lunes, 23 de junio de 2014

Lluvia de mangos en Miami


Rosie Inguanzo

A ver, expliquémoslo como que deberían talarse todos (o casi todos) los mangos de Miami para plantar (rezando para que se diera igualito), semillas de este árbol de los primos. Otra manera de decirlo sería esta: Los primos deberían echar la casa abajo, demolerla, qué digo casa, la mansión de por lo menos un millón de dólares a una cuadras del mar que ellos mismos diseñaron y es un verdadero lujo moderno —la espaciosa cocina comedor, las habitaciones y el jacuzzi en la segunda planta, la terraza-azotea donde por un costado caen las ramas cargadas de frutos del esplendoroso árbol. Porque es muy probable que esta calidad del mango solo provenga de este árbol en especifico plantado ahí, en el patio de los primos.

No es un mango común, no puede serlo. Es un árbol enorme y frondoso, que tiene para sí casi la mitad de la propiedad. Grande para los lados y hacia arriba como tres pisos de puntal alto. Es un árbol que reina (como debería ser siempre en el caso de un árbol con estas dimensiones y regalías). La vecina de al lado ha podido constatarlo y beneficiarse agradecidamente de las ramas que van a dar a su patio. ¿Quién pudiera quejarse?

Dicho así tampoco surte efecto porque ¿cómo explicar al mango y los mangos que da? Es un árbol suculento y desmedido. Ayer cuando llovió con tanta fuerza como es común que suceda aquí, la prima dejó dicho en un mensaje de texto: “Lluvia de mangos. Vengan a buscarlos”. Y hoy cuando fuimos a recoger la ración generosa que nos toca, pudimos ver que tenían varias cajas llenas de los mangos recogidos; había además muchos mangos por recoger y muchos, muchísimos mangos ya rojos-amarillos, maduros, a punto de caer de las ramas cargadas de frutos en diferentes etapas de maduración. Es como para sentarse en la terraza a esperar que caigan.

Lluvia de mangos tiene que haber sido, qué duda cabe. Una avalancha de 200 a 300 mangos en su punto, propulsados por la persistencia del agua y la magnitud de los truenos. Si a nosotros que nos separaron una porción del total, nos tocaron unos cuarenta mangos.

Imagino la escena: el gran diluvio y el sonido de los mangos jugosos al caer (sí, porque aquí se desatan fuertes tormentas de corta duración pero que pueden desplumar un avestruz o arrancarle el techo de la casa). Dice la prima que en un día cualquiera, durante esta época de año, al sonido de un mango que cae, o de los mangos cayendo (el árbol produce demasiados), pues dice que al sonido del mango sobre la tierra o contra el pavimento, salen disparados los tres a ver quién lo agarra primero; con ellos también rompe a correr Cuca, la perrita de la casa, lista y solariega, adicta a los mangos que come sujetándolos entre las dos patitas delanteras.

Mangos espectaculares, que chorrean almíbar o miel de mango por la piel (¿o he de decir cáscara?); huelen tanto que perfuman el automóvil, las manos, la casa, mientras esperan ser comidos. Como ya empezó el calor fuerte de junio los maduros van al refrigerador para comerse frescos. Y como son tantos y maduran rápido el primo pronto preparará la exquisita mermelada que nos durará hasta después de la temporada. Ni qué decir del sabor de estos mangos. Y mira que en Miami se pueden comer sabrosos en cualquier lado; pero estos superan a cualquier otro; hasta los deliciosos mangos biscochuelos que trajimos del Farm’s Market la semana pasada, son nada comparados al manjar de los primos.

Es todo lo que se espera del mango más sabroso, llevado a la perfección. Además de que cualquier mango de estos produce un gran placer estético.

Es época de mangos, y eso que al principio del verano los primos estaban recelosos porque les parecía que los vientos de la primavera habían desflorado tempranamente al mango y que este año vendrían a cuentagotas. Pero los primeros aguaceros reventaron al árbol y una tiene la dicha de hartarse de los mangos más ricos de la tierra.

Y una nota agridulce: Hoy mientras comíamos mango recordé que en La Habana, el último día antes del regreso a mediados de febrero, descubrimos el paladar Mediterráneo, en G y 13, donde preparan una comida criolla deliciosa. La camarera, que parecía más joven de veintiún años (pero todas ellas responden lo mismo aunque lucen más tiernas), me había ofrecido ensalada de frutas con el agregado de un mango que solo él nos saldría en  6CUC. Trató de vendernos el mango aquel esmirriado, pero no pudo convencernos. No es una pedantería; creo que es una falta al pudor que en el trópico un mango cueste 6CUC, ni aun fuera de temporada, como era el caso. Le dije con algo de pena y disimulada jactancia que jamás pagaría seis dólares (el equivalente) por un mango porque en Miami los encontraba en todos lados y se daban en cualquier patio. Hablé entonces de la abundancia de frutas y productos alimenticios que hay aquí y de la facilidad para conseguirlos; mientras conversábamos la mirada de Yusimi era tan bonita, y vi su ansiedad contenida, como si le pasara una película por la frente.

4 comentarios:

teresa rojas dijo...

enternecedor, mi rosie bella. puedo ver los ojos de Yusimi y sentir su ilusión. ¡Divinos mangos!
T.

judith ghashghaei dijo...

Ay que hilachas tan finas han dejado estos mangos de los primos (genitos).....Ay la pena y disimulada jactancia,..entiendo perfectamente esta mezcla, la cual va seguida de sentimiento de culpa, de pena y penuria propia y ajena Esto nos pasa cuando vamos a cualquier pais de Latinomierdica y experimentamos la vida dentro de esa "piel de mango" magullada, encadenada a criminales gobiernos y a la pobreza de iniciantiva de la gent, esta muchacha incapaz de sembrar un jugoso y puto fruto en el patio de su casa para su propio beneficio;
encima, el pichicato mango que tiene lo quiere vender al precio de una libra de
carne....y claro Yusumi, duele Yusumi. Ay bella Rosotota aqui termino my comment, voy hacer arepitas a los nietos, aqui en Oklahoma City compro sin problems la Harina Pan que no se encuentra en Vzla..... Besith

Miguel Iturralde dijo...

¡Qué belleza de frutas! casi se puede sentir el aroma penetrante de los mangos maduros. A mi traen recuerdos de las tres matas majestuosas que habían en el patio de mi abuela materna.

Te advierto, Rosie, si quieres un árbol de mango con las mismas características del de tus primos, ni se te ocurra sembrar la semilla de uno de los mangos. Lo logras con un injerto de una ramita en flujo del árbol. Esos árboles son híbridos producto de injertos de variedades cultivables sobre patrones de mangos "satos" pero resistentes a patógenos y clima variante. Los mangos de las fotos aparentan ser de la variedad Keitt, o quizá Haden.

Saludos

RI dijo...

Saludos Miguel, qué interesante lo del injerto..??!!

Judith, si, por suerte y por desgracia los venezolanos y los cubanos nos entendemos muy bien.

T., bisous