sábado, 2 de febrero de 2008


El llamado “Salón de fumar” de Hermann, es espacioso pero íntimo. Todo aquí queda supeditado al placer subjetivo del humo con ron añejo; biografía de fin de siglo a-la-Kipling. Seduce la mezcla de atmósferas, morisca e inglesa (la pared empapelada y el parabán tapizado presentando un paisaje boscoso), con esa opulencia en la mueblería que tiene de ecléctico español, segundo imperio y vernáculo austro-húngaro (se dice que los Upmann eran católicos del sur), pespunteados con toques exóticos, como el juego samovar, el gran jarrón de Bavaria y la suntuosa piel de tigre de Bengala sobre el piso de mosaico lapislázuli traído de Granada (Hermann es nuestro Jacob Fugger aplatanado). Al fondo, el escritorio de caoba con incrustaciones en nácar y la requerida lámpara Tiffany delante de la pared de alto puntal, enmarcada con cuadros empotrados, como salida del estudio de un diplomático (observe la diferencia entre el techo plano del salón de billar y la ornamentación octagonal del techo del estudio, con botón de terracota de donde pende el candelabro de 6 bulbos). Imagino esos muebles de alta factura ebanística, fabricados en los talleres de García-Prieto (en la calle Habana), o Alvarez e Hijos: El sillón de caoba de Upmann, trono de patas aflautadas, rematadas en garra de león, medallones en el espaldar y orbes en el sobreespaldar. El interior de la casa Upmann sugiere los límites de la subjetividad ecléctica que se gastaba en el inner sactum de nuestra naciente burguesía de principios de siglo XX y que tenía tanto de Schelling y Fichte como de la Luz y Caballero y Martí (aunque la justificación de ese punto se merece otro post dominical).