viernes, 29 de enero de 2021

Humberto López: un nuevo Leopoldo Ávila, con rostro televisivo

 

Antonia Eiriz, Los de arriba y los de abajo, 1963

Hamlet Fernández Díaz

Después del debate desatado por los Premios UNEAC de poesía y de teatro otorgados a Heberto Padilla y a Antón Arrufat en 1968, respectivamente, en lugar de la opción del debate democrático, el poder en Cuba optó por un método que se descalifica a sí mismo. Leopoldo Ávila comenzó su cruzada inquisitorial tras el anonimato de un sujeto fantasmal. Sin embargo, al fantasma no se le había brindado cualquier plataforma de enunciación, sino la revista de la Dirección Política de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

No deja de resultar insólito que criterios sancionadores, autoritarios y con ánimos normativos, fueran emitidos desde detrás de la máscara del anonimato, es decir, la bruma parca de la conspiración, como si nadie pudiera hacerse cargo, responsabilizarse, de aquella manera de pensar. Aun así, el solo hecho de que haya sido permitido semejante proceder, y no en cualquier publicación, sino en Verde Olivo, ya es evidencia suficiente de que la firma contaba con el apoyo y el visto bueno, sino la misión, de las más altas instancias del poder. 

Por otro lado, con solo leer los primeros párrafos de cualquiera de los artículos de Leopoldo Ávila, es fácil identificar desde qué cosmovisión del mundo se estaba pensando, interpretando, juzgando y condenando. Poco importa el nombre propio, fuera Luis Pavón, José A. Portuondo, Félix Pita Rodríguez o un trabajo en colectivo, como se ha especulado. 

Lo que se expresaba detrás de esa firma, más que los criterios personales de alguien, era el “canon PSP”: la vieja tradición comunista cubana de orientación prosoviética-estalinista. Y la peculiar estrategia que ensayaron en aquella coyuntura no logró que el socialismo cubano saliera fortalecido sobre la base de un nuevo consenso entre políticos e intelectuales, sino más bien contribuyó a autodebilitarlo sobre la base de una imposición autoritaria. 

Visto desde hoy, ese legado continúa muy vigente, vivito y coleando. Al Canon PSP la política cultural de la Revolución le debe muchas cosas, pero entre ellas hay dos fenómenos importados del estalinismo que arraigaron muy fuerte aquí, que en mi opinión son las principales toxinas que han alimentado el cáncer con el que durante décadas ha tenido que convivir el campo intelectual y artístico cubano.

El primero de esos fenómenos es la injerencia constante de la “policía del pensamiento” (como le llama Orwell en 1984) en la vida cultural del país. De los sesenta para acá no hay artista e intelectual cubano de cierta importancia cuya obra y pensamiento haya pretendido ser libre y crítico, que no haya sido, a su vez, vigilado, asediado y en su momento interrogado, amenazado, sentenciado como agente de la CIA o colocado en listas negras por el departamento correspondiente de la Seguridad del Estado.

En esa cultura del espionaje son muchas las personas civiles (agentes no profesionales) que por disímiles causas psicológicas, han jugado el rol de judas, vigilando y delatando a amigos, compañeros de trabajo, familiares y hasta parejas amorosas, ya sea por fanatismo ideológico, complejo de mediocridad, oportunismo, o porque por cualquier desliz se convirtieron en rehenes del aparato de inteligencia, o por simple y llana sinvergüencería.

De esa manera hemos llegado hoy al fenómeno de las “ciberclarias” en Facebook. Muchos de los perfiles de ciberclarias son falsos, pero hay muchas personas que se mueven en el “ámbito de la cultura” que asumen con total disposición combativa las actitudes cívicas de las ciberclarias: agreden verbalmente, condenan de mercenario a cualquiera, amenazan con violencia y contribuyen a amplificar la campaña propagandística de desinformación que se cocina en el secretariado ideológico de la cúpula del PCC y se instrumenta en los medios oficiales.

Y aquí llegamos al segundo fenómeno al que me quiero referir, la otra toxina que no ha dejado de generar tumoraciones en el tejido de la cultura erudita cubana. Se trata de la injerencia del Partido en las dinámicas institucionales en las que inevitablemente tienen que habérselas funcionarios públicos, creadores y demás actores de la intelectualidad profesional. A esto se le conoce como la doctrina de la “cultura dirigida”: el Partido, de quien emana en primerísima instancia la política cultural, fiscaliza, regula, orienta, estimula y “desarrolla” lo artístico y lo cultural en una sociedad en la que el Estado monopoliza el sistema institucional del arte y la cultura.

Hay documentos históricos, como una carta fechada el 5 de marzo de 1973 que Alfredo Guevara le escribió a Raúl Castro, en la que le hace saber su preocupación por los mecanismos que se estaban instrumentando para que el Partido pudiera “dirigir”, “orientar” y “controlar” al “sector de la cultura” con mucha más “eficiencia”; sobre todo porque esos mecanismos podían conducir a una dañina duplicidad, suplantación, pérdida de autoridad de los directivos de los organismos culturales, “y como consecuencia de todo ello la indefinición práctica de los centros y niveles de decisión”.

De las ideas expuestas por Guevara podemos inferir que las prerrogativas del Partido se organizaban de la siguiente manera: los diferentes departamentos del Comité Central controlarían, ayudarían y orientarían a los organismos culturales del Estado, en función del cumplimiento de una política trazada por el Buró Político. A través del control ejercido por dichos departamentos, estos debían informarse, procesar la información y elaborar resúmenes, con el objetivo de elevar los datos depurados tanto al Secretariado como al Buró Político. Mediante esa lógica de trabajo se buscaba contribuir a una superior elaboración de la política trazada por la máxima instancia del Partido. Después, dichas directrices volverían a bajar a través del Secretariado y los vice-primeros ministros, hasta llegar a los ministerios y los organismos del Sector; y así sucesivamente, en un ciclo dialéctico que parece destinado a producirse a sí mismo.

Como se ve, el fenómeno que desde comienzos de 1970 parece emerger de manera nítida es mucho más complejo que la simple pérdida de autonomía relativa del creador o el intelectual ante la institucionalidad estatal que monopoliza al campo artístico. También va más allá de la poca autonomía que tienen las diversas instituciones ante una subestructura estatal mayor como el Ministerio de Cultura creado en 1976. Se trata, en lo esencial, de una doble estructura burocrática generada por el Poder, en la que una de las dimensiones, la institucionalidad estatal, carece de autonomía relativa y de jerarquía ante la otra estructura, el Partido.

Estos dos fenómenos que he descrito brevemente, la doble injerencia a la que ha estado sometido el campo artístico e intelectual cubano, vigilado y reprimido por la policía del pensamiento y moldeado, controlado y fiscalizado por el Partido, son la verdadera estructura profunda de todos los conflictos que se han dado en la historia de estos sesenta años y de los que estamos viendo desarrollarse hoy en tiempo real, cuya escalada no se detiene ni se detendrá mientras se mantenga en práctica dicha doble injerencia cancerígena. 

Y en momentos de crisis como el actual, siempre hay sujetos con disposición suficiente para dar el paso al frente y asumir el trabajo sucio, el que muchos, incluso probados aguerridos, declinan hacer. Así que Humberto López, el “hater” de turno, ha venido a encontrar su lugar en la historia, encarnando el rol de un Leopoldo Ávila, pero más poderoso aún, con imagen televisiva de cuerpo entero en horarios estelares y con todo un ejército de ciberclarias que replican el ataque y su relato demagógico en Facebook. 

Humberto López y el equipo que le asiste, como en su momento la entelequia de un Leopoldo Ávila, debe recibir de la policía del pensamiento los expedientes de todos los “peligrosos mercenarios asalariados del enemigo” cuya reputación hay que linchar a toda pantalla; mientras que de los ideólogos del Secretariado debe recibir la pauta editorial, las palabras claves con las cuales se decide construir y controlar la narrativa, la ficción que más convenga. Las palabras estratégicas más usadas han sido “golpe blando”, “show mediático”, “provocación”, para afianzar la narrativa de que toda la beligerancia de un “grupúsculo de artistas y seudoartistas responde a una maniobra injerencista del enemigo para propiciar un cambio de régimen en Cuba”.

Dicha narrativa parece aún calar en amplios sectores de la sociedad que desconocen, porque no participan de ellos, de los intríngulis de los conflictos en el mundo del arte. Pero lo verdaderamente lamentable es que con dicha narrativa el poder ha conseguido neutralizar (hasta el momento) la entrada en el debate de gran parte de la intelectualidad cubana, sobre todo de los que peinan canas, que observan mudos, con el mismo silencio cómplice con que en su juventud observaron cómo a muchos de sus amigos los parametraron, los expulsaron de sus trabajos, los acusaron de diversionismo ideológico, de agentes de la CIA y de contrarrevolucionarios. 

 Muchos de esos creadores, algunos premios nacionales de literatura, de teatro, de artes visuales, etc., sufrieron en carne propia el escarnio, la marginación, la injusticia. Cuando en 2007 se le dedicó todo un programa de televisión a Luis Pavón, esa generación de escritores e intelectuales se sintió profundamente ofendida e indignada ante la glorificación inesperada de uno de sus verdugos. Pero hoy observan callados, otra vez cómplices, cómo un nuevo Leopoldo Ávila es instrumentado para arremeter contra un movimiento joven de arte y discurso crítico, para sofocar el disenso y la posibilidad de un debate nacional verdaderamente crítico y democrático. 

¿Alguien duda de la necesidad de ese debate? ¿Qué tiene que decir esa autodenominada “vanguardia artística” aupada en la UNEAC? ¿Les paraliza la cruzada que lleva como punta de lanza el performance televisivo de Humberto López? ¿En verdad piensan que hacer la vista gorda con la censura, la represión, el autoritarismo y las violaciones de derechos constitucionales es la mejor manera de no darle armas al enemigo? 

A todos los que callan ante la censura y la represión del arte y el pensamiento Antonia Eiriz los prefiguró para la eternidad en Réquiem por Salomón (1963).  Con esa obra Antonia se solidarizaba con Chago y denunciaba la censura que había sufrido tanto el libro El Humor Otro, como el singular personaje de Salomón, expulsado de las páginas de la prensa cubana. En la sección superior del cuadro, asomados, desde arriba, tres personajes observan la escena en la que Salomón yace, herido de muerte. Se trata de rostros con expresiones grotescas, narices animaloides, ojos hundidos en manchas negras, y un amarillo ocre reflectándose en las pieles mortecinas, como quienes observan las llamas desde la oscuridad. Parecen ser los ojos de la vigilancia, lo rostros morbosos de la censura; o simples y cobardes espectadores, cuyo miedo y pasividad sella un pacto cómplice con la injusticia.