miércoles, 10 de septiembre de 2008

Elena, "El mulatón" y yo



Ramón Alejandro (de su libro inédito Adua la pedagoga)

Cuando mi hermana Elena llegó a sazón de sus quince años se volvió pepilla, que era la versión cubana de la teenager de las que nos enterábamos que existían en el Norte por las películas americanas. Y tuvo sus actividades juveniles correspondientes, como aquellos bailoteos y sus noviecitos bobos, y esas saliditas con ellos a las que yo tenía que acompañarla como chaperón. A ella le encantaban las películas de Doris Day y yo me las tuve que ir disparando todas ellas a medida que llegaban a Cuba, una tras otra y una por una. Y lo peor de todo era que a Elena, que era naturalmente muy aparatosa, aspavientosa e histriónica, se le pegaba la bobería de Doris Day, y se identificaba con ella imitándola, y se ponía de lo mas pesada con esa sanacada. Todo eso estaba de lo más bien y a mí me gustaba de todas maneras ir al cine con ella y su novio. Sobre todo en la época en que salía con aquel al que llamaban "El Mulatón", que estaba buenísimo y que era de lo más simpático y trabajaba en un banco y todo. Pero que al final mi papá no quiso que siguiera saliendo con él porque el tipo era de color, y ahí mismo se tuvieron que terminar las saliditas y la cosa. Todo eso, como digo, estaba muy bien si no fuera por el hecho de que el cabroncito del chaperón se ponía todo rijoso y calenturiento cuando se sentía en compañía del muchacho de marras. Fuera el que fuera, porque al fin y al cabo no importaba tanto que fuera buen mozo, porque lo verdaderamente importante era que el tipo fuera de verdad bien machito. Que el hombre y el oso mientras más feo son más hermosos. Y todo eso sin darse él mismo muy bien cuenta de todo eso ni nada. Espontánea y subrepticiamente. Con la mayor naturalidad. Como esa vez que estando en compañía de un grupito de esas pepillitas con uno de esos apuestos muchachones, a mí se me ocurrió de repente e inocentemente. Solamente inspirado e impulsado por la admiración que su magnífica musculatura me provocaba. Dirigirme directamente a él que estaba varonilmente recostado sobre el muelle del contiguo Club Militar y Naval. Y cogiéndole entre mi índice y mi pulgar de la mano derecha un pellizquito de su apetitoso deltoides, le dije delante de toda la numerosa concurrencia estas sorprendentes palabras: "Suavecito como un pollito". Aquella ocurrencia provocó una gran risotada que se generalizó de mala manera y duró un buen rato. Y yo me sentí de lo más sorprendido porque no me daba absolutamente ni la mas mínima cuenta de lo que todo eso implicaba. Porque mi despiste era radical y fundamental, y poco a poco me iba a tener que ir dando cuenta de que yo lo que era un maricón de nacimiento. Y que todavía tenía que considerarme dichoso que por suerte no fuera uno de esos maricones de vicio. Según la jerarquía taxonomía y estratificada nomenclatura de la ciencia sexológica popular en vigor en esos medios. Porque el maricón de nacimiento se beneficiaba de mucha más tolerancia que el maricón de vicio, ya que se le consideraba inocente de ser como era. Porque su mariconería no tenía ningún remedio ni cura conocido. Considerándose que fuera, o bien de origen hormonal según el determinismo materialista, o de esencia ontológica según los idealistas platónicos, de todas formas inevitable. El tipo había muy simplemente venido al mundo a mamar pinga y a tomar por el culo ineluctablemente, siendo su caso considerado muy en resumen y por arribita, y expresado adecuadamente en el claro y sonoro lenguaje popular. El maricón de vicio llevaba siempre las de perder porque pudiendo haber sido macho se pervertía ya fuera por las razones que fueran. Porque en ese campo se especulaba mucho y muy intensamente, y se producían muchas versiones y opiniones de los mismos hechos de manera que nunca se podía estar completamente seguro de nada. Pero ya fuera que se metiera a maricón por interés o por perversión moral, de todas maneras el tipo estaba jodido y tenía que cargar con todo el desprecio del mundo a cuestas, para siempre y sin remedio, hasta el mismo cabo y fin de su triste vida.

11 comentarios:

La cafeina dijo...

Pues me parece super honesto y la broma aparte me conmueve de veras tu relato.

Anónimo dijo...

En Cuba se discriminaba contra el negro y el homosexual.

Anónimo dijo...

Muy bien escrito aunque tremendamente vulgar en el lenguage

el cabron dijo...

Eres lo que se dice un maricon honesto y autentico Ramon. Y no lo digo con animo de ofensa.

Anónimo dijo...

increiblemente bueno. ojala ciertos escritoras y sobre todo escritoras se inspiraran del Moncho para aprender a contar que no es lo mismo que escribir.

Anónimo dijo...

Asi que la literatura de RA es barroca... Joder!!!

ruppert dijo...

que asco de tipo...

Soy feminista dijo...

No le encuentro nada de vulgar. Fuerte sí, pero muy cierto. En el mundo aún se castiga ser homosexual.

Anónimo dijo...

Lo de Ike el mambi esta ocurrente.

Anónimo dijo...

Ramón: No te dejes acomplejar por los envidiosos. Sigue tú con tu camino.

Anónimo dijo...

Cierto lo que dice. Así son los cubiches. Al cubano que, aún sin serlo, lo confundan con "mulatico" o con "maricón", se jodió. Y ni siquiera dije que había que serlo, tan solo parecerlo o que eso interpretaran algunos. Y eso no ha cambiado. Aunque ahora es más tolerante la cosa hacia los "gays".