miércoles, 4 de marzo de 2015

“Cuba y el último hombre: ensayos sobre nacionalismo, castrismo y cambio en Cuba”, de Ángel Velázquez Callejas


Antonio Correa Iglesias

“Toda convicción es una cárcel” -- El crepúsculo de los ídolos. F. Nietzsche
"Para ver las cosas, hay que alejarse..." -- Lydia Cabrera

Cuando McLuhan publicó Understanding Media en 1964, no existían los medios de comunicación tal como los conocemos en la actualidad. Sin embargo, las extensiones tecnológicas de la conciencia humana se adelantaban a nuestra capacidad para comprender sus consecuencias. Nunca ha sido tan apremiante comprender el alcance pero sobre todo, las implicaciones en los dominios de la información. La comunidad informacional establecida desde los principios del mensaje se está volviendo casi imposible de descifrar en las condiciones actuales de las tecnologías de la información.

Si estas primeras ideas les han parecido enmarañadas, solo quiero llamar la atención pues muchas veces, muchas mas de las que quisiéramos, nos hacen pasar gato por libre. Cuando el desbordamiento informacional hace mella en la rigurosidad, cuando los dimes y diretes, cuando el “déjame verlo Lola” y el “no te lo voy a enseñar Carlota” ocupan muchos de los espacios vaciado de contenido, cuando la prosopopeya y el maquillaje de la puesta en escena opacan lo fundamental, cuando muchos piden a punta de escopeta se le preste atención, el libro de Ángel Velázquez Callejas viene a poner un poco de orden.

El texto de Ángel recupera una rara sintesis, una sintesis como concreción poco usual en el discurso historiográfico y crítico cubano. Ángel en los términos de esta síntesis, establece no una finalidad en tanto teleologismo sino una suerte de suspensión fenomenológica –en la más rancia tradición Hurserliana. El potencial lector de este texto, se sentirá entre parenthesis cuando se analice cada uno de los tópicos que en el se abordan.

Lo curioso del libro de Ángel es que cuando el lector intenta sumergirse en el, cada una de las piezas de este mosaico, no conducen a una representación apriorística en el sentido kantiano del termino. Cada una de las piezas de este engranaje, construye un labyrinthus donde sus encrucijadas, intencionadamente complejas, han sido diseñadas para “confundir” y a alertar a quien se adentre en él. No es casual que una de las primeras representación conocida de un laberinto se encuentre en una tablilla de Pilo, antecedente de lo que hoy conocemos como libro.

Cuba y el último hombre no te conduce a un lugar específico. Sus tesis no yacen pre-establecidas y agazapadas en la manga del prestidigitador. Ángel la tira buena –como diría algunos de mis estudiantes- y cuando el lector ha sido capturado por la euforia de sus argumentos, descubre la desfachatada e irónica impertinencia de un punto final. Es entonces que el lector se siente suspendido; le han quitado la escalera y se ha quedado con la brocha.

Al mismo tiempo, esta aparente “fragmentación” y brevedad con-forman la curaduría y la dramaturgia del libro. Un libro que ha tenido el cuidado de “de-limitar” su alcance -no en términos de resonancias- sino en zonas analíticas y esto habla muy a favor de la metodología establecida en términos de investigación. Elemento no siempre claro en cierta producción historiográfica y crítica más dada a un “enciclopedismo” pedante y altanero y a un sentido acumulativo de información más cercano a privilegios otorgados.

Es por esta razón que “conceptos” –aunque a ciencia cierta no sé si lo sean- como Nacionalismo, Castrismo y Cambio en Cuba organizan la trama argumental de todo el libro. Y no es que el autor se haya propuesto capsular estos conceptos, todo lo contrario. Velázquez Callejas urde la trama argumental y analítica a partir del reconocimiento del carácter “vitalicio” o al menos el aparente carácter vitalicio de estos conceptos. No le vasta ponerlos en cuestión en sus morfologías y manifestaciones, la cuestión aquí está en clarificar los límites sociales, culturales pero sobre todo, simbólicos de estas expresiones que travestidas en discursos políticos se han instalado en la conciencia pero sobre todo en el imaginario del cubano.

Al mismo tiempo, estos tres “conceptos” en el cuerpo del libro van articulando nudos gordianos que ocupan y preocupan pero que el autor re-visita bajo la mirada tutelar de F. Nietzsche. Nacionalismo, Castrismo y Cambio en Cuba, en tanto nudos gordianos, han sido centro de los tira y encoje de cierta e incierta intelectualidad que, embarcados en travesías inimaginables, han decidido reproducir y defender su parcela como un niño que ante el requerimiento se enoja.

Uno de los elementos que hacen de este libro un libro especial es el hecho de retomar una fina y escurridiza hebra aparentemente “perdida” en la tradición de pensamiento cubano. Ángel Velázquez Callejas hace resurgir de las cenizas a uno de esos muertos. No lo anima un deseo necrológico. La exhumación de su cuerpo no reaviva un dolor que imaginamos olvidado. Sin embargo, ese cuerpo desecho y corroído por el tiempo va ganando fuerza a lo largo del texto una vez que comienza a generar una pulsión poco usual en un pensamiento que se ha polarizada en los últimos sesenta años.

Como ninguno, Ángel Velázquez Callejas tiende un puente de contemporaneidad entre F. Nietzsche y Lamar Schweyer. No olvidemos que Lamar Schweyer ha sido una de las figuras de la intelectualidad cubana mas repudiadas a partir de que el periódico Le Fígaro le publicara el 6 de febrero de 1927 un fragmento de su libro Biología de la democracia.

La polémica sobre su figura y su obra llega hasta hoy. En el texto “Tres sabios olvidados” no muy reciente Rafael Rojas sitúa a Lamar Schweyer como uno de los intelectuales mas fascinantes de la historia del pensamiento latinoamericano. Ciertamente Lamar Schweyer tiene a su haber varios textos de ensayos que merecieron elogios de Enrique José Varona, Max Enríquez Ureña y Rafael Montoro. Pero en todos ellos una figura es recurrente. F. Nietzsche inaugura a través de este ex minorista una sucursal en el trópico, haciendo mas visible la ya apodíctica definición “Maestro de la Sospecha” que Paul Ricoeur en Freud: una interpretación de la cultura tuvo a bien subrayar.