lunes, 26 de enero de 2015

Un cielo que no pecaba de una sola nube


Ernesto González

Me quedé solo, me acomodé en la hierba junto al sendero que separa las tres placas, junto a la tuya. A unas pulgadas está la de recordación a nombre de Jerry, y una bajo la cual yacen las cenizas de Grace, a quienes llamabas dos de los acordes más bellos de tu vida. Hurgué en uno de los bolsillos de mi pantalón y extraje un sobre de carta, amarillo y seco por el tiempo, que abrí y cuyo contenido rocié alrededor de tu tumba. Me quedé unos minutos observando con gusto cómo parte del rociado volaba con una racha de brisa que empezó a soplar. Las cenizas se depositaban sobre las tumbas, los árboles y llegaron al riachuelo que contemplabas como al vecino perenne de tu sepulcro, donde te bañabas los veranos.

Hurgué en mis bolsillos. Saqué la moneda que te había traído de Grecia y la coloqué entre la hierba renacida y verdísima, recostada a la placa en la cual habías ordenado esculpir tu epitafio, más pequeña que las de tus perros. Me asombró ver que la moneda no relumbró a pesar del sol de esa tarde de verano. Pensé que quizás la naturaleza se estaba confabulando con mi rito de agradecimiento, para que la moneda pasara inadvertida, como de cierta forma has pasado tú.

Me tendí, como una tarde hiciera Grace aquí, sobre el pedazo de tierra que habían comprado para enterrar las cenizas de ambas. Habían regresado de uno de esos insoslayables chequeos médicos, donde aparte de informarse de los estragos del cáncer en el cuerpo de la paciente, averiguaban por tratamientos recientes, aunque sus resultados no estuvieran comprobados. Grace, como era usual, se había ofrecido para que probaran en ella cualquier procedimiento o medicina en proceso de desarrollo.

El médico le repitió su agradecimiento, en el tono cortés con que rechazaba el ofrecimiento, y le confirmó que le comunicaría la posibilidad, de presentarse.

Apostaría a que Grace, con su insistencia en ofrecerse de conejillo de indias, podría haberle hecho perder la paciencia en alguna ocasión que él trato de disimular. Y la habrías reprendido, con esa manera suave, juguetona, que usamos para llamar la atención de los niños e intentar que mejoren su conducta social.

Esa tarde te pidió que la dejaras sola un rato. Quería desyerbar el pedazo de tierra que les pertenecía, y tal vez imaginarse qué quedaría de ella sin el dolor generalizado que cortaba su respiración y le impedía dormir, sin la angustia de dejarte sola y enfrentada a rutinas con las cuales no sabías lidiar. Tú asentiste de inmediato, creías en la importancia tremenda de prepararse para la muerte con los recursos que brindara el presente, de pisar despierta el terreno sagrado. Como si lo hubieran acordado entre las tres, tu mascota se quedó y fue a colearle al guardián, quien se acercaba a saludarlas.

Conversaron unos minutos de las trivialidades que disfrutabas compartir con la gente sencilla. Con esfuerzo, sin permitir que la ayudaran, Grace se sentó y comenzó a limpiar el marco de tierra que sería la tumba de sus cenizas. La perra caminó detrás del viejo, y tú te marchaste no sé adónde.

Al regresar, luego de dos horas, e irte aproximando a Grace, la imagen que distinguías acortó tus pisadas hasta detenerlas para contemplar a gusto. Una mujer engullida por el cáncer, que se negaba a morir pero sobre todo a abandonarte, yacía encima de la tierra que pronto guardaría sus cenizas envueltas en su chal favorito. Su rostro y su mirada inmóviles estaban dirigidos hacia un cielo inmensamente limpio de nubes, mientras un viejo correteaba detrás de tu mascota entre las tumbas.

Presenciabas una de esas estancias de la vida, cuyo aroma rebasa lo humano, y que se diluyen de inmediato en el ruido demencial que engendramos. Volviste a caminar, con lentitud, para no interrumpir sino quizás integrarte a esta conjunción de vida y muerte, tan extraña y tan real.

Un viejo ágil, es decir, un anciano que había ascendido hasta la plenitud de su infancia, gritaba, gesticulaba y reía persiguiendo a una perra que ladraba coleando con frenesí entre las lápidas. Y hasta que estuviste a su lado, e incluso después, Grace continuó yaciendo con sus ojos abiertos, sobre su tumba. Y todo, bajo un cielo que no pecaba de una sola nube.