jueves, 16 de julio de 2009

Paranoia con pachanga



Rafael López-Ramos

Sonaron los primeros acordes de Hotel California y ambas parejas empezaron a bailar en un gesto casi automático, que algo tenía de ritual, pues en aquellos días la pieza de Eagles dominaba las ondas radiales de gran parte del planeta, marcando todo un hito musical entre los jóvenes. Boris colocó sus manos en la cintura de Irene, ella las suyas en los hombros de él y comenzaron a girar despacio, siguiendo el ritmo de la música. Los ojos y las bocas de ambos quedaron frente a frente, muy cerca, y se dijeron las cosas sin aparente propósito que suelen ser dichas a esa edad en tales circunstancias, mientras sus cuerpos intercambiaban el diálogo real, cuyo tema evidente era la armonía, que inmediata y naturalmente se instaló entre ellos, atraída por el movimiento coordinado de sus cuerpos como si fuesen su propia imagen reflejada en un espejo. En plena era moderna el baile seguía obrando su parte ancestral en el ritual de conquista amorosa. Si la fémina aceptaba bailar una segunda pieza, casi siempre permitía o propiciaba un mayor acercamiento corporal que él trataría de hacer más estrecho, hasta que se producía una erección, la cual ella también disfrutaría con disimulo hasta que, un par de piezas más tarde, acababa reclinando su cabeza en el hombro de él, como signo de consenso total y luz verde al próximo paso: besos en el cuello, que pasaban inmediatamente a los labios y la lengua, esa otra ancestral comunión erótica con que sólo los humanos preconizamos el acto supremo de la cópula.

Así, en medio de la tiniebla y la nube de humo, Irene y Boris, Liliana y Pepito sentían retumbar en sus pechos aquel alud de decibeles y llegaban a palpar una especie de Gloria o pequeño Nirvana, abrazando a su pareja y dejando sus cuerpos fluir en el suave contoneo de la danza, movimiento casi terráqueo pero forzosamente reducido a la rotación, pues era imposible toda traslación en aquel espacio abarrotado por otras parejas en idénticos giros planetarios y cósmicas fricciones de cintura.

Entonces, a pesar del calor sofocante, el humo de tabaco que dominaban el local y el sudor que pegaba a sus cuerpos las ropas sintéticas de moda, todo podía llegar a ser mágico y perfecto si empezaba a sonar algún bolerón en la voz de José Feliciano, quien llevaba años prohibido en la radio nacional por haber dedicado un concierto a los cubanos libres en el exilio, prohibición que sólo logró hacer que su música fuera aún más atractiva para los jóvenes. Aquella dedicatoria, que pudo haber sido más herramienta de mercado que declaración política, provocó una ridícula censura que terminó produciendo el resultado opuesto –y benéfico- de mantener a los adolescentes en contacto con aquella importante tradición de la música latina.

15 comentarios:

Anónimo dijo...

Vaya Mami...

el cabron dijo...

RLR:Me gusta el ultimo parrafo, he disfrutado en fiestas como esas. Me trajiste recuerdos de mis tiempo de pepillo.

RI dijo...

Apretar, eso se llama apretar o calentar motores☺ Y éramos tan jóvenes que seguramente no pasaba de ahí.

Elrecor Dador dijo...

Asi era la cosa, cuando tiraban esa musica ya casi todo el mundo estaba empatado y a apretar se ha dicho!

A.T. dijo...

En mi tiempo, algunas fiestecitas así alrededor del Vedado. Onda promiscua sana...

R.L.R. dijo...

El Cabron, gracias. Traté de captar la atmósfera de aquellas fiestas de sábado.

Asi es RI, Elrecor Dador y AT, apretadera y sanos retozos de los amantes in training de una generación siempre bajo sospecha de "diversionismo ideológico".

Anónimo dijo...

La verdad que Feliciano es un poco cheo pero es tremendo músico....

JR dijo...

Sí, es increible como en nuestras apetencias de información, éramos capaces de ampliar nuestros gustos, al punto de echarnos junto a un rafagazo de Rolling Stones un bolerazo del Feli. Yo creo que es un síndrome de las sociedades herméticas. Gracias, Rafa, por la parte de reactivación hormonal. Debiéramos hacer una fiestecita así con bombillito rojo y brevitas clandestinas.

Anónimo dijo...

Se llamaban descarguitas o guiros (pero habían otros nombres). La gente caminando entre las calles y avisándose unos a otros: Oye, hay una descarguita en casa de fulano. Y el grupo preguntaba si tenían la "luz encendida o bombillitos", si la música era "pepilla o chea". El molote en la puerta para entrar...Preludio de la conquista, un ritual que tenía su encanto.
La chichi

A.T. dijo...

Muy bueno eso, la Chichi. Doy fe de la distinción entre "cheo" y "pepilla" (para nos: "perrero").

Roberto Carlos en su Led Zeppelin dijo...

Después llegaron las fietas de diez pesos y más tarde las de cinco o diez dólares, jamás con el candor de las que ahora evoca Rafael… De las se trata recuerdo alertas naranjas de guapos-cheos colados con navajas cebadas en carnavales o Jardínes Tropicana. Me viene la importancia de las pulgadas en el cuerpo a cuerpo, puntas de caderas de rosas o pistolas poseídas, las primeras pastillas, trompadas, algodones fríos sobre los párpados, guaguas bestias míticas y rostros de muchachas que nunca tuvieron otro nombre que el de sus perfumes ni más palabras que las del adiós. Feliciano uno que nunca sabe qué viene después.

enemigorumor dijo...

El nombre "Jose Feliciano " por si solo tiene mas resonancia contrarrevolucionaria que toda la programacion de tele marti junta, vaya que era mas temido que Peres Roura o Ninosca,,,

R.L.R. dijo...

Jesu, es la magia de lo prohibido. Si el tipo hubiera estado en la radio a toda hora probablemente no se hubiera bailado tanto con su música en aquellas fiestas. Definitivamente hay que reeditar uno de esos güiros con bombillito rojo. Como dicen la Chichi y AT, con pepillancia, sin chealdad y un poquito de perrería y Rock duro.

Robertocarlosensuledzeppelin has iluminado otros aspectos de aquellos fetecunes y documentado los menos románticos que vinieron después en el no tan especial periodo.

ER siempre pegas tus dardos en la diana. Esta vez convirtes en Pin-ups a la radio apostólica, a PeRoura y a Mimosca.

Anónimo dijo...

dale suave con la contra-revolucion....

Adal dijo...

me acuerdo de adolecente durante la fervente revolucion cultural en la habana, mi amigo k vivia en juan delgado y lacre, reunia a todos los "gusanitos" (palabra k detesto) del barrio para escuchar plaquitas de los beatles y disquitos de los platters. a esto se le agregaban los zafiros y asi se formaba la pachanga...leves toqueteos, besuqueos y apretones en los portales de santo suarez...