jueves, 11 de diciembre de 2008

De cómo mis viajes de aquí para allá me traen el recuerdo del Hermano Guillermo y la sentencia: "creo porque es absurdo"




Ramón Alejandro

Por momentos me siento como imagino que debió de sentirse Don Quijote al salir de la cueva de Montesinos. Sin estar muy seguro de estar contando mentiras, ni tampoco de estar diciendo verdades. Es como si habiendo entrado en uno de esos grandes cines de arquitectura espectacular construidos en los años treinta, y que actualmente están subdivididos en doce o quince pequeñas salas de proyección, y yo después de haber pagado la entrada, descontento de las películas que se proyectaban en cada una de esas salitas, hubiese aprovechado del descuido de los empleados de la empresa para ir entrando en todas y cada una de ellas a ver si la película, o el breve momento preciso de la película en ese instante en que yo entraba de paso en ella me gustaba más que aquellas previamente vistas. Así vi una parte del comienzo de la Revolución Cubana y la insurrección popular contra la dictadura de Batista. Vi una parte de un fabuloso documental sobre los Andes Australes, los Carnavales de Río de Janeiro y de Bahía. El final del Franquismo e inicios de la Democracia Española, la revolución de Mayo en París. La vida de sociedad parisina y los cenáculos de los Estructuralistas en Saint-Germain-des-Près. La ociosa vida Tangerina, y otros espectaculares documentales sobre el valle del Nilo, Istambul, Viena, etc. Hasta Nueva York y Miami con sus respectivas galas. Las ballenas del inmenso Rio San Lorenzo pararon por debajo de un barco en el que navegaba yo con Catherine y mis dos hijos. Volví a Cuba después de cuarenta años de revolución social, y la pude ver, como en un sueño, extrañamente detenida en el tiempo y con su bella arquitectura cayéndose a pedazos. Ahora me hallo en el mero centro de una increíble megalópolis de veinte millones de habitantes, que por momentos me recuerda a Buenos Aires y en otros a La Habana. Yo me había completamente olvidado del Hermano Guillermo quien fue mi profesor en el último año de la escuela primaria.
Ahora muy a menudo me sucede que cuando me paseo por las calles de Ciudad México, reconozco en muchos de los transeúntes con los cuales me cruzo, aquella misma cara que tenía el Hermano Guillermo con esos razgos indígenas, tan marcados, que tanto me llamaban la atención por ser ese dichoso hermano el primer hombre que en mi corta vida hubiera podido ver con ellas. El Hermano Guilermo fue mi maestro durante todo un curso en los hermanos Maristas de La Víbora, y era un sujeto de familia adinerada que salió casi indio por esas cosas de la genética. Y parece que esto lo traumatizó en cierta manera, y le confirió un carácter bastante difícil y voluntarioso, susceptible y altanero. Era el único cura, como le llamábamos nosotros a los hermanos cuando ellos no nos escuchaban, que era mexicano entre un burujón de gallegos ignorantes, que ostentaban una zoquetería típicamente ibérica, que componía la masa de malos maestros que constituía el cuerpo docente de ese lamentable plantel para pequeñoburgueses hijos de campesinos del noroeste de la Península enriquecidos por el comercio habanero. Ese tipo la tenía cogida conmigo de mala manera. El mexicano era limpio y de buenos modales. El problema del Hermano Guillermo era el machismo. Pero no debe de haber sido su único problema, porque muy complejas deben haber sido las razones y las líneas de fuerza que lo llevaron a hacerse cura, o hermano, que para el caso es lo mismo. Parece que el garbo, a su parecer excesivamente elástico, con el que yo me desplazaba en el espacio, y la manera displicente en la que tomaba apoyo sobre el pupitre o las columnas toscanas del propio patio central del edifico del plantel educativo, evitando instintivamente mantenerme enhiesto sin ningún apoyo material, se le antojaban indebidas en un varón. De sopetón me pegaba un grito y desaforadamente me decía con la cara toda descompuesta: "Téngase derecho, parece una sirenita". Como si me fuera a sacar el corazón con un cuchillo de obsidiana para ofrecérselo a Huitzilopochtli. Pero eso, que sucedió varias veces dejándome todo estremecido, y provocando la risa burlona de mis compañeritos que no se atrevían a criticarme directamente la manera en que mi cuerpo se desguabinaba cómodamente sobre cualquier soporte que se me viniera a mano, se alegraban de que el cura me dijera abierta y agresivamente lo que ellos pensaban por lo bajo. Porque por supuesto que yo no me mantenía en pie conscientemente de ninguna manera particular, y me movía como naturalmente me venía, apoyándome igualmente en lo que pudiera servirme de apoyo sin la menor intención de provocar a nadie. Era mi propio cuerpo y su consistencia elástica lo que lo escandalizaba, algo que yo no lo podía de ninguna manera evitar. Pero eso no fue lo peor. Además de mi cuerpo y su prestancia, tampoco mi mente tampoco cuadraba con sus parámetros. Lo peor fue cierta vez en que al final del certamen mensual entre los dos bandos en que el Hermano Guillermo dividía a los treinta alumnos de la clase, que eran los de Roma y Cártago, ese alevoso curato hizo perder a mi bando quitándome a mí precisamente los puntos necesarios para la victoria con un expediente que aún hoy en día, al recordarlo, me indigna. Yo creo que quedó grabado en mi mente como el mejor ejemplo de como la Iglesia Católica deforma la mente de los niños que los incautos y crédulos padres les confían para su educación. Es su manera de definitivamente arrancar de raíz el natural uso de la razón. Para como explicaba el propio Tertuliano suplantar la fe ciega al uso de la inteligencia cuando expresó sincera y descaradamente: "Credo quia absurdum est". Creo porque es absurdo. El último contrincante que me tocó en ese certamen me hizo la siguiente pregunta: "¿Con qué se curan las heridas provocadas por la mordida de un perro? Y yo me devanaba los sesos, sin recordar el texto de referencia que por supuesto había apenas revisado por arribita sin detenerme en los detalles como aparentemente había hecho el cartaginés o romano que en ese momento se me enfrentaba, porque a estas altura no hay manera en que me acuerde a cual de los dos campos yo pertenecía. Después de enumerar el mercuro cromo, el algodón, el alcohol, el yodo y todo lo que recordaba haber visto usar en caso de herida o matadura en los numerosos niños accidentados cuyos cuidados tenía guardados en mi memoria, me tuve que dar finalmente por vencido. Entonces mi hábil contrincante enunció con orgullo la respuesta: "Con mucho cuidado". Yo protesté, considerando que esa respuesta era estúpida, pero el Hermano Guillermo muy satisfecho me hizo notar que eso era exactamente lo que estaba escrito en el libro de texto. Credo quia absurdum est.
Amén.

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Buena la crónica por Ramón.Con tantas conversaciones que tuvimos en Miami y nunca salió a relucir el tema del Colegio de los Maristas. Yo también estudié allí, pero muchos años después cuando ya lo habían convertido al nombre de un economista (bastante inepto por cierto, a mi parecer) pero todos le acortabamos el dichoso nombre y lo llamabamos simplemente el Cepero. Recuerdo haber pasado por la capilla que se muestra en la foto en muchisimas ocasiones camino de los laboratorios de Fisica y Quimica. Por supuesto, la furia atea e iconoclasta de la Revolución había desguabinado la pobre capilla y sólo quedaban un escenario vacío y un montón de sillas rotas.
Unaba Nero

La cafeina dijo...

Ramon: Fantastico. Que absurdo nos resulta un maestro absurdo.

Anónimo dijo...

Tu manera de contar los cuentos de tu vida son toda una novela. Sigue escribiendo y pintando loca condenada.

Soy feminista dijo...

Ramón: Siempre me divierto mucho con tus cosas.

Anónimo dijo...

El Maestro Carlos nos daba clase de historia en la high school. Era (es) gay y a las chicas nos aborrecia. Nunca logre ni una palabra amable de su boca. Ahora me doy cuenta que eran celos enfermos. El andaba en los 30s, gordito, caribenio con un semi-afro ridiculo y acne. Nosotras eramos jovenes, con curvas, pelo largo y teniamos toda la atencion de los chicos del salon.

A.T. dijo...

Vaya... van saliendo los secretos.

Anónimo dijo...

La historia es linda y tambien triste. Por que algunos viejos se ensan~an con algunos nin~os, marcandolos para siempre? Por suerte Ramon, no siempre nos marcaron negativamente.
Amamaria

Anónimo dijo...

Cuando empiezo a leerte no puedo parar hasta el final. Tu me enganchas, tremenda labia...linda.

Metafora dijo...

CREDO
QUIA
ABSURDUM
EST

el cabron dijo...

Ramon... bravo.

Willi Trapiche dijo...

QUE TIENE LA BOTELLA????

Anónimo dijo...

Un PEDE Comuniste.