jueves, 14 de diciembre de 2023
Operáticos y sinfónicos, las vicisitudes del estreno de Wozzeck de Berg y Kleiber en La Habana
martes, 16 de enero de 2018
Dime que no te acuerdas
Carlos Michel Fuentes
Regresamos cansados en medio de la noche. Habíamos estado bailando sin parar desde que la lluvia y las olas que rompían salvajes contra el muro nos impulsaron dentro del Parisien. El club estaba repleto como siempre. El portero me reconoció entre la gente que se amontonaba en la puerta intentando entrar a toda costa, me hizo una seña y tomados de las manos con las ropas pegadas al cuerpo, resbalando entre las protestas y los empujones nos vimos dentro sin importarnos nada; en la mesa habitual de la esquinita con el cenicero de hierro con aquel marinero borracho recostado a la farola y la lamparita sobre el mantelito colorado con el agujero de cigarro que rodeaste con el sudor de tu trago. Yo pedí mi ron a las rocas como siempre y tu mezclado con soda.
La orquesta ya llevaba un rato tocando y nadie aún se decidía a bailar, fuimos nosotros los primeros- ¿recuerdas?- te tomé de la cintura y no te solté más, sudamos y el sudor volvió a empapar mi camisa y tu falda, reíamos, nos besábamos. El chino me saludó con la trompeta desde el escenario y tú le lanzaste un beso y yo busqué tus nalgas suculentas e inabarcables con mis manos y las apreté y te atraje hacia mí y nos besamos nuevamente pero con los ojos cerrados esta vez.
No puedo olvidar que aquella noche llegaste sin zapatos a la casa, que perdiste un tacón subiendo la loma de Paseo, que orinamos juntos en una acera oscura y vimos el brillo de la luna reflejado en los surcos de orine corriendo entre las grietas.
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miércoles, 12 de julio de 2017
Guillermo Cabrera Infante y “la estela dejada por la fuga”*
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| La Lolita de Nabokov, llevada al cine por Kubrick |
Siendo estela huella, Stella también es la esposa abusada y sumisa del filme (basado en la obra teatral de Tennessee Williams) Un tranvía llamado deseo (1951); Estelita es la protagonista de novela póstuma de Guillermo Cabrera Infante, La ninfa inconstante (2008); o es Stella Artois, la cerveza dorada que llega hasta nuestra época —“She is a thing of beauty”, reza el anuncio en la revista Miami, edición de junio de 2011; asimismo, es Stella Morris, la actriz de cine (actriz inglesa secundaria con mínima filmografía, con quien la Estelita de La ninfa comparte nombre —en español— y apellido en lengua inglesa, y que plausiblemente hace referencia a la controvertida niña Stella-Esther, de Jonathan Swift —lo que nos remite a una relación controvertida entre un adulto y una niña. A Journal to Stella (1910-1913), es una especie de diario epistolar de Swift, de cartas dirigidas a su amiga Esther Jonson, cuyo sobrenombre era Stella. Alrededor de la relación entre Swift y Stella hubo gran controversia, ya que ambos se conocieron cuando ella tenía 8 años, siendo la hija de uno de los sirvientes del escritor adulto. Swift se convirtió en el tutor y mentor de la joven a la que también dedicara poemas, incluso se cree que ambos contrajeron matrimonio secretamente. Precisamente, entrevistada por Ángel S. Harguindey para el diario El País, en el año 2007, la viuda de GCI, Miriam Gómez, dice: “Yo creo que la protagonista, Estela (La ninfa), no tenía 16 años, era mayor, aunque, a la vez, es una forma de rendir tributo a Jonathan Swift y a su joven dama Stella-Esther". A propósito, el vocablo estela apunta a la fugacidad de la relación amorosa narrada ahí.
Los lectores de la obra cabrerainfanteana sabemos que una tal Estrella es la protagonista de su relato “Ella cantaba boleros”, en Tres Tristes Tigres (1964) —fotografiada en vida (vida fugaz) por el narrador de dicho cuento, Códac o Kódac, Jesse Fernández en la vida real y en las novelas de GCI, además de amigo íntimo del autor y fotógrafo de las estrellas (o estelas) de la época. La Estrella de dicho relato —inspirada en la cantante Freddy, voz legendaria de la noche habanera— muere prematuramente (aunque circunstancias diferentes a la protagonista de La ninfa), cuando el avión en que viajaba desaparece, estrellándose (la itálica es nuestra) en algún lugar del Golfo de México. Pero comparte nombre casi idéntico con la Estela de La ninfa y muerte prematura. Ambos personajes están involucradas en una relación ilícita; la primera con un hombre casado; la segunda con un adulto casado, siendo menor de edad. Estelita de La ninfa es, finalmente (también póstumamente), Elena en Cuerpos divinos (2010), igualmente publicado después de la muerte de GCI; aunque ella es un calco menos novelado, dentro de “una novela que sólo fue una biografía velada”, según el propio autor. Permítaseme una última simetría: Stela en griego es monumento y lápida: Estelita es el monumento púber a La Habana de los años cincuenta de GCI (escindida del acontecer político en La ninfa), y es lápida moral en el estupro.
*La ninfa inconstante.
sábado, 31 de diciembre de 2016
domingo, 11 de septiembre de 2016
El guardabosques, alternativa informativa desde Cuba
Acusamos recibo de la Web El guardabosques: Una alternartiva en acción y comunicación ambiental.
En "Acerca de", El guardabosques declara sus objetivos:
*Generar de forma integral, equilibrada y continua información inédita o no, que constituya un aporte referencial sobre el tema de la protección al medio ambiente.
*Promover acciones de carácter cultural, medioambiental, científico y productivo generadas dentro o fuera del Proyecto, siempre a escala comunitaria.
*Favorecer la formación de valores identitarios que contribuyan a reforzar en la comunidad el sentido de responsabilidad y pertenencia hacia su entorno.
*Divulgar y apoyar acciones autónomas de personas o colectivos relacionadas con el ecologismo.
*Contribuir al empoderamiento de los ciudadanos estimulando la autogestión como principal mecanismo para enfrentar los retos de la protección ambiental.
Precisamente el tipo de activismo, desde Cuba, que da esperanza. Por ejemplo:
Calles de Alamar convertidas en basurero, de Jimmy Roque Martínez:
Aunque no es novedoso encontrar tales imágenes dispersas por toda la capital cubana, sorprende la situación generalizada en esta localidad del municipio Habana del Este, donde viven más de 90 mil habitantes. La situación es tal, que el Canal Habana, de la televisión cubana, dedicó un reportaje al tema, mostrando los contenedores colmados de despedicios, las aceras y parterres infestados de desechos, focos de vectores de enfermedades como mosquitos y roedores.O Mugre post victoria, de Pedro Manuel González, quien articula con fina ironía:
Frente al combativo edificio donde vivimos, bloque entusiasta del realismo socialista (alberga hasta una vicepresidenta del gobierno), y que está plagado de informantes con periscopio, evasores fiscales y jugadores de bolita (quienes suelen coincicir en unos mismos seres) este “perro muerto” -nunca mejor dicho- aguarda porque alguien se apiade de sus restos u oficie la misa. (...) Auras tiñosas, gatos hambrientos, ratas más bravas que aquell@s vecin@s y hasta alguien sorprendido in fraganti abandonó su par de zapatos, componen el mosqueado/mosquiteado muestrario del horror… y de la peste más celebraticia.O el post imformativo ¿Sabes cuánto tarda en desaparecer lo que tiras en el campo?
Las páginas de la Web salpicadas de collages fotográficos que no necesitan palabras.
¡Apoyemos a El guardabosques!
jueves, 17 de marzo de 2016
sábado, 28 de noviembre de 2015
Abril raro
| Carlos Otero Blanco |
Luis Soler
Era un día de abril raro. Raro como suelen ser los sueños. Desde que me levanté me pareció que todo estaba fuera de lugar pero a la vez todo parecía estar en su sitio. Me di cuenta apenas abrí las persianas de la sala y la claridad no me causó ninguna molestia en los ojos. Había como un filtro de luz en el ambiente y todo parecía ser el reflejo de un espejo viejo que ha perdido el azogue. No podía precisar si hacía frío o calor; el cielo no estaba ni despejado ni nublado y no se escuchaba ningún ruido ni algarabía en las calles. La chimenea de la fábrica de cemento soltaba un humillo blanco intermitente formando una enorme costura en el cielo. Negrita, mi perra, no ladró a las palomas posadas en el alero que habrían salido revoloteando asustadas como siempre que se abrían las ventanas. Estaba echada a mi lado lamiendo una figura china de yeso. Definitivamente era un día muy diferente. Tanto, que no escuché gritar a Violeta, la vecina del apartamento de al lado, en su sección de sexo matutino con marido de turno. Tampoco sentí la asquerosa y desagradable peste proveniente del tanque de basura situado justo en los bajos de nuestro balcón, y que cada mañana inundaba la casa de fetideces. Para colmo de rarezas me fijé que las plantas de mi suegra, sembradas en improvisadas macetas hechas con botellas plásticas de Coca Cola cortadas a la mitad, finalmente reconocían la llegada de la primavera. Entre sus hojas brotaban unos preciosos botones de marpacífico rojo.
Respiré y sentí el penetrante olor de la nada inflándome los pulmones al punto que me dieron ganas de vomitar.
Desayuné un vaso de café claro con azúcar prieta y unas galletas de sal medio zocatas que encontré milagrosamente encima de la mesa. Salí con la prisa de quien escapa y no sabe de qué, de quién ni de dónde. Con sigilo me encaminé rumbo a casa de Maritza. Bajé por la calle Lugareño y al llegar a la esquina de la farmacia vi que había un gran cartel en la puerta que decía: Se acabó el colirio. Llore y use sus propias lágrimas como gotas oculares. No, pensé, no era para nada un día común. Las pocas personas que vi por la calle a esa hora de la mañana parecían estar ausentes de sus cuerpos y la alegría que mostraban sus rostros eran como mascarás de papel maché. Saludaban a nadie en particular y sus gestos, sus movimientos, eran teatrales, especie de kabuki tropical. Al atravesar la calle Montoro una cola interminable de personas con jabas de nylon azul colgando del brazo, daba vuelta a la manzana. Le pregunté a una señora qué era lo que vendían allí: Tiempo, hijo, venden tiempo; toca una quincena por persona —respondió amablemente. Lo curioso es que, sin pensarlo dos veces, ya me dispusiera a incorporarme al final de la fila para comprar la porción de tiempo que me tocaba. Pero entonces una pionerita salida de la nada, masticando su pañoleta roja como si fuera goma de mascar, me dio unos tironcitos al pulóver recordándome con un gesto mudo del mentón que debía apurarme en recoger a Maritza.
Seguí caminando hasta llegar al parque La Pera y noté una nube grisácea cubriendo exactamente el área de la alameda central. Siempre escuché decir que este parque era el único en Cuba que tenía las cuatro estaciones del año; de hecho, estábamos en primavera y todos los árboles estaban florecidos. Lo raro es que desde la suntuosa Ceiba del centro, las majaguas, los ficus y hasta los almendros, todos estaban copados por un solo tipo de flor: marpacífico rojo. Los viejitos asiduos que leían el periódico o animadamente conversaban de pelota y de política, esta vez estaban demasiado quietos; parecían estatuas de cera, inertes, como sujetos a los bancos. Había demasiado silencio. Solo se escuchaba el sonido proveniente de un pequeño radio de pilas que sostenía en el regazo uno de los ancianos. Fijándome en ellos descubrí que tenían la mirada velada, como perdida en la lontananza, en dirección a un punto entre la tarja erigida con motivo de la visita del principado de Asturias y el abandonado cine Maxim. Tal vez ni siquiera miraban hacia ese punto, porque noté que los ojos agrietados de estos viejos estaban cubiertos por una opacidad cristalina muy parecida al blanco velo de las cataratas. A pesar de la escena espelúznante, sus expresiones no eran macabras; estaban suavizadas por cierta ternura. Quizás miraban hacia atrás, refugiados en algún lugar benevolente de sus pasados y no a la desesperanza del presente. No pude divisar a Andrés, un viejito flaco y desgarbado como un garabato que siempre me saludaba cariñosamente.
Lo busqué por todo el parque y al no verlo me dirigí a Fefa —la anciana chismosa y vivaracha que hablaba más que una cotorra— porque ella que sabía la vida, obra y milagro de todo el mundo en el barrio, tal vez pudiera orientarme. La hallé apartada en un extremo del parque, sentada sobre un viejo columpio de gruesas cadenas de acero, y le pregunté por Andrés. Trabajosamente levantó su mirada repleta de niebla y sin mover ni un solo músculo del rostro me dijo con aspereza: Andrés se ha muerto de hambre, murió de hambre. Bastó que dijera esto para que el resto de los ancianos iniciara una acoplada letanía de susurros coreando al unísono: De hambre, de hambre, murió de hambre. Vi que Fefa comenzaba a columpiarse con la ligereza de una niña y luego con más fuerza. Su boca se abría desmesuradamente mostrando las encías púrpuras y sin dientes. Poco a poco Fefa fue incrementando su balanceo con tal fuerza que las cadenas del columpio comenzaron a chirriar como si fueran a reventarse de un momento a otro, lanzando expedita a la anciana por los aires. Pero sucedió que los pies propulsados de Fefa, alcanzaron la nube gris que había sobre el parque, perforándola y produciéndole un agujero del que salió un aguacero repentino que inundó todos los alrededores haciendo del parque una isla verde con sus maniquíes viejos, dóciles, mirando la nada. Mientras más llovía, por los bordillos de las aceras se precipitaba una peligrosa corriente de agua que amenazaba arrasar con todo.
Cuando escampó miré hacia los árboles; las flores de marpacífico se desprendían y volaban rumbo al norte como una bandada de pájaros incandescentes. Algo más raro aún sucedía cuando de las alcantarillas comenzó a brotar una masa cárnica cuyo olor nauseabundo atrajo a decenas de perros callejeros que, al tratar de comerla, quedaban atrapados desapareciendo en ella sin dejar rastro. El nivel del agua ya había alcanzado la zonas más bajas del parque formando unas pozas lo bastante profundas como para que muchos de los ancianos comenzaran a ahogarse pasivamente, en una especie de suicidio colectivo. Súbitamente, unos niños negros semi desnudos y descalzos llegaron hasta la enorme Ceiba y comenzaron a jugar chapoteando por donde corría el agua. Con los pies destupían las alcantarillas permitiendo que el nivel de las aguas bajara dejando al descubierto sobre la acera, miles de caracoles y conchas marinas. Todo parecía volver a la normalidad. A través de unos viejos altavoces pertenecientes a la fábrica de tabacos se escuchaba un fragmento del sermón del monte: Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se ha vuelto insípida, ¿con qué se hará salada otra vez? Ya para nada sirve, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.
Fue entonces cuando la tierra enojada, comenzó a temblar y a abrirse. Las grietas eran tan grandes que se fueron tragando uno a uno a los ancianos ahogados. Recordé que en abril la tierra se abre con mucha facilidad esperando la copula de las aves que traen semillas en las plumas; pero no se veía ni un solo gorrión por los alrededores.
Retrocedí asustado, y apurando el paso me alejé de allí. Jadeando llegué a la casa de Maritza. Para recuperar el aliento me senté en uno de los escalones al tiempo que me preguntaba ¿qué me estará pasando?, como quién duda de si está despierto o dormido, cuando alguien me tocó por el hombro. No sé qué sentí cuando vi a mi lado al viejo Andrés, supuestamente ahogado unos minutos antes. Con los ojos cerrados me zarandeaba con una mano mientras que la otra mano se la llevaba a la boca pidiéndome algo de comer. Abría la boca desdentada y abría los ojos con las cuencas vacías. La pionerita también reapareció con la mano derecha abierta sobre la frente en saludo militar frenético, proclamando: Pioneros por el comunismo, ¡seremos como el Ché! El viejo aprovechó mi distracción con la niña para registrarme las ropas. En uno de mis bolsillos encontró, no sé cómo, un cartucho de galletas zocatas. ¡Maná, maná del cielo!, gritaba feliz. Avisada, una turba violenta que se desgañitaba en consignas comenzó a acercárseme con la evidente intensión de hacerme daño. Vi que venían todos: la gente que hacía la cola interminable dispuesta a asfixiarme con sus bolsas de nylon azul; los ancianos inermes del parque salían de las tumbas con los puños crispados contra mí.
Resultaba chocante que la gran Violeta, mi vecina voluptuosa y gritona en la cama, se acercaba libidinosamente con sus enormes tetas descubiertas. Dos policías que ese preciso momento llevaban preso a un ladrón, lo dejaron escapar, para acto seguido correr tras Violeta que a su vez corría hacia mí con el pecho al aire. En un gesto automático de supervivencia me llevé las manos a los bolsillos del pantalón y comencé a sacar cartuchos y más cartuchos de galletas zocatas que lanzaba a la multitud que cada vez estaba más agresivamente cerca. Casi a punto de alcanzarme la turba, por una esquina del parque salió un mulato gordo y sucio gritando a todo pulmón: ¡Caballero llegó el vino espumoso!
Con idéntico automatismo la muchedumbre frenó en seco, dio media vuelta en dirección al camión-pipa aparcado a un lado de la tabaquería. Suspiré aliviado; aún asustado y con espasmos estomacales subía la escalera cuando la pionerita tiró de mi brazo y con mirada pícara me dijo: Llévame contigo chico, anda, yo te dejo tocarme el pipi igual mi papá y los amigos de mi papá. Ya se disponía a levantarse la faldita roja del uniforme, cuando desperté gritando y empapado en sudor. Tembloroso y espantado me di un baño rápido y salí con la misma sensación de huida que había soñado. Afuera había un típico día de abril. Dos policías llevaban maniatados a un ladrón de bicicletas, y la voluminosa Violeta desde su balcón puteaba con el bodeguero que subía al Chevrolet del 57 rojo desteñido; a un costado de la tabaquería, unas cien personas con bolsas de nylon azul colgando de los brazos, hacían una inmensa cola en espera de vino espumoso. En los solares yermos las grietas en la tierra esperaban la llegada de las primeras lluvias de mayo y a los pájaros con las alas cargadas de semillas. El fantasma de la inopia recorría las calles de La Habana y la miseria se enseñoreaba de la cotidianidad, mientras yo iba rumbo a Guanabacoa a consultarse con un Babalawo. Igual que en el sueño, los viejos del parque escuchaban bajito la emisora enemiga Radio Martí, quietos como estatuas, las miradas perdidas en el tiempo.
viernes, 19 de junio de 2015
La angustia del sábado de René Jordán hoy en el CCE
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| Foto de cubierta: Fausto Canel |
Rosie Inguanzo
La angustia del sábado (Editorial Silueta 2015), relatos de René Jordán, compilación y prologo de Carlos Velazco, se presenta hoy en CCE. El librito me llegó en muy buenas manos, por anticipado. Y es que simpatizo con René Jordan, más por haber seguido religiosamente sus críticas de cine que por haber bailado con él un par de veces durante el Festival de cine de Miami —al que era asiduo.
He saboreado bien La angustia del sábado, colección de relatos habaneros cincuentosos tardíos (atmósfera que ya de por sí, una siempre devora), aliñados con acíbar los rasgos nocivos de la nacionalidad —el hábito de la delación, el machismo y su contrapartida el marianismo, la disposición a la violencia, la mujer objetivizada, la madre posesiva, la banalidad existencial con la abulia sensual, etc.
Porque aunque los personajes oscilan entre ser alimañas o rumiantes entrampados en vidas triviales, el narrador los expone con “odio” sí —como bien apunta Velazco—, pero también de manera autocrítica con penetración analítica y humor ácido. Plasmados quedan los personajes tipo en el leguaje habanero y en los juegos de apariencias destilando veneno: “sus ojos inocentes, levemente malignos”, “tranquilos e incómodos”, “ovejas cansadas al llamado de ese gran cencerro”. Luego prefiero “Una madre ejemplar” y “La angustia del sábado” porque les veo potencial para ser representados; incluso “In articulo mortis” se me ocurre como un ejercicio teatral delicioso. Me pregunto dónde hubiera llegado su estilo. Porque a Cabrera Infante todavía le quedaba benevolencia con la ciudad y las mujeres (o muchachitas, preferiblemente); pero a Jordán tal vez el desengaño lo alcanzó muy joven —según destilan estos relatos. Y para la ficción habrá que tener provisiones.
Hay que agradecerle a Velazco —y a Editorial Silueta—, que a pesar de la resistencia del autor (expuesta en el prólogo) y los accidentes sociopolíticos, compilara y presentara estos cuentos, rescatándolos felizmente. La angustia del sábado se incorpora luego a la producción literaria desigual de una generación que se disolvió en estampida inmediatamente después.
domingo, 16 de marzo de 2014
La Habana sentimental
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| Juan Carlos Alom |
1. El día 8 de cada mes se llena la lanchita con un peregrinaje a la ermita de la Virgen de Regla, que es la virgen de los viajes. El ritual dicta que hay que ir al templo por mar y regresar por tierra, tomando el autobús del regreso que es tremendo lío. Después de la misa se hace una procesión alrededor de la iglesia. Este 8 de marzo una jovencita que había ido allí a cumplir su promesa llevando consigo todos los documentos (pasaporte, inscripciones de nacimiento, permisos, etc.), fue a prenderle una vela a la virgen y cuando regresó al banco comprobó que le habían llevado el sobre. Los gritos que pegaba la muchacha interrumpieron la ceremonia religiosa, contenidos en las cúpulas de los altares. La gente se aglomeró alrededor de la desgraciada y se hizo un silencio donde sola ella entonaba la angustia del acorralado y el ansia de libertad.
2. "Azar coincidente”, dice Pepe Horta citando a Lezama, porque a Pepe le fascinan la antítesis y el oxímoron. Declama mientras prepara un oloroso arroz con mango y langosta: “Voy a caer en terreno de escándalo, y ahí se da la obra de arte”. Luego diserta sobre la diferencia entre los caimitos perdidos y los caimitos del guayabal. ¿Qué es lo que sucede entre el canistel y el caimito? —se pregunta desde el colmo de la hacendosidad habanera. Después del postre irrumpen los recuerdos: “Rokinchá lo tenía adentro, era bomba, era impuro; él hizo magia en Café Nostalgia. Cuando lo hacía con las maracas y la gente me decía ‘es tacky’, yo respondía, ‘déjenlo, déjenlo tranquilo'. Entonces se armaba grande. Rokinchá era un tipo muy generoso, muy buena persona. Murió por exceso de generosidad.”
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| Rokinchá por Delio Regueral |
3. La ciudad depauperada nos espía. Camino esta ciudad desde el destierro interior, habiéndome ido hace treinta años; la camino como no camino ninguna otra, como si anduviera la habitación de mi vida, peregrina del pasado. A ningún otro lugar llego desde el futuro. Apunto:
el cuño de entrada
el paludismo civil
los que lanzan piedras a las ventanas
los que nos fuimos
los que salen a buscar extranjeros a la hora del crepúsculo
los que salen a buscar comida al amanecer
los que callan y obedecen
los que mienten al agente de inmigración
los que denuncian
los que golpean
los que copulan y gritan
los que venden a sus hijas
los que hurgan en la basura
el cielo armándose
los escombros
los llagados
la calle estéril
la cola sempiterna para ver Conducta
el monumento oxidado al patriota de la Independencia
la glorieta espiral
el cuño de salida
De Centro Habana un vitral nocturno, una reja de arabescos de cobre donde cuelga una consigna aireándose en la tela. Voy, abro las piernas y orino de pie. Halo el cordel de la bandera y la tiro, me limpio y la pisoteo. Y me duele la gestión. Estoy bebida. Me introduzco el dedo en la garganta, una vez, dos veces y asqueadas, tres veces, cuatro y vomito. Somos náufragos urbanos por calles donde la coordenada se extravía —así como cuando no me hallo en la memoria de mi madre. Son calles que sufren. La Habana me sumerge en un lugar donde pienso de todo —un lugar fuera de mí. Ciudad express mega hermosa ultra abandonada, #lahabana #Cuba2014. ¿Qué es el tiempo aquí? ¿Qué hace con la ciudad hermosa, el tiempo? Saco mi salación del pecho desfondado. Tengo 47 años.
4. Miami admite muchos equívocos: Vivirás lo que te permita la proyección de tu conciencia. Porque una ciudad, como sucede con el cine, es también una puerta a la imaginación. El auténtico forastero se ha de adentrar en ella con todos los sentidos. El buen olfato guiándole a la buena mesa, la mejor compañía, la información adecuada (eso es cultura). Cualquier mequetrefe se excita con un batido de mamey en el Palacio de los jugos, pero no cualquiera se rezase en un paseo en bote por los manglares del noroeste —a river of grass; tampoco abordará el metro mover que desde el aire lo depositará en PAMM. Los marginales de Nueva York, París o Barcelona, harán visitas marginales. Miami sobrevive el chiste desabrido y la generalización pueril, y porque hablar en su contra da relieve, muchos repiten el discurso manido de la aridez cultural, el radicalismo de los cubans y la frivolidad de sus playas. Pero Miami es el paraíso posible.
jueves, 27 de mayo de 2010
Manuela y el padre Sergio
Mi primera salida con Manuela fue sorprendente y muy alocada. Manuela no puede oler varones, y si son militares o choferes, peor, porque se desespera, habla altísimo gesticulando, se suena el elástico del calzoncillo bajo las nalgas como si fuera un blúmer, me ahogo, qué calor. Abordamos el ómnibus en medio del tumulto de viajeros. Enseguida, una súbita metamorfosis transforma el modo de hablar de Manuela que ha olido varones.
Uuy, qué de andrógenos en esta Ruta 2, qué maravilla. Ahora Manuela habla una jerga, mezcla del español más castizo, mexicano y uruguacho. Manuela no se decide por una nacionalidad, o ignora su modo peculiar de expresión. Pero eso no es obstáculo para que pegue su maletín de médico a cuanta portañuela se le cruza en el pasillo de la guagua, hasta hallar una que responda a su estímulo manual.
En ella Manuela se detiene hablando frenéticamente conmigo, saltando de un tema al otro: las compras que va a realizar a la mañana siguiente, el viaje de regreso a su país de origen —tierra de lengua exótica, en definitiva, geográficamente ilocalizable—, que muy a pesar suyo debe emprender en los próximos días, lo mucho que le gusta la cerveza cubana... Entabla diálogo con un joven que le queda delante, mientras pega el maletín a la portañuela del que tiene al costado y uno le vacía su aliento en la nuca contestándole preguntas. Manuela hace una veintena de preguntas a ese que está detrás, estoy húmeda, Enos, bajeado por el aliento del andrógeno todo el viaje, me ha arrebatado, mira cómo estoy de húmeda. Y se suena el calzoncillo debajo de la nalga. Nunca fue Manuela menos mexicana que loca excepto en una guagua llena de La Habana, a cualquier hora del día o de la noche.
Varias veces estuve a punto de bajarme de aquella Ruta 2 previendo un escándalo, pero nada ocurrió. Al contrario, Manuela cae bien. Es ocurrente, conversador, ríe a menudo. Y eso es típico del cubano que cae bien. Llegamos a Párraga, mi antiguo reparto. Entramos a la iglesia llena, además de católicos, de los santeros que celebraban la fiesta de Ochún. Enseguida, en una veloz transición, Manuela cumple con el ritual dejándose llevar por la atmósfera de la misa como a pocos creyentes he visto hacer; y menos, en aquel ambiente caluroso, de gentes inquietas. Al final, Manuela fue santo por santo, cripta por cripta, a manosear las imágenes de rostro beatífico y a rezarles mirándoles los pies. Intercambia saludos con algunos santeros, soberbios hijos de Ochún que se apretujan en los pasillos. Termina el recorrido y se me acerca: Ven, me dice, voy a presentarte al Padre Sergio. Ya antes me había hablado del cura: Me encanta, Enos, cómo me gusta el Padre Sergio, vas a conocerlo, es un cuarentón muy androgénico.
¿Tú sabes qué me hizo el mes pasado? Le llevé un ramo de rosas al Santísimo y fui y se las puse. ¿Tú sabes qué hizo? Fue y arrancó una y me la dio. Tiene cada cosas conmigo que me hacen un resorte tremendo. Me pone mal, muy mal. Otro día, hizo esperar a una de esas beatas que van a verlo, para seguir atendiéndome a mí. Venga mañana, le dijo a la vieja, que ahora estoy con el doctor, venga mañana sin falta... Así le dijo, Enos... Y para que tú veas, me lleva tenso en el confesionario, pero tenso, tenso. Eso me hace más resorte todavía. Pero cuando hablamos y yo le contesto, él se me acerca y me bajea bajito echándome el aliento arriba y me dice: Doctor, ya le dije lo que en mi opinión usted debe hacer. Vaya y hágalo de una vez. Eso es lo que espero de usted... Me presenta al Padre Sergio, que resulta ser en efecto un hombre muy atractivo. Estaba muy ocupado atendiendo a sus fieles. Manuela no parece darse cuenta.
En cuanto se va alguno de los interlocutores del cura, Manuela retoma la conversación. La interrumpe alguien que llega a saludar, y ella, inconmovible a un costado suyo, espera a que el feligrés se vaya para volver a dirigirse al sacerdote justo en la frase que se le había quedado colgada. —Manuela —le susurro—. ¿No crees que debías venir a verlo otro día? Hoy hay mucha gente que quiere saludarlo. —Sí —me contesta desalentado y se despide dándole un pellizco al abdomen sacerdotal en las cercanías de su ombligo—. Bueno, Padre Sergio, me retiro, vengo el domingo, cuídate, Padre, ¿conseguiste el Alusil?, ¿sí?, ¿mandaste a buscarlo donde te dije? Menos mal. No lo dejes de tomar como te lo indiqué, una hora antes del desayuno, almuerzo y comida. No lo vayas a dejar de tomar... Manuela vuelve a pellizcarlo por encima de la sotana. Le soba los hombros, la espalda y repite que se va, pero en realidad sigue manoseando al cura. Un grupo se ha formado esperando el cierre de la despedida de Manuela. El padre se da vuelta y se dirige a sus feligreses en tanto Manuela se le grita que no se olvide de tome el alusil.
sábado, 30 de agosto de 2008
El regreso
Victor Jiménez
Realicé el viaje más doloroso de mi vida para cerrar un ciclo y nació otro. Mi viaje a La Habana después de 24 años, me llevó por caminos nunca transitados. Mi padre, el actor Rodolfo Jiménez Espinosa, falleció. Pude llegar para despedirlo y despedirme de la casa que construyó el abuelo. Algún funcionario de cultura o algún militar se quedará con el cascaron vacío. Sé que tuve suerte, “alguien” me autorizó a viajar sin pasaporte cubano y a quedarme en la casa donde nacimos mi padre y yo. Ya no me pregunto quién logró el milagro. Milagro fue ver cómo transcurrió su vida en estos años, descubrir sus secretos, encontrarme con lo que había dejado inconcluso minutos antes de su muerte: Un libro sobre su sillón favorito, ropa sobre la cama, una próxima gira por Holanda, su perro Bompo -que por una semana vivió de las sobras lanzadas por vecinos-, arreglos caseros a medio hacer, reconocimientos y diplomas de cuando creía que Cuba tenía esperanza. Porque al final mi padre supo que la suya fue una generación traicionada, supo que no valió la pena, que entregó su juventud a una causa perdida, que su sacrificio no fue para crear un país justo y libre. Llegar para cerrar una casa llena de fantasmas, generaciones que vivieron y murieron en ella. Abrir gavetas, asomarme al pasado, reconocerme en los rincones, creer escuchar las voces, ver las siluetas... la memoria se abre y regresan los olores. Memoria olfativa, física: Escalar el techo de la casa como si por unos segundos fuera el niño aquel. Encontré por todas partes nuestras huellas: en un árbol del patio, en la puerta principal marcada por unos hoyos insistentes que le produje llegando de una fiesta un sábado, fotos de mis abuelos en Varadero -el viril, ella alegre-, mi padre tomando su comunión en Miami, conmigo recién nacido, fotos de su carrera como actor, fotos, vestigios de vida. Abrir un baúl y descubrir mi uniforme, notas escolares, el tira piedras, la vieja armónica, el bastón del abuelo, un diario de mi viejo. Sus cenizas fueron esparcidas por mí en una ceremonia espontánea en nuestra Playita de 16, donde ambos aprendimos a nadar.
sábado, 9 de agosto de 2008
La lluvia es una niña de cristal

Rosie Inguanzo
Desde nuestro palomar miamense siento el viento descomunal contra el cristal a prueba de huracanes y me aferro a su cuerpo; en el pecho una emoción ilimitada, un gozo secreto. ¿Cuántos ciclones no pasé en condiciones precarias y justo frente al mar embravecido? Isleños al fin, los huracanes nos meten el corazón en un puño: el olor a hojas húmedas, la calma chicha que le precede -esa pausa solemne y avizora de las aves, flora marchita, la sal en la piel, olores marinos… En una isla las inclemencias del tiempo forman parte del día a día. Recuerdo evanescente: Se va la luz y mi madre enciende un guano bendito a Santa Bárbara para que deje de tronar y cesen los rayos. Pero para mí la situación es de fiesta; amenazante tal vez, pero el tipo de peligro que sentimos en un parque de diversiones. Alelados ante el misterio de los relámpagos que transportan, en negativo, imágenes al cielo, el silbido amenazador del viento colándose por las rendijas de las destartaladas ventanas y puertas clavadas, bloqueadas con tablas, butacas y palo de escoba, el agua entrando como si nada, acumulándose en el balcón, y esa voz del aire. Para los niños el viento tiene cara, rostro hermoso en la fantasía macabra nocturna ("la lluvia es una niña de cristal…azul", dice la canción); el viento se disputa todos los pestillos de la casa, y una a reír enardecida por los sobresaltos de los mayores. En la mañana a nadar en los charcos de hasta 4 pies, después de la escampada, imaginando que todos los peces del acuario -apenas a cinco cuadras de nuestra casa, los pingüinos tropicales, los delfines y las pasmosas chernas estarán extraviadas en el barrio debido a los desbordes de las peceras. Pero mi madre nos arrastra del jolgorio a chancletazos, temerosa de los cables eléctricos que quedaron sueltos. Eso del peligro y la inseguridad se aprende después… se siente desde siempre, pero se acepta más tarde, cuando no tiene remedio -debido a tanta advertencia. Recuerdo la espléndida ciudad mojada y gris, asfalto plateado: apenas asomaba un vendaval casi no podíamos caminar por la calle 23, zarandeadas contra la fuerza de las ráfagas. Tan flacos éramos y tan mal alimentados estábamos, que para alcanzar la ruta 32 teníamos que aferrarnos al poste de la parada de guaguas, frente al Cinemateque. Pero ¡qué bonita es la vida sacudida por el tiempo! Qué bonita es batida por los vientos.
martes, 8 de julio de 2008
Havana Nocturne de T.J. English
Tumiamiblog
In modern-day Havana, the remnants of the glamorous past are everywhere—the old hotel-casinos, vintage American cars, and flickering neon signs speak of a bygone era that is widely familiar and often romanticized, but little understood. In Havana Nocturne, T. J. English offers a riveting, multifaceted true tale of organized crime, political corruption, roaring nightlife, revolution, and international conflict that interweaves the dual stories of the Mob in Havana and the event that would overshadow it, the Cuban Revolution. As the Cuban people labored under a violently repressive regime throughout the 1950s, Mob leaders Meyer Lansky and Charles "Lucky" Luciano turned their eye to Havana. To them, Cuba was the ultimate dream, the greatest hope for the future of the American Mob in the post-Prohibition years of intensified government crackdowns. But when it came time to make their move, it was Lansky, the brilliant Jewish mobster, who reigned supreme. Having cultivated strong ties with the Cuban government and in particular the brutal dictator Fulgencio Batista, Lansky brought key mobsters to Havana to put his ambitious business plans in motion. Before long, the Mob, with Batista's corrupt government in its pocket, owned the biggest luxury hotels and casinos in Havana, launching an unprecedented tourism boom complete with the most lavish entertainment, the world's biggest celebrities, the most beautiful women, and gambling galore. But their dreams collided with those of Fidel Castro, Che Guevara, and others who would lead the country's disenfranchised to overthrow their corrupt government and its foreign partners—an epic cultural battle that English captures in all its sexy, decadent, ugly glory.
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The mob owned what??? Just by reading the excerpt above, one gets the impression that in his desire to justify the Revolution as a response to our Sodom and Gomorrah-like Capitalist milieu, English throws the baby with the baby water (with "decadence" and "excess" paying the price) while righteousness and redemption are embodied by the Great Inquisitors Fidel and Ché. If the blurb rightly conveys the author's goal, I would have to disagree with English's hyperbolic assessment (even a critical book on 1950's Havana, Cabrera Infante's Tres TristesTigres, would refrain from such a cliché). Then, I find a review of the book here, with a reader's comment:
Your piece demonstrates exactly what I feared when I first heard about this book. I was afraid that it was either inaccurate or skewed so that the reader would come away with the wrong impression. The mob did not own Cuba. It did not even own Havana. Whatever part of the capital they controlled in whatever form with whatever government complicity was but a small portion of a larger country. To perpetuate the myth popularized by the Godfather does a disservice to the truth. As to your comment about those good old boys Che and Castro, it is, perhaps, not the wisest thing to minimize, distort, and make light of a movement and situation that has caused seemingly endless suffering to millions.
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La presentación de Havana Nocturne es el 14 de julio en Books and Books en Coral Gables, a las 8pm.
martes, 1 de julio de 2008
Barrio Chino en La Habana

Interesante video sobre El Barrio Chino habanero + la disquisición que genera en CubaHumor.
Esta singular barbería era adyacente al bazar y fábrica de Toufu que mis parientes tenían en la calle San Nicolás entre Cuchillo y Dragones, en el centro mismo del barrio chino. Ese bazar se llamaba: Liong Lee.
Y se pone mejor: El salón tenía 3 sillones de barberos, del mismo tipo que los que existían en cualquier barbería de la ciudad, pero el detalle que distinguía este lugar del resto, era el servicio que se brindaba al cliente. Para empezar, además del corte de cabello, se daba servicio de corte de los pelos de la nariz y orejas y tambíen se ofrecía limpieza del oido interno (o sea se removía el serumen con unas varillas finas y una pequeña espátula en sus extremos).
Más de la mejor prosa didáctica pongiana aquí.
martes, 6 de mayo de 2008
La Habana, 1968

Jesús Rosado
Cruzamos el parque entre la fauna rebelde. Chicos y chicas de jeans, chanclas y collares acampan junto a notas de rock y efluvios clandestinos. Entramos en El Camagüey de Galiano y San Miguel, y Bibiana pide un helado de almendras. Nos sentamos. Mientras la observo paladear, se me confunden sus pecas con las semillas incrustadas en la crema cuajada. Su perfil cautiva. He visto láminas de un tal Boticcelli que recrea rostros así, con la diferencia que el de Bibiana resplandece con sus mohines traviesos. Más allá de su silueta, la tarde plomiza. Grisuras como éstas presagian una pena en la ciudad. Leo alguna frase de Proust a Bibiana. Lo esencial de 1968 ha sido descubrir los párrafos de Marcel, además de iniciarnos en el sexo. El cabello de mi muchacha se mueve inquieto. ¿Viste lo del parque? …un puesto de reclutamiento de la Columna Juvenil. Y señala el kiosco y las pancartas exhortantes. El Fe del Valle está repleto de altavoces y desde una reproductora mana un Silvio nasal con su era pariendo. Los pelilargos han juntado guitarras y gargantas. Están replicando con algo de Hendrix. Voy entendiendo porqué hoy las calles atrincheran tanta fobia. Bibiana posa su mano sobre mi brazo. ¿Y… que decía Proust? Pero ya no hay tiempo de contestar. Caducan los rituales de la amenaza, la historia va a descargar su neurosis. Los melenudos voltean las pancartas, mientras algunos se introducen en el kiosco asumiendo la casetera. Los acordes de White Rabbit se adueñan del aire y de las esquinas. Otro grupo se ha sentado resuelto sobre el asfalto justo frente al Tencent y ha paralizado el tráfico. La gente se aglomera atónita. Nadie interviene. Dejan que estos chicos de melenas y flores instauren sus minutos de desgobierno. Bibiana y yo nos apostamos para observar mejor. Allí están en actitud zen Omarito Sesohueco, Franklin, Manito el baterista, Esteban, y otro, y otro y una docena de chicas con claveles pintados en sus mejillas… toda una comuna desafiante. Las canciones se van sucediendo. Ahora late Forever Changes de Love. Luego Astronomy Domine enrarece la trama. La muchedumbre, repentinamente, se dispersa. Van llegando los Alfa Romeo de la policía. Uno, dos, tres. Enjambre. Carros jaulas. Sirenas. Del altavoz brota el timbre salvaje de Aretha. Con Respect comienza la contienda. Sicarios que se abalanzan. Una morena, embestida por un mastodonte, saca de su espendrun un minipunzón con el que atraviesa el brazo del agresor y echa a correr. La Franklin descarga ahora Think. Carolina la Portuguesa, extrae de bajo la minifalda una navaja y corta el cachete del fiana que atenazaba su cuello. Manito derriba a otro guardia, más éstos se reproducen como moscas. Todo un ejército. Los insurrectos de pelo largo irán cayendo poco a poco. Se repliegan. Otros, sangrando, son arrastrados hasta los calabozos rodantes. Bibiana y yo emprendemos carrera. Un sargento intenta cazarme trabándome el pullóver y se queda con el trapo podrido entre las manos. Bajamos por San Miguel y torcemos por Águila. Irrumpimos por una escalera y hasta el cajón de azotea no paramos. Llegamos descalzos. Por unos momentos nos mantenemos expectantes. Luego, jadeando, entre penumbra y polvo, nos embarga la excitación y espantamos el miedo erotizándonos. Palpo goloso los pezones crispados de Bibiana cuando a lo lejos, proveniente del parque, rompe el grito más hippie y más caribeño que haya escuchado: ¡Peace and looooove, singaaaooos! Y del persistente altavoz logro reconocer, todavía, los compases de Jennifer, la dulcísima balada de Bert Sommer.
domingo, 16 de marzo de 2008
Cuba Melliza
Tumiamiblog
Primera parte: En un universo paralelo al nuestro existe una isla idéntica a la que conocemos ("Cuba Melliza") con otra historia: Hoy domingo 16 de marzo de 2008, en el diario El Mundo, el periodista Yamisleni González publica el siguiente párrafo en su columna "Qué pasaría si..." : ¿Sería posible imaginar que existiera una "Cuba Melliza" en la que el actualmente profesor emérito de derecho constitucional de La Universidad de La Habana y ex primer ministro de Cuba durante la transición democrática de 1959-1960, Dr. Fidel Castro, se autoproclama comunista en 1961 y toma el cargo de Primer Secretario del Partido en 1965 para luego fungir como Presidente del Consejo de Estado desde 1976 hasta febrero del 2008? ¿Es ese hipotético Castro dictador idéntico a nuestro distinguidísimo ciudadano?
jueves, 13 de marzo de 2008
Óptica El Almendares

Tumiamiblog
El Almendares (1952, con tres subsidiarias, una en Obispo, otra en la calle O'Reilly y su flagship) de la calle San Miguel #258 era posiblemente la óptica más moderna de La Habana. Su arquitecto, León Dediot venía de una familia de tradición: Luis Dediot, diseñador del célebre Casino Español (1914) y El Banco Nacional, y de Eugenio Dediot, el arquitecto del Cetro de Oro (1910) y del Convento del Sagrado Corazón (1914-22) ambos en la calle Reina (éste último el mejor exponente del neogótico habanero). El Almendares recuerda la audacia de alguna boutique de la firma Skidmore Owens and Merill en la 5a Avenida del New York de fines de los años 40. La entrada principal de San Miguel, transmitía ampulosa funcionalidad e intimidad: Espacio volumétrico cúbico de puntal altísimo, revestido en madera de cedro, mármol y amplias vidrieras de cristal con vista al vestíbulo. La novedosa iluminación artificial (imitando la luz solar) combinaba la enfática lámpara rectangular de cristal níveo en el techo (de luz fría) matizada con una hilera de focos amarillos. A la izquierda se destacaba la amplia vitrina, cubierta por un techado con luces empotradas (Almendares era uno de los pocos representantes en La Habana de la firma Bausch and Lomb). Era casi imposible pasar por esa fachada y no pararse a curiosear.
domingo, 2 de marzo de 2008
Bitongo: "La pared" (versión libre)
Tumiamiblog
(Bitongo es un muchacho apagado, retraído, huérfano de padre e hijo de mamá. "La pared" transcurre en la Habana de la década del 80).
Bitongo se la pasa encerrado en su cuarto (en un solar de la calle Dragones), mirando muñequitos rusos y tocando la guitarra. El padre de Bitongo, miembro de FEU, había sido asesinado por elementos contrarrevolucionarios en el año 1962. Sola y sin otra familia que su hijo, Azalia, la madre de Bitongo, se convierte en testigo de Jehová. El muchacho crece aislado y desafecto al régimen, su único escape es el rock y las pajas. En la escuela Bitongo se la pasa garabateando y escribiendo poesía concreta. El muchacho no se sabe el himno nacional y su postura jorobada al saludar la bandera parece irrespetuosamente afeminada. Un día le hacen un consejo de disciplina a Bitongo, le confiscan los dibujitos y lo obligan a leer sus poesías cacofónicas delante de todo el colegio. Estamos en los 80. Vemos a Bitongo durante "la castroika", hecho un rockero "friki" y enamorado de una muchachita taciturna (contratada por los compañeros del G-2 para que le lave el cerebro a Bitongo). El muchacho ha sufrido una metamorfosis: Todo lo que hace es mirar la serie "En silencio tenía que ser", comenzando a construir una metáfora sólidamente revolucionaria en forma de pared. Un 26 de julio Bitongo sueña que "los gusanos" le comen el cerebro. Para contrarrestar la influencia de "la escoria" nuestro protagonista construye un altar imaginario al partido del pueblo, se rapa la cabeza (nace su alter ego comunista). Bitongo es ahora "coordinador" de una brigada de respuesta rápida que reprime a los frikis. El sopor revolucionario termina dominándolo: Bitongo es llamado para que sirva de testigo en un tribunal perez-troiko. Inexplicablemente el juez cara-de-culo declara que ante la nueva situación perez-troika que atraviesa el mundo, la pared metafórica de Bitongo ha de ser derribada. (Arriba, dos escenas fundamentales de Pink Floyd: "La pared". La escena de las flores y la del juicio con cara-de-culo).
martes, 26 de febrero de 2008
Celebrar a Galicia en la Feria del Libro de La Habana
Ileana Fuentes
Si viviera en La Habana, visitaría el pabellón gallego en la Feria. Iría, en sororidad simbólica con mi abuela Carmen, para averiguar un poco más sobre aquella tierra que ella rechazó intensamente por dura y machista con prematuro feminismo de mujer semi-analfabeta pero sabia. Mis abuelos maternos emigraron a Cuba a principios del siglo 20. Hoy, en algún osario del cementerio de Colón, son un recuerdo en vías de extinción. Mis abuelas están allí, felices de haber vivido y muerto en Cuba. Carmen no quería saber nada de España, y mucho menos de Galicia. Allá la había hecho volver mi abuelo Manuel cada vez que juntaba cuatro pesos, siempre con idea de quedarse. La Cuba de la primera década debe haberle inspirado miedo. "Muchos negros", habrá repetido aquel hombre de pocas luces y algo racista. No así a mi abuela, para quien Patria era la tierra que te daba de comer. Carmen -que hoy tendría 131 años - trabajó como una bestia en una modesta tintorería que instaló mi abuelo, lavando y planchando trajes de encaje y mucho dril cien al tiempo que atendía la casa, las planchas de carbón y criaba siete hijos, la más chiquita de ellos, mi madre. Carmen no hubiera ido hoy al Pabellón de Galicia. Diría lo que dijo siempre: "Allí no se me perdió nada, más que miseria y hambre". Mi madre, hoy a sus 85 y bastante ausente, tampoco. Jamás en sus 47 años de exilio le interesó ir a Galicia. Los autoritarios gallegos de entonces dejaron hondas huellas en su prole, hoy octogenaria y más. Mejor ejemplo no hay que el gallego-en-jefe, que no creyó ni en los suyos. ¿Cuántos hijos e hijas de Galicia, prósperos muchos de ellos, dueños de negocios que construyeron trabajando hasta el cansancio 24/7 abandonaron Cuba al verse “siquitrillados” bajo el nuevo orden? Esas miles de historias perdidas duermen hoy en cementerios ajenos -y no necesariamente en Galicia. No encontraría sus historias en los anaqueles de la Feria. ¿De qué vale una celebración olvidando a los olvidados? No obstante, yo iría, en memoria de Carmen Vázquez, mi abuela.































