Jesús Rosado
Cada memoria tiene su apeadero. Hace unas semanas, durante una muy agradable velada en casa de una amiga, tuve la oportunidad de disfrutar la descarga de Olguita Díaz, una impresionante piano woman a prueba de años. Mientras que con su impetuoso abolengo, la dama interpretaba frente al teclado una balada del París de los sesenta, un entrañable amigo comenzó a imitar desde su boca el rítmico chasquido del ride cimbal que requería el acompañamiento. Lo menos que se podía imaginar el brother es que con su instrumentalización vocal me lanzó de pronto hacia una década más honda en el registro audiovisual de mi generación. De momento, me disgregó la irrupción metálica de un soundtrack en pleno New York de los 70 y una opening scene que llegó a encender la imaginación peregrina de la muchachada de entonces. ¿Cuántos de los que alcanzamos a ver Shaft en la Isla no apetecimos, música en fondo, caminar por aquellas episódicas avenidas de la Gran Manzana? Imágenes emancipadoras que convertirían lo trivial de un recorrido urbano en deuda inexorable de por vida. El tema musical de Shaft (1971), considerada la primera película del género blaxploitation, fue la consagración del compositor Isaac Hayes, no sólo por el ritual del Oscar, sino porque -como pocos- resumió en sus notas el sonido de una época imborrable. Lo mismo para New York que para La Habana. En cada una, a su manera.














