lunes, 26 de octubre de 2015

Rubens Riol y la "magia evocadora" de la reseña de arte

Visión de lo empíreo, Gustav Doré, 1890

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La profesión de la crítica de arte nace con la Ilustración y queda marcada por escritos como los de Denis Diderot en sus notables "Salones", en particular, en el de 1767  (dedicado a Monsieur Grimm) donde se presenta al crítico de arte como una especie de amante. El crítico persigue convencer a sus lectores que es posible evaluar la obra con integridad pese a ese conflicto de cercanía.

Al crítico le toca el delicado balance de presentar tanto los defectos como las virtudes de la obra, algo que Diderot llama "pasión lúcida".  Es por eso que puede reprocharle defectos a pintores importantes de la época como Boucher o Fragonard, y a la vez defender virtudes en la pintura de Chardin o Greuze. Con aciertos y errores, Diderot inaugura una profesión de análisis que coincide con la época ilustrada. Desde Diderot el consenso que queda es que el crítico es un puente (o medium) entre la obra del arte y el público.

En el siglo XXI con la lenta desaparición de la prensa escrita surge una nueva práctica: La reseña, en la que el reseñador fabrica un package informativo/laudatorio con el propósito de publicitar la obra. En el nuevo paradigma periodístico el que escribe debe responder a la publicación, el comisario, el museo, la galería. Una red de intereses soterrada casi imposible de sacudir.

Comento lo anterior a propósito de ciertas reseñas que han ido apareciendo en El Nuevo, de la pluma de un tal Rubens Riol. Algunos amigos me hicieron observar la peculiaridad de su estilo. Aunque no ha escrito mucho, el estilo del Riol sugiere esa encrucijada de la reseña actual: tensión irresoluta entre la retórica (en tanto que arte de la persuasión), lo poético (como elaboración de imágenes) y el producto final que se debe al lector.

Comento la titulada Enrique Gay García: los regalos que hace el tiempo. Obvio, en los primeros párrafos Riol apunta detalles necesarios de la muestra, así como la biografía del conocido artista cubano.

Llega el momento de comentar la obra:
Casi toda su obra se mece entre los límites de lo figurativo y lo abstracto, alcanzando un nivel de ambigüedad que trastoca el discurso en magia evocadora, algo inefable que no encuentra refugio para tanta belleza. 
Veamos, la obra de García se "mece" entre lo figurativo y lo abstracto, pero alcanza "un nivel de ambigüedad que trastoca el discurso".

¿Cuál discurso? El arte de García no está discursando.

Aventuro que (tal y como apunta Riol) si la obra se meciera entre lo abstracto y lo figurativo, la ambigüedad resultante no debiera trastocar nada. Lo ambiguo es por definición algo que puede negociar entre dos o más niveles.

El reseñador parece descartar esa posibilidad. Sorpresivamente "el discurso" se trastoca en...

"magia evocadora" (imagen que inmediatamente me transporta a un ambiente Tiki de mediado de los años 40, o  cierto parlamento de la época de oro del cine mexicano de boca de Arturo de Córdova en aquella película La diosa arrodillada, con la actriz mexicana del momento: María Félix). No puedo evitarlo, incluso pensando hacerle justicia a Riol.

La retórica poética de Riol corre ahora apresuradamente delante del reseñador --quien deduzco, la persigue atónito.
...algo inefable que no encuentra refugio ante tanta belleza. 
Deseo dejarme llevar de la mano por Riol, ver lo que él ve. Si lo inefable es, de hecho, inexplicable, no entiendo por qué tenga --o no-- que encontrar refugio ante nada. Lo inefable es un summum bonum sin aumento o disminución.

Sin respiro, la retórica de Riol se lanza al abordaje:
El escultor imprime vida a sus creaciones y estas nos inquietan tan pronto, que salimos a buscar en el subconsciente una referencia exacta, esfuerzo en vano. A veces los títulos nos brindan coordenadas esperanzadoras, pero al confrontar la pieza, nos percatamos de que una ventana abierta, una columna o las alas de Ícaro, son apenas la punta del iceberg.
Sorprende tener que buscar una "referencia exacta" nada menos que en tierra movediza del subconciente, cuando en el párrafo anterior Riol se esmeró en sugerir que la obra de García posee una ambigüedad que trastoca el discurso --ya sabemos-- en magia evocadora.

¿Se contradice Riol cuando repentinamente concluye: "esfuerzo en vano"?

No necesariamente.

Al fin y al cabo lo escrito refleja una dinámica personal entre escritor y lenguaje. En esta dinámica el reseñador corre desconcertadamente detrás de su propia retórica hacia parajes ignotos. Ciertamente se trata de un viaje al subconciente, pero no del lector, sino del propio Riol. De ahí la lluvia de metáforas que vuelan (por usar una metáfora riolana) hacia un destino incierto. ¿Será lo bello? O más oscuro aún, ¿será lo inefable?

Léase este párrafo onírico salido de la pluma febril de un Gerard de Nerval, en su época greco-romana:
Habitan en esas superficies de metal patinado los espías sagrados de nuestra ignorancia, un cúmulo de nervios vivos que espantan el sueño. Entonces, la única reacción posible es la caricia urgente, una reverencia.
La retórica deviene poética. Cual bardo de fin de siglo XIX, Riol da un giro animista repentino: cada cosa en el universo posee un alma. Asómanse habitantes del metal patinado, cual "espías sagrados de nuestra ignorancia" o "nervios vivos que espantan el sueño".

¿Y la escultura de Gay García? Qué importa ahora.

Podemos discernir a Riol, el niño ensimismado que se apresta a tantear con sus dedos la superficie metálica patinada de esa escultura de García. 

Se comprende que la reseña no trate exactamente de la obra de García, que ha ido quedando atrás, desdibujada dentro de esa atmósfera onírica del subconciente del reseñador.

Al final, la retórica de Riol paga un precio: el abigarramiento deja la obra de García en la neblina de una magia evocadora.

Hace falta volver a Diderot.