lunes, 4 de enero de 2010

¿y después qué?


Ya puede hablarse de prosa claudiacadeloísta: desamparo, realismo, sagacidad y coraje despechado.

En Octavo Cerco:

Los treinta le llegaron al galope: los viejos ya estaban más que viejos y el techo descascarado de la casa le recordaba que nada era eterno. Vender ropa de vez en cuando, hacer de guía turístico ilegal por la Habana Vieja o limpiar una casa de alquiler era lo mejor a que podía aspirar. Los años pasaban y la vida se le estancaba, empezó a obsesionarse. Se anotó en todos los bombos, puso un anuncio en hi5 para encontrar un novio extranjero, habló con sus amigos para que le pusieran una carta de invitación… pero nada. Los cuarenta la agarraron deprimida, como Penélope se quedó esperando un día que no llegó, una salida que no le tocó, una casa que nunca arregló, un salario que nunca subió, un marido que no se quedó, unos hijos que nunca tuvo y una vida que nunca vivió.