lunes, 29 de marzo de 2010

Las pérdidas de la guerra

om ulloa

Llevo días calentando butacas de hospital, observando el derroche de vida ajena con la lentitud propia de rodillas de plástico y metal, con la respiración viciada de pulmones oxidados. Mi padre yace enfermo, agarrado a su dignidad sin abrir los ojos. Mientras, el viejo de la cama de al lado rechina los pocos dientes que le quedan y se revuelca entre las sábanas hasta que por fin se levanta, desnudo, corriendo al baño mascullando un entrecortado “sísísísí” que no le permite razonar ni respirar, o eso creen los enfermeros.

Sin embargo yo sé que está en sus cabales y que respira, aunque a veces el cerebro le chispee y lo engañe y le diga que le falta el aire de pura ansiedad. Sé que se pasa el día durmiendo y se levanta como a las cuatro de la tarde con un hambre voraz. Entonces me mira con ojos asustados, hasta que me reconoce como a la extraña que lo vigila desde la butaca, la que a veces lo ayuda a encontrar azúcar “de verdad” para el café clandestino que su hija le trae de noche. Luego me saluda con un gesto que a otros podría parecer huraño y, zas, me pregunta si ya se murió Fidel. Sin esperar respuesta empieza a comer de todas las bandejas que le han ido dejando a lo largo del día. Cuando le contesto que no, que no se ha muerto, el hombre se ríe con locura digna del momento. “Que no se muera”, dice atragantándose: “…que no se muera… que viva, como nosotros... mira, mira”, dice y alza la mano señalando hacia el pasillo adornado de quejas a medio caer, sollozos secos y alaridos huecos de gargantas viejas, muy viejas.

Estamos en Mayami, cuna del gran exilio cubano, en un centro de rehabilitación/asilo repleto de ancianos que el exilio ha consumido, poco a poco, desde hace cincuenta años. Aquí, debido al gran negocio de hacerlos durar una eternidad, lado a lado conviven locos con cuerdos, zurcidos y remendados con almas en pena. Y yo, con tremendo historial familiar de arrebatados, estoy sentada en la antesala del bombazo a la dignidad humana, lo sé, convencida de que voy a necesitar interminable terapia mental y química cuando salga de acá. Mientras, mi olfato ansía oler el mar que no queda tan lejos pero que se me escapa en cada viraje del timón que me lleva al lado de mi padre, otro viejo cubano más que se resiste a capitular.

Día a día, dos habitaciones a la derecha una mujer esquelética se pasa el día llamando a Jorge para que le abra la puerta. ¿Quién habrá sido o es Jorge?, me pregunto cerrando los ojos para ver pasar a un Jorge trigueño y bello, tal vez narizudo, abrazado a la mujer, su joven novia teñida de rubio a lo Marilyn, caminando por el malecón tomando granizados de tamarindo allá por el ‘54. “Que no se muera”, me interrumpe la voz del de la cama B, que ahora apenas se tapa con una sábana arrugada. “No importa”, le digo al enfermero que entra y lo regaña por estar casi en cueros. Le alcanza un vaso y una pastilla, que el hombre rezacha con autoridad, una voz muy diferente a la anterior. “¿Pa’qué me das eso, chico?”, le dice desafiante. “Para que se calme y no le falte el aire”, contesta seco el enfermero. El hombre lo mira con gran desdén, furioso. “¿Y qué voy a resolver yo con calmarme, dime, qué resuelvo yo con eso?”, refuta el viejo y se vira. Parece que me guiña un ojo al mismo tiempo que masculla casi con alegría: “A mí el aire me falta desde hace un chorro de años, chico”. Y luego, sin mirarnos, se tapa la cara con la sábana y repite una y otra vez: “Que no se muera”, hasta que se queda dormido otra vez.

Al día siguiente me entero que lo trasladaron de noche a psiquiatría porque se fajó a piñazo limpio con un médico que lo quiso obligar a tomarse el Xanax que le iba a proporcionar la calma que él no quería. Es temprano y mi padre se hace el que duerme. Salgo y camino a buscar el buchito de café entre los viejitos que esperan en fila el desayuno de pastillas y café con leche. Algunos me quieren tocar y otros me suplican que los ayude. Agarro el mango de la silla de ruedas más cercana y le doy una vuelta mientras le digo al hombre que Roberto Faz va a cantar “Comprensión” después del intermedio. Grita exaltado mientras agarro el sillón de otra viejita y le digo que mañana vamos a ir de excursión al valle de Yumurí. “¿Con Panchito?”, me pregunta alerta y le digo que sí. Otra mujer me mira seria desde su sillón y me pregunta si el agua está fría en la playa. Le digo que está deliciosa, que cierre los ojos y la pruebe con la punta del pie. A su lado un hombre centenario aúlla algo que suena obsceno. Me río porque he armado tremendo despelote en la cola de viejos y ya se me acercan los enfermeros. “What´s going on”, dice la enfermera más cercana. “Nada… la matutina sinfonía de las viejas melodías de Lecuona”, respondo, pero ella no entiende ni mango porque es filipina. Al final de la cola veo a un viejo calvo con ojos ansiosos que mira para todos lados. Cuando sigo y le paso por al lado me llama: “Oye, niña, ven acá”. Me detengo y lo miro. “¿Ya se murió Fidel?”, me pregunta. Aspiro el intenso olor a desinfectante salpicado de mierda y orine que flota en los pelillos de mi desarrollado olfato y alcanzo a ver otra cola de ancianos que espera en el pasillo opuesto, mirándome. Sé que todos esperan mi respuesta y ya sé cuál debe ser: “No, pero lo que tiene es incurable”. Algunos viejos aplauden y otros gritan. La señora de la playa me grita que el agua se parece a la de Varadero, clarita y caliente.

La enfermera filipina, sin mucha cortesía, me pide que me vaya. Le pregunto que si ignora el paralelismo histórico de las Filipinas y Cuba. Me mira muda. Insisto y le pregunto que si conoce ese dicho cubano de “más se perdió en la guerra” que los españoles tan bien tradujeran a su propio idioma como “más se perdió en Cuba”, sin apenas mencionar lo que perdieron al mismo tiempo en las Filipinas. La enfermera está ya bastante encabronada, pero no me importa y la sigo mientras reparte pastillas a estos supervivientes, estos viejos sonoros matanceros, centenarios guaracheros de oriente, villareños guerrilleros, pinareños tabaqueros, habaneros cabareteros y camagüeyanos tinajones huecos cuyos arrugados culos cagados le dan de comer a ella y a todos los que deambulan estos pasillos con jeringuillas en la mano dispuestas a ahogar sus últimas quejas. Impaciente me dice: “I don´t understand”. Con el puño señalo a los viejos del pasillo y le contesto con voz apagada: “Pues mira, china, empieza a entender … que más, mucho más se perdió en Mayami”.

17 comentarios:

Pedro F. Báez dijo...

Om, ¿por dónde comenzar? Me has hecho reír, recordar, revivir, encabronar, maldecir, llorar... Como cubano, como hijo, como nieto, como enfermero... Sé de todo cuanto hablas y sé que lo haces con increíble veracidad y fidelidad a lo real. ¿Cuántas vertientes analizar y reflexionar en tu relato? Un montón: vida, historia, sociología, política, experiencias personales, medicina, geriatría, farmacia, psiquiatría, lo real maravilloso, psicología... Pero al final, el contexto, el numen, el mensaje, la esencia y su desgarrador contexto, son inexorablemente humanos. Al final de estos 50 años, ni Fidel ni estos pobres viejos (él, un pobre viejo hijoeputa más que enloqueció desvariando y enfrentando ilusorios imperios e inalcanzables planes quinquenales) ganaron la batalla. La batalla la ha ido ganando el tiempo, que se encarga de aplanarlo y borrarlo todo. Siento por ti y por tu padre, por todos esos viejos y viejas que un día fueron sueño, promesa y fuerza de un mañana que en su mayoría, nunca llegó. Siento por Fidel y por todos los millones de anhelos y de expectaciones que Fidel ha jodido y sigue jodiendo. Siento por Cuba, desamparada y vencida como estos viejitos que te rodean y que sólo aspiran a morir o sobrevivir el tedio diario con un mínimo de sosiego, afecto y dignidad. Cuando la filipina quiera botarte de nuevo, dile que eres de Pampanga y que vas a explotar como el Monte Penitubo si te sigue atosigando. He escrito mucho, porque me llegaste y hondo. Ideas desordenas, como los sentimientos contradictorios que me ha provocado tu relato. Excelente, triste y a su vez, extrañamente reconfortante. Tu padre es un hombre con suerte, después de todo. Te tiene a ti. Y recuerda que la locura, como tal, no existe. Es simplemente el exilio de la mente en una realidad o dimensión alternativa donde no funcionan nuestras reglas ni nuestras cadenas convencionales. Abrazos desde mi isla virtual.

A.T. dijo...

Bello, fuerte, real.

Anónimo dijo...

sonora, lindo tu papi en esta foto; hablando de rodillas plástico y mira que fuertes las tiene aquí.

Esos viejitos en el alma, que bien describes: "mientras reparte pastillas a estos supervivientes, estos viejos sonoros matanceros, centenarios guaracheros de oriente, villareños guerrilleros, pinareños tabaqueros, habaneros cabareteros y camagüeyanos tinajones huecos cuyos arrugados culos" RI

grettel j. singer dijo...

bello tu papá en la foto, espero que pronto se sienta mejor. muy divertido el relato.

Anónimo dijo...

¡Qué manera de empezar un lunes! Los viejos en la banda de afuera que se han ido con su Isla viva en la memoria, y los de adentro -pienso que por lo menos algunos- sin convicción de que fue lo que pasó y si valió la pena... Felicidades Om, tu slugging percentage aumenta con cada turno al bate.

Saludos,

MI

Anónimo dijo...

hay un film detras de esta historia..

JR dijo...

om, me rindo deslenguado. El día tampoco acompaña a decir. Hora y memoria plúmbea. Voy desandando sin ceremonias mientras lluevo adentro. Arrastrando aquella suelas permeables de Vallejo que siempre me acompañaron. Cargando valijas con mi porción de viejo en la trinchera. Cómo no entenderte en el coraje abuelo de esas guerras. En los diálogos entre la biografía amable y nosotros los espejos.

Anónimo dijo...

Muy bueno, omu, a flor de piel tanta pérdida, tanta.

Ernesto dijo...

Hermoso post lleno de evocaciones, de fuerza.
La vejez de cierta forma, nos pondrá en contacto
con el niño que una vez fuimos, y él a su vez, con
otra realidad sin tiempo, sin sufrimiento.

Bello, Om. Como tu nombre, un mantra
profundo.

Saludos,

Ernesto

MIDIALA ROSALES dijo...

Me quito el sombrero, bellisimo y tragico, como la vida.

Anónimo dijo...

Intensa realidad, arrebatadoramente contado. Claro que después de eso vas a necesitar el mar.

Anónimo dijo...

También podía decirlo al revés: arrebatadora realidad, intensamente contado. Pero de todas maneras creo que vas a necesitar el mar.

R.L.R. dijo...

Gracias OM, un texto lindo y fuerte a partes iguales. La voz Ulloa hoy tiene para mi un matiz Faulkneriano.

sonora y matancera dijo...

a todos los comentaristas... ya se sabe, leer un post largo toma tiempo y comentar más... por eso, agradezco ambas acciones.

PFB: como bien dices, nadie ha ganado la batalla después de 50 años, sólo el tiempo. eso es lo más triste. el tiempo que nos han robado, a todos.

AT: demasido real...

RI-GJS: mi viejo siempre fue un dandy sin plata, elegante. en la foto tenía apenas 20 años.

MI: gracias por lo del slugging-percentage, aunque no soy beisbolera.

JR: exacto, nosotros los espejos...

Ernesto: es cierto, que el niño que fuimos es lo que nos salva de todo lo que cometemos de adultos... y bueno, mi "nombre" mantra intenta calmar, pero dudo que lo logre. saludos.

MR: se te agradece el gesto de descubrirse la testa...

Anos varios: el film, interesante... flor de piel, y tanto... la pérdida está taladrada ya ... el mar siempre me hace falta, pero en esos días era mi único escape mental. cuando por fin pude, floté horas en él.

Anónimo dijo...

Sabes que me gusta muchìsimo como escribes,me divierto mucho con tus cuentos,relatos,historias,etc escritas con divertida ironìa... pero esta vez te has desgarrado y desgarras a quiénes te leemos y bien te queremos,ànimos!!!,gracias.

JR dijo...

Nada más bendecido que ocuparse y atender con esmero a los que nos proveyeron la vida.

Luerlis dijo...

estos viejos nuestros son más duros que "el cuyugí", se caen, se levantan, se sacuden y siguen pa'lante... así nos han enseñado.