jueves, 25 de junio de 2015

Lezama y la cultura mítica


Ángel Velázquez Callejas

Mi abuela paterna, Ofelia Fernandina, nació en Cauto Embarcadero, un antiguo término municipal de Bayamo, alboreando la República. Desde muy joven se trasladó a Cacocún, un municipio de Holguín, y luego, a la edad de 16 años, a Guantánamo, donde murió a los 95 años. Que yo sepa, nunca escribió un verso, y tampoco la oí hablar en términos teóricos sobre filosofía y religión. Eso sí, la escuché referirse mucha veces a la vida inmediata, el tedio, las amarguras y sus amores de familia. Era más bien una campesina que miraba la vida desde sus experiencias, cuyas imágenes figuraban en el lenguaje de cualquier niño. Sus ancestros inmediatos eran campesinos, monteros, esos que el padrón elaborado por Jacobo de la Pezuela llamaba estancieros en 1860. Me contó en una oportunidad que su padre, Antonio Espinosa, mantuvo atendiendo durante largo tiempo una pequeña hacienda ganadera que había adquirido en propiedad mediante arrendamiento, y luego por compra/venta a fines del siglo XIX. Su madre siempre se dedicó a los quehaceres domésticos y a cuidar de los hijos. Solía decirme sobre la vida en el campo, lugar donde pasó sus primeros 14 años, que guardaba de él un espacio privilegiado en su memoria; recordaba las delicias de la naturaleza campestre, el ganado y las haciendas, el ritmo del tiempo, la paz que se respiraba, y enfatizaba la belleza del río Cauto y los valles. ¡Era feliz!

Me hablaba de aquellos tiempos con amor, con ternura, como si regresara a su paraíso. Pasados los años, ya en sus 80’s, prevalecía en ella la picardía de la vejez, del desgaste físico por el paso de los años, y daba significado a las experiencias vitales. Tenía algo que me gustaba, pero no sabía cómo explicar; al acercarme a ella sentía una inmensa seguridad, algo así como que el tiempo, la memoria, los recuerdos se extinguían. Con ella a mi lado, me olvidaba del mundo. Creo que fue mi primer satori, una sensación extraña de olvido, del peso del pasado, pero verdadera. Nunca la vi enfadarse, ni violentar una conversación. Siempre riéndose, tomaba la vida por sorpresa. Me acuerdo sobremanera de unas de las tantas charlas que sostuvimos siendo ella ya una anciana, a pocos años de su muerte. Por su intrepidez, estas palabras que siguen, y que forman uno de los tantos diálogos entre la abuela y el nieto, quedaron grabadas para la posteridad. En una ocasión me dijo:

“Cuando uno ha vivido por largo tiempo llega la ocasión en que se siente motivado a decir que la vida es un disparate, que no tiene sentido, que nos vamos yendo de este mundo sin darnos cuenta que algo falta por hacer, pero en un instante de apreciación profunda se prevé algo diferente, algo que no se explica, pero que llevo muy profundamente en mi corazón. Me ha llegado el momento en que esa sensación de amargura ha desaparecido involuntariamente de mí. ¡Ahora vuelvo a estar feliz! Ya puedo morir”.

Cuando fueron dichas esas palabras no tenía yo un modo de referencia para verificar su significado. No sabía de qué trataban, aunque creía ciegamente en ellas. Creí de inmediato, sin titubear, que era verdad lo que implicaban. Desde luego, en ese momento, cuando fueron pronunciadas, tuve la sensación de que algo significativo ocultaba, y quizás por eso quedaron depositadas como una semilla en mi corazón. Hace unos años, al leer la obra ensayística y las novelas de Lezama, vino a mí la impronta de esas palabras, el recuerdo inusitado de que era el momento de comprender. Descubrí que Lezama era la referencia para entender su significado. Mi abuela, a pesar de no haber escrito nunca un verso, ni hablar nunca de filosofía y religión, en sus últimos años fue un Poeta, un Cemí, un Bayam. Entonces pude entrever lo que significaba en aquel entonces estar a su lado, percibir la belleza de sus gestos, la dulzura de sus palabras, la mirada majestuosa y el andar de la beldad. Ahora entiendo que algo había sido transformado. Un Poeta, un Cemí, es toda una atmosfera enigmática, energética y viva que seduce al cambio esencial. Comprendí lo que Lezama afirma en Paradiso cuando Oppiano Licario le dice a José Cemí: “ritmo asiático, podemos empezar”.

José Cemí no es sólo un personaje arquetípico de la novela Paradiso, de Lezama Lima, sino también un símbolo, una imagen poética. José no es Cemí, pero Cemí es José en el porvenir; en fin, son ambas cosas, imagen y posibilidad. José definiéndose sin llegar a ser y Cemí buscando la fijeza. Lo cubano parecer estar en la posibilidad de Cemí; es decir, Cemí en José esforzándose por nacer y José en Cemí resintiéndose, como el útero materno que no desea que la criatura llegue al mundo. José (Lezama) es un sueño y Cemí es la aurora del despertar de la concien-cia y de la visión pura. José es la historia, la memoria, el pasado, la mente colectiva, la visión impura, y Cemí es la poética de la eternidad. José es lo cubano insular y Cemí lo cubano en lo universal. Traducido poéticamente, es Cemí el testigo, Bayam posesionado sobre José, sobre la cultura, la historia y produciendo una posibilidad infinita, la posibilidad de algún día llegar a ser cubano. José (Lezama) representa al pueblo, al proceso de la formación de la nacionalidad, de la identidad, del ego cubano, y Cemí a eso que Lezama diferenció sutilmente como cuestión oculta en su poesía: la “noche insular” y “el arco invisible de Viñales”.

Al respecto, en entrevista a Reynaldo González, Lezama dice (cito en extenso):
Y ya con madurez de los años y de la observación estoy apto para reiterar algo que intuí ensayando, trabajando: lo cubano es un tema hecho en lo invisible. Las dos veces en que con mayor ambición me he acercado a ese tema en mi poesía, las llame “Noche insular, jardines invisibles”, y luego “El arco invisible de Viñales”. Y lo hice así porque creo que debemos tener mucho cuidado con eso de lo cubano. Se llega a una conclusión fácil de que lo cubano es esto y aquello –siguiendo intereses de gusto o criterios apriorísticos-; pero esa forma de certidumbre sería destructiva. En cada hombre hay lo que no se osa decir, lo que no se osa nombrar y eso, en parte, es lo cubano. Habrá de tenerse un pudor esencial en esa dimensión, tener mucho riesgo cuando hablamos de lo cubano como si fuera una cosa gelée, última, definida. Lo nuestro es lo ondulante, la brisa, una cierta infinitud, una mezcla de lo telúrico con lo estelar hecho en una forma muy meridional, muy cenital. Ya te digo, hay que tener mucho cuidado con el riesgo turístico de llegar a decir “lo cubano es esto o aquello”, porque eso puede dañar y cerrarnos puertas a lo universal. Pudiéramos decir que la más firme tradición cubana es la tradición del porvenir. Es decir: pocos pueblos en la América se han decidido a entrar con tanta violencia y decisión, como un zumbido presagioso, en lo porvenirista. Pudiéramos decir que lo cubano tiene sus catedrales y sus grandes mitos construidos en el porvenir. Por eso en los últimos tiempos ha habido cierta fusión en las generaciones de Cuba. Todos marchamos hacia una finalidad, que la vemos todavía un poco lejana, que quizás todavía no la podamos alcanzar. Esa impresión es conveniente, nos enriquece. Esa definición por alcanzar nos da vigor y amplitud. Esa falta de límite nos presta más entusiasmo en el acercamiento. Esa falta de contornos netos nos da una atmósfera mayor y más plena…Yo supongo que al abordar el tema no espere de mí una definición de lo cubano. Yo prefiero ver lo cubano como posibilidad, como ensoñación, como fiebre por verista.
Hablamos de esa posibilidad, de esa ensoñación, de esa fiebre por verista. Entonces no es difícil intuir por qué Lezama le atribuye a Cemí el personaje central de Paradiso. José vive en el infierno y Cemí penetra en el paraíso. Lezama recurre a una cuenta invisible para plantear su proyecto estético como posibilidad: recurre a una imagen aborigen, a un símil; y ese símil es el ídolo de Bayamo, el cual representa en la tradición cultural aborigen la eternidad, el ritmo temporal asiático. Lezama lo intuyó allí, con una mirada oblicua, en el ídolo que se exhibe en el museo Montaner de la Universidad de La Habana; el ídolo le despejó la imagen de la posibilidad. Lezama descubrió en el ídolo la fijeza y la lejanía. Cuando los aborígenes de Bayamo construyeron la imagen del ídolo lo hicieron bajo la posibilidad nunca alcanzada. El ídolo representa la imagen del aborigen del cacicazgo de Bayamo en la tradición universal de la mitología taína. El ídolo era una fuerza, una imagen para enfrentarse al desarraigo universal. Ese desarraigo lleva la historia de las pasiones tumultuosas. Y mi abuela Ofelia es una manifestación cultural de ese encuentro.

En una reciente investigación sobre el caso español, El reino del ocaso, Jon Juaristi insiste en que las comunidades y los pueblos se apoyan en un repertorio de imágenes que permiten integrar la nación desde la experiencia emocional. Ese repertorio de imágenes va formando una comunidad integrada a lo largo del tiempo y van estructurando el ser de un pueblo. Todas estas imágenes, mitos, leyendas que sostiene la identidad del pueblo son, también, formas de soñar el tiempo. Para que una sociedad se mantengan, sobreviva, tiene que soñar.

Es interesante anotar cómo en la novela histórica, Hondo corre el Cauto, cuya narración transcurre durante las guerras de independencias, entre 1867 y 1902, el autor, Manuel Márquez Sterling, pone en boca de uno de esos personajes fugaces pero que vienen a colorear la vida, el guajiro Severo Calderón, una metáfora de lo esencial. Siendo un campesino de la zona, para este iletrado personaje el Cauto fluye en lo hondo y no en la superficie. Dice el narrador a través de Severo Calderón en su recorrido por el Cauto:
Hace mucho años que recorro el Cauto y me conozco todo su curso. Alguien una vez me dijo que tenía ochenta y seis leguas. Nunca lo he medido pero yo le puedo asegurar que me la sé palmo a palmo, desde la Loma del Gato, donde lo he visto nacer y bajar de la sierra, hasta la mismísima mar. Me he bañado en sus aguas y he dormido en sus orillas y siempre he sentido que el Cauto sabe más de lo que dice. El Cauto es el único que entiende estas tierras… y sabe de sus tristezas. Las cosas que el Cauto nos podría contar si hablara, señores…Sólo él sabe cómo se hicieron estas tierras y cuando el Turquino dejó de hervir y de escupir fuego, y como crecieron los bosques, y cuándo llegaron los pájaros a los árboles. Él lo ha visto todo…El vio a los indios llegar a sus orillas y levantar su bohíos y hacer sus conucos. El vio adorar a sus dioses y confiar en ellos. Él sintió las herraduras de acero de los conquistadores retumbar en su llanu-ras y oyó el alarido rebelde de Hatuey ahogarse en la hoguera y el silencio que siguió al último areito y el triste gemir del esclavo bajo el látigo que le quemaba su espalda… ¡Que no le falta por ver al Cauto! ¿Verá algún día, señores, al hijo alzarse contra el padre y al hermano matar al hermano? ¡Pero no, él no dice nada! Él sólo sigue su curso por la llanura, hondo, lento, callado y contento con saber que en sus entrañas no va quitando a Cuba. Sí, contento de quitársela a los hombres que de un paraíso han hecho un infierno, pero el Cauto no dice nada.
Severo tenía contacto con lo que Lezama llama lejanía. Conocía mucho más que otros individuos del pueblo sobre ese valle, sobre esa geografía, no porque lo hubiese leído en los libros, escuchado a través de las leyendas, los mitos y su historia, sino mediante su ser: su ser estaba conectado con el ser del Cauto. El Cauto, sin decir una palabra, le había transferido cierto conocimiento de la historia y del pasado. Pero no lo miremos así literalmente; el Cauto es una alegoría, una metáfora, un signo para indicar algo del misterio, del origen que es Bayamo y sus comarcas. Ese guajiro había vivido lo suficiente como para que la experiencia de su vida lo colocara justo en el lugar donde el ser se encuentra con el no-ser, donde se halla, según palabras de Octavio Paz, con la presencia, el presente. Severo sabía, intuido, como transportarse hacia la fuente, al origen. El Cauto fue su contrapartida.

Severo afirma: “Yo se lo juro a ustedes, él a mí no me engaña porque yo soy de la tierra como él. Yo sé el que quiere la tierra que esculpe porque yo lo he visto en el lecho de sus aguas”. Se trata de la unión que vislumbra Lezama entre el cielo y la tierra. En ese mismo momento en que Severo termina de contar sus vivencias, dos de los personajes centrales de la novela, Pablo y Rosalía, cruzan la mirada por aquel valle y exclaman. “Rosalía –dijo Pablo- se me había olvidado lo cautivante que es mi tierra. A lo que respondió Rosalía: es tal como la describiste, el edén del creador. Hoy me siento como si hubiera llegado al hontanar de nuestra vida”.

Ese es el Cauto y su valle, el punto cero y origen de Cuba. Ese contacto con la lejanía, que no es una lejanía sino un encuentro, la tuvieron otros, pero el pueblo, la mentalidad colectiva, hunde sus raíces en los mitos y leyendas, mirando siempre a la lejanía.

De modo que veo en Severo esa misma apreciación de su modernidad. Quiere ser moderno pero al mismo tiempo se siente comprometido con la historia, con la leyenda y los mitos que hacen del valle su significado. Desprejuiciado de cualquier filosofía, a no ser la de la vida misma, afirma: “no hay cosa peor que un guajiro filosofando… Créanme que Severo Calderón es un hombre sencillo de la tierra que se contenta con lidiar un buen gallo, con tener una guajira en el bohío, allá en el monte, donde lo abrase el sol y lo refresque el arroyo, y que cuando triste, pueda echar una cuarteta al aire…”.

Si tuviera que narrar el sentido del Cauto y su valle me fuera por el enfoque de la novela del peruano José María Arguedas, Los ríos profundos. Tal y como Arguedas se comunica con sus ancestros, también mediante lo que oculta el Cauto intentaría discernir las vías profundas que conectan el presente con el pasado del valle. El propio Paz no deja de considerar, a pesar de su rectitud liberal y democrática, de su ruptura ideo-política con el pasado secular, el peso de la cultura mítica azteca sobre el presente mexicano. De igual modo es muy difícil para el pueblo actual de Bayamo dejar de concebir el presente sin el peso de la penumbra mítica del pasado aborigen y la creación mitológica de la sociedad colonial, republicana y revolucionaria.

En esta conexión radica la imbricación poética de un Cemí y un Bayam con la Poesía. Nos conduce a alejarnos de este mundo.

4 comentarios:

Cristina Fernandez dijo...

Aunque parece que es un fragmento de un texto en progresión, tiene mucho vuelo y hondura a un mismo tiempo este texto de Callejas.
Cristina

judith ghashghaei dijo...

En el mejor de los sentidos, este texto es "un ajiaco" y lo he disfrutado largamente. Desde Oklahoma: jappy jippy yuja Friday ( Ta very hot aqui)

khispano atlántico dijo...

Identidad e Historia no pueden cegarte a los demonios del presente y los problemas futuros, si no serás menos que un animal en su selva y echadero.

machetico dijo...

Excellent. Cacocum lo he leído siempre con eme. Cacocum. Cacumen. Ecuménico. Menisco. Comenius. Saludovskis desde Leyún.