domingo, 5 de enero de 2014

Selfie: Ser tonto o hacerse el tonto

(James Franco pasando de tonto)

Rosie Inguanzo

A propósito del artículo de James Franco en el The New York Times, The meanings of the Selfie, me sumerjo en el caldo infinito de vanidades que es el universo de selfies donde el actor, que ha sido llamado el Rey del selfie, establece una diferencia entre el celebrity selfie y el selfie corriente, argumentando que el primero consiste en un tome-y-daca que lo mantiene en el candelero de los likes (aprobación justificable en sí misma dentro de la industria), mientras el segundo tipo lo hace para mostrar—ya no decir—cómo se siente, qué está haciendo, etc. Franco explica que el bombardeo de selfies aunque incluye "algo de vanidad" es esencialmente comunicación. Pero no se lo creo ni por un momento. Franco estará cursando su doctorado en Lengua Inglesa en Yale pero se le va en foul esta cuartada. Franco es un buen actor que simula un arranque de franqueza. Pero Franco no está siendo franco.

Propongo un móvil que no reconoce: Franco busca éxito social para seguir siendo una celebridad porque le horroriza perder su estatus (¿el bombardeo de selfies no denota ansiedad?), y en base a su popularidad en Instagram, Facebook, Twitter, etc., seguir siendo coti$$$ado por la industria del cine. No sorprende entonces que en los premios AMA 2013 entregaran a Rihanna el galardón de Ícono (tiene 24 años por Dios) y que entre las razones que dieron para otorgárselo estaban los más de 10 millones de seguidores en Instagram, los 33 millones de seguidores en Twitter, y su fuerza avasalladora en Facebook.

Franco sigue el juego a la industria y los parámetros con que evalúa el potencial humano en dólares. Los números de seguidores se disparan con un selfie de Rihanna en traje de baño o 30 mil seguidores por un selfie de Franco sin camisa, otros 90 mil por Franco saliendo de la ducha, etc. Luego que el selfie sea esencialmente comunicación es una pifia.

Dice Franco que cuando cuelga un selfie inmediatamente le salen miles de seguidores. Lo comprobé llegándome a su cuenta en Instagram. Franco tiene un hermano más joven, Dave, célebre también, que no lo alcanza en números (esta actividad es muy de jóvenes y confesémoslo, a ellos les queda mejor por razones obvias: son más hermosos, más frescos, más espontáneos); sin embargo, cuando Franco sube una foto con su hermano para lograr el millón de seguidores nos manipula. Franco también sabe esto, pero no lo dice explícitamente. Se justifica argumentando que cuando postea un poema o un proyecto artístico ahuyenta a sus seguidores y apenas consigue likes y pins. Ah, por supuesto, los seguidores de Franco son selfiers también, aunque de mediopelo. Dice que la atención que busca el celebrity selfie se traduce en poder:
And attention seems to be the name of the game when it comes to social networking. In this age of too much information at a click of a button, the power to attract viewers amid the sea of things to read and watch is power indeed. It’s what the movie studios want for their products, it’s what professional writers want for their work, it’s what newspapers want — hell, it’s what everyone wants: attention. Attention is power.
¿Pero acaso nuestra afición por el arte y vocación por la poesía debemos traicionarlas para complacer a la maquinaria hiperbólica? Qué ingrato. Para ser cotizado en Hollywood no basta con ser buen actor, guapo, inteligente y sensible —¿y quién puede reprochárselo mientras gana millones?

Si el selfie se justificara simplemente como poderosa arma de comunicación cabe la pregunta: con esta práctica ¿qué comunicamos?

Franco menciona el aspecto no verbal que conlleva esta actividad, lo que es al menos una simpleza. Dejemos a un lado el reproche de a quién diablos le interesa si fulana se sacó una muela o si mengano está aburrido y ocupémonos de lo no verbal del asunto. ¿Debemos conformarnos con una sociedad y unas redes sociales (de tarados) que no necesitan o no pueden comunicarse verbalmente, haciéndolo por medio de autorretratos monótonos e insulsos —porque para que un selfie tenga fondo hay que tener ideas paseándose por la mirada y palabras para la imaginación? Y por si usted no lo sabe, pensamos con palabras.

Por lo que lo no verbal del selfie tiene sus problemas, corroborando la sospecha triste de que esta generación corre el riesgo de estar dando un paso atrás, regresando a la comunicación pre-hablada de nuestros ancestros en las cavernas. Porque donde no hay sustancia algo se pierde. Una sustancia que es un legado y una responsabilidad.

Ojo con el selfie. Tal vez falsificamos nuestras vidas. Nos jactamos de la apariencia, nos presentamos mejorados y también (sin querer) revelamos lo peor de nuestras vidas (y el pequeñísimo valor que le damos dedicándonos a actividades baldías), lo vacíos que estamos, y en el peor de los casos evidenciado una pompa injustificada (somos insignificantes). Chuchería y vanidad para consumo de tontos. Incontables selfies multiplicándose en el caldo infinito de selfies comunican egoísmo y banalidad (y somos libres de hacerlo), pero ¿esto hay que diseminarlo? Porque a diferencia de un poema o una gran obra arquitectónica, el selfie y el belfie (selfie de trasero) mueren enseguida, su oxígeno es la gratificación instantánea. El famoso belfie desproporcionado de Kim Kardashian, a todas vistas antinatural, exhibe el volumen de silicona implantada, sus millas de recorrido por la cirugía estética y lo ingravitacional de la carne rellenada; pero también pudiera mostrarnos (o estar mostrando a larga distancia) la vida en su esplendor y su decadencia, el gesto que busca un significado. ¿Es de fiar un trasero (polifemo y con el ojo oculto) al que no se le ve el alma? ¿Cómo imaginarla cuando tan poco queda a la imaginación?

(Kim Kasdashian siendo tonta)
Dentro de la relación simétrica con los amigos y conocidos de Facebook pervivo como observadora emocionada. Hace unos días un amigo subió un selfie-part espantoso del dedo del pie recién operado. ¡Qué cosa más fea por Dios! Por supuesto que mi amigo (cariños aparte) salió mandado de mi campo de mira (es una opción al alcance en Facebook no tan grosera como expulsarlo del círculo de amigos). Pero, ¿cómo se les ocurre que estas fealdades y minucias íntimas puedan interesarnos? Es triste descubrir que personas con las que no hemos tratado en mucho tiempo (lo que revela afinidades electivas) devienen insignificantes y apocadas ya no ante nuestros ojos sino en sus propias vidas. (Me quedo mil veces con el selfie último de Rihanna en babydoll y sin embargo tampoco me interesa Rihanna en babydoll.)

Selfie y belfie entre los más jóvenes es un tema al que hemos dedicado discusiones interesantes en clase echando mano al arte para hallar alternativas (sí, pidiéramos comunicarnos más sustancialmente si lleváramos vidas más interesantes). Ana Mendieta trabajó el autorretrato —del que sobran ejemplos en la historia del arte.

(Ana Mendieta sin un pelo de tonta)

Cindy Sherman por ejemplo, lleva décadas tomándose selfies que juegan a ser otra. Y hay un meollo en su trabajo que reta los más aburridos y tontos selfies de capirote.

(Cindy Sherman se hace la tonta)

Será que en el pasatiempo de selfier/belfier se pierde la capacidad de vivir las cosas, vivirlas desde adentro. Porque el selfie viene acompañado del reporte instantáneo de lo que no se reflexiona ni disfruta inconscientemente—y tal vez se es más feliz cuando no se sabe.

Vaivén de la moda que combina frivolidad y reafirmación de la personalidad (¿pero esto no tuvimos que resolverlo en la adolescencia?). El selfier adolescente se justifica más que un adulto pero selfiar no deja de tenderle una trampa. Ayer llamé la atención a una querida amiga que mientras contemplábamos Miami desde la sólida azotea de un rascacielos de Brickell ella no paraba de tomar fotos contra el paisaje y postearlas desde el teléfono. La brisa invernal abatiéndonos, el espléndido cielo sobre nuestras cabezas, la ciudad iluminada de verdes, azules, amarillos, rosa neon, el río como una cinta de plata oscura, las arterias de concreto de las carreteras, y ella desviviéndolo.

Porque ante la tontería desproporcionada una se resiste, no a dejar de tomarnos un selfie de ocasión, una se resiste a ser absorbida por el autobombo ridiculizando el paradigma narcisista como filtro baldío del presente. Una se resiste a dejarse colonizar por la banalidad.

4 comentarios:

A.B dijo...
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A.B dijo...

"El arma no hace al asesino sino la intención"
El selfie se ha convertido en una moda a tal punto que pudiéramos creer que sería el narcicismo su significado subyacente. Y parte de razón hay...pero yo tengo que agradecer que debido a su existencia siento que mi hija me quiere y aquí les envío la prueba de ello
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=392176170883147&set=a.109663349134432.11147.100002723022389&type=1&theater Bueno no sé si va a funcionar y podrán ver la imagen

Un abrazo...

Amilcar Barca

atRifF dijo...

selfie y una continuaciOn: http://mbourbaki.blogspot.com/2014/01/james-francos-selfie-cogitations.html

Unknown dijo...

mi opinión respecto selfie es que la gente puede obtener de manera auto- indulgente en ellos yo que la gente pierde su verdadero yo.

Marco Lainez