miércoles, 3 de febrero de 2010

La sopa cuántica

Ernesto González

Salinger se fue y ocurrió lo impensable: el mundo empeoró. No es que se multiplicara el miedo a lo que no entendemos, aumentaran las muertes de inocentes en las guerras y más jóvenes soldados quedaran sin posibilidad de vivir a plenitud. No me refiero a la repetición de esos horrores, sino al olvido de lo que somos: una sopa cuántica. Salinger, a su manera, nos lo dio a conocer con su obra y con su persistente encierro.

Gurdjieff receta el recuerdo de sí (self-remembering), como contrapeso a ese olvido. Una receta demasiado complicada e indigesta, por lo efectiva. Asegura la inexistencia del pecado, la caída y toda la manipulación milenaria que les sigue. Sin pecado no hay pecador ni iglesia salvadora, no hay misa, escuela dominical ni lavado de cerebros, vírgenes húmedas y paraísos. No hay un ser castigador sino leyes que violamos consciente o inconscientemente. Actuamos así por un profundo olvido de nuestra naturaleza.

La física cuántica ha confirmado lo que somos. Para Gurdjieff y sus seguidores, convertirnos conscientemente en lo que somos es la única disolución del hombre de la caverna que todavía nos habita, y por consiguiente, del final del odio, de las guerras (de la guerra personal, como la de Holden, el protagonista de “El guardián del trigal”), de la religión como la conocemos. En un futuro bastante lejano la palabra dios quedará sustituida por el término absolutamente populista de sopa cuántica.

Salinger previó que nos demoraríamos bastante en asumirnos como sopa aunque la ciencia ya lo hubiera proclamado. Decidió, entonces, recordarnos el asunto desde su reclusión, aseverando que estaba en este mundo sin pertenecer a él (sino a la sopa). Su pertenencia a este mundo, sin embargo, está de hecho probada por su legado, pero en esa contradicción fundamental hay una visión profunda. Y otro legado no literario (sopero).

Primero, en la infancia, Hucleberry Finn y Tom Sawyer definieron lo que para mí iba ser literatura. Durante mi adolescencia, Holden estableció la manera en que me acercaría a los textos, para disfrutarlos y reinterpretarlos a través de los que escribiría después. El ejercicio intelectual per se carecía de atractivo. Sólo la visión, la conexión emocional (sopera) con un personaje, con una historia, harían posible el disfrute de la lectura y su reinterpretación, su inmersión en el proceso creativo personal. Su recreación. Una autoridad de la talla de Humberto Eco lo ha asegurado: no se escriben libros nuevos.

Holden, el adolescente cuyo sueño era cuidar a los niños mientras jugaban en un trigal, era también el rebelde, el traicionado, el afanado en saber, y encarnaba de manera perfecta al adolescente de antes y de siempre. Esa preciosa, indescriptible energía del aquí y ahora, destruida por el tiempo, el dolor y las frustraciones a las cuales nos apegamos sin sentido.

Holden sigue atrayendo a los jóvenes de cualquier cultura, pruebas sobran. Salinger no merece la citación de cifras de venta, de traducciones ni de los estudios que su obra ha suscitado (ni de las demandas con que intentó protegerla). Las cifras se vuelven sombrías, son insignificantes y hasta irrisorias cuando se trata de describir la influencia de un autor en/y por encima del campo literario. Que las cifras sean enormes en este caso, es sólo un accidente feliz, regocijante para sus admiradores.

Leí la historia de Holden en mi adolescencia, con apuro porque era un libro prestado. Me reencontré con él en mi madurez, cuando una excelente profesora y amiga lo citó. Una mujer mayor que había redescubierto el frescor de su propia adolescencia a través del personaje. Mi amiga adoraba la frase «Eso me mató», que Holden nunca se ahorraba durante cada ocasión en que la realidad lo impresionaba con su dolor, su desconcierto, además de su belleza y su misterio. El personaje parecía estar siempre maravillado ante la vida, y continuaba receptivo, sensible a ella, aun con sus máscaras y ropajes infinitos.

La frase de inmediato pasó a formar parte de una complicidad mantenida con mi amiga desde aquella tarde en que me regaló un ejemplar de “El guardián del trigal”. Cuando padecíamos situaciones como las de Holden, nos mirábamos, y luego, entre personas de confianza repetíamos nuestro sutra. Una especie de vacuna contra el odio, de limpieza sin hierbas ni santero ni santo.

Gurdjieff, georgiano (de la Georgia pre-URSS), que no era escritor (aunque escribió), cuyo escaso domino del ruso y del inglés no lo callaba en presencia de sus seguidores rusos, ingleses y norteamericanos, ¿qué puede tener en común con Salinger? En apariencia, muy poco: sólo haber dado con la prueba adelantada de que somos una sopa cuántica.

Y con respecto a mí, el hecho de que al (re)leerlos a ambos todavía me hacen repetir con la misma intensidad y maravilla de Holden: Eso me mató.

7 comentarios:

sonora y matancera dijo...

"What he was doing, he was giving her a feel under the table, and at
the same time telling her all about some guy in his dorm that had eaten a whole bottle
of aspirin and nearly committed suicide. His date kept saying to him, “How horrible...
Don't, darling. Please, don't. Not here.” Imagine giving somebody a feel and telling
them about a guy committing suicide at the same time! They killed me."

"It was about this little kid that wouldn't let anybody look at his goldfish because he'd bought it with his own money. It killed me. Now he's out in Hollywood, D.B., being a prostitute. If there's one thing I hate, it's the movies. Don't even mention them to me."

nothing like the original killing. nunca leí la versión en español, y siento que "me mata" no tiene el poder idiomático de "you-he-she-it-they kill me" como lo usa JDS, jerga de aquellos tiempos que hoy como que ha perdido su double-punch. killing has become so common-place.


muy buena pieza, Ernesto, aquí, congelándonos juntos. saludos.

R.L.R. dijo...

Muy buen post, Ernesto. Yo lo leí en el 81 en la primera edición que se hizo en Cuba, creo que por Arte y Literatura.
Sonora, tengo pendiente esa lectura en inglés. Es cierto que el original es siempre insuperable.

Anónimo dijo...

Felicidades Ernesto. Siempre te leo.

JR dijo...

Bien por Ernesto. El post de Iván: Fine Oak Macallan.

Anónimo dijo...

Aunque reconozco no haber "probado" esa sopa cuántica me ha encantado la manera en que unes a Salinger y a Gurdjieff. Me has traido mis propias asociaciones a propósito de "El Guardián...", libro que otro Ernesto me prestó para iniciarme en esa experiencia llamada Salinger, experiencia que golpea fuerte, sin duda. En cuanto al otro, recuerdo cómo unas estudiantes de teatro se maravillaban con la genialidad del ruso (que no era ruso exactamente) pero a mí no se me quitaba de la cabeza la sombra de Katherine Mansfield muriendo en aquella propiedad entre las vacas. Eso me mató. Pero volviendo atrás, me ha gustado tu escrito.
Cristina

Ernesto dijo...

HAY UNA MALA INTERPRETACION (INCONSCIENTE, CREO) A PROPOSITO DE LA MUERTE DE LA MANSFIELD. EXISTEN TEXTOS DE LOS ALUMNOS DE G. QUE ACLARAN MUCHO ESTA ANECDOTA, AL IGUAL Q. MUCHAS TERGIVERSACIONES SOBRE LA VIDA DE G.
PARA SONORA Y MATANCERA: ADEMAS DEL FRIO COMPARTIMOS LA REGION DONDE NACIMOS, POR LO Q. DICES. SOY DE COLON, MATANZAS. MUCHOS SALUDOS
UN ABRAZO A TODOS Y GRACIAS POR LOS COMENTARIOS.
ERNESTO

Anónimo dijo...

Yo tambien usaba esa frase en complicidad con mi mejor amigo cuando estabamos en la secundaria. Comenzamos a repetirla después de leernos la novela de Salinger que "nos mató" a los dos. Y también nos divertíamos mucho repitiendo ese mantra privado frente a los cheos o los cafres que no entendían de qué nos reíamos.