfono para volver a gozar oyendo tu voz. Pero no quiero molestarte tanto con mis mariconerías.
Me desvelé como siempre suelo hacerlo a eso de las cuatro, y me puse naturalmente a pensar en tu sonrisa tan dulce y dura al mismo tiempo.
De alicatedulce.
Y en esos ojos que son pura brujería.
Se me ocurrió que yo debía estar fichada clínicamente hace tiempo como homosexual pasivo con tendencias al transexualismo y aspiración constante y obsesiva a la vaginoplastia en algún instituto psiquiátrico en vista a que los doctores competentes encuentren un tratamiento adecuado a mi caso.
Para comenzar me tendrías que hacer una tarjeta de identidad como "auténtico enculé francés". Y para mostrar mi derecho a ser clasificado en la categoría de "sodomizado feliz y empedernido" me podrías, si te gusta esta idea, sacar una foto de mi ojo del culo mientras yo me abro las nalgas para mostrar bien el daño que me han hecho durante toda una vida de maricón sumiso los muchos abusadores que así me lo han dejado. Que se vea también la papaya que llevo tatuada como signo de mi perseverante estado de humillación.
El moro expresidiario que me la tatuó en Pigalle fue el mismo que me perforó los pezones con un estilete hecho especialmente para ponerles argollas en las tetas a los masoquistas delante de su mujer para que ella se dejara hacer lo mismo que era el cráneo que él tenía.
Ya entendí que nunca querrás dejarme tocarte el cuerpo, y eso me gusta mucho. No quisiera macular con mis manos y boca de enfermita patológica tu impoluta calidad de macho cubano como Dios, y la Revolución, mandan. Prefiero resignarme al papel de inferioridad que me ha dado nuestra cultura y sociedad machista y gozo como una enajenada de mi condición justamente subalterna. Mi macho puede mearme, abofetearme, meterme por el culo un bate de plástico verde fosforescente, como el que vimos en la playa tirado en la arena esta tarde. Todo es cuestión de encontrar el calibre adecuado de manera a dilatarme el ojete sin hacerme más daño como me lo recomendó el médico. Metérmelo suavecito nada más, sin traqueteármelo adentro como tantas veces me lo han hecho. Solamente para hacerme sentir bien claramente la ignominia que significa tomar por el culo.
E s e s a m i s m a h u m i l l a c i ó n l a q u e m e h a c e g o z a r t a n t o.
Tu mirada y sonrisa burlona me tapan la boca y no me dejan ni hablar.
Me pudieras meter en la boca un blúmer de alguna de tus jevas para amordazarme, e irme enseñando a callarme como me has dado a entender que voy a tener que hacer de ahora en adelante si quiero seguir este extraño romance contigo.
Como te podrás imaginar, me he estado apretando los dos clítorix de mis teticas mientras te escribo estas sentidas líneas.
Pero tengo la piltrafita tan anestesiada y flácida que ni siquiera me la puedo menear a ver si me vengo.
Es que se me va saliendo la leche sola pensando en que me vas a fichar definitivamente como chernita y no logro el mínimo de erección necesaria para eyacular como un varoncito. Es la misma sensación que sentía cuando aquel doctor me daba las inyecciones de hormonas femeninas con una jeringa de aguja gorda delante de mi mujer. Me pasé como dos meses sin poder venirme.
Me excita mucho esta idea que se me ha ocurrido, espero que te guste, o que por lo menos no te disguste.
Ojalá que quieras darle este gustico tan rico a tu devota cochinita. A lo mejor un día me vas a capar de verdad con tijera y cuchillo como le dijiste a Yimali que me ibas a hacer.
Tremenda carnicería.
Pero no hay que llegar a tales extremos, me conformo con que me capes simbólicamente, como tan bien lo sabes hacer con la manera dominadora con la que me tratas y te adueñas de toda mi persona cuando estamos juntos.
Es mucho más razonable ignorar esos pellejitos insignificantes y ocuparme de poner mis ojos en tu divina portañuela, que es donde se esconde el misterio fascinante de tu virilidad y esa malanga extraña que me tiene esclavizada.
Mañana me dirás si quieres concederme este favorcito.
Me va a encantar posar para la fotografía de mi carnet de identidad de "enculé". Después me la mandarás, si tú quieres, a mi correo electrónico.
Un besito en la suela de tu zapato.

domingo, 26 de febrero de 2012

El acoplamiento ideal y perfecto, como el Universo Inmutable que imaginó Aristóteles

Sátira francesa, 1815, "el salón de los cornudos".
Ramón Alejandro

Amado mío…

Me ha venido en mente otra de mis mariconerías, y tengo que dejar mi camita donde me retuerzo pensando en ti, lamentando que la pájara que me alquila no te haya dejado seguir durmiendo en el sofá de la sala, adonde aquella primera y única noche que te quedaste yo podía irte a ver durmiendo cada vez que me apeteciera. Y tengo que volver al teclado a contarte mi constante sufrir por tu cara de ángel, por tus ojos inexplicables, por tu boca santa, por tu piel de seda, por tu cuerpo que va madurando tan sabrosamente para desgracia mía y satisfacción vanidosa de tus divinos cojones.
En éstos mismos instantes le debe estar dejando toda tu lechita, que me tenías prometida para el jueves, en el chocho de esa guanaja. Y esto ha sido por culpa mía, porque me dio pena sentir las ganas que tenías de echar un palo, después de tantos meses de abstinencia por tu frustrado amor por Yadira. Y por lo mucho que sé que necesitas un bollo, yo que lo único que quiero es tu cabilla. Yo pude haber evitado este encuentro, yo pude haberlo jodido. Y no, yo te dejé irme envolviendo en tu deseo y funcionando como un pelele entre tus manos para la consecución de tu designio. Y me iba gustando servirte contra mi propio interés que era velar por que me cumplieras tu promesa. Y te saliste con la tuya porque yo sabia que esa jeva sólo piensa en meterse lo que se le presente, sobre todo si el varoncito que se le presenta es hermoso, aunque raramente sea ni la mitad de lo hermoso que eres tú. Será monga, más monga que yo, pero tiene una suerte del recontracoño de su puta madre, que por cierto fue también muy linda.
Seguro que te la llevaste a tu casa, que yo pagué, porque la invitaste a su copa con el dinero mío, que yo con tanto gusto te dejo administrar para ti y para mí, pero que no estoy muy seguro que me gustaría que te lo gastaras con una putica. Esa es la parte que parece que me toca a mí siempre, pagar.
Con gusto, a ti mi Papá, te pago todo lo que me pidas que te pague.
En cierto momento comprendí por la experiencia que me han dado los múltiples tarros que me pegó mi mujer, que ya a ella se le había mojado la crica y empezaba a mirarte a la cara directamente acariciándose el pelo por mechones, y respondiéndote quejumbrosamente, no sé, a tus preguntas.
Me di cuenta que como me pasó a mi cuando volví de París, al principio ella no se atrevía a mirarte de frente. Por miedo a tu esplendor natural, esa aura de macho sanote que los Orishas te dieron.
Mi costumbre de tarrudo me hizo levantarme para irme al baño, no porque tuviera ganas de mear sentado, sino para salir del paso y dejarle la vía abierta a tu embestida viril. Algunos de los amantes de mi mujer, solían mandarme a comprarles cigarrillos y cuando yo volvía ella ya estaba arrodillada mamando y con la blusa caída sobre su barriguita ofreciéndole sus blanquísimas teticas. O todavía estaba sentada con él en el sofá y ya estaba con la saya levantada y tres dedos del tipo metidos en el bollo que se lo estaba pajeando groseramente. O ya se habían metido en el cuarto y me había cerrado la puerta el muy cabrón, y yo oía a través de la madera interpuesta los gemidos de gusto de mi mujercita en manos del rústico personaje. A veces me la dejaban abierta para darme jamón. Otras veces yo mismo me atrevía a entreabrirla a riesgo de llevarme un castigo físico imprevisible, dependiendo de la cultura y gustos del socio. La infinita mayoría de las veces me ignoraban de tal manera que yo me iba acercando progresiva y sigilosamente hasta terminar sentadita en el suelo al lado de mi profanado lecho nupcial, gozando los primeros planos de todo tipo de penetraciones y ofensas a mi dignidad de maridito maricón y consentidor, y de su dignidad de mujer casada. Algunas afortunadas veces el macho me invitaba a hacerle una mamada y me permitía comerle los huevos entre dos penetraciones, y a veces hasta me trituraba los pezones haciéndome alcanzar ese tipo de orgasmo que es mi jardín privado y oculto que es lo que más me gusta en la vida. Me recordé de esas vivencias ya lejanas pero siempre muy ardientes y presentes en mi memoria afectiva.
Y le saqué la lasca que pude a tu cabronada, porque a decir verdad, Papito, me volviste a joder de nuevo, como a mí me gusta.
Se me ocurrió que la única manera de provocar tu ira y que me pegues, sería que me fuera de lengua como chernita chismosita que siempre he sido y le contara a la gente lo que me estás haciendo. Pero no temas, me gusta tanto como me tratas que ni por el gusto de que me sonaras una buena tunda lo cambiaría.
Sigamos así, Mi Gallito Fino, tú gozando y yo también. Yo pagando y tú cobrando. Tú pisando y yo cacareando de gusto con el mango de un plumero moral encajado en el ojo del culo.
El acoplamiento ideal y perfecto, como el Universo Inmutable que imaginó Aristóteles.
Te quiere siempre tu Monguita.

miércoles, 1 de febrero de 2012

Concebí esperanzas de poder llegar a algo concreto contigo

Ramón Alejandro

Babba Mi:

No hay duda que con las características que manifiesta tu personalidad es muy posible que seas hijo de Changó.
Por eso te saludo con estas dos palabras yorubas con las que, entre tantas otras, se le suele saludar:
Cabio Silé, Kawo, Obbalube, Obbare, Obbaná, Eyée, Alayé, Lubbeo, Obba Koso, Olufina, Alafi Alafi, Ebbora, Omanguerillé, Obba Tola y muchos otros epítetos más con los que se le interpela en los guemileres.
Que como a Gran Señor mucho moforibale se le debe.
Sin embargo, si entendí bien algunas veladas alusiones que me hiciste cuando a altas horas de la noche hablamos por teléfono, es el rojo cardenalicio (más que el rojo y blanco de Changó) el color que te conviene, por tu relación privilegiada con las altas jerarquías de la desprestigiada iglesia católica cubana. También me contaste que en altas esferas del Instituto Cubano del Cine tienes a un querido amigo muy atento a tus cosas. Ya Jerjes te lo ha advertido, según me dijo él mismo, que no te conviene andar publicando ese tipo de referencia insular en la ciudad en la que ambos hemos escogido libremente residir por el momento. Miami no tiene fama de ciudad "abierta", como Roma lo fue cuando los aliados desmerengaron al imperio hitleriano. Yo tú ni me acordaba por el momento de esos amiguetes. En Miami, como en La Habana, es mejor no conocer a nadie que conocer a cierta gente. Somos un pueblo muy quisquilloso y me extraña que sea yo quien te lo tenga que recordar. Tú sabes de eso más que yo porque lo has vivido de más cerca.
Después que almorcé ayer con mi vieja amiga Aloe Vera un nuevo amanecer despunto en mi mente.
Concebí esperanzas de poder llegar a algo concreto contigo.
Como ella es muy amiga de François-Emanuel, pudo contarme, con pelos y señales, el viejo chisme de tus relaciones con este rico sexagenario cuando pasaste un tiempo viviendo en su gao hace diez años aquí en Paris. El hecho de que él sea dueño de una galería de arte debe haber sido importante para vuestras relaciones. Como tu esplendor juvenil lo debe haber sido para él. Aloe se creyó todo lo que François Emmanuel le conto y me lo repitió tal cual. Y yo pensé que si habías podido comértelo a él, sería bien posible que me pudieras igualmente comerme a mí.
Iluso que fui.
Que ducha fría recibí cuando me respondiste que tú nunca habías comido carne de puerco, ni tenías ninguna intención de probarla en el futuro.
No solo cerraste esas apetitosas perspectivas que mi amiga Aloe había abierto en mi alocada imaginación con su chisme, sino que fríamente me recomendaste seguir la ascética vía de la sublimación. Me sugeriste que abandonara toda esperanza como aquellos que entran en el Infierno de la Divina Comedia.
Como de sublimación obligatoria se trataba, inmediatamente después de colgar contigo, llame a mi amigo Jerjes.
Porque Jerjes como buen católico practicante sabe mucho del arte de sublimar sus deseos. Pero Jerjes no quiso hablar de tu caso, porque estaba mucho más deseoso de que yo le contara de la ceremonia de rito melkita en la cual yo había sido padrino de bautizo de la hija de mi amigo Florián en la iglesita de San-Julian-le-Pauvre.
Le tuve que describir la liturgia de San Juan Crisóstomo con lujo de detalles.
Y aproveché parta investigar que significaba el enigmático icono que yo vi entronizar el día de la fiesta del santo patrón de ese templo.
Parece que Julián el Hospitalario, como también se le suele llamar, se atrevió a transportar a un leproso de una orilla del Sena a la otra, pues ese era su oficio. Por eso ese énfasis en el contacto físico de las manos sobre el cuerpo desnudo del leproso. No era lascivia como yo malpensaba, sino compasión lo que motivaba todo ese manoseo del desnudo adolescente. Resulta que en fin de cuentas ese joven leproso resulto ser el mismísimo Señor Jesús Cristo disfrazado para probar la fe de esos buenos cristianos. En vez de rechazar al enfermo, Julián se compadeció de él y por ese único acto encomiable fue que logro la santidad.
Que parece que por aquellos tiempos era más fácil obtener la gracia de ser canonizado que hoy en dia.
El caso es que Jerjes con toda esa delectación estética que lo caracteriza tanto como la desenfrenada gula que lo hace famoso, no pudo añadir nada a lo que Aloe me había contado, y como era ya de madrugada me fui a dormir considerando tus hechos y milagros como si fueras también un santo, que de cierta manera también lo eres, puesto que yo te venero, y antes que yo, ya muchos otros te han venerado. Un día te tengo que representar en un icono predicándome la castidad, y la pajita boba a distancia.
Un verdadero suplicio de Tántalo se me represento ante mí, un porvenir en el que yo sufriría deseándote mientras tú me mostrarías tus encantos a distancia mientras yo me fuera aliviando solito, quizás con una prótesis de goma. La victima babeando de deseos frustrados ante el macho que se pasea en calzoncillos a sus anchas por toda la casa.
Y me dije que quizás fuera mejor ilusionarme con otro joven menos esquivo.
Un joven que como San Julián el Pobre se compadeciera de mí, y se dignase a tocar mi cuerpo de seropositivo, que hoy en día el Sida es algo semejante a lo que fue la lepra en la Edad Media.
Edad Media que levanto esas catedrales góticas que tu tanto admiras y que yo visite de la mano de un viejo amante que me ligue en Saint-Germain-des-Pres el mismo día que llegue a París. Porque yo también fui jinetero cultural en los años sesenta del pasado siglo, no te creas que tú fuiste el primer cubanito hermoso que triunfa en Paris, mi abbure. Este viejuco me hizo conocer las catedrales de Amiens, Rouen, Reims, Chartres, Saint-Denis, Beauvais y quizás alguna otra que ya se me ha olvidado.
También termino llevándome a Roma. Él era lector de la prestigiosa casa de edición Gallimard, en la que mi amigo Severo Sarduy fue lector muchos años después.
Publicó una curiosa novela titulada "La tentación del Cardenal", en la que contaba como un cardenal había logrado, después de muchas intrigas, hacer elegir Papa a otro Cardenal del cual él estaba locamente enamorado.
Tremenda mariconería pontifical, asere.
Las chernas son tremendas, que se cuelan donde quiera y meten su cuchareta en cualquier maraña, y se salen casi siempre con la suya las muy cabroncitas.
Bueno Obba Lube, te dejo por hoy, que ya está a punto de rayar el día y me quedan muy pocos ya para volar a Miami.
Ya saqué el billete por Air France para el próximo domingo, porque en la Cacafuaca Airways si que no viajo más.
Tuyo,

domingo, 29 de enero de 2012

Con el pie en el estribo

Ilustración de Domingo Orejudos (1933-1991)
Ramón Alejandro

Querido Antinous:

Como toda la gente de mi edad sufro de insomnios. Y una buena parte de esta madrugada la pasé dialogando contigo, o imaginando que dialogaba, porque realmente me la pasé hablando conmigo mismo. Como es natural, a ti te preocupan mucho las mujeres. Como la mayor parte de los varones, las entiendes poco y mal.

De ahí pasé a considerar que yo pretendo conocerlas mejor y preguntarme el porqué de esta pretensión. Y tuve que internarme en el cálido ámbito de la mentalidad cubana y su concepción particular de los dos géneros. Te veía a ti como modelo de hombre logrado, y junto a ti como figura central y catalizadora de nuestros mal disimulados deseos, estábamos dos hombres malogrados, fallidos, según el criterio rígido y excesivamente jerárquico de nuestra sociedad insular. El macho viril es la flor y corona de la creación. Una buena parte de la fascinación que tú nos provocas a ambos viene de la envidia que te tenemos de ser tan soberanamente varonil. Yo no me avergüenzo de decirte que hubiera preferido, de haber podido escoger mi destino, ser un hombre hecho, derecho y mujeriego y templarme a una infinidad de hembras dejándolas satisfechas como tú dices haber dejado a tu última pareja. Jerjes y yo estamos en el sótano de esa jerarquía tan cruel, como dos intentos de ser hombres, siendo tan sólo dos eunucos, es decir, lo más bajo dentro de esa escala de valores. Capados.

Nacidos para complacer los instintos dominadores de los individuos plenamente dotados de todas sus facultades. Completos. Entre esa cúspide en la que tú resplandeces y nosotros dos, están por medio en sendos escalones descendentes e intermediarios las mujeres hechas y derechas, y las lesbianas que son mucho más consideradas por el vulgo que nosotros, los invertidos, por tener algo de hombres. Jerjes pretende estar contento de ser un ente asexuado y creo que nunca ha gozado de su cuerpo ni al derecho ni al revés. Una especie de ángel, ectoplasma, o aguamala muy en concordancia con ese neoplatonismo que profesan los católicos a falta de una filosofía más concreta. Esto también le toca por su procedencia social. Sacarócrata empedernido y más español que cubano, criado en una pequeña ciudad de provincia como Sancti Spiritus. Ni chicha ni limoná. Fue protegido por una estructura familiar bien constituida de los efluvios corruptores de nuestras calles populares con sus esquinas donde se elaboraba al inclemente sol cotidiano la filosofía sexológica de la plebe blanca, negra y mulata.

En cambio yo, surgido de la pequeña burguesía de Santos Suarez, parangón del medio pelo. Hijo menor de una familia destruida por la muerte prematura de una madre enferma, no tuve tiempo de escoger. Antes de darme cuenta ya estaba identificado por los muchachitos de mi barrio como afeminado, criado por una madre infeliz que aceptaba mansamente los maltratos de su rudo marido asturiano, y por mis hermanas, tías, y primas que con su excesivo cariño quisieron compensar el rechazo que mi padre me hacía. Cuando murió mi madre toda la familia se dispersó, porque mi padre se casó con una holandesa y se desinteresó de todos nosotros. Sin nadie que me protegiera de la ferocidad de los varoncitos del barrio. Me desgraciaron, como se solía decir de la mujeres a las que un novio desconsiderado les robaba la virginidad antes del casamiento, demasiado temprano. Así sometido al brutal placer de los bugarroncitos de mi cuadra, aprendí a gozar como una hembrita y quedé totalmente convencido de serlo. En ningún momento pude darme el lujo de sentirme varón. No hubo ambigüedad ninguna en cuanto a mi género. Me repetían al oído que yo había nacido exclusivamente para tres cosas; mamar, dar el culo y pagar por esos favores. Cuando llegó mi adolescencia comprendí plenamente el triste destino que me habían trazado, quise suicidarme. Pero no tuve el valor de hacerlo. Opté por gozar lo implacable de mi papel secundario y seguir obedeciendo a la sociedad. Tuve que cargar con la cruz de resignarme, no sin esporádicos momentos de rebeldía que finalizaban inevitablemente en el ridículo más humillante, a los dictados del maldito placer al que me habían condenado.

Hoy he logrado hacerme una máscara. Fingir ser feliz de ser tal como soy. Pero hice un último intento casándome cuando tenía treinta y un años, para muy pronto comprender que no podía darle a mi mujer lo que tú le diste a esta última aventura femenina, como seguramente le has dado a toda la larga lista de amantes anteriores. Mi mujer tuvo que buscar en otros hombres lo que le hacía falta y le tuve que dar permiso de hacerlo. Juzgué que no tenía derecho a privarla de su felicidad sensual y sicológica. Finalmente, tras muchos tanteos, logramos encontrar un arreglo mutualmente satisfactorio, en aquella época de revolución sexual, compartiendo los maridos con ella. Algunos se ocupaban de mí sin prejuicios, otros me permitían solamente mirar el cuadro a cierta distancia. Los más recalcitrantes me mandaban a comprarles cigarrillos o me obligaban a permanecer en otra habitación mientras se divertían. Terminé siendo tan mujer como ella ante sus propios ojos. Hicimos tantos excesos de alcohol y mariguana que casi dejo de poder pintar. Salimos de esos años completamente destruidos. Aparentemente yo más destruido que ella, convirtiéndonos a una forma del budismo tibetano que nos permitió organizar mejor nuestras vidas, y un poco tarde, intentar crear una familia pues finalmente terminamos por tener dos hijos. Míos, pues ella así lo quiso, a pesar de no gozar conmigo y pegarme los tarros sin ninguna piedad. Por eso te puedo decir que conozco la naturaleza de la mujer mejor que tú. Nos quisimos mucho recíprocamente a pesar de todo, seguramente yo la quise a ella más que ella a mí. Pasamos en total dieciocho años juntos en una complicidad total, ella nunca se ganó la vida y yo la mantuve siempre. Ciertamente la malcrié mucho. Sobre el arco de la puerta de entrada de la iglesia de Jesús del Monte, donde se casaron mis padres. Subiendo por la Calzada del Diez de Octubre. Cerca de la clínica donde yo nací y donde mismo nueve años después murió mi madre, hay un corderito pascual esculpido en la piedra. Cuando se lo señalé a mi último amante, Maikel, un joven mulato de Centrohabana, me dijo con una gran sonrisa:

¡Ah! Por eso es que tú eres tan mansito, asere. De esas locas travesuras nos quedó como regalo el entonces desconocido virus del sida, y murió a los cuarenta y un años. Perdona la biografía, no solicitada, que te estoy contando. Pero es que desde que te conocí sentí en tu persona algo que no deja de perseguirme, y que debe ser de la misma naturaleza del sentimiento que el pobre Jerjes sintió cuando te conoció tan joven en tu segundo viaje a Europa. Nos habitas de cierta manera. Remueves quizás en nosotros, según me parece, el recuerdo de aquel modelo que nos proponían como ideal y al que Jerjes y yo nunca logramos llegar a imitar. Bueno, basta de descarga por hoy.

Te quiere, tu amigo encandilado.