domingo, 17 de mayo de 2020

Diez días de actos de repudio en la Cuba castrista


Carlos Molina

Lo que describo a continuación es un hecho ignominioso. El gobierno castrista, valiéndose del Departamento de Seguridad del Estado y el CDR instigó y dirigió una serie de actos de repudio en contra mía y de mi familia. El móvil del crimen fue presentar legalmente la salida de Cuba. Los hechos narrados son ciertos, vividos y experimentados en carne propia.

El sábado 3 de mayo de 1980 salí a la terraza de la casa y advertí que Abelardo Domingo, vecino de enfrente en la calle Goss me hacía señas para que cruzara la calle y hablara con él. Así lo hice y en voz baja me dijo que nos iban a hacer un acto de repudio en mi casa. Yo le rebatí el asunto. Le expliqué nos íbamos legalmente por avión y que habíamos hecho los trámites requeridos. No nos íbamos por el Mariel, el cual había comenzado hacía unos días, luego de la avalancha de cubanos que se metieran en la Embajada del Perú. Me confesó que le habían mandado una orientación escrita del Comité de Defensa para que así se hiciera. Retorné a mi casa extrañado de lo que me había dicho y con preocupación.

Hacía pocos días me habían expulsado de mi posición de profesor del Instituto Superior de Arte (ISA) con un acto de repudio organizado por el Decano Carlos Fariñas y ordenado por la Seguridad del Estado. Me puse en alerta y comencé a notar las caras extrañas con que nos miraban los que pasaban frente a la casa. Esperábamos con paciencia la fecha de salida organizado por la Sección de Intereses para principios del mes de septiembre. El Cónsul Edwin Beffel nos había asegurado que no habría ningún problema para ese primer vuelo de repatriación como norteamericanos.

Aunque no tenía trabajo, me quedaba algo de dinero con lo que iba sobreviviendo. En el ínterin estuvimos llevando a mis hijas a recibir clases de inglés privadas todos los sábados con una americana de Pittsburg llamada Katherine, viuda residente en Cuba desde hacía años. Ese fin de semana les tocaba clases y estuve esperando a que Marisa preparara la salida con las tres niñas. Sentado en el portal de la casa me di cuenta que algo pasaría pronto por el pasa-pasa y las miradas de miembros del CDR y vecinos que pertenecían al mismo. Recuerdo apurar a Marisa para partir rápido. Entonces sucedió lo que temía.

De buenas a primeras aparece una turba de decenas de personas presidida por Gladys Sanchez, la presidenta del CDR y su marido Fernando Peón, quienes se lanzaron sobre la terraza de la casa donde me encontraba sentado meciendo a mi hija Roxana. A la vez que gritaban y vociferaban consignas, insultos e improperios, comenzaron a lanzar objetos de todo tipo contra los cristales de la terraza, rompiendo algunos de ellos. Mi suegra, quien era la dueña de la casa, salió a enfrentarse a la turba con mucho valor, diciéndoles su posición diametral contra el gobierno. La violencia e impunidad de la chusma era tal que nos vimos obligados a entrar a la casa. Inmediatamente nos rodearon por todas partes; por suerte las ventanas estaban cubiertas por barrotes que impedían la entrada. Por entre los barrotes comenzaron a golpear las ventanas de madera, tratando de romperlas. Mientras lanzaban huevos, piedras y todo tipo de basura no paraban de gritar improperios acompañados del consabido coro de las concentraciones: “Fidel, Fidel, Fidel, Fidel”. Basilio Rodríguez, quien vivía con su familia en el apartamento de los bajos del edificio, se atrevió a romper los cristales de las ventanas entre los barrotes que daban al comedor. Nunca habíamos visto algo así.

Fueron momentos de terror, en especial para mis hijas: Roxana de 3 años, Martizita de 7 y Lizzie de 9. Roxana solo atinaba a taparse los oídos con las manos para no oír los gritos. Maritzita entraba y salía del inodoro y Lizzie la mayor, estupefacta. Los gritos continuaron por horas, acompañados de golpes contra la puerta y ventanas y arrojos de basura. Desesperado, llamé por teléfono a mis padres para decirles que vinieran y luego a Pedro Cañas, mi alumno y amigo, a ver si podía rescatarnos de alguna forma. Pedro se arriesgó a buscarnos en el momento más álgido de ese repudio. Llamamos también a Robert Hagen, vice-cónsul de la Sección de Intereses y le dijimos lo que estaba pasando. Nos dijo que iría enseguida a buscarnos con un carro oficial. Hablando con Pedro me cortaron la comunicación telefónica. A esto le sucedió el corte de la electricidad y posteriormente el agua de la casa.

Al tiempo Hagen se apareció en una camioneta con chapa diplomática. Se bajó del vehículo y la turba lo cercó, gritándole “Fidel, Fidel” en la cara. Un hombre solo rodeado por miembros del CDR que aumentaban el nivel de sus amenazas, Hagen no tuvo otra opción que montarse en la camioneta y abandonar el cerco.

Caía la tarde y nosotros sin agua ni electricidad. En la noche llegaron mis padres. Escuchamos como se dirigían a Gladys y Peón, suplicándoles que les dejara sacar a las niñas de ese infierno. Luego de un tiempo lograron convencerlos. A oscuras, mis padres pudieron sacar a mis hijas por el pasillo que salía de la cocina. Lloraban y pensaban que no nos verían más. No tuvimos contacto hasta muchos días después.

Al cabo comenzaron de nuevo los gritos de la turba. Ahora procedieron a pintar letreros obscenos en la fachada de la casa. A mi auto le poncharon las gomas y pintorretearon el techo. En letra roja se leía: MARICÓN. El asedio continuó hasta altas horas de la noche. No podíamos comer, menos dormir, pero lo por era el desasosiego de no saber cuándo ni cómo terminaría el asedio. Marisa cubrió las ventanas de nuestro cuarto con sábanas para que no pudieran ver qué hacíamos. Muy entrada la madrugada los gritos fueron cesando. Así esperamos toda la madrugada hasta el otro día.

Qué inocentes, pensamos que con la luz de la mañana todo se acabaría. La turba regresó y se repitió la misma situación del día anterior. Eran como olas: cada cierto tiempo los gritos, insultos y amenazas se sucedían y arreciaban. Nunca esperábamos un estado de sitio, las pocas cosas que teníamos para comer las consumimos con el inconveniente de no tener electricidad. Nos gritaban todo tipo de improperios: “Marisa, lechuza, te vendiste por pitusa”. A mí increpándome QUE SALIERA SI ERA HOMBRE (lo cual estuve tentado a hacer varias veces, a no ser por mi esposa que me atajaba). Llegada la noche, los dos urdimos vestirnos de negro e intentar salir por el fondo de la casa brincando un muro. No podíamos. Nos dimos cuenta que Aurora, quien no había aplicado para irse, se quedaría sola a merced de la chusma.

Al pasar los días utilizaron nuevas estrategias. Construyeron una tarima con altavoces en frente a la casa. Ahora el repudio iba acompañado con himnos revolucionarios. Improvisaban discursos inflamatorios, trajeron pioneros a recitar poemas. La idea era quebrantar nuestra voluntad, hacernos sufrir al máximo.

Con el silencio de la noche y desde el cuarto de mi suegra en el segundo piso de la casa escuchábamos los planes de Gladys y Peón. Tramaban simular que estaban entretenidos esa noche para que tratáramos de salir y de pronto caernos arriba armados de machetes. Por mucho tiempo tuve en mente acusar a Peón de intento de asesinato ante un tribunal de justicia cuando el castrismo hubiera desaparecido.

Así pasamos diez días en las mismas condiciones. A escondidas salíamos a recoger agua de la cisterna del fondo de la casa para podernos bañar con una palangana y una latica. Ahorramos los pocos víveres que nos quedaban en la casa, dividiéndolos entre los tres. Por suerte, no habían cortado el gas de balón y cocinábamos algo. Una noche, durmiendo a retazos entre el agobiante calor y los pocos ratos de calma en la madrugada, nos dimos cuenta que podíamos encender el aire acondicionado tarde en la madrugada (el aire funcionaba con 220 voltios y no con 110, como el resto de la casa). Fue una suerte poder dormir por unas horas evadiendo el cerco de la horda repudiadora.

En los pocos momentos de calma me sentaba con mi guitarra. Fue entonces que comencé a estudiar Una Limosna por el Amor de Dios, de Agustín Barrios. Pocas sesiones breves bastaron para aprenderme la pieza, la cual toqué en muchos conciertos por el mundo.

Un buen día tocaron a la puerta unos funcionarios del Ministerio de Cultura. Venían con la encomienda de “decomisar“ la guitarra Kohno que Cultura me había otorgado hacía años para usarla en mis conciertos. Se la entregué y pude seguir estudiando con otra guitarra que tenía.

Teniamos un radiecito de pilas y oyéndolo nos enteramos de las noticias. Se comentaba lo del éxodo del Mariel, después de la avalancha de casi 11,000 que entraron en la Embajada del Perú. Arturo Fuerte, guitarrista y alumno del Amadeo Roldán, vivía a unas cuadras de distancia de nuestra casa y nos había venido a buscar pocos días antes de nuestro repudio para que nos metiéramos junto con su esposa Magdalena Lauret y su niñita. Allí pasaron 21 días en dicha Embajada y según sus relatos, tenían que dormir parados con Magdalena apoyada en él, ya que eran demasiado las personas en un patio de una casona. Patricia, la niña de meses de la pareja, se enfermó y al fin le dieron un salvoconducto para que la llevaran a un hospital. Arturo se extrañó mucho cuando la niña daba gritos al inyectarla. Fue entonces que la enfermera le confesó con lágrimas en los ojos que la habían mandado a inyectarla con una aguja sin punta. Todo eso está en el libro que Magdalena escribió sobre los sucesos del Mariel.

Nuestra odisea parecía no tener fin. Pasaban los días con las mismas condiciones: mítines con actos amplificados, los gritos e insultos, la tiradera de huevos y basura, los golpes en las puertas y en las ventanas. Así transcurrieron diez jornadas de horror. Un día advertimos silencio y calma y nos asomamos. No había ni un alma. Salimos afuera de la casa a ver los daños que habían ocasionado. Muchos de los vidrios de la terraza estaban rotos, la fachada de la casa llena de basura, de huevos rotos y piedras arrojados por las turbas, persianas rotas por las patadas entre los barrotes, etc. Mi automóvil ponchado y pintado de rojo.

Nuestro amigo Jorge Carlos Ruiz Cerdá pasó por la casa. Sabía que el gobierno había ordenado el cese de los repudios. Esto se debió a que hubo enfrentamientos, incluso muertos de miembros del gobierno que intentaron sacar a sus parientes de esta situación. Lo cierto fue que Jorge llegó a la casa, se llevó las gomas ponchadas y regresó con ellas listas para que pudiéramos salir de allí. Limpiamos el carro como pudimos y salimos de la casa no sin los gritos e insultos a que ya estábamos acostumbrados.

Aquí termina la primera parte de nuestro castigo, el 13 de mayo de 1980. Es la primera etapa de un suplicio que duró hasta el 17 de diciembre de 1982. Treinta y un meses de hostigamiento fue el precio que pagamos por lograr la libertad.

(Continuará)

8 comentarios:

Sin patria pero con amo dijo...

Dios mío! Cuantas barbaridades, cuánta maldad y cuánta tortura y represión hemos sufrido mis cubanos!!!

Unknown dijo...

Y el mundo sigue callado. Fui testigo y viví los actos de repudio también en el Cerro Barriada de la Habana. Esto pasó hace 40 ańos. En Venezuela ya lo practican. Ojalá no suceda para el bien de la Humanidad en otros lares. Gilberto Peralta.

Tania Marti dijo...

Quë terribles hechos.

Unknown dijo...

Cuando el régimen va a pedir perdón por lo que hicieron?
Han pasado 40 años de estos sucesos y dejaron una huella dolorosa en todos los que de una forma u otra pasamos por eso

atRifF dijo...

Gracias Sin patria pero con amo, Gilberto, Tania y Anónimo. Me uno a esos comentarios. Soy otro testigo de los (des)hechos.

Unknown dijo...

Queridos Carlos y Maritza
Como olvidar esos Días,ese misero acto de repudio ha ustedes siempre lo tengo
Presente,yo iba con tía Haydee y Margarita nos acercábamos para ver si los podíamos ayudar pero ante la ferocidad de la turba nos retiramos anonadadas,furiosa e' impotentes.
Nunca olvidare Carlos,la noche antes
De ustedes al fin poder salir,sentados
En la sala de Margarita verte calmado
Y con determinación.
Mientras viva,siempre recordaré esto que les hicieron
Es por Eso que lucho ferozmente
Para que en Este País
No le ocurra eso ha nadie.
Los Aprecio Siempre.

Angel dijo...

Jamás olvidaré los actos de repudio. No tienen perdón y los responsables deben de responder un dia a la justicia. Yo fuí también víctima de ellos en dos oportunidades.

atRifF dijo...

Gracias, Anónimo y Ángel.