martes, 17 de mayo de 2016

Perdón para viajeros


Alfredo Triff

El perdón es el hilo solidario para el bien del ser humano.--Emmanuel Levinas

La injusticia cometida ha abierto una herida en el corazón de la víctima. Pero hay heridas que no pueden cerrarse. Ni siquiera con el pago de la justicia. La justicia busca equidad proporción en esa desproporción donde reina en la maldad. Admitamos, sin embargo, que el reino de eventos de la historia es desmesuradamente injusto.

¿Qué es perdonar?

Perdonar es paliar el reino del resentimiento con la fuerza del entendimiento. Un viaje accidentado en la memoria. Del presente al pasado en dirección al futuro.

El perdón no puede llevarnos al pasado para borrarlo. Tampoco significa un giro meramente metafórico anterior a la injusticia.

Más bien el perdón reenfoca el continuum temporal. Le ofrece alternativas. Nos lleva a la persona que fuimos desde la persona que somos, en busca de la persona que seremos. Desde la memoria no puede olvidarse la maldad (olvidar sería imposible, pero mejor presentarlo como una ceguera temporal autoimpuesta -tan maligna como la propia maldad, que ocupa su corte temporal inequívoco ahí, perenne, en la memoria y en la especie). 

Pero ahora no vivimos ese corte. Lo que vivimos ahora el peso inconsolable de la memoria (de dicha maldad).

El perdón es bálsamo pues redefine mi historia de tránsito con la maldad. La herida es desgraciada y preciosamente mía y no desaparecerá con el castigo. El castigo podrá o no ocurrir. Véase que cualquier victimario es un simple representante. Cada injusticia cometida a cada cual nos pone de cara a un hecho insólito: la maldad de la especie. Reafirma nuestra condición: Todos somos potencialmente malévolos. 

No se perdona para olvidar el sufrimiento o hacerlo menor. Eso sería un escape al vacío. El perdón no busca minimizar nada. Es simplemente una llave para el saneamiento de la vida. El perdón deberá visitar y revisitar el corte de esa acción en el continuum temporal. Atiende, comprende y cura. Atiende el dolor, comprende la contradicción de la condición humana y cura el alma.


Ese trasiego es un viaje. Propongo tres partes: la preparación, el cruce y la llegada.

1- Con la preparación debo disponerme a... llegar al dolor mismo. La injusticia ha dejado una herida profunda, abierta. Esta será mi primera visita con el propósito de sanarme. Toda memoria es fecunda en el sentido que se rehace. Toda memoria es potencial de cambio.

2- El viaje al pasado parte de mi dolor, mi comprensión del ahora, mi necesidad de sanación. He decidido dejar atrás la economía del resentimiento. El viaje requiere una comprensión básica: la intersección entre mi victimario y yo no es fortuita. No lo es porque esa memoria mía y para mí implica el universo tal cual en ese momento anterior. Mi dolor, prueba fehaciente del dolor de la especie. Lo cohabito no desde la posición pasiva de "dolerme" el dolor. Lo he sobrepasado. Voy ahora a la raíz del dolor y vislumbro que eso "mío" es propiedad de la especie. Mi destino por-qué-a-mí? es constante universal. Lejos de ser una excepción, soy la regla. Vivo en una fraternidad del dolorosos.

3- ¡Sorpresa! Aunque la razón del horror al dolor es oscura, llegar a mi destino abre un camino auspicioso: el futuro, el próximo viaje. Qué riqueza saberme capaz de volver ¡y mejor! Viajar es dejar el lastre del resentimiento  mi memoria– en el polvo seco del camino.

¿Llegar a mi destino? No hay destino. La región puede estar devastada, o ser tan remota que deba comenzar de nuevo. El viaje entonces deberá repetirse. Viajar en la memoria es aprender el ritmo de mi gobernabilidad, mi reserva de bien.  Lo subterráneo del dolor de la herida se hace más asequible y familiar. Comienzo a reinar sobre el sentimiento atávico de mi especie.


El resentimiento nunca sacia el dolor sino que lo transforma. Aunque nadie está en capacidad de perdonar absolutamente, no hay duda que perdonar nos hace poderosos pues nos pone en contacto con nuestras reservas. No necesitamos un juez que dictamine castigo. Y valga decir que el castigo es necesario. 

El perdón nos liberará de la carga tóxica de resentimiento que nos habita (acaso comprendamos mejor la maldad de la especie). Por eso perdonar es también saber sufrir ya que ahora traemos la absolución en manos de nuestra propia mezquindad.

6 comentarios:

A.B dijo...

Perdonar...sí....olvidar no. Asi de taxativo yo viví el perdón de los que pemitieron 40 años de dictadura en mi país. A cualquier alemán de hoy, por ejemplo, hay que felicitarlo porque permieiténdome visitar los campos de concentranción del Holocausto en todo el país....sabemos lo que la historia no debe volver a repetir en ningún lugar del mundo.

atRifF dijo...

gracias AB, pero la historia siempre se repite (con variaciones menores)

Jacobo dijo...

Es de profunda filosofía el artículo y de dificil entendimiento.

"Más bien perdonar redefine el continuum temporal pues le ofrece alternativas. Nos lleva a esa persona que fuimos desde la persona que somos, en busca de la persona que seremos.(sic).

Lo he leído dos veces y no logro atrapar la esencia. Comenzaré la tercera.

Debo llamar al 911. Creo que se me ha creado una hernia cerebral.

En caso que este artículo sea el culpable de tal calamidad...yo lo perdono.

atRifF dijo...

Es que no hay tal esencia Jacobo, pero ya es tarde para eso. El Nuevo Herald y muchos blogs de por acá presentan artículos asequibles. De paso me disculpo y en caso de la embolea que anuncias (((perdóname))).

Jacobo dijo...

Alfredo, te leo continuamente, tu blog es el único de verdadera cultura en esta blogosfera miamense en que vivimos. Es un simple ejercicio de "filosofía cínica." Estilo Mark Twain. Saludos y te felicito sinceramente por este y todos tus artículos.

atRifF dijo...

gracias por leernos Jacobo!
:)