jueves, 13 de agosto de 2009

Kavafis, mis aventuras con Severo y los dime-que-te-diré de Miguel, Pepe y Guillermo


Ramón Alejandro

Porque a cierta hora de la tarde cuando el sol ya se ponía demasiado difícil de soportar afuera y la playa estaba en candela con todo el entra y sale de las cabinas privadas y el ajetreo consecuente entre los maricones españoles y sus chulitos moriscos, las gentes de letras y de buen gusto (que supuestamente éramos aquellos que constituíamos esa pandillita tan selecta de parisinos que se metían en el salón de Manolo a distraer sus ocios con la amena conversación). Entre una entrada y una salida de alguna tranquila pareja de acoplados varones a los cuartitos de alquiler cuyas puertas daban al simpático saloncito reservado a la conversación de los respetables pretendientes y a los primeros encuentros, tanteos y negociaciones entre ellos y sus futuros amantes. Manolo se informaba previamente con muchísimo tacto de los gustos de cada nuevo cliente, y mandaba a alguno de sus chiquillos recaderos a buscar al cuerpo del deseo que estaba posiblemente trabajando en alguna cerrajería, carnicería o carpintería cercana dentro del mismo recinto de la Medina.

En lo alto de una escalerilla que subía discretamente a un altillo en penumbra se escuchaban las risitas de los menores que esperaban también a sus clientes jugueteando entre ellos con los pasatiempos propios de su edad. François, Orland, Severo, Fernand y yo mismo estábamos a menudo presentes a la hora de las siestas, pero sinceramente no recuerdo que ninguno de nosotros haya pedido a Manolo la realización de sus sueños, o si lo recuerdo debe ser seguramente que no quiero decirlo, porque algo se me tiene que quedar por contar. Lo que sí recuerdo fue como un señor español de una gran elegancia y de muchísimos años de edad, al saber que yo era cubano se alebrestó mucho y me conversó animadísimamente sobre lo bien que la había pasado cierta vez que pasó algunos meses en Cuba. Y al yo preguntarle, por seguirle amablemente la corriente, que cuando había sido eso, el viejo aristócrata me respondió que había sido en el año de 1913. Esa fecha me recordó un poema de Cavafy que lleva por título justamente Días de 1913. Que hay vidas enteras que están dedicadas al disfrute de los cuerpos de los muchachos, y que no todas ellas dejan traza de las voluptuosas horas que pasaron enfrascados en ese delicioso devaneo como lo hizo Constantino con la vida que vivió en Alejandría.

Porque es todo un mundo ensimismado en esos densos placeres el que está constituido por tantos puertos que van desde el Mediterráneo al Caribe. Y por todas las orillas de los vastos océanos que recubren la mayor parte del planeta, ya sea Alejandría, La Habana, Nápoles, Lisboa, Atenas, Río de Janeiro, Valparaíso, o Santiago de Cuba. Y tantos otros más donde durante algunos años y debido a circunstancia sociales o económicas favorecedoras se desarrolla el mismo tipo de prostitución masculina. Que en Cuba tomó el nombre novedoso y posiblemente pasajero de "jineteo" durante el llamado período especial en tiempos de paz de los últimos diez años del siglo XX.

Cuando por allá por el año 1967 vino desde Cuba un grupo de intelectuales a acompañar la presentación en el Teatro del Odeón de La Noche de los Tarambanas de Pepe Albaicín, Fernand se alborotó mucho y dio una fiesta para ellos. A ese apartamentico encantador en el que yo había estado viviendo con Fernand desde hacía poco más de un año vinieron esa retahíla de gente de teatro y escritores, arquitectos y seguramente los segurosos de servicio encargados de vigilarnos a todos. En esa ocasión fue que conocí a Miguel Bartlet quien acababa de publicar a penas un año antes con un inmenso éxito su Biografía del Prieto Macarrón. Cuando nos pusimos a hablar del tremendo talento de poeta que tenía Severo, Miguel me dijo una cosa que siempre recordaré; "Severo como yo, necesitamos de Cuba para hacer nuestras obras, yo volveré siempre a Cuba, no porque sea revolucionario, sino porque Cuba me es indispensable para mi obra. Si Severo se queda a vivir definitivamente en Francia su talento se le disolverá como si fuera sal y agua". Y Pepe Albaicín que estaba escuchando disimuladamente esta conversación, me dijo un poco después al momento de despedirse haciéndome un guiño: "Y yo para lo que vuelvo a Cuba es para hacer contrarrevolución". Unos pocos años después venía a vivir definitivamente a Paris, donde por cierto, él tampoco nunca escribió ninguna nueva obra que tuviera alguna importancia, confirmando lo que Miguel me había dicho refiriéndose a Severo.


Ya en sus últimos tiempos Severo me empezó a llamar bastante a menudo por teléfono. Una de esas veces me pidió que le leyera las páginas de Antes que anochezca, la biografía de Reinaldo Arenas en la éste le había dedicado algunas crueles burlas y unos cuantos insultos bastante violentos y lo había arrasado despiadadamente denigrándolo como escritor. Y tuve que cumplir esa ingrata tarea, porque él no quiso ni siquiera comprarse un ejemplar de ese maldito y divertidísimo libro, como tampoco quiso hacerlo Guillermo Contreras Zabaleta. Y fui yo también quien tuvo que leerle por teléfono las páginas que le correspondían. Ya en esos tiempos Severo no quería ni tratar con Guillermo, me decía exasperado: "Es un aura tiñosa, tan solo le preocupa saber en que momento justo yo me voy a morir, para ser el primero en hacer el obituario en El País de Madrid, y seguramente para decir que fui maricón que es lo único que sabe decir de la gente".

Cuando Guillermo se dio cuenta de que era voluntariamente que Severo no le contestaba sus llamadas, empezó a llamarme a mí a ver si yo lo podía poner al tanto de los últimos avances de la lenta agonía de Severo, y éste me prohibó terminantemente darle la más mínima información sobre su salud. Desgraciadamente, Severo tenía toda la razón, porque a penas murió, Guillermo se disparó sus consabidas gracias tan a menudo bastante pujonas sobre el difunto, poniendo de realce el hecho de que había muerto de sida y todos los demás detallitos específicos referentes a su mariconería como bien se lo temía el sabichoso occiso.

9 comentarios:

el cabron dijo...

No soy homosexual.. pero Ramon como siempre genial.

A.T. dijo...

De acuerdo, Cabrón

Feminista dijo...

Ramón: Te imagino como un niño travieso.

JR dijo...

Las crónicas de Ramón son estupendas. No solo es la pintoresca audacia con que describe la órbita de su vida, sino que además documenta la idiosincrasia del talento gay en su interacción con la dinámica bohemio-farandulera.

Willi Trapiche dijo...

Guitar legend Les Paul has died

El huevo del ojo dijo...

Como siempre, brillante. Genial, el otro. Aunque da igual a fin de cuentas y las definiciones poco encierran.

"...la órbita de su vida" JR, el hombre anfibológico. Sutileza de actualidad científica esa. Seguro Ramón no deja de darle la misma cara a Severo que desde el marasmo de la muerte asecha.

Anónimo dijo...

Buenísima lectura. -No hay nada como la experiencia de conocer la gente de que se habla.

Eon Flux dijo...

... "Severo como yo, necesitamos de Cuba para hacer nuestras obras, yo volveré siempre a Cuba, no porque sea revolucionario, sino porque Cuba me es indispensable para mi obra...

Esa es la tesis de los segurosos de la cultura castrista.

Si nos guiaramos por semejante tonteria, Jose Marti no hubiese escrito nada!!!

Anónimo dijo...

Ese Ramon es un cuentero de los tres pericos, alla quien le crea sus boberias.