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domingo, 9 de febrero de 2020

La nueva edad de Oscar

JR/AD

Si hay algo que puede provocar alivio en esta pareja de empedernidos cinéfilos que compartimos vida es que en el transcurso del año llueva buen cine frente a las butacas.

Y eso precisamente, gracias quizás a la luminosa intercesión del espíritu de  los Lumiere, estén donde estén, es lo que ha ocurrido en 2019. Un año, además, marcado por el avance vertiginoso del streaming desde las diferentes plataformas, lo cual ha venido revolucionando la industria del cine y lejos de desalentar la asistencia a las salas, la ha reforzado por el propio proceso de masificación doméstica del séptimo arte. 

La mayoría de los filmes nominados por la Academia en las distintas categorías para el evento de premiación que hoy disfrutarán en vivo entre 26 y 30 millones de espectadores, muestran no solo una sólida factura sino que han logrado marginar la voracidad de la mercantilización del producto para centrarse en la concepción estética y la reflexión del contenido.



Curiosamente, filmes que en otro momento se hubiesen convertido en motivo de culto para un público elitista y me refiero a piezas poderosas de la temporada como Joker, el thriller psicológico de Todd Phillips en el que Joaquin Phoenix rinde una actuación difícilmente olvidable; Parasite, comedia negra del surcoreano Bong Joon Ho, sutil y asfixiante hasta llegar a ese salvaje desenlace con matices de Kurosawa y Tarantino; o Dolor y gloria, drama escrito y dirigido por Pedro Almodóvar, una vuelta al cine de autor tan relegado y desprotegido en la Europa actual, se han convertido cada una de ellas en un fenómeno de taquilla.


Vamos a lo más destacable de estos últimos 13 meses a nuestro criterio.

El 2019 lo iniciamos con Capernaum, aquella película libanesa de Nadine Labaki que se nos quedó pendiente desde el 2018, conmovedora historia de un homicidio cometido por un niño de doce años, interpretado magistralmente por el Zain Al Rafeea, niño sirio analfabeto y sin experiencia alguna como actor. Filme desgarrador que fue premio del jurado en el Festival de Cannes de 2018.

También pendiente de 2018, pudimos disfrutar de Girl, drama belga de Lukhas Dhont, basada en las vicisitudes de una chico/chica transexual de 16 años que aspira a ser bailarina profesional.

Otro filme que nos dejó huella fue Woman at War, comedia dramática islandesa ucraniana, escrita y dirigida por Benedikt Erlingsson, relato sobre una activista verde en guerra permanente contra una planta de aluminio. Filme contado con tono de refinado extrañamiento, oscilando entre comedia y drama hasta convertirse en sus últimos veinte minutos en un sorpresivo thriller de sensible final.

Un filme independiente captó poderosamente nuestra atención. Nos referimos a Luce, un drama dirigido por Julius Onah, de contenido incómodo para la crítica sometida a la mentalidad de lo políticamente correcto. Luce es un niño eritreo soldado que logra ser rescatado y acaba siendo adoptado por un matrimonio estadounidense que le prodiga durante años una esmerada educación. El niño se convierte en un estudiante de alto rendimiento y en un modelo de líder en formación hasta que se descubre que tras la apariencia late la sed de violencia de sus antecedentes. Onah desliza veladamente, pero de manera convincente, un discurso sobre el racismo en contra del blanco y los peligros de la inmigración proveniente de zonas conflictivas en los Estados Unidos, convirtiendo su filme en una pieza que fluye a contracorriente de las tradiciones de la crítica en la que predomina el pensamiento de izquierda. Impecablemente facturada, es una película que aún relegada por lo que he explicado merece verse y reflexionarse.

De Argentina nos impresionó La odisea de los giles, del realizador Sebastián Borensztein  (el mismo de Un cuento chino), un relato que se desenvuelve durante la crisis argentina de 2001 y cuenta la historia de un grupo de vecinos que son estafados cuando sobreviene el corralito y asumen una estrategia para vengarse. El filme logra reunir al destacado actor Ricardo Darín con el legendario Luis Brandoni.

Y de España, además de Dolor y gloria, nos llegó Mientras dure la guerra. Un retrato de Miguel de Unamuno y de una España en conflicto concebido por el realizador Alejandro Amenábar. Un filme hecho con rigor, contención pero con la sangre galopante en las venas.

De la península nos quedan pendientes filmes importantes: Intemperie, La trinchera infinita y Lo que arde.

Reitero, vale la pena recorrer el inventario de nominaciones a los Oscar este año en las diferentes categorías por su calidad sobresaliente. Ahí están Judy, The Irishman, The Two Popes, A Beatiful Day in the Neighborhood, Knives Out. Little Women, Marrriage Story, Once Upon a Time in Hollywood…y, por supuesto, otra de las favoritas de última hora, el monumental drama bélico 1917 de Sam Mendes.


Este Oscar viene con una nueva edad. Streaming, rejuvenecimiento digital, planos secuencia antológicos, historias de compromiso social, peso argumental y calidad dramatúrgica combinado con taquillazo. Industria bogante con concepto, estética y corazón. Sí, amigos, llueve y truena buen cine frente al lunetario. Qué gran alivio!

domingo, 3 de marzo de 2019

Gino Paoli - Senza Fine



Hablando de cine, anoche (unas horas antes) mi mujer y yo hemos visto Mi Vida sin Mí, una de las obras tempranas (2003) de la realizadora Isabel Coixet, la cual se convirtió en su primer éxito en el séptimo arte. Coixet es la autora de la antológica Verano 1993, la cual citamos en la relación de películas relevantes de 2018. En esta otra cinta una joven chica casada, madre de dos hijas, es diagnosticada de una enfermedad mortal que le deja muy poco tiempo para vivir. A partir de ese momento se genera un redescubrimiento del sentido de su vida y comienza a preparar estoicamente su partida sin darle a conocer a la familia la fase terminal de su existencia. El guion de Coixet es una adaptación libre del relato corto Pretending the bed is a raft (Simulando que la cama es una balsa) (1997), último texto en un compendio con idéntico título​ de la escritora floridana Nanci Kincaid. El script de Coixet se convierte en una pieza literaria envidiable para cualquier escritor. Y la concepción del filme muestra por primera vez que los ovarios de esta mujer-cine están hechos de célula viva, talento y exquisita sensibilidad. Su delicadeza como autora echa mano a una banda sonora urdida por el barcelonés Alfonso Villalonga, uno de los más reconocidos compositores musicales del cine europeo. Entre las citas ambientales que no son de Villalonga, la Coixet escoge esta hermosa balada de Gino Paoli, un icono de la canzone italiana. El filme debe estar disponible en Netflix y si se aventuran a verla disfrutarán de un filme memorable, pletórico de ternura e impecable belleza. (JR)

miércoles, 27 de febrero de 2019

La noche más gris de los Oscares

Jesús Rosado


Salvo algún diseño o lentejuela que puede haber caminado sobre tacones espigados o tacones vaqueros la alfombra roja, la gala de los Oscares vivió su noche más gris. 
Carente de presentadores, de comentarios ácidos que arrancasen carcajadas o exclamaciones de perplejidad, y desprovista del activismo social que condimentaba las ediciones anteriores, la ceremonia ha sido una invitación al bostezo.

Muy a tono esa grisura con la mediocridad de nominaciones que decepcionan al crítico ante tanta propuesta mercantilizada. Si habían filmes cuya ingeniosidad salvaban al tradicional evento hollywoodense eran producciones como The Fauvorite, la más reciente obra de Yogos Lanthimos, cinta que aborda los complejos entramados políticos durante la monarquía de Ana de Gran Bretaña, y en el que Olivia Colman, ganadora del Oscar desempeña un rol histriónico excepcional. No es este el Lanthimos de la estatura que admiramos en The Lobster, pero sí conserva todavía su frescura transgresora en el planteamiento cinematográfico de los entresijos cortesanos de época. The Fauvorite es un proyecto tan demencial e insolente que difícilmente los académicos de Hollywood tomarían en serio o, al menos, entenderían.
De manera que Lanthimos se muestra como un realizador cimarrón en el protocolo hollywoodense y se anota un tanto importante fuera de arena. Nadie más.
Green Book, la mejor película, es un premio de carácter nacionalista otorgado de manera proteccionista contra el predominio de Roma de Alfonso Cuarón. La obra de un hispano que venía arrasando de festival en festival con película espléndida de corte autobiográfico. Y que se ve sometida a una represalia encubierta de la mentalidad hollywoodense, respaldada por los propósitos mercantiles de Netflix.
Ahora voy sobre esta pieza tan cacareada. Me refiero a Roma. Mi amigo, el reconocido crítico Roberto Madrigal, la califica como una obra artesanal bien construida. Y comparto ese criterio. Alfonso Cuarón es un ingenioso realizador, culto y bien informado. Cuenta con todas la herramientas para reabsorber, premeditadamente, el legado del Nuevo Cine Latinoamericano, fundado por Fernando Birri y secundado por el brasileño Nelson Pereira Dos Santos y los cubanos Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa. Una corriente de la cinematografía latinoamericana que se involucraba de manera comprometida con los conflictos sociales y las tendencias ideológicas. Movimiento legatario del neorrealimo italiano, la nueva ola francesa y el free cinema inglés  en el que predominaba la mirada testimonial, el enfoque sociológico con matices clasistas y la utilización de actores no profesionales. Un cine que toma distancia de propósitos mercantiles y prioriza la visión estética e ideológica del autor.
Pero perdón, en este caso, ni lo uno ni lo otro. Cuarón incurre en una gran sutil estafa. Acude a las herramientas de esos precursores, produce un filme atractivamente visual, tanteando con los tempos que Tarkovsky defendía, aunque oprobiándolo  de una manera aburrida, sin llegar a emitir conceptualmente una declaración de intención social, ni denuncia, ni alternativa crítica alguna.
Roma es un pigmeo ante obras como Memorias del Subdesarrollo, La Historia Oficial, Hombre Mirando al Sudeste, La Noche de los Lápices, El Año del Conejo, Últimas Imágenes del Naufragio, La Hora de la Estrella, Yo sé que te voy a Amar, Suite Habana o Amores Perros. Piezas genuinas del cine avanzado latinoamericanista.

Es una película de pretensión y construcción preciosista, con el regalo de una fotografía de lujo al que Cuarón deberá vivir agradecido de por vida. Pero si se propone un filme de corte clasista, resulta en lo contrario. Los roles clasistas se confunden, se retraen y finalmente se derriten como plastilina al sol. O se disuelven como la mierda de perro ante la fuerza del agua.
Desahogado y dicho, voy al rito de cada ciclo en estas fechas oscarizadas. Relaciono mis filmes de interés en el curso del año y les añado un breve argumento a las preferencias:
-          El Autor, filme español de Manuel Martín Cuenca, inspirada en un escritor con aspiraciones, pero sin talento y en el que, ojo, el actor Antonio de la Torre despliega un performance relevante y sobre la consistencia de este profesional estaremos cerrando estos párrafos.
-          Verano 1993, dirigida por otra española, Carla Simón, que narra la conmovedora historia de una niña adoptada huérfana de padres muertos víctimas de SIDA. Una crónica de infancia narrada con ternura pero sin melodramatismo. Su objetividad es tan poética como convincente. Sin dudas, una de la mejores entregas del año.
-          Loveless. drama cinematográfico ruso de 2017 realizado por Andréi Zviáguintsev. El relato se refiere a dos padres que viven separados cuyos afectos están olvidados desde hace mucho tiempo y cuya relación se ha convertido en desamor. Se reúnen temporalmente después de que su único hijo pequeño desaparece e intentan encontrarlo. El realizador de la memorable Elena vuelve a validar un talento de evidentes deudas con la genialidad de Andrei Tarkovski.  

-          First Reformed, escrita y dirigida por Paul Schrader. Una película eximida de premios porque en su argumento hay una opción  de solución terrorista. La ética hollywoodense la excluyó de pretensiones. El filme es de 2018 pero su difusión se amplió en 2019. Exhibe una de las actuaciones más relevantes en la carrera artística  de Ethan Hawke. Y su guion es ejemplo de dramaturgia bien resuelta. Filme sólido y valiente que desafió el riesgo de la censura atrincherada.

-          Todos lo saben, dirigida y escrita por Asgahr Frahadi. El autor iraní emigra de su zona de confort y adapta su estilo narrativo a la realidad ibérica. El resultado es sorprendente. Primero, un thriller que captura al espectador y no lo suelta. Segundo, el ángel de Frahadi no respeta fronteras. Se mueve en el contexto español como pez en el agua y la soltura de su resultado lo prueba. Cuenta con un elenco que resuma talento actoral. Una Penélope Cruz desgarrada como madre que rinde uno de las mejores actuaciones protagónicas del año. Javier Bardem, clavado en su personaje. Ricardo Darín, profesional y elegante como siempre. Y la actuación de Eduard Fernández, posiblemente la mejor de su carrera. Un filme para disfrutar con todos los obsequios que brinda el buen cine de suspenso.

-          The Wife. Si alguna vez se hizo una elegía de los ojos de Betty Davis, atención no se pierdan en esta cautivante película los ojos de Glenn Close. Solo por la expresión de su mirada merece todos los galardones del año. Y aunque nos los gane (no los ganó) habrá que hablar de la intensidad de esos ojos por el resto de la historia del cine.

-          Carmen y Lola. Tema de amor lesbiano en medio tan adverso como es el mundo gitano que merece toda la atención del circuito crítico. La realización es mediana. Adolece de torpezas. Sin embargo, las actuaciones de las protagonistas son descollantes. Es una película de contrastes entre conservadurismo tribal y la indetenible apertura sexual contemporánea. Tantos anotados para el trabajo de las dos protagonistas. Suficientes como para no olvidarlas.

 

-          El Reino. Una de las mejores realizaciones del año. Dirigida por el joven talento español Rodrigo Sorogoyen, un thriller político acerca de la corrupción en España. Vigoroso. Impactante. Sorprendente. Un filme que secuestra el aliento del espectador durante todo su curso hasta llegar al desenlace. Acaparadora de premios de manera merecida, nos entrega el mejor desempeño de ese experimentado actor que es Antonio de la Torre, el mismo del cual les hablaba en  El Autor. Su primer Goya después de innumerables nominaciones. Una obra exquisitamente concebida. Cinematografía de un talento emergente que se coloca en la primera línea del cine europeo. Filme que, como aquel electrizante No habrá paz para los malvados (2011) de Enrique Urbizu, se consolida en el género.

-          Cold War. Pieza maestra.  Sí, esas solos dos palabras para definirla. Una historia de amor basado en un guion, que a diferencia de la Roma de Cuarón, trasunta vida pasión, ternura y tragedia. La dramaturgia plantea conflicto, antagonismos y momentos climáticos. La atmósfera rapta al espectador. El miedo, el olor del cigarrillo, el encuentro y desencuentro emocional, la embriaguez de la música, el erotismo delicado, el licor, las paranoias ante la persecución política, todo muestra la sangre de autor. La historia se basa parcialmente en la vida de los padres del director, el destacado realizador polaco, Pawel Paulikowsk quien rinde culto en esta realización a sus progenitores estéticos polacos Roman Polański, Krzysztof Kieślowski, Agnieszka Holland, Andrzej Wajda y Andrzej Żuławski, y a exponentes de la nueva ola checoeslovaca como Milos Forman, Vera Chytilová, Jiří Menzel, Jaromil Jires o Schorm. Con el concurso de la fotografía monumental de Lukasz Zal y las actuaciones magistrales de Joanna Kulig y Tomasz Kot, este drama se convierte  en la historia del cine polaco en una obra comparable a la Casablanca de Michael Curtiz, aunque, cuidado, con un final shakesperiano superior en metáfora y lirismo. Reitero, un clásico inusual a la altura de 2019.

  

Esa es mi elección. MI propuesta estética entre tanto bodrio comercial de marca convocado en este año por los “académicos” y las productoras de estreno. Es mi ofrenda espiritual humilde y legítima de cine de arte auténtico. Espero que la disfruten. Pero si no están preparados para ello, por favor escojan una película donde la mierda de perro no les gaste minutos de vida.

*Nota: No he visto Capernaum, aclamada por la critica. Si la excluyo es por ignorancia, pero si sus méritos la avalan, entrará en la selección del año que viene.

viernes, 6 de julio de 2018

les choses de la vie (1970)



cosas de la vida, como el cine, que ayudaron tanto a mi generación a sobrevivir el desastre e imaginar otro mundo más allá del gris de los discursos y las consignas.

domingo, 4 de marzo de 2018

De oscares y desoscarizados


Jesús Rosado
Nos separan solo unas horas del esperado ritual de Hollywood. El Superbowl de la cinefilia americana, Una ceremonia que estará marcada en esta ocasión por el escándalo Weinstein y el movimiento de reivindicación de los derechos de la mujer en el mundo del espectáculo denunciando los abusos a los que fueron sometidas durante décadas por miembros de la élite del cine. La mirada del espectador estará fija, además de en las premiaciones, en los gestos y discursos contra una práctica que ha sido endémica en el medio y que parece tocar a su fin ante la rebelión de las víctimas.
Como ya es habitual, aprovechamos la celebración del evento para compartir comentarios y sugerencias con los adictos al séptimo arte sobre lo que agradecimos ver desde la butaca de espectador a lo largo del año, siempre advirtiendo, como en ocasiones anteriores, que por lo general mis criterios andan reñidos con la taquilla abultada, pues no hay manera que mi gusto y el de mi compañera sucumban al entretenimiento si no hay una propuesta en serio proyectada en la pantalla.

De piezas made in USA no hay mucho de que hablar en 2017 hasta que no comenzaron los estrenos del último trimestre, cuando la industria se dispone a preparar el terreno electoral de los filmes potencialmente concursantes.
Pero, gracias a Dios, en la primera parte del año aparecieron filmes, algunos llegados a estas orillas con cierto retraso, como por ejemplo El Rey Tuerto (2016), pieza teatral del español Marc Crehuet, adaptada magistralmente al cine por el propio autor, cuyo argumento gira alrededor de una cena en donde involuntariamente se encuentran  un perturbado miembro de las fuerzas antidisturbios y una víctima al que le saltó un ojo. Crehuet con el apoyo de impresionantes actuaciones logra recrear una atmósfera claustrofóbica tal que nos va hundiendo gradualmente en la profundidad de nuestros asientos.
Otra muestra de buen cine visto en el 2017 temprano fue El Ciudadano Ilustre (2016), comedia dramática argentina dirigida por Gastón Duprat y Mario Cohn, la historia de un flamante escritor que ha logrado obtener el Premio Nobel y que en algún momento es invitado a su pueblo de origen para ser agasajado. La dupla Duprat-Cohn expone con tal dominio de la construcción dramatúrgica el choque entre cosmopolitismo y nostalgia en el ego exuberante de un intelectual exiliado que indiscutiblemente la película se convierte en una las obras citables del cine argentino reciente.
Un título que nos sorprendió en esta primera mitad del 2017 fue Los Últimos de Filipinas (2016), filme del realizador español Salvador Calvo, con un elenco de lujo y una factura impecable. Relata los avatares  de un destacamento español sitiado en Baler, en la isla filipina de Luzón, por insurrectos filipinos revolucionarios, durante 337 días. Y decía que resultó una sorpresa por el nivel de madurez que muestra como pieza del género épico dentro del cine español. Nada que envidiarle a la logística hollywoodense.

Por último, de este primer periodo, solo falta mencionar a Maudie (2016), coproducción de Irlanda-Canadá, dirigida por Aisling Walsh, filme biográfico sobre la pintora primitiva de origen canadiense Maud Lewis, un filme no exento de imperfecciones pero realizado con pasión y en el que destacan las actuaciones de Ethan Hawke y, sobre todo, de Sally Hawkins, quien desde su actuación en la comedia Happy-Go-Lucky ha venido consolidando su carrera. Si quieren apreciar su mejor performance este año acudan a su Maudie y no a la edulcorada Elisa Esposito de The Shape of Water.
Y hablando del filme de Guillermo del Toro, sabemos que este híbrido de Creature from the Black Lagoon (1954), El Hombre Anfibio (1962) y Let Me Hear You Whisper (1969), se vislumbra como la gran acaparadora de galardones si es que las acusaciones de plagio a los realizadores de la última de las predecesoras citadas no enturbian el criterio de la Academia. La película de Del Toro, sin dudas agradable a la vista, cumple con los requisitos de la meca del cine comercial, pero se empequeñece, en mi opinión, ante la monumental Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (2017), cinta independiente producida y dirigida por Martin McDonagh, sobre la historia de una madre que pugna ante las autoridades por hallarle respuesta al asesinato irresuelto de su hija. El estilo de McDonagh y la actuación de Frances McDormand (un Oscar incuestionable) se funden en una pieza de brutal belleza.
De nuestras predilectas del año la única posiblemente que gane algún Oscar sea esa. El resto de las  favoritas viajan fuera de vagón. Son desoscarizadas. Las enumero:

-       Mundbound (2017), drama sureño que ilustra de manera cruda el convulso racismo en los años 40 en una población rural en la región del Mississippi. Obra con una extraordinaria actuación de conjunto y en el que la fotografía de Rachel Morrison ejerce un rol protagónico.

-       The Florida Project (2017), filme en el que su realizador Sean Baker logra con su dirección de actores un trabajo envidiable por parte de los niños que llevan el peso del retrato de una realidad marginal que al cine comercial le resulta incómodo llevar a la pantalla.

-       Hago un paréntesis en Detroit, obra dirigida por Kathryn Bigelow, que es uno de los dramas sociales del 2017 que hay que forzosamente ver. Basada en los disturbios de 1967 en Detroit, la película está sólidamente construida hasta antes de los diez minutos finales en que sucumbe a un tratamiento convencional del desenlace. Una verdadera lástima que la falta de originalidad en esos minutos haya opacado una trama que se hubiese convertido en un clásico. Y conteniendo, además, la actuación arrasadora del Will Pouter, una de las memorables del año

-       The Killing of a Sacred Deer (2017), drama psicológico de horror, escrito y dirigido por Yogos Lanthimos, inspirada en la tragedia griega Ifigenia en Áulide de Eurípides. Lanthimos guía a los actores a poner en práctica la técnica del extrañamiento de Brecht, reforzando la atmósfera enajenada del filme. Convincentes actuaciones de Colin Farrell y Nicole Kidman, aunque son devorados por el talento del joven actor irlandés Barry Keoghan. La fotografía es una de las más logradas en el año. El filme es perturbador de principio a fin. Lanthimos explora con maestría el juego de culpas, mentiras y falsa moral en una familia adinerada y lo hace apelando al sentimiento intenso que provoca lo terrible por suceder.
Está última es mi favorita.
Como pueden apreciar por las predilecciones, este comentarista corre el riesgo de quedarse inexorablemente sin estatuillas.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Mudbound (2017) - Dee Rees





Jesús Rosado
Las productoras se han ido apartando de Hollywood. Netflix intenta convertirse en una competidora de prestigio y ha liberado un presupuesto a favor de ello. De ese empeño ha surgido Mudbound, proyecto del 2017, una adaptación de la novela homónima de Hillary Jordan, basada en eventos reales. Relato que se sumerge en el Mississipi profundo de los años 40, en pleno desarrollo de la segunda guerra mundial. Un drama interracial en que encuentros y desencuentros de  raza van hilando la trama para someternos a lo largo de dos horas a un poderoso ejercicio de cine, en el que el olor a madera rústica de su construcción  se alterna con los destellos de la fotografía y el balance del trabajo de equipo.

La película rezuma autenticidad hasta la crudeza, pero está lastrada lamentablemente por las carencias de presupuesto en las secuencias bélicas que exige la producción. El trabajo de fotografía es una sus virtudes aunque le falte el detallismo recreativo que un director de imagen de experiencia aplicaría para el acabado de una obra. Se trata indudablemente de una pieza sin las decoraciones que reclama la industria. Pero el planteamiento es poderoso, el trabajo de equipo envidiable para un director escénico que ha sacado el máximo a sus intérpretes y los buenos momentos de la fotografía son memorables.

No acostumbro a dar detalles de la trama sino a fijar la convocatoria a tenerla en cuenta porque no es de las películas que descollarán por nominaciones, aunque la crítica le haya sido muy favorable. Hay que verla porque puede ser fácilmente ignorada como pieza importante de la temporada.Transcurrirá como larva migratoria bajo la piel como tantos otros filmes alternativos. Ignorarla, más que una comodidad de exclusión, significa obviar una cinta importante en concepto social y en planteamiento formal en estos tiempos tumultuosos de supremacismo blanco. Es un manifiesto afilado que arranca piel a los que aspiran a que se olvide el sufrimiento del negro. 

Mudbound sería una película de merienda para la maquinaria de Hollywood y, sin embargo, landmark para lo que el talento puede generar más allá del sistema. Para un espectador transgresor que está atento a lo que se desliza fuera del interés comercial se hace imprescindible. Para el receptor común es un filme, aún con sus contratiempos de factura, brutalmente avasallador en el plano emocional y testimonio sociológico del racismo descarnado en la sociedad norteamericana.

jueves, 1 de junio de 2017

NOW! (2016) Eliecer Jiménez Almeida


NOW! (2016), Dir. Eliecer Jiménez Almeida from Eliecer Jiménez Almeida on Vimeo.

Jesús Rosado

Nadie duda que Now!, aquella pieza cinematográfica realizada por el documentalista cubano Santiago Alvarez en 1965, se fue convirtiendo, con el paso del tiempo, en obra de referencia del cine documental cubano. Construido a partir de material de archivo en blanco y negro que fluye al ritmo de un dramático soundtrack (la versión que hace Lena Horne de la canción tradicional judía Hava Nagila) , Now! se apartaba del canon clásico del documental para acercarse al todavía inédito género del videoclip, recreado con una óptica desde la militancia de izquierda.

Ese carácter adelantado de la concepción y la habilidad de su montaje lo convirtió en éxito visual al servicio de la propaganda política de un autoritarismo aún mancebo. Dos factores obraban entonces a su favor. Por una parte, el documental se produce en un momento de eclosión de la gesta castrista en amplios sectores de la opinión pública internacional y, por otro lado, ponía en evidencia ante los ojos del mundo un aspecto negativo irrefutable de la sociedad norteamericana: la repudiable realidad de que la existencia de un afroamericano en USA valía mucho menos que la vida de una mascota. Como resultado, el cortometraje se convertiría en la obra más reconocida de Santiago Alvarez, a la cual el autor debe agradecerle el haberse erigido como paradigma del documentalista revolucionario.

Pero he aquí que sesenta años después, aparece un inquieto realizador cubano que acude a esa herramienta auxiliar del arte de la posmodernidad que es el apropiacionismo, recurso mediante el cual el creador echa mano a elementos de obras ajenas para hilvanar un relato con nuevos ángulos, imprimiéndole a partir de imágenes, formas o estilos tomados en préstamo una identidad con energía propia. El término de apropiación fue acuñado por el crítico de arte Douglas Crimp, curador de una exposición a la cual tituló Pictures, en la que convocó a talentos que trabajaban con elementos extraídos de otros autores para reciclarlos en un discurso revisionista y novedoso.

Si bien la apropiación se generaliza en el campo de las artes plásticas, a partir de 1958 el cine se hace susceptible de las intervenciones de la tendencia cuando Bruce Conner produce el filme A Movie, una cinta en que se recombinaban fragmentos de otras películas para hilvanar una narrativa con voz propia.

De esta práctica artística, que por supuesto requiere agudeza y habilidad en la reconversión conceptual, es que se vale el joven realizador cubano Eliecer Jiménez Almeida para emprender un ejercicio de remake de aquel histórico Now! de Santiago Alvarez.

Aunque retomar una pieza cuya referencia es de peso en el contexto del cine documental implica no pocos riesgos, Eliecer se dispuso a la aventura con la certeza de que la circunstancia histórica había cambiado diametralmente y ésta corría a su favor para la misma intención de denuncia, pero volviendo la mirada ahora al lado opuesto.

Con el paso de las décadas, el régimen castrista ha degenerado en cuerpo político momificado, y mientras la visión de Santiago Alvarez en su época complacía las demandas del movimiento antinorteamericano y revolucionarista recreando una veta proclive a la protesta, ahora la inmersión cinematográfica de Eliecer se dirige a la actualidad del fenómeno que en los días de Santiago ejercía un liderazgo progresista para desnudar en toda su crudeza los comportamientos del engendro totalitario en que finalmente ha devenido aquel proyecto idílico que Alvarez defendía con candor.

La apropiación de Eliecer logra alcanzar niveles de dramatismo comparables al Now! original, pero lo apabulla por su eficacia como dolorosa parodia y por el impacto testimonial con que desenmascara la esencia coercitiva de la otrora utopía. En el Now! de Jiménez la dinámica del montaje emula con el de Santiago para mostrarnos un devastador escenario de represión, repudio y violencia fratricida. Eliecer echa mano sin prejuicios al mismo soundtrack, al mismo ritmo in crescendo de las imágenes, sólo que ahora la visión es introspectiva y revela con trágica elocuencia la gran estafa del castrismo.

Si la del Now! original era una excursión angustiosa a través de la injusticia social de un modelo foráneo, la de Eliecer es una incursión al corazón desolado de una patria patética que carece de los más elementales derechos civiles. El saldo final es estremecedor y el joven cineasta logra que la apropiación funcione a manera de kármatico boomerang, como lapidaria moraleja de lo que vale el arte genuinamente comprometido con las causas justas.

Es el mismo cine de denuncia social al cual Alvarez aparentemente aspiraba, pero en este caso no al servicio de la selectividad ideológica de un poder, sino al contrario, testimoniando con autenticidad los ultrajes de la autocracia contra una sociedad famélica que se debate entre el miedo de la mayoría y el hambre de libertad de sus ciudadanos más legítimos. Presumo que, tras este hijo bastardo de su experimento original, a los restos del finado Santiago Alvarez se le deben haber hecho mucho más angostos los muros del osario donde yacen.

lunes, 27 de febrero de 2017

Negros, ustedes pasan trabajo pero lo logran

Los Óscar han provocado una bochornosa sorpresa, tras ser emitido en vivo y para todo el mundo un dictamen equivocado sobre el galardón a la mejor película del año.

Cuando se entregó el premio a Mejor Filme, se anunció, de forma clara, que “La La Land” era la triunfadora. El staff subió al escenario y emprendió el ritual  de agradecimiento

Instantes después, uno de los productores de la película interrumpió su intervención y comenzó a exhortar al equipo de otra de las nominadas, “Moonlight”, a que subieran al escenario.

“Ustedes ganaron. Esto no es una broma. Lo lograron”, decía, mostrando la certificación que probaba la elección de la Academia.

Los actores y realizadores de “Moonlight” subieron entre consternados y sorprendidos  a disfrutar de su premio.

Negros, ustedes pasan trabajo, pero lo logran. Aunque el subconsciente colectivo no los acompañe. (JR)

domingo, 28 de febrero de 2016

¿Alguien dijo Oscar?


Jesús Rosado
Este 2016 las candidaturas previas a la  ceremonia élite de la academia hollywoodense se han visto sacudidas por la polémica de la exclusión. La más evidente ha sido la concerniente al distanciamiento de las opciones de la piel oscura  de toda posibilidad de premiaciones. Nunca se ha visto tan prejuiciada la selección y, sin embargo, ha sido un año de filmes comprometidos con el tema de la negritud. Títulos significativos como Straight Outta Compton, Chi-Raq, The Hateful Eight, Creed y Beasts of no Nation abordan la cuestión étnica y racial desde diversas visiones que van desde la crítica historiográfica hasta el análisis sociológico del tema de la violencia en la población negra. En las cintas que cito hay suficientes ejemplos de ideas originales, buenas actuaciones y habilidades en la producción como para restarle avance al blanqueamiento de las nominaciones.
Parcializaciones de este tipo son las que fuerzan a la intuición y a los gustos a explorar en los márgenes de la industria.

Si ya son más que predecibles los oscares a un Iñárritu con su The Revenant (endeudado hasta el tuétano con la impronta de Tarkovski), a un Di Caprio que ha estado en lista de espera desde desempeños mayores, a una Brie Larson impresionante en su papel de madre en Room o un animado conmovedor como Inside Out.  Si hay filmes como Spotlight, Trumbo o Son of Saul que, ganen galardones o no, realzan el concepto de cine, bien vale la pena relacionar un conjunto de obras que a lo largo de los últimos doce meses han ido llegando a estas latitudes por diversas vías para ampliar y dar lustre a la cultura cinematográfica del espectador estadounidense a cierta distancia de los parámetros de Hollywood.

Recuerdo por ejemplo que fue en mayo de 2015 cuando asistí a la proyección de The Salt of the Earth (2014), documental de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado, primera pieza monumental que nos impactó por su belleza fotográfica y el aliento poético con que se acerca a la obra de Sebastiao Salgado.

Poco después veríamos Ex Machina (2015), película de ciencia-ficción británica de singular concepción, dirigida por Alex Garland, de argumento cerebral, con un sofisticado sentido del diseño  y lograda como thriller. Toda una muestra de lo que se puede alcanzar con talento y originalidad aún con poco presupuesto.

Vino después Güeros (2014), filme mexicano de Alonso Ruiz Palacios, realizada en blanco y negro, un atractivo homenaje a la Nouvelle Vague que tiene entre sus méritos aproximarse por primera vez a las convulsiones del movimiento estudiantil sin apologías y asumir con enfoque sarcástico el izquierdismo tradicional de la juventud latinoamericana.

También pudimos disfrutar de Loreak (2014), exquisita película vasca en la cual lo pueril es elevado a categoría de arte a través de delicadas actuaciones que realzan la propuesta. De Italia nos llegó Youth (2015), del conocido Paolo Sorrentino, quien esta vez, sin el glamour e intelecto de La Gran Bellezza, nos entregó un filme de hermosa puesta, plena en autenticidad y agudas reflexiones sobre el tema de la tercera edad.

Otro filme a mencionar es Love (2015) de Gaspar Noé, que si bien no está a la altura de aquel proyecto convertido en pieza de culto titulado Irreversible, es un drama erótico (casi porno) digno de verse por el estilo tan personal de Noé a la hora llevar a la pantalla la historia y por la soberbia fotografía de la que hace gala en los atrevidos planos.

Singular así mismo es la manera de hilvanarse un thriller como Goodnight, Mommy (2014), filme austríaco de Veronika Franz, que transita con sorprendente habilidad de lo que aparenta ser un drama psicológico hacia una escalofriante historia de horror.

Otra película de desconcertante encanto es The Lobster (2015), del director griego Yorgos Lanthimos,  que arrancó críticas mixtas, pero en la cual el realizador se compromete con los recursos de Ionesco y arma un producto de  disparatado argumento que a la larga se ajusta al estado actual del ser social. Un material docente ideal para profesores de filosofía.

Sería injusto obviar, como lo ha hecho el circuito de la Academia, a Black Mass (2015), dirigida por Scott Cooper, basada en el gangster Whitey Bulger, jefe del crimen en Boston, película cuyo único pecado es la linealidad cartesiana de su trama, pero que presenta a un Johnny Depp difícilmente repetible, apoyado por un conjunto de sólidas actuaciones.

Lamentablemente no he logrado ver El Club (2015) del chileno Pablo Larraín de la cual he escuchado muchos elogios, aunque sí he recién disfrutado El Clan (2015), la pieza de Pablo Trapero basada en el caso policial del Clan Puccio, convertido en suceso a comienzos de la década del 80 en Argentina. Un filme que ratifica a Trapero como realizador excepcional y que sigue evidenciando la calidad del cine argentino.

A los que, como yo, siguen siendo tradicionales devotos de la amistad, les va a fascinar Truman (2015), dirigida por Cesc Gay, una narración conmovedora que evita los tintes rosas de la emoción con un Ricardo Darín todo temperamento y un Javier Cámara, ejemplo de histrionismo sutil.

Para el final he dejado el filme que más me impresionó en el periodo recorrido junto a la húngara Son of Saul. Un filme de cuidado nivel de realización,  fotografía impresionante y memorables actuaciones de Idris Elba y el niño Abraham Atta. Hablo de Beasts of no Nation, rodada en Ghana, dirigida y escrita por Cary Joji Fukunaga. La cinta relata la historia de un menor que pierde a su familia en la guerra civil y es reclutado a la fuerza en una de las guerrillas del país.  El filme es desgarrador testimonio de la violencia imperante en las regiones africanas y del triste rol de la niñez dentro de esa barbarie. La película comienza con una secuencia de antología cuando un grupo de chicos intentan vender en la aldea el maltratado casco de un televisor y son los propios chicos los que dramatizan deliciosamente la programación del aparato inservible.

Como pueden apreciar, salvo Son of Saul, no hay otro título en la relación que haya calificado para emparentarse con la familia Oscar. Y es que, como les trataba de decir al principio, a estas alturas, entre la academia y el cristiano que suscribe hay serios problemas de sordera.

sábado, 31 de octubre de 2015

Alex North - Stan And Stella



De este filme, considerado un clásico en el género de teatro llevado al cine, se ha hablado abundantemente por críticos y cinéfilos, no así de su banda sonora con música del compositor Alex North, la cual considero es una de las grandes virtudes de la cinta. North, nacido en Pensilvania, en 1910, es el compositor más nominado al premio Oscar como autor de bandas sonoras, sin que nunca pudiera conseguir el galardón en vida. En 1986, se le otorgó un Oscar honorífico por el conjunto de su obra.

La música de A Streetcar Named Desire (1951), es sin dudas de las más influyentes en la historia del cine. Se le considera luz ancestral en las partituras de películas como The Man With The Golden Arm (1955), Vertigo (1958), West Side Story (1961) y Chinatown (1974).  Suficiente para convertirla en pieza de referencia. La clave de North al escribir su música para el filme de Kazan, fue establecer un puente de ida y vuelta entre las variaciones jazzísticas y las estructuras sinfónicas. El guion del filme, basado en la obra homónima de Tennessee Williams, inspira en North un jazz de carácter psicológico en su intención de aproximarse a la complejidad de caracteres, atmósferas y conflictos existenciales de los personajes de Williams.

El desafío era lograr una doble cualidad descriptiva-subjetiva capaz de reflejar estados mentales y tensiones de la exposición dramatúrgica. El jazz comprometido con el componente sinfónico, al punto de alternar el protagonismo de ambos, se prestaba como anillo al dedo para narrar la intensidad emocional, la decadencia o la sensación de soledad. ¿Acaso lo logró North? Pues, escuchen el tema Stan And Stella y hallarán la respuesta. (JR)

sábado, 23 de mayo de 2015

Soy Cuba (1964) - Mijail Kalatózov

Esta película es un fósil feliz. Silenciada por los censores de la época, incomprendida por la crítica, fue redescubierta y rescatada, décadas después, por un Scorsese y un Coppola deslumbrados ante la mirada eslava al trópico de Kalatózov y la sofisticación visual de la fotografía de Urusevsky. El ejercicio de este último fue determinante en la revalorización formal del filme. La osadía de la cámara, las tomas largas, el uso del gran angular, la teatralidad de la luz, las exploraciones ópticas, recursos que combinados hábilmente replantean la perspectiva de lo cotidiano, convierten la intención original de un proyecto propagandístico en un experimento polémico y alucinante. La densidad caucasiana de Kalatózov inducida por el vanguardismo de Urusevsky se extravía en esta aventura soviet-caribeña y va a parar a otros territorios conceptuales colindantes a la Nouvelle vague. Para usar palabras del crítico Alexandre Astruc cuando se refería al cine de autor, en Soy Cuba,  Kalatózov “escribe con la cámara”.  Las audacias creativas del equipo realizador pagaron su precio con la censura. Lo que hicieron por amor al cine y con admiración hacia una pretendida revolución, la coerción ideológica apostada tras esa revolución lo sepultó. Hasta que el fuego fatuo propició el desenterramiento de este mamut. (JR)

domingo, 22 de febrero de 2015

Al filo del Oscar

Jesús Rosado

Hoy, cuando en el Teatro Dolby de Los Angeles rompan fanfarrias y premiaciones, nunca estará más clara para la percepción de los cinéfilos la división entre lo que desfila en pos de la estatuilla dorada y lo que realmente ha estado sucediendo a lo largo del año con el séptimo arte a escala global.
Este 2014 transcurrido fue una jornada árida para el cine norteamericano. No recordaba tan pésimo paquete de estrenos hasta llegar a octubre cuando comienzan a distribuirse las posibles candidaturas a los premios tradicionales. Ese panorama monótono solo me lo rompió la aparición bastante cercana en fechas de dos filmes: uno es Rudderless, un drama musical dirigido por William H. Macy, que narra la historia de un padre que redescubre a su hijo muerto en las canciones que el chico ha legado. El montaje de la trama y las actuaciones de Billy Crudup, Anton Yelchin y Selena Gomez son contundentes, pero el relato tuvo en su contra en términos de taquilla que el chico muerto se trataba de unos esos adolescentes sicópatas que han desencadenado masacres sangrientas en las escuelas del país. Macy fue valiente al abordar el tema, pero la distribución se plagó de tabúes y a estas alturas son pocos los que pueden valorar la importancia de la película.
El otro filme fue The Homesman, dirigida por Tommy Lee Jones y protagonizada por el propio Lee Jones y Hillary Swank. La pieza juega a convertirse en el reverso de un western. John Ford quedaría espantado ante la ruptura de cánones. Brillante por momentos, esta película no cuajó del todo, pero fascina por su anticonvencionalismo, además del rol que Lee Jones le otorga a la presencia de las mujeres en la historia pionera de la nación americana y  las actuaciones delicadamente intensas.
Después de estos dos filmes, no quedó otro remedio que esperar por el ciclo de películas guardadas para las postrimerías de año y que ya conocemos por los resultados de los Golden Globe, los vaticinios de los circuitos de crítica y las nominaciones para el gran evento de los Oscares. De más está decir, que las dos grandes contendientes que se perfilan son la kilométrica Boyhood, una cinta fruto de un experimento interesante de Richard Linklater, quien logra una pieza vital, única y ambiciosa, aunque tal vez demasiado larga y con un guión carente de mayores accidentes. Su gran rival es Birdman (mi favorita en el marco que se circunscribe al Oscar), filmada en un aparente plano secuencia, pero donde la estrella oculta del truco es el director de fotografía Emmanuel Lubezki. La película de González Iñárritu rompe con la ortodoxia hollywoodense y se erige junto con esa joyita de cine neo-noir que es Nightcrawler como exposiciones problematizadoras acerca del gran espectáculo y el mundo mediático.
El resto son filmes que descansan en actuaciones virtuosas y guiones bien diseñados: Still Alice, American Sniper, The Theory of Every Thing, Whiplash, Selma, The Imitation Game, The Grand Budapest Hotel, Foxcatcher, etc.
Sin embargo,  el gran festín para la cinefilia de estas latitudes tropicales comenzó cuando arribó la gran invasión del cine allende los mares. Temprano en el año habíamos tenido la oportunidad de ver Calvary, interesante obra del realizador irlandés John Michael McDonagh, la cual se mueve entre el drama y la comedia negra con tintes de thriller y en la que destella la actuación de Brendan Gleeson en el papel de un sacerdote amenazado de muerte por un sujeto víctima de pedofilia en su niñez, cometida por otro cura que nunca conoceremos. Repito, interesante.
Pero, entre finales de 2014 y principios del 2015 desfiló ante nuestros ojos un bloque selecto de lo más sólido del cine del orbe.  Gracias a la consolidación de una red de cines de arte en la ciudad y por la significativa gestión de ese importante promotor del alto cine que es Orlando Rojas, pudimos apreciar la calidad excepcional de títulos como Il Capitale Umano, Force Majeure, Ida, Timbuktú, Leviathan, The Dark Valley, Der Kreis, 1001 Grams, Deux jours, une nuit, Mr. Turner…
Las facilidades alternativas que nos proporciona la red online nos permitió ver dos obras mayores del cine iberoamericano: La Isla Mínima, un thriller rural que arrasó en los Goya y es comparable en magnificencia a la memorable No habrá paz para los malvados (2011), y la otra fue Relatos Salvajes, dirigida por Damián Szifrón, una recreación de las oscuridades humanas contemporáneas que rinde culto a esa pieza monumental que es el Il Mostri (1963) de Dino Risi. La película de Szifrón junto a la crudeza de su crítica social,  conduce inevitablemente  a la reflexión sobre el impacto de la ley causa-efecto en la trayectoria humana.
No me atrevería a señalar esta vez a una elegida personal, sino a restringir mis propuestas de excelencia a un grupo más reducido.  Empiezo por Ida, una vuelta poética al cine polaco de los 60 donde destacaban autores como  Krzysztof Zanussi, Jerzy Kawalerowicz y Andrzej Wajda. Una película en la que Pawel Pawlikowsky extrema el esmero en la narración, proponiendo al espectador el curso interior del personaje principal. La fotografía es imponente y no concibo otros colores para este filme que no sean el blanco y negro, ni otros ojos que no sean los de la joven actriz  Agata Trzebuchowska.
Sigo con Der Kreis, docudrama suizo, escrito y dirigido por Stefan Haupt, que a partir de los testimonios de Ernst Ostertag y Röbi Rapp, relata la historia de una organización gay que contaba con la publicación de un magazine en la Europa amenazada por el Tercer Reich. Stefan Haupt hilvana magistralmente una reconstrucción y recreación magistral del club underground. Los que logren ver el filme se toparán con una pieza perfecta.
Paso a Il Capitale Umano del realizador Paolo Virzi, continuadora de esa tradición del cine italiano de enfocarse en las maneras más actualizadas que asumen los vicios humanos. Virzi logra involucrar a la audiencia en el ensamblaje de un rompecabezas aparentemente policial, pero donde lo que prima es desnudar la impiedad dentro del conglomerado contemporáneo primermundista.
Termino con Timbuktu, recomendándoles que si quieren saber que está pasando con el fundamentalismo islámico en sus regiones más afines pregunten a Abderrahmane Sissako, el realizador mauritano de esta cinta. Poesía visual color arena de principio a fin, el film nos entrega junto con el Keaton de Birdman paseándose en calzones por Times Square, una de las secuencias más delirantes del cine de los últimos tiempos: un partido silencioso de fútbol entre chicos que lo disputan sin balón. Si la de Birdman es una imagen hilarante y sensacional, esta de Timbuktú que recuerda a los mimos de Antonioni en Blow up es telúricamente conmovedora.
Ah, Risi, Antonioni…! Volutas de gran cine que se elevan desde la hoguera de los viejos autores. Placer para los aquejados desde pequeños por la cinefilia. Por eso, si me obligan, confieso mi debilidad por las elegías de Szifrón y Sissako a los maestros italianos.