martes, 14 de julio de 2009

Sonatina


Ramón Alejandro
Ilustración: Mark Ryden

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida! ¿Porqué vuelvo de nuevo a este país, como mosca empecinada tratando de volar a través del vidrio de un ventanal cerrado? Al ver la luz que lo atraviesa ya siente que surca el espacio que se extiende ilimitadamente a las afueras. Tomando su deseo por una realidad, se imagina que su cuerpo puede penetrar esa resistente transparencia. Porque apenas se aterriza comienza el incesante asedio, desde la misma aduana. Luego no hace más que continuar desplegándose bajo diversas formas. El acoso no solamente viene de los palestinos uniformados ni de los mulatos peligrosos cazando eventuales víctimas de sus encantos. El asedio surge simultáneamente de innumerables fuentes. Es el vidrio mismo a través del cual la mosca de cabeza blanca cree poder traspasar. Palpita en cada uno de nuestros corazones. Fracaso a fracaso y golpe por golpe voy a terminar por entender, y entonces podré abandonar mi insensato empeño. Hazme daño, abusa conmigo a ver si por fin escarmiento. -Qué va, tu ya no escarmientas.


La princesa está triste. La princesa está pálida. Sin embargo, anoche le pedí que me dejara solo, lo aburrí adrede. Me puse a leer mientras él jugaba con su aparatico de música y se filmaba a sí mismo esperando el momento de volver a lo mismo. Le expliqué que esta noche no podía más. Para disuadirlo, le dije que la fecha de mi partida se acercaba y eso me ponía demasiado triste. Que ya estaba cansado de tanto amor en rama. Pero volvió borracho de madrugada. Fingiendo necesidad de caricias. Diciéndome que era justamente porque el momento de la separación ya se acercaba que mejor valía aprovechar el poco tiempo que nos quedaba para saciarnos mutuamente de nuestros cuerpos. Sonaban falsas sus palabras, hablaba como los actores de las telenovelas brasileñas dobladas en México. El sonido de sus palabras no correspondía exactamente al movimiento de sus labios. Mientras se enjuagaba bajo el titubeante chorrito de agua que caía de la ducha insistía para persuadirme, tocándome sabiamente para despertar mis deseos. Me contó que pasando frente a un bar se había encontrado unos viejos amigos de cuando estuvo en el servicio militar y que después de algunos tragos los había dejado para volver a verme dicéndoles que tenía una mujer de la cual estaba enamorado. Que era la primera vez que tan sólo por verse a solas con un alguien había abandonado la juerga entre amigos. Luego de declamarme torpemente su pasión arregló con esmero sus pantalones y camisa blancos, bastante arrugados, sobre el respaldar de una silla y se dispuso a entregarse a mí. Como si diera por descontado que a pesar de mis remilgos mi tácito deseo era empezar de nuevo. Cuando se echó boca arriba a todo lo largo sobre la cama ya se había hecho realidad su calculada previsión. A pesar de todas sus torpezas y el olor a cerveza que lo envolvía, aún después de la ducha, la visión de su cuerpo extendido con toda su elegancia a cuestas me hacía recordar a un San Juán que desnudándose de sus pieles de carnero se hubiese escapado de un icono bizantino para andar suelto y sin vacunar por entre las ruinas de la ciudad.

Entré en su juego y me dispuse a cumplir con mi papel de amante como cada vez que a él le venía en gana representar el papel de amado. Sabía soberanamente dejarse querer y nuevamente yo entraba en su juego. Me pidió que me callara poniendo su dedo sobre mi boca. Como queriendo monopolizar durante esta mañana todos los discursos. Ahí sólo él declamaría sus mentiras, y no habría libertad de expresión para las mías.

En eso estábamos cuando escucho la voz de Jorge llamándome por mi nombre desde la puerta del apartamento. Inmerso en los prolegómenos del placer intento no responder, hacerme el dormido. Pero la voz de Jorge tiene acentos de urgencia, hay una alarma en su insistencia. Me envuelvo en la sábana y asomándome por la puerta entreabierta le pregunto qué es lo que sucede. -Unos negros con cara de asesinos están buscando a Maikel, subieron a la azotea y tocaron destempladamente a nuestra puerta muy temprano, saben tu nombre, y me enseñaron su carnet de identidad. -Las cosas que me pasan a mí no le pasan a nadie, caballeros. Comentó por lo bajo el San Juán bizantino mientra se volvía a vestir con parsimonia. -Es mejor que no salga ahora porque lo están esperando afuera. Me acerco a la persiana del balcón que hace esquina, y la dispongo de manera a abarcar toda esa encrucijada con la mirada. En efecto, hay tres negros y cuatro negras con pinta de venir directamente del reino de Ampanga en la legendaria Angola. Se agitan y miran hacia el tercer piso en el que nos encontramos, como si pudieran ver a través de las persianas desde el nivel de la calle. ¿Quiénes son y cómo saben mi nombre? ¿Cómo saben que vivo ahí, y porqué tienen el carnet de identidad de Maikel? Jorge me confiesa por lo bajo que sospecha que sea una encerrona calculada por Maikel para introducir a sus compinches en el edificio. Pero en seguida me dice que Maikel Jesús no debe salir a enfrentarlos ahora porque son gente maleante. Parece no poder decidirse entre las dos versiones de los hechos que se disputan su entendimiento. Según una de ellas, Maikel es cómplice de esa pandilla de delincuentes que quieren llegar a mí para sacarme dinero. La otra es que van a entrarle a golpes a Maikel para vengarse de no sé que afrenta, o robarle sus ropas, o la cámara fotográfica digital. Después de unos instantes de perplejidad durante los cuales llega Regina mostrando todo el azoro que el sobresaltado despertar le causa. Todavía no son las siete y media de la mañana y la calle aún está bastante vacía. Tan sólo gesticulan y se hablan entre ellos a voz en cuello los miembros del ominoso grupito que se aleja un poco pero que espera firmemente en pié de guerra la llegada de Maikel, no se sabe porqué.

Después de posar con esmero el breve y niquelado prisma restangular de la máquina digital que yo le traje de México, sale Maikel a hacerle frente a los prietos de cara patibularia, mientras observamos desde detrás de las persianas Jorge, Regina y yo. Se enfrasca con todos y cada uno de ellos succesivamente en una intensa palabrería con mucho manoteo desde diferentes poses, adoptando diversas posiciones coreográficas mientras se van desplazando de una acera a la otra, ocupando todo lo ancho de la calle con su parlamento. Regina no cree que Maikel sea parte de ningún complot. Jorge dice alzando las cejas que él conoce a su gente. Abajo la palabraría parece no terminar nunca. Me pongo a comentar la rara cualidad que tiene Maikel Jesús de provocar incidentes espectaculares. Sobre todo cuando bebe. Recuerdo que en la época cuando manejaba un bicitaxi se le atravesó fortuitamente un palo de escoba entre los rayos de una rueda paralizándole en seco el vehículo, dio una vuelta de carnera por encima del manubrio y fue a dar con su frente contra el farol de un taxi rompiéndolo. O la vez que puso un vaso de agua sobre una computadora y al vertirse el contenido encima de ella provocó un corte circuíto que la achicharró en su propia tinta. Otra vez volviendo a las cuatro de la mañana después de un concierto en Alamar cruzó el túnel caminando desde la otra orilla de la boca de la bahía y a la salida lo recogieron los guardias y lo tuvieron preso hasta el siguiente mediodía mientras estuvieron investigando que no fuera a ser un malintencionado terrorista. Llegó una mañana tan cubierto de mierda que hasta se le llenaron los zapatos por dentro, porque en su nota se resbaló encima de un reguero colectivo de diarrea. También terminó preso la noche que saliendo solo a orinar a las tres de la madrugada contra uno de los pilares del portal de su casa, unos turistas uruguayos le preguntaron donde podrían comprar una botella de ron a esas horas. En eso llegó la patrulla y se lo llevaron, como de costumbre, acusado de asedio al turista.

Pero la vez aquella que culminó con mi forzoso encuentro con su madre fue la que le puso la tapa al pomo. Su buen corazón le costó pasarse dos noches aislado en la celda de una cárcel de Guanajay. La muchacha que se había prestado a ser poseída por él delante de mí y del chofer que yo tenía contratado, al no recibir el acordado y merecido pago por sus complacencias sufrió un ataque equizofrénico y Maikel tuvo que alquilar un carro para llevarla a su casa. Al llegar en plena noche al pueblo, los padres lo acusaron de aprovecharse de su pobre hija enferma. Mi tarjeta de crédito no funcionó porque el dia anterior yo había pagado con ella el alquiler del carro por un mes y por el resto de esa semana mi crédito ya estaba agotado. Era la víspera del 26 de julio y todos los bancos estarían cerrados. El chofer llevó a su madre a Guanajay ya de madrugada y al enterarse de que yo estaba en La Habana se dio cuenta de que no era Rocío, esa amante española que había inventado Maikel para justificar los frecuentes regalos que yo le hacía. Que el maniroto que así lo agasajaba tan magnánimemente era José Ramón, el supuesto amigo de Rocío.

-Yo sé muy bien cual es el carácter de sus relaciones con mi hijo. Me dijo lo más secamente que pudo con ese jadeo característico con el que suelen hablar lo obesos, sin poder levantarse del asiento en el que estaba empotrada por el execeso peso de sus desbordantes carnes. A partir de esa madrugada ese acontecimiento dio origen a una situación de perpétuo chantaje, pues para hacerla soportar la afrenta que representaba para la honra familiar el jineteo de su hijo, tuve que ir contribuyendo aún más abundante y frecuentemente al mantenimiento de los cinco miembros con que contaba su familia. María es humilde de profesión, y santera por vocación. Y por el beneficio de lo regalitos que le hacen sus numerosos ahijados.

Poco a poco nos vamos sosegando los tres, y Jorge y Regina se retiran a empezar su jornada dejándome solo. Yo aprovecho para advertirle por teléfono a María que esa noche unos maleantes le quitaron el carnet de identidad a su hijo. Mientras le hablo, como en esos momentos él está llegando a su casa, ella le pregunta en directo si tiene su carnet. Por supuesto que no lo tiene. -Vaya regalo de cumpleaños que me ha hecho, rezongó resignada. Si no se lo advierto yo capaz que no se lo dice y anda despreocupadamente por esas calles del Demonio sin ninguna identificación encima, como cuando su hermana le metió en la lavadora el documento que había quedado por inadvertencia dentro del bolsillo de su pantalón. Aunque no pudieron encontrar el coche del presunto delito se lo llevaron preso a Santiago de las Vegas cuando me esperaba en el aeropuerto a la llegada de mi vuelo, porque algún desconfiado uniformado presumió que estaba boteando y buscaba turistas que llevar ilegalmente a la ciudad. Sin carnet hubiera quedado de nuevo a merced del asedio de esos orientales que no pierden ocasión de llevárselo a la comisaría con el menor pretexto. La princesa está triste. ¿Qué tendrá la princesa?

Qué va, a mí este muchacho no me conviene, ya no estoy para tanta intranquilidad y sobresalto. La vida con él no tiene sosiego. ¿Y todavía quieren que me lo lleve a vivir conmigo al extranjero? Por cierto que es el país entero lo que tampoco me conviene. Esta majomía constante en la que se vive no me interesa. Ya sé que a mis años no voy a encontrar amante más diestro ni más hermoso en ninguna otra parte del mundo. Aquí es el único lugar en que me puedo dar ese lujo. Los suspiros escapan de su boca de fresa.

9 comentarios:

Raysa dijo...

Que lindoooo Ramon.

Anónimo dijo...

Ramon ya no te queda nada por confesarle al publico.

Anónimo dijo...

Poca gente ha entrado a dejar comentarios... debe ser lo despechado del mensaje.

Anónimo dijo...

LEEN ESTO Y SE QUEDAN PATIDIFUSOS. ES DEMASIADO SINCERO Y DEMASIADO EQUIVOCADO.

Feminista dijo...

La lección que puede aprenderse del cuento es que nuestros sentimientos y la realidad no siempre concuerdan.

A.T. dijo...

Feminista: Creo que en eso tienes la razón.

WAOH dijo...

Qué maravilla de cuento.
Felicidades a Tu miami porque estas lecturas son de catarsis colectiva. Qué deliciosa locura!

Terentius dijo...

Donde pone Ramón la mente no queda mente de mojigato con hueso sano. Aquí suena una historia más común de lo que quisieramos, con la belleza de los acosados por la parca y el deseo.

Anónimo dijo...

me he leido todo esto y pienso que este pobre hombre es un poco histerico y sobretodo exhibicionista. Es su derecho pero un poco de pudor no le vendria mal.