domingo, 21 de septiembre de 2014

La lectura, ilusión perdida o la imagen echa fuera a la palabra


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Leer no es fácil. Una pena, porque la mayor parte de la humanidad es siempre analfabeta. Leer es cosa de pocos, aunque se esperaba que después del siglo XV la imprenta revolucionara nuestras costumbres. ¿Lo logró? 600 años después la lectura va menguando, gota a gota, aruinada por la seducción de la imagen.

¿O será que se lee de otra manera?

Todo libro de más de 50 páginas ha de leerse por secciones. ¿Puede alguien leer “La Guerra y la Paz” de Tolstoi, con más de 500 páginas, de una sentada? Las editoriales actuales ofrecen una explicación en la solapa que vende el libro. Otra alternativa que contienen los libros actuales es la introducción larga con explicación detallada, que en términos de contenido, puede evitarle al lector el oneroso trabajo de leer más allá.

Se sabe que para los lectores jóvenes leer páginas sin imágenes puede ser agotador. Echan de menos cualquier tipo de ilustración que les ayude a imaginar la trama o el desarrollo particular de sus lecturas. Se ha pensado en libro-programa, donde en vez de leerse, se oye el texto representado, tan siquiera por la voz de su autor. De ahí la lectura periodística que hizo “cultos” a nuestros padres --leer el periódico como manera de ser cultos. Ya ni eso. No muchos jóvenes de hoy leen periódicos, y los pocos que lo hacen van siendo los últimos.

Leer requiere también una voluntad: la voluntad de no rehusar ese umbral privilegiado de la imaginación. Pero esa voluntad ha desaparecido. La voluntad de la lectura no la hallamos en el sujeto que me ocupa: medio tiempo, algo de sobrepeso, desmadejado por una faena de trabajo moderna y apendejado con una relación doméstica que devino mediocre. Lo de todos los días es desarticulado, un ya no leer, siquiera soñar (los sueños de juventud se cosquillean vagamente y los espanta con el pretexto de “sueños sueños son”). Ese hombre que no lee (ni siquiera el periódico como nuestros padres), desea terminar de ver su partido de fútbol (deporte que le repugnaba de joven pero que a través de sus hijos aprendió a disfrutar), o el programa cómico-degradante en la tele, de corte popular, que le recuerda un vago sentimiento nacionalista (es decir, se ve a sí mismo en el todo mientras se olvida la parte).

Muy rara vez necesita de la palabra impresa a modo de organizar un cúmulo de imágenes. Luego viene el esfuerzo sobrehumano de apagar la tele o sencillamente irse de la casa a un café, debido a que la bulla de la radio o la tele es tal que no puede concentrarse --no se atreverá a decirlo en voz alta. Para él ya nada tiene sentido. Lee el prólogo del libro (nunca pasará de las primeras páginas). Explico: Un libro sin prólogo, para el lector actual, es como leer sin saber qué se lee. Y por supuesto, nadie espera que ese lector atosigado por las circunstancias llegue al final--que es “leerse el libro”.

Comento también un acto simbólico. Nuestro hipotético sujeto que no lee se leerá el prólogo y las primeras cinco páginas. Por lo que, como en la música pop, es necesario que en esas primeras cinco páginas haya un gancho. Llamémoslas páginas de choque. Es después de cinco que el lector sabrá si debe sencillamente dejar el libro y regresar a la tele, o cerrar los ojos y flotar en las húmedas babas de Morfeo.

La crisis interior de este personaje comenzó con las ilustraciones en los libros y los comics que tanto le alegraron durante la niñez. Imágenes que didácticamente agilizaban lo que la palabra debía sugerir (o acaso enriquecían lo que la palabra dibujaba). ¿Los viejos lectores no aducían que leer de por sí implicaba saltar obstáculos, disfrutar del sabor de las palabras, construir castillos de ideas que se desvanecen o permanecen erguidos para siempre? La experiencia de la lectura depende –decían-- del cerebro y la intención que la procese.

Pero la imagen fue ganando terreno y la idea sugerida por la palabra se convirtió en una muleta indeclinable. Después se nos programó con la tele y luego con una lluvia inconexa de espejismos tecnológicos. Por supuesto que es más fácil dejar que el raudal de ilusiones visuales nos gobierne.

La tele y el video dejaron hace tiempo de ser herramientas para convertirse en masajes (razón tenía McLuhan). Pongámoslo así: la tele es un algoritmo social simbólico que coadyuva al programa social de trabajo para que funcione de 9 a 5. El proceso se hizo indispensable hace más de veinte años debido a una nueva forma de capitalismo, más rico y más pobre a la vez. Nuestros abuelos nunca tuvieron que tener tres trabajos para vivir.

Adentrados en el siglo XXI vemos que la lectura no desaparecerá. Quedará como una actividad autárquica para una minoría. Nadie hablará del pro ni el contra. Las redes sociales inundarán la matriz social con actividades simbólicas: juegos digitales, videos y alfanumerismos de "0" y "1".

Llegaremos al pleno proceso en la computarización del ser humano.  

3 comentarios:

judith ghashghaei dijo...

Los padres, maestros e instituciones como bibliotecas ayudan a motiva la lectura pero, en el fondo de mi corazón, creo que el amor a la lectura es una motivación intrínseca que comienza en la infancia, algo innato de cada individuo, tal cual como el deseo de estudiar. No creo que los libros desaparezcan, simplemente han cambiado al formato digital. Tampoco creo que la imagen vaya a desplazar a la palabra escrita, imagen y palabra siempre se han complementado y embellecido. Por otra parte, hay tanto que leer en la red que eso más bien impide concentrarse en una sola cosa, creo que es por eso que leer un solo libro es un acto heroico, Por diferentes razones el privilegio de la cultura, por ende de la lectura, siempre ha sido privilegio de unos pocos. En fin, va un abrazith, voy a ver la tele, el único tratamiento que me sirve para dormir sin efectos secundarios…… con la primera propaganda zzzzzz.

Unknown dijo...

Muy de acuerdo con todo lo que dice Judith, sobre todo cuando menciona la apabullante cantidad de escritos y temas en la red. Ahora, soy de la opinión que el exponer al infante a la lectura desde temprana edad, sin forzar la cosa y encontrando el argumento que haga clic en el niño, es clave para desarrollar a un adulto lector. Saludos.

Iván dijo...

Es que "Leer" se ha amplificado. Ya no reside sólo en descifrar palabras. Saludos mediterráneos.