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miércoles, 25 de marzo de 2020

La muerte no tiene víspera


Adalberto Delgado

La Paloma, no era solamente un edificio; era una hermandad. Primero, se hablaba en puro cubano (que es como un español en clave), se jugaba a los escondidos, a las bolas, la chivichana, la quimbumbia y empinábamos papalote. Segundo, se respetaban a las niñas, aunque otras menos respetables nos daban jamón del bueno. Tercero: Había de todo, recabuchadores (y aquellas dispuestas a ser recabuchadas), músicos, mecánicos, pintores de brocha gorda, peloteros (¡La Paloma tenía su equipo de Softball semi-pro con Cheerleaders y todo!).

Imaginen llegar a una Pequeña Habana todavía llena de americanos, rubios de ojos azules (algo que ahora parece insólito) donde el inglés era la lengua franca.Ya comenzaban a aparecer letreritos que decían "se habla español".

No era fácil la cosa, señores.

Cuando llegamos en los 60, se venía con lo que tenías puesto, o tal vez con dos mudas de ropa interior. Alguna que otra prenda de oro y brillantes, que las mamás traían escondidas en los peinados Beehive de la época, o dentro de algún dobladillo, y nada de cash. Eran tiempos duros de salarios de 85 centavos a $1.45 la hora. Mucha ropa regalada, mantequilla de maní de refugio, carne en lata (U.S. Army Rations) parecida a la carne rusa.

El Oso Blanco Supermarket daba fiao y el que se quedaba sin trabajo, recibía una facturita gratis. El lema era "nadie pasa hambre", y menos en La Paloma. El judío Aaron del que les he hablado antes, tomaba consideración de los hechos y te esperaba a cobrar la renta, pero nunca echó a nadie a la calle por falta de pago. Si un vecino necesitaba ayuda se hacía una ponina, lo mismo para un entierro que para una fiesta de cumpleaños. Dos edificios gemelos de tres pisos cada uno y todo los inquilinos se querían.

El complejo estaba localizado en un punto clave: entre los bares El Yumurí y La Roca. Tenías la dulcería Los Pinos Nuevos y el Monaco Auto Sale, dealer de automobiles donde compraron muchos cubiches recien llegados. De vez en cuando pasaban personajes como Hector Duarte, el famoso guapo y matón de Cuba; los hermanos Batle, famosos por su banco de bolita en New Jersey; Mandrake (no el mago) y un tipo llamado Veinte Pesos.

Rolando la Serie se presentaba en El Yumurí, acompañado por las tumbadoras del Bolo y Oscarito Azcarreta en las pailas (ambos aficionados, pero le metían bien). Mi hermano el Junior y su compinche y mi socio Palucha, eran puntos fijos. De mi edad eran Lázaro, Yiyito, Aymara, Tamara y Martica. Renecito, el hijo de René (personaje afro-cubano de talla, guaposo y elegante que tocaba la flauta) y Yoryi. Un buen día decidimos dar un concierto en la azotea, mucho antes que Beatles lanzaran aquel famoso concierto del Let It Be desde la azotea de sus estudios.

Como he dicho, los palomeros jóvenes cubiches, éramos respetuosos. Tanto era así, que terminamos convirtiéndonos en hippies con la ayuda del cannabis. ¡Pura magia! De repente empezamos a dejarnos crecer el pelo, las patillas, los pantalones se acampanaron, andábamos en chancletas. Las niñas palomeras se despojaron de sus sostenes, los vestidos se hicieron largos y transparentes... sólo pensabamos en tres cosas: sexo, drogas y rock and roll.

Y cuídense, que el corona virus se lleva a cualquiera.😖 😞 😟

viernes, 25 de julio de 2014

El verano de veranos de 1969



Adalberto Delgado

Corría el verano del año 1969. El diminuto aire acondicionado de pared de nuestro apartamento del Palomar no era suficiente para atenuar la intensidad del calor húmedo miamense. Salimos a la esquina de la 8 y la 18 avenida, a la tienda de un señor que vendía electrodomésticos (nuevos y de uso) y la vieja (quien era marchante de la tiendecita), decidió comprar un ventilador. ¡Tremendo salvavidas, porque el calor era insufrible! Mientras, en el apartamentico, mi familia había organizado una pequeña factoría de ajustadores de bikinis. La línea de ensamblaje era la siguiente: La vieja (joven y bonita en esa época) cosía los ajustadores, tía Emma, mi tía abuela, le ponía los broches y yo le ensartaba las bayonetas alrededor de las copas que cubrían los senos. A cualquier hora la sala de la casa era como un laboratorio de sonidos concretos: El tracatracatraca de la Singer (de factoría) compitiendo con la guitarra eléctrica de Jimmy Hendrix, la olla de presión en la cocina al mismo tiempo que mi tía abuela y la vieja trataban de hablar, gritando por encima del bullicio. Mis colegas del Palomar se reían de mi trabajo voluntario. Me decían que ellos estaban concientes que yo no era maricón de culo, pero sí de espíritu. No era mi culpa que mi madre me obligaba a ayudarla con la costura, pero había que contribuir con el viejo para el sustento de la casa. Volviendo al calor: el lema era vencerlo a como diera lugar. Un día mi vecino y colega de maldades, Lazarito, se le ocurrió poner un bolso de hielo en frente de un ventilador que había comprado su papá y se armó una cagazón tremenda; casi nos electrocutamos. Finalmente, a nosotros los jóvenes se nos ocurrió buscar refugio en la azotea, debajo de una sombrilla de playa que se había encontrado Yiyito. A la sombra corría un poco de brisa. Una tarde llamamos a Renecito “el Niche” para que nos deleitara con un conciertico de flauta, mientras que yo acompañaba con mi campana y “el bolo” subía su tumbadora. Se armó el bembé con nuestras interpretaciones de temas de Joplin, los Beatles y Cat Stevens, y no faltaba una rumbita al tumbao de los Blues Image y Jethro Tull. Cuando el sol comenzó a caer, irrumpía el ritmo de las ollas de presión del Palomar con olores de fritanga con ajo y cebolla apoderándose del ambiente, y nosotros con un hambre caballa (después de dispararnos una Colombian Gold, cortesía de “Veinte Pesos”). No digo yo, hasta arroz con huevo frito parecía un manjar de los dioses. ¡Qué tiempos aquellos, caballero!

miércoles, 30 de enero de 2013

Qué rico el "disco volador" de Miami

Adalberto Delgado

Hace años estuvo de moda un bocado suculento en ese Miami de los años 60 de los pobres miamenses que antecedió al "cubano" o el "Elena Ruz". Me refiero al famoso "disco volador". Algunos "habitantes" de La Paloma* soñaban con montar un negocio para la confección de ese sánuich que gozó de tanta popularidad en La Habana de mi infancia. El deleite culinario consiste en dos tajadas de pan de molde, un huevo frito, una lasca de queso suizo bien fina y una tajada muy delgadita de tomate.

¿Qué lo hacía un "disco volador"? El recipiente que moldeaba los ingredientes así como el producto final imitaban la forma de aquellas naves espaciales que veíamos en los programas de televisión de los años 50 como Buck Rogers, Flash Gordon y algunas películas de Hollywood, donde nos mostraban los OVNI (objetos volantes no identificados). Pues el "disco" se ponía encima de una hornilla a fuego medio y se le daba una vuelta o dos hasta que el pan quedara bien tostado. Esta delicia se acompañaba con un buen batido de trigo (mi preferido). Señores, qué manjar.

Recuerdo que Yiyito, Lázaro y yo encabezamos la comitiva encargada de convencer al dueño del "Coladito" y el "Yumurí", restaurantes vecinos del área, y populares del hampa del Miami de los 60 y 70, a que los ofrecieran en el menú. No lo logramos. Sin embargo pudimos convencer al dueño del "Rey de las Fritas", que en esa época estaba en la 12 avenida con la ocho calle, en pleno corazón de la Pequeña Habana.** Qué vacilón poder llegar a pie desde El Palomar y ordenar un "disco volador".

Hay que decir que no faltó el cabrón que le diera "un pechazo"*** al propietario del restaurante, algo imperdonable para la ética del barrio  ya que el respeto a los negocios cubanos era sagrado por lo difícil que fueron aquellos años del exilio. Aclaro, no se prohibía dar "pechazo" a otros establecimientos en cadena, tales como "Royal Castle" o "Burger Inn". Romper la ética del barrio podía resultar en una paliza (o peor, una puñalada), amén de la expulsión del barrio, o de La Paloma.

¡Qué tiempos aquellos! Hasta otro encuentro "Palomeño"

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* "La Paloma" todavía existe en la 18 Avenida del SW y la 9 calle. Pueden informarse mejor sobre ese edificio célebre aquí en Tumiami. ** Muy cerca de donde un servidor mantiene su estudio, además de un espacio alternativo para las artes llamado "Contenedor de la calle Seis". *** Irse de un establecimiento sin pagar la cuenta.

martes, 6 de marzo de 2012

Recordando La Paloma


Buscando en los archivos de tumiamiblog, me encuentro con //////////// La Paloma. El Miami de los 60  por la misma costura. 

martes, 5 de abril de 2011

¡Mariana la tererema...cada loco con su tema!

Adalberto Delgado

Hoy, mientras visitaba "faibu", como le suelen llamar mis compatriotas más recién llegados de la isla a facebook o (caralibro,) me topé con un post sobre la chancleta de palo, de la cual incluyo una foto. La famosa chancleta de palo no fue en realidad, como muchos piensan, de origen afro-cubano - aunque miembros de la raza negra, en la provincia Oriente, la adoptaron para su confortabilidad al andar, sobre todo dentro de la manigua cubana. El fri Jiménez Urrutia las bautizó con el nombre de "cutaras," vocablo todavía en uso. Resulta que las cutaras son de importación oriental, durante los años de la gran migración china a nuestra patria. Los chinos, quienes al principio se dedicaron al cultivo de nuestros campos, se las regalaban a los mambises que andaban descalzos la mayoría del tiempo por el monte. Las cutaras le servían de arma protectora, junto al machete o el rifle. ¡Imagínense ustedes una patada de esas, desde la postura del caballo de un mambí, en la cara de los españoles! Las cutaras se hacían con maderas sobrantes en las construcciones y también con pedazos cortados de árboles. El cuero era usualmente de piel de cochino o jutía. También, cuando un caballo moría, se aprovechaba la piel para la confección de cutaras. Eso es la historia. Ya la cutara ha desaparecido. No es la moda. Por eso hay cubanos que tienen nostalgia de ver una buena mulata, una María la O cualquiera con su vestido apretao, moviendo las caderas, montada en un par de cutaras, caminando por el pasillo de La Paloma.

martes, 18 de mayo de 2010

Hoy lunes, 19 de Junio del 1967, ¡qué calor caballero!

Adalberto Delgado

El calor es insoportable. Hoy lunes, 19 de Junio del 1967, tiene que ser el día más caluroso de todos los veranos que he experimentado. Y la peste a sudor se riega por todas partes. En la guagua, en el aula del colegio, en la cafetería, con los socios. Vaya, en toda La Pequeña Habana. Bueno, la peste del Palomar era de esperarse. La mierda de Pepito, el hijo de Concha, olía más fuerte, y el enjambre de moscas detrás de sus nalgas como si fuera en una película surrealista de Buñuel. Pero bueno, dejemos la peste y pasemos al tema del día.

Cunde el calor y Esther anda casi encuera (se le ha roto el AC de la pared y está con todas las ventanas abiertas en el primer piso, quejándose de Aaron, el judio "slum lord" de La Paloma, de que "no le venía a arreglar el F**** aire acondicionado). Oscar Ascarreta no se ha levantado con ánimo de tocar las pailas al ritmo de la orquesta Riverside por culpa del calor. El negro Renecito y un servidor, nos vamos al Coladito (8 e/ 18 y 19 Avenida, al lado del Quick Check Supermarket) a tomar un guarapo bien frío para refrescarnos un poco, cuando nos enteramos que esa noche, el equipo de softball de La Paloma participará en el campeonato nacional de ese deporte, alrededor de las 7pm en el diamante del parque Shenandoah. No podemos creerlo: ¡Nuestro equipo en las nacionales! Ya ganamos en las regionales (a los Boricuas de Wynwood y a los Dominicanos de Allapatah). Caballero, la cosa va a estar dura, vamos a jugar contra los campeones regionales, los irlandeses de Key Biscayne, con el estrella Larry O'Malley y el bateador estelar de Miami High, Robert Flint.

Ambos son conocidos por el odio que nos tienen a los cubanitos o spiks como nos llaman. Soy amante a la paz y del amor, y confieso que me atrae mucho el juego (no tanto el deporte en sí). Pero estoy esperando la chorizera que se va a armar. De vuelta en El Palomar, el negro y yo muertos de la risa de pensar en el elenco de cheerleaders de La Paloma: Concha la gorda, capitana, con una sayita corta enseñando las masas; Ahimara, Amayra, Martica, mi Xena y la propia Esther, en minis, para darle celos a las americanas y cráneo a los yumas, como decía ella. La cosa no podía ser mejor.

Se levanta el negro y me pide que recoja al "Bolo" en su casa y que fuéramos a la azotea, a juntarnos con el Yoyi, para practicar nuestras canciones. Figuraremos como la banda municipal Palomera. Me parece fantástica idea. Así que nos juntamos todos y el "Bolo" saca un mambito que dice: "Somo la paloma, pa' lante y pa' lante y al que no le guste que tome pulgante," copiando la  consigna comunista, adaptada en son de rumba carnavalesca gusana.

Ya estamos en el juego... empatados a cero. De momento ponchan a Sahara, y claro, la gorda Concha no esta de acuerdo y sale a discutir con el ampalla. Concha suele comenzar sus discuciones con mucho respeto y recato: ¡SO HIJO E PUTAAA! (se refiere al referí). Comienza a sudar y aquellos brazos gordos (del tamaño de mi pierna derecha) gesticulando en al aire... y suda más, se le paran los pelos de punta. La novia de Frankenstein con pelo negro y 200 libras más. ¡SINGAOOOO, MAARICÓN! El ampalla le dice: ¡Sit down, you FAT CUBAN PIG! Y ahí mismo se forma la recholata.

Aquello terminó como la fiesta  del Guatao, los bates volaban, la gritería y la gorda agarrada del cuello del ampalla, ya el tipo se estaba poniendo morao. En eso llega la policía (no antes que Sahara, el buga, le pegara un batazo en la nuca al gigante de Key Biscayne) y todos salen corriendo buscando refugio, excepto por nosotros, que seguimos cantando nuestro mambito agitador.

Llega la fiana y mandan a evacuar las zona. Nosotros muertos de la risa de lo que habíamos precenciado en el parque y camina que te camina hacia la Paloma, llenos de orgullo y felicidad, aunque como como equipo, había que decirle adiós al campeonato. Ya entrada la noche, nos consolamos con el strip tease de Esther (en la ducha) por la ventana, castigándonos, como siempre al compás de la rumba. Yo encendido termino en brazos de mi gordita que me espera con ansias. La tocadera, el besuqueo, el saliveo, mientras escuchamos la canción "Set me free" del grupo Vanilla Fudge, que casi es un himno palomense durante estos calentosos tiempos de enamoramientos.

Al pasar por frente a su casa, la veía, escoba en mano, haciendo el papel de que cantaba para una audiencia sofisticada, sus masitas se le salían por debajo la camisetica y las nalguitas les saltaban en sus apretados chorsitos... ¡qué e imagen angelical! Dos fines de semanas más tarde, Vanilla Fudge se presenta en el Miami Jai-Alai, ¡para el deleite de todos nosotros!

¡Qué Miami tan rico el de aquella época!

miércoles, 27 de enero de 2010

De la Paloma, en bicicleta, hasta Fair Island


Adalberto Delgado

Para este servidor era tan importante la primera tabla de surfear como la bicicleta con "banana seat."  Era la moda para los muchachones de la época y por eso tenia que ser así. No sé. Me acuerdo que todos los socitos nos íbamos en pandilla, desde "el Palomar" hasta Fair Island (hoy Grove Isles), isla habitada por una familia "hippie" que se habian apoderado de una casita abandonada. Ahí vivían felices. Otro mundo de paz e igualdad. Más de una vez vimos a la mujer del tipo tirarse al agua desnuda, mostrando un cabello largo y tetas ¡dignas de la mejor paja adolescente! La isla tenía su bella playita y un pequeño puente que la unía al continente. Ese era nuestro puente a la felicidad. Nosotros, palomeros cubiches, éramos muchachones abiertos y también respetuosos. Tanto era así, que terminamos convirtiéndonos en hippies con la ayuda del... cannabis. ¡Pura magia! De repente empezamos a dejarnos crecer el pelo, las patillas, los pantalones se acampanaron, andábamos en chancletas. Las niñas palomeras se despojaron de sus sostenes, los vestidos se hicieron largos y transparentes... sólo pensabamos en tres cosas: sexo, drogas y rock and roll.
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Nota: Nuestra niñez miamense era un deleite total. No recuerdo sufrimientos,  a no ser cuando a alguno de nosotros nos llegaba el famoso "draft call," para ir a Viet Nam. Los más jóvenes nos salvamos, ya que Nixon, después de cagarla con la invasion a Cambodia y gracias a la presión política de parte de los ciudadanos, paró el draft. Varios de mis amigos fueron y llegaron hechos mierda, sicológicamente hablando. Dos de ellos sucumbieron a la tecata, de sobredosis, siempre les fue muy difícil comprender qué les había pasado.

lunes, 16 de noviembre de 2009

De mis aventuras juveniles en la Universidad de la Florida


Adalberto Delgado

Una vez quise escribir un libro y no sé... quizás todavía esté a tiempo, sobre la vida en Tampa, Fl., en los años 60, cuando el fervor del rock, el nuevo dadaísmo y Fluxus eran parte de su historia. University of South Florida, Art Department: creo que por ahí empezaría la cosa. Lugar donde venían a hacer sus litografías los grandes maestros de la época: Jim Dine, Arakawa, Rauschenberg, Rosenquist y muchos otros. Me acuerdo ver anunciado en los periódicos portfolios creados con lithos de estos señores por $4,000. Qué pena no tener ese billete en esa época de estudiante. Recuerdo mi llegada al apartamentico en Fowler: Era como ir de la Habana al campo. Un bungaló fabricado a principio de los 70's, con vecinos white-tracheros de verdad. Ahí está mi vecina pidiéndome que la acompañara, Colt 45 en mano al cine porno, a pajearnos y tomar laguer. ¡Wow! ¡Qué divinidad! decía yo, que recién llegaba casi de vivir nada más y nada menos que en Londres. Ahora me encontraba en un cine de mala muerte con mi vecina, masajeándole las tetas mientras ella se pajeaba y tomaba cerveza. ¡Éramos los únicos en el cine a las 3:30pm! Otra vecinita estudiaba arte y se pagaba su escuela bailando topless en un Go-Go. La chica tenía un talento increíble para el arte y el baile al desnudo, había que verla desarticulándose encima de una tarima con los rednecks locos poniéndole billetes en las ligas.

Tenía un roommate venezolano: Leopoldo que tocaba la guitarra de maravillas mientras yo lo acompañaba con mis tumbas al aroma de una buena breva colombiche. Los vecinos salían al patio de tierra, especie de jardín seco y moribundo, bajo una luna llena y un cielo estrellado, como los de la campiña cubana. Se incorporaban otros amigos de la universidad y se formaba el guasabeo de inmediato. Los paquetes de chips y las cervezas baratas no faltaban. A una chamaquita del frente le gustaba cantar y Leo le proveía su repertorio, mayormente de canciones de la época, onda Allmand Brothers y Steele Dan.

Como es de esperarse, el Art Departament se caracterizaba por el bullicio, la risotada y la gozadera. El elemento era único y los maestros, todos artistas todavía cotizados, se incorporaban de linda manera al elenco estudiantil. Yo, precoz al fin, me allegaba a los alumnos con maestrías, para aprovechar los estudios al máximo. Habíamos tres cubanos: Jake Fernadez (de Miami), Luciano Alfaro III (de Chicago), y un servidor. Jake hacía su MFA en pintura, el otro en escultura y cerámica. Tipos cojonudos de verdad, con una obra bien alante. Luciano, años mas tarde, se ganaría el Grant de Polaroid de $100,000, con sus fotos polaroids gigantescas. Marcia Tucker, por aquella época curadora del Whitney, nos premió a Luciano, Jake y a mí por nuestros trabajos. A mí que nadie me saludaba porque no me conocían, bastó con el premio para hacerme famoso en la escuela. Marcia hizo uso de tres piezas mías (fotos polaroids con negativos), para explicar lo que le gustaba de la muestra. Claro, yo estaba orgulloso, pero los otros dos cubiches no se quedaban atrás. La noche terminó con un fiestón a todo dar en casa de Luciano, que junto con su "lover", daban las mejores fiestas de Tampa en esos años.

Y eso es todo por ahora queridos amiguitos. Hasta la próxima. Los quiero y me quedo corto.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

"Woodstock" estilo palomero


Adalberto Delgado

Todos queríamos ir, pero no teníamos donde caernos muertos, así que el concierto estaba fuera de nuestras posibilidades. "¿Qué hacemos?", nos preguntamos todos. Y decidimos confabular nuestro "mini Woodstock" en la azotea de La Paloma. Invitamos a Ferni y su banda, los "Four Nights" y a "Tetera," con su combo, "Norman y Dave" con los "Queens Kids" y el "Guille," (quien años más tarde tocara percusión con la banda "Chicago"). Por supuesto que el negro Renecito saltó y pidió ser parte del elenco, acompañado por "El Bolo" y Oscarito Azcarreta, personajes ya familiares para muchos de ustedes.

Al correr la voz por el barrio, se sumó Sahara ("el Buga") para ser parte del elenco de seguridad. La gorda Concha, sería la cocinera. Aimara, Xiomara, Quika, Martica y (mi gordita piravadora) Xena, se prestaron como las "Go-Go Girls" palomeras. Esther, muy elocuente ella con la gente, sería la anfitriona, acompañada por la loca de Manolito y su marido “el Yoryi” (un servidor era parte del conjunto musical de "el Negro", como acostumbraba a hacerlo). El elemento esencial del mini-festival era "Veinte Pesos" suministrador eficiente de estupefacientes, alcaloides y hierbas.

Qué les digo: Se juntaron alrededor de 150 personas en las dos azoteas del Palomar. Les juro que pensábamos que con el peso de cristianos la azotea se venía abajo. ¡Mi paranoia no se hizo realidad! Comenzó la música, el bailoteo, la fumadera... y uno que otro vacilador apretando en las esquinas oscuras de la azotea. Otros se lanzaban a la piscinita de hule que habíamos inventado, por eso de imitar el laguito de Woodstock. ¡Qué domingo caballero! Hasta olvidamos el desencanto de no poder asistir al evento más importante de la época. Bueno, por lo menos nos quedó el aliciente haber contribuido a la mítica de la sagüesera.

miércoles, 20 de mayo de 2009

La Paloma, verano y surfin'


Adalberto Delgado

Comenzaba el verano y las tablas de surfin’ salían a relucir en los balcones de La Paloma. Aparecían entonces los aficionados al deporte, aunque fueran poco conocidos en sus lugares de origen. Como en estos tiempos, había escasez de plata. Muchos de los amigos se dividían los gastos del costo de la tabla: O iban juntos, o iba uno y el otro se hacía cargo de transportar el board a la playa y traerla de vuelta –después- al Palomar. Aprovechábamos cualquier descuento por ser menores de edad. Preferíamos ir en guagua. Nuestros padres se ofrecían a llevarnos, ¡pero qué vergüenza llegar a la tostadera en el carro de los viejos! Como decía “Foforito”, colombianito costeño vecino del palomar y amigo nuestro, “ni riesgos parse”, queriendo decir, “que ni de casualidad se montaba en un carro con los viejos”. Es así que tomábamos la ruta #5 (hoy la #8) y hacíamos trasferencias. Algunas veces un amigo que ya manejaba un Volvo viejo nos recogía y le llenábamos el carro de mierda y tablas en su surfboard rack. Merecen atención los guagüeros de la época, casi todos afroamericanos. Se asombraban de ver a los cubanitos con sus tablas de surfin’ en el autobús formando ambiente. Nos hacían pasar al fondo donde no molestáramos a los pasajeros. Nuestro piquete mataba el viaje cantando y haciendo chistes -y nos fumábamos uno que otro tabaquito para alegrarnos la vida antes de llegar al mar. Las palomeritas presentes: Aimara, Tamara, Martica y hasta mi gordita Zena nos seguían los pasos y nos hacían grupo en la playa, luciendo sus bikinis populares y sexy de la época. A veces me daba pena con mi gordita, porque dada su saludable figura, sólo se ponía trusas de una sola pieza. La música de los surfers del momento era Grand Funk Railroad. No queríamos saber nada de Beach Boys; la onda era puro Led Zeppelin, Kinks, Rolling Stones y los últimos de la moda: Grand Funk (que sólo batearon par de discos en el hit parade). God forbid que oyeras WQAM! Eso se consideraba puro bubble-gum-music. Nada que ver con nosotros “los cools”. María Juana no faltaba entre nosotros y de vez en cuando, aparecía por allí Mr. LSD, a quien yo le tenia mucho respeto. Me acuerdo que Julio César, un amigo, le dio por tomarse uno que le causó un “bad trip” y se lo llevaron a un sanatorio de locos por asomarse desnudo a las 6am dentro de su carro (Corvair convertible '62) de pie, gritando sin parar: “Por fin he visto la luz”. Hasta el día de hoy no supimos más de él. Como es natural, los veranos de Miami eran calurosos y el Palomar quedaba desierto. Concha cocinaba su típica cazuela de moros los domingos, Esther y Luis asaban una piernita en la casa, Oscarito cargaba con las pailas y el Bolo con las congas. Se sumaban René, Renecito, Lázaro, Yiyito, “El junior” y otros y se armaba la típica rumba con comelata en la playa de la 5 calle (al otro lado de las rocas) donde nosotros, “los chicos cool” practicábamos nuestro surfin’. Muchas veces nos llegábamos a cantar y rumbear. ¡Qué tiempos aquellos caballero!

lunes, 16 de febrero de 2009

al mal tiempo buena cara

adalberto delgado

la letra de algún bolero dice que los recuerdos de juventud se borran con los años. conmigo no es así. cuando pienso en la paloma no hay nada más real que aquella experiencia: un laboratorio del ser humano con experimentos en materia de amor, odio, envidia, sexo, inocencia y felicidad. cada apartamento como un cultivo especial con su historia bajo el microscopio. por ejemplo, el apartamento #7 de “concha la gorda” con pepito cagándose siempre en los pantalones, acompañado de una nube de moscas. lugar lleno de amor madre-hijo mezclado con una peste a mierda insoportable y silencio casi absoluto, a no ser por los gritos auténticamente solariegos de concha, desde su ventana, comunicándose con los vecinos. ¿el lugar de encuentro? la gente se acerca a la esquina para hablar por teléfono, actividad necesaria que en aquella época se resolvía con el tragapesetas de la esquina de la 18. pero no era sólo el teléfono, sino la estación de radio palomera. podías llegarte con la idea de conversar con un pariente en elizabeth, new jersey y terminar enterándote de los chismes últimos del solar. la familia del negro rené y renecito, mi socio íntimo y época, en el apartamento 5. rené era conocedor de la buena música cubana; idolatraba a la aragón de los años 50 y le regaló a su hijo una flauta de madera. a renecito le importaba un bledo la aragón, lo de él era jethro tull, aunque para complacer al viejo se aprendió aquello de “la gente va llegando al baile y todos los que no son bobos…” la vieja de renecito había fallecido recién llegada al exilio. rené había sido parte de la escolta de batista y tuvo que salir echando temprano en el juego. rené hablaba el inglés bastante bien y se defendía en los hoteles, aquí y en el norte, donde iba a trabajar las temporadas, junto con sahara “el buga”, armandito “el ganso”, con su maridito “el yorgi”, y otros que se le sumaban perdiéndose del barrio. ¡qué tranquilos los veranos en el palomar! hasta palucha subía al norte y la calma era tremenda, excepto por las tumbas matutinas sabatinas del “bolo”, oscar azcarreta con sus pailas y tocadisco, la esther escuchando “a to’pecho” a la olga guillot, fabricando gestos como los que hacía la intérprete y poniendo esas caras típicas de bolero feeling que parece que tienes dolor de barriga. si andre breton hubiera llegado a la paloma, hubiese escrito su manifiesto surrealista allí mismo. me veo yo mismo a las 4pm marcando la tarjeta en mi apartamento, donde mi vieja con su máquina estilo “mero”, igual que las de la factoría, hacía ajustadores para la fábrica de bikinis de un judío cubano. mi trabajo cooperativo con la pura era ponerle las “ballenas” o “bayonetas” a los ajustadores, para que después mi tía abuela emma le enganchara los cierres... y en esa pega nos metíamos hasta las 7pm, cuando comenzaba la programación del canal 23 (el único canal en español del momento). mi rutina después de la comida era buscar a omar, yiyito y lázaro para descargar en la azotea, coger fresco y reírnos de todo el mundo. algunas noches alternábamos mirando huecos, siendo esther nuestra preferida, lo cual no excluía a xiomara, la hermana mayor de aimara, que estaban todas bombones de verdá. xiomara sólo andaba con tipos de billete y no le hacía caso a ningún palomero. cada mañana comenzaba a las 6am con el olorcito a café y “la fabulosa” o “radio reloj” matutino con las noticias y el estado del tiempo. en otros apartamentos se escuchaba la wqam y su hit parade de los 50 y 60. la parada de guagua se empezaba a repletar con los nuestros y los chamacos listos para la jodedera y mataperrearías del día. xena, mi gordita piravadora hacia presencia desde muy temprano y me llevaba a desayunar a su casa un buen café con leche. ya el padre se había ido a trabajar y la madre se hacia la de la vista gorda cuando nos íbamos al cuarto “a jugar”. cotidiano verano de la paloma… como digo, ahora que las cosas están jodidas, cada época tiene su belleza y felicidad, no importa la necesidad.

miércoles, 28 de enero de 2009

la música lo resuelve todo



adalberto delgado

las celebraciones del nuevo año de 1969, dejaron sin mucho ánimo a los palomeros. la sucesión de eventos históricos tenía al país en vilo: bahía de cochinos que fue un fracaso, el asesinato de kennedy por la mafia, luego el asesinato de martin luther king por los racistas kkk, las protestas, los black panthers, y para colmo el asesinato del otro kennedy, robert, quien era seguro que salía de presidente, en medio de una fiesta. los negros de liberty city explotaron, literalmente empezaron a meterle candela a todo. era su manera de protestar la injusticia. ya le habían cortado el barrio en dos con la extensión de la i-95. eso sin hablar de la discriminación existente. todo eso trajo como consecuencia fricciones entre facciones. los cubiches haciendo cola en las armerías para defenderse de cualquier ataque de parte de los negros, algunos de los cuales alegaban “que iban a cruzar fuera de sus limites de liberty city y acabar con los cubanos y sus casas cerca del área”, cosa que no se atrevieron a hacer, al ver los reportajes en el canal 4 del famoso reportero norteamericano ralph renik con pietaje de los cubanos gritando: “¡que vengan, déjenlos que vengan, que aquí los estaremos esperando!” los cubanos en las armerías comprando desde pistolas y rifles, hasta granadas. estaba claro, había que defenderse y fue así como lo dijo rené el negro, en una entrevista. “soy negro coño, ¡pero soy cubano primero, si esos tipejos vienen por la paloma, que se preparen! nosotros aquí no estamos creyendo en negro, blanco, chino o ningún color o raza, nosotros vamos a defender el palomar y sus inquilinos, con todo lo que tengamos.” los jodedores le gritaban “de cuando acá tu eres guapo” y se escuchaban las carcajadas. concha la gorda reportó: “ay, que ni se atrevan a bajal pa’cá! mira muchacho, ya sahara esta almando una milicia, con el yoyi, armandito, pelucha y rené... ¡conmigo que ni se metan y con pepito, meno que meno!” claro, a la paloma no iban a llegar los negros. estábamos estratégicamente situados en el corazón de la pequeña habana, fuera de los límites contestatarios del peligro. el sahara y sus milicianos, decidieron dejar a cargo a algunos camaradas y él con su milicia ir a ayudar a los cubanos del área de allapattah, donde él tenia ciertos vínculos sospechosos con algunos individuos. yo, jovencito, aproveché la crisis social para quedarme viendo los reportajes de renik en la tele, con mi gordita piravadora, mientras intercambiábamos transfusiones de saliva, toqueteo incluído. en mi mente juvenil el asunto se había resuelto con música: people get ready de los chambers brothers, el himno del momento, hizo que la paz volviera a la paloma. me parece poder verlos: el azcarreta, tocando sus pailas, la esther cantando a todo pecho (imitando a la reina del feeling, olga guillot), renecito tocando su flauta, mientras el padre ya no sabia que mierda más hablar. yo empecinado en vacilar con mi gordis, fumando mi balita y pensando en la vereda tropical que ofrecían las playas de crandon park en ese entonces. “que no panda el cúnico,” decía yo “y a bailar caballero, que todos somos hermanos”.

martes, 16 de diciembre de 2008

De mis aventuras sicodélicas con Maureen


Adalberto Delgado

La “London Underground” peluquería estaba frente al entonces prestigioso Jockey Club en Biscayne y la 110 calle. Por los años 70 se pusieron de moda los peluqueros ingleses que cobraban cualquier barbaridad a los yuppies miamenses por arreglos estrambóticos de pelo. El amanecer de la cocaína… y el Underground no era excepción. Vacilaba llegarme por el establecimiento a exhibir mis cobas y descargar con los socios -aparte que la música que se escuchaba era de premio. Por esos días contrararon a Maureen, inglesita muy linda y simpática la que siempre me vacilaba desde el rabo del ojo (empestañado y maquillado) desde que yo hacía acto de presencia. Tony, mi socio acabó de ponerme la piedra con ella diciéndole que yo era un chico muy divertido. Maureen se fascinó con la idea de conocer mejor las intimidades de un cubiche. Nuestra primera noche salimos de paseo por Coconut Grove, que en ese entonces era una villa de hippies, con cafés orgánicos por donde quiera, donde se presentaban grupos acústicos tipo James Taylor, Carol King y de vez en cuando un grupo de blues. Nos llegamos a Feedback, justo al costado de Oak Food Store (tiendecita dedicada a la venta de productos orgánicos). Entré campante con mi inglesa agarrada del brazo y tremendo arrebato de hashish del bueno que ella había conseguido con sus amigos marroquíes. Como un varón de mi clase no podía quedarse atrás, le ofrecí de mi Colombian Gold, de la que vendía Veinte Pesos, personaje de historia que merodeaba las casas de debajo del puente de Flagler. Desde allí el Veinte trapichaba bolsas de material colombiano a todos los hippies cubanos que íbamos a su casa a resolver la quota. La rutina: Tocar la puerta. El Veinte abría una ventanita tipo speak easy prenguntando con su voz cavernosa: “¿Qué desea?”. Respuesta: “Una bolsa”. Y él seguía: “Veinte fulas”. Se pagaba y salía el paquetico con una onza de maní del bueno. El arrebato perpetuo de Maureen y su acento británico me tenían derretido. Sobre la melodía de “People get Ready” de los Chambers Brothers, nos dimos un beso casi eterno de película hollywoodense y quedamos empatados de novios. Nos fuimos a vivir agregados a casa de mis padres para ahorrarnos la cuota mensual del apartamento. Cuando reunimos suficiente dinero nos fuimos a Inglaterra. El mejor amigo de Maureen era Dimitris, griego-inglés súper-buena honda que nos ofreció un trailer temporal donde ensayaba el grupo de rock que él representaba. “El único problema es que está el campo, pero en tren se ponen aquí en Londres en menos de dos horas. ¿Qué les parece?” Maureen y yo nos miramos y decidimos inmediatamente. Así paramos en el pueblito de Hastings, nada menos que en el camper de ensayo y grabación del grupo Yes (en esa época no habían esos egos tan inflados y nos hicimos buenos amigos). Hice buena liga con Allan White (baterista del grupo) y con Eddie Efford (el sonidista). Demitris nos invitó a varias fiestas picnics que le gustaba a los ingleses para jugar balompié. En una ocasión visitamos la casa de Rod Stewart. Con el tiempo decidimos irnos a vivir a casa de una amiga en Groot Zundert, Holanda, el mismo pueblo donde nació Van Gogh. Aunque tardábamos 45 minutos en tren en llegar a Amsterdam, decidimos probar suerte. Una tarde lluviosa de esa que se manda en los países bajos, estábamos parados Maureen y yo en una esquina y se aparece un tipo con pinta de vikingo y grita: "¡Coñooooo que clase de aguacero!" Yo que siempre estaba fumao le pregunté a Maureen si ella había escuchado lo mismo. Me le acerqué al tipo y le pregunté si era cubano. El consorte me contó que había salido de Cuba con visa holandesa de las que dieron por los años 60. Era hacendoso el cubiche: Me ofreció trabajo de guía de tours para los hippies. También le consiguió a Maureen un puesto de camarera en un hash cafe, donde llevábamos los turistas a fumar. Como pueden apreciar, mi exilio temprano no pudo ser más cruel. ¡Qué vida tan dura! Ahora me voy a un comercial. ¡No se me vayan, que enseguida regresamos!

lunes, 24 de noviembre de 2008

Sentimientos encontrados


Adalberto Delgado

Recuerdo que una tarde invernal Omaira salió corriendo del edificio con la cara roja como un tomate, la blusa desgarrada, cabizbaja y llorando. Según Martica, Armando “el pincho” le había pegado su buen gaznatón a la pobre Omaira. Armandito ya era conocido por sus actos de violencia con las mujeres. Pero en la Paloma las mujeres eran nuestras amigas del alma, nuestras amantes, nuestras novias, nuestras cómplices, y no le permitíamos a nadie que abusara de ellas. En cuanto divisé a Omaira salí corriendo hacia ella y la apreté en mis brazos fuertemente. Ella al sentir el refugio que necesitaba, también me abrazó haciéndose una conmigo. Sentía que le hacía falta un amigo que la aguantara y consolara. ¡Y qu
é casualidad que era yo el que venía saliendo de jugar al “kimbe y cuarta” con los chamacos del edificio y me la encuentraba! “Ese Armandito es un singao y me la va a pagar! ¡Este bollo no lo ve más nunca!”, me gritaba Omaira entre llantos. Aunque golpeada, la muchacha estaba hecha una fiera. Claro que aquello era La Paloma y nada pasaba inadvertido, menos cuando los gritos se oían en la cuadra entera. Inmediatamente bajaron Concha (con Pepito y sus moscas seguidoras), Esther, no podía faltar René (vocero oficial del Palomar) y hasta Sahara el buga. Ahora entre todos tratábamos de consolarla, pero ella gritaba barbaridades y se alaba los pelos como una demente. Armandito sabía que nunca más podía regresar al Palomar. Acababa de firmar su sentencia muerte. Oraima no me soltaba: me tenía el pullover lleno de lágrimas y mocos y ya todo aquello me estaba afectando la cabeza. “Por aquí que ni venga ese maricón de Armandito”, gritó Sahara el buga que era un bodybuilder de casi ciento ochenta kilos y dos metros de estatura (de veras que si encontraba a Armandito se lo comía vivo). En ese instante llegaba Carlos Denavea en su moto “Harley” del año de la corneta. Hacía mucho tiempo que Carlos tenía tremendo encarne con Omaira y sabía que sólo había que dejar que la fruta madurara. Aprovechando el malembe, me quitó a Omara de los brazos, la abrazó, le murmuró algo al oído y la invitó a subirse a la moto y con la misma los dos salieron como cabalgantes en una película western. Mi gordita, que había sido testigo de todo el episodio desde su rinconcito se me tiró encima -con sus casi 70 kilos- y sollozando me dijo: ¡nunca me hagas eso mi vida! Esther la bonchinchera me espetó: “Sí, maricón, ni se te ocurra… tú tocas a esa gorda y lo que te cae encima es el infierno”. Conmovido y asombrado por el canje de sentimientos y el empate inesperado de Omaira con Carlos Denavea, no hice otra cosa que despedirme de Xena (mi bella piravadora) y me fui echando a jugar las bolas con mis colegas.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Cómo la hazaña de Morrison cambió para siempre a Miami


Adalberto Delgado
Photo: David LeVine

No importaba qué día de la semana fuera, La Paloma siempre estaba en movimiento. Desde tempranito se escuchaba el radio de Esther. Ella vivía al lado de Oscarito, en la primera planta y sus ventanas, al igual que las de Oscar, daban a la calle. El sonido de su aparato “estéreo” se escuchaba claramente en la acera de enfrente. Escuchaba “La Fabulosa”, estación cubana con “música del ayer”: Vicentico Valdés, Olga Guillot, Juan Legido, Tomás de San Julián, Lucho Gatica, etc. En el otro edificio, también planta baja, se escuchaba la música de Temptations, Monkeys, Beatles, Dave Clark Five, Marvin Gaye, etc, etc. Todos se arreglaban para ir a trabajar o al colegio. Los muchachos bajaban las escaleras con sus cartuchitos de lunch (se le decía “brown paper bag lunch,”) y su pesetica para la leche y refrescos. La vida era simple, sin complicaciones. Todos se saludaban: “buenos días”, o el casual “¿y qué mi socio?”. Por supuesto, todos nos habíamos visto la noche anterior “haciendo esquina,” recabucheando a Esther, metiéndonos con Aimara, fabricándole maldades a Concha la Gorda o simplemente descargando en voz alta. El vocero de La paloma, René “el negro,” se encargaba de divulgar quién estaba preso, enfermo o el que se había ido del barrio. En la época de verano en Miami muchos subían a las montañas de New York (incluyendo a René) en los Catskills. Se iban por todo el verano y cundía la tristeza. Pero la vida continuaba: Yiyito, Lazaro, De Navea, Carlos Vega y yo, jugábamos al football americano en el placer del frente, donde había un trailer que había sido convertido a bar/billar y frecuentado por los palomeros -y otro elemento que se arrimaba. El nivel de guapería en el billar era de miedo, pero nosotros éramos chamacos intrépidos e inocentes, nada nos importaba. Pudiera venir el guapo más guapo que lo enfrentábamos. No hablo en el modo singular, sino que todos estábamos preparados para irle encima, en caso que la guapearía se pusiera pesada. Un viernes Yoryi nos dice gritando: ¡Caballero, hoy es el concierto de Doors en el Dinner Key Auditorium y ya encontré la manera de colarnos! ¡Vamos a ver a Jim Morrison en persona! Eso sí, sin jevas, porque hay que brincar cercas altas. Aunque yo adolorido porque me hubiera encantado que mi gordita hubiera visto al mito de los Doors en persona (no me imaginaba que Xena era capaz de brincarse la cerca del Dinner Key Auditorium con esa sayita y sandalias). Casi todas esas muchachitas tenían el bitongo subido, eran hijas y nietas de familias “pudientes” de antes de la revolución. Renecito quiso llevar la flauta y lo convencí que en el brinco se le podría caer. Nos montamos en la ruta #17 directo al auditorium. Los hippies llegaban en olas. En la confusión de la gente entrando, nos brincamos dos cercas altas y entramos al lugar. Pa' las gradas se ha dicho: El interior del anfiteatro estaba repleto, llegó un momento que los bomberos suspendieron la entrada. El patio y el parqueo estaban repletos también. La expectación era tal que podía oírse el zumbido de una mosca. De pronto, sin que nadie lo esperara, el monstruo y su grupo se aparecen con tremenda parsimonia y abren el set: “When the music is over....” La gritería llegaba al firmamento, el olor a “maní” llegaba a la sagüesera. Los policías no sabían qué hacer: eran miles de pepillos en plena lujuria y sicodelia. Los acordes de la guitarra eléctrica y el órgano Hammond acompañando la voz abaritonada de Morrison lo llenaban todo; el monstruo cada vez más enloquecido, el público alucinado, y sin más acá ni más allá, se saca el bate ¡y comienza a masturbarse lanzando su esperma para la audiencia! Los policías irrumpiendo, se lo llevaron del escenario como si fuera la peste. Aunque teníamos tremenda nota, nos quedamos atónitos, boquiabiertos, tristes. Sabíamos todos que éramos parte de un momento histórico del rock. ¡Morrison había puesto a Miami en el mapa! El plan ahora era imitarlo y masturbarnos en medio de una de nuestras descargas en la azotea de La Paloma. ¡Qué tiempos aquellos caballero!

jueves, 9 de octubre de 2008

De los llantos secretos de Oraima y la fiesta que le armamos a Concha "la gorda"


Adalberto Delgado

Nuca supe el por qué Oraima lloraba debajo de las escaleras de la azotea de La Paloma. En una de estas ocasiones me le acerqué sigilosamente para ver si tenía algún golpe, pero sólo encontré la humedad de sus lágrimas -un dolor del cual no le hablaba a nadie. La Paloma era un lugar de encuentro de almas donde la amistad y la hermandad prevalecían. Quise darle ánimo. La invité al "Coladito" a tomarnos un refresco y conversar. Al poco rato se aparece Omarito gritando: “Caballero ¿se enteraron? ¡Concha la gorda se muda! Se va a casar con un viejo judío primo de Aaron y se va a vivir a Miami Beach. Se puso las botas”. ¡Nooooo! exclamamos en coro Oraima y yo. No puede ser. Omarito asintió con los ojos más grandes que una moneda de veinticinco centavos. Ahí mismo decidimos planear una fiesta de despedida para Concha y Pepito (su hijo, el que siempre se cagaba en los pantalones). Oraima inmediatamente salió de su gorrión: “Bueno caballero las niñas y hablo en nombre de todas la que aquí vivimos” Salto como un resorte y le recuerdo: No te olvides de mi gordita del alma, que aunque vive en la esquina, es como si fuera inquilina de este solar". Oraima me respondió: “Cómo piensas que me voy a olvidar de tu gordita "piravadora" como tú mismo la describes, sinvergüenza. La verdad que ya no eres nadie sin ella”. Yo no le hice caso a su mirada salamera y algo irónica y le dije al niche Omarito que fuéramos a hablar con Oscarito para la música de fondo que hacía falta para la despedida de la gorda y su criatura. Oraima nos recordó que había que hacer una ponina para comprar curda, refrescos y cositas de picar. Mi vieja haría una olla de lentejas, la tía Emma un tamal en cazuela de los buenos. La gorda, que le encantaba asar lechones, seguro se embullaba y Esther podía cooperar con un par de ollas de moros. Me dispuse a seguir el plan con Oscarito para que llamara al Bolo y comenzáramos a coordinar la orquesta palomense. Para despedir a Concha, Fernandito le pediría a su grupo Los Four Nights que tocaran para comenzar el bailoteo. Después que Oscarito me dio luz verde, partí de inmediato a donde mi gordita para darle la noticia. La mamá de mi novia me quería porque sabía que yo atendía a su hija con mucho amor, y se apuntó con un enchilado de camarones. La noche de la fiesta hubo muchos abrazos y lloriqueos. Concha, aunque era chusma y gritona, era muy querida por todos. Oraima, por su parte, parecía más contenta (el desenlace de su tristeza lo dejo para otro post). Que yo recuerde, ese amor especial entre vecinos, esa disposición desinteresada de ayudarnos los unos a los otros en momentos buenos y malos solamente existió en esa época, en La Paloma.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Camille azota el palomar


Adalberto Delgado

Como todos estábamos recién llegados de Cuba, no usábamos la palabra huracán, sino "ciclón". Los mayores todavía nos recordaban el ciclón del '44. Ahora esperábamos, que sé yo, a Camille. Para los palomeros, las tormentas eran algo pasmadores, para empezar, se eliminaba el uso de la azotea lugar de gran importancia social para cualquier palomense. ¡Nuestro primer ciclón miamense! Íbamos en turba al "Oso Blanco", supermercado cubano del difunto Sabines: acaparábamos latas, agua, refrescos (no podía faltar la Materva o el Ironbeer) y un que otro "six pack" de laguers. Nosotros imperturbables, pues La Paloma era un edificio macizo y bien protegido. Mientras Esther cocinaba toda la carne en lata con arroz, en casa de Oscarito se reunían los músicos, listos para la descarga. Concha asaba un puerco hasta que se fuera la corriente. Vaya, nos la ingeniábamos con lo que hubiera. En la fiesta ciclonera no podían faltar Aymara, Martica, Tamara y hasta la Xena (mi gordita linda y piravadora) animando la cosa con su bailoteo. El equipo de seguridad comprendido por Sahara "el buga," René "el Negro," los hermanos Pepe y Fernando, se dedicaban a reforzar el edificio con listones de maderas. Cuando terminaban La Paloma parecía una instalación de Arte Tierra. Una vez que terminaban se incorporaban al fiestón que ya comenzaba en el apartamento de Oscarito. Camille nos saludaba con soplidos y bufidos de mujer despechada: por la ventana, debajo de las puertas, y con algún que otro tablón o pedazo de zinc suelto chocando con la pared -ritmo de guaguancó ciclonero. Recuerdo que los muchachos, acaso para calmar el ruido, tocaron la versión cubana de "My Girl," algo romántica y con un swing de bolero "feeling". Siguió la apretadera, la Kika con Palucha (ya se había divorciado de Richard Battle) Renecito con la mulatica Anita, la hija de Mercedes, Aymara con Carlo Denavea, Yitito con Tamara, Concha la gorda con su Pepito. Imaginen la borrasca con olor a carne de puerco asado y la débil florescencia de las velas. ¡Qué nos importaba que se fuera la corriente! En La Paloma nunca vimos un ciclón como una tragedia. ¿No era bastante con el exilio? Al día siguiente vino la calma chicha y cada cual se fue caminando a su apartamento. Xena y yo nos fuimos a su casa a desayunar y de ahí a limpiar escombros. Incluso sentíamos nostalgia que Camille nos dejara y ya casi que anticipábamos la próxima temporada. ¿Será que los ciclones de los sesentas eran más nobles que los de hoy en día? El medio ambiente estaba menos jodido y los vientos le hacían cosquillas a la ciudad.

martes, 2 de septiembre de 2008

Kennedy en el palomar


Adalberto Delgado

Hoy se cumple otro año de la muerte del presidente, dijo René el papá de Renecito, como quien no quiere las cosas un día a sus amigos, en los bajos de La Paloma. Acto seguido, Orlando que era medio bobo le pregunta: ¿Quién, Dorticós? ¡No imbécil el pendejo de Kennedy! ¿Qué es eso de pendejo acere? Gritó el boricua Israel enloquecido. Ese fue el mejor presidente que tuvo este país. ¿Pero tú no vistes como embarcó a los nuestros en Bahía de Cochinos? René iba a la ofensiva: ¡Dejó que los rusos se la metieran sin vaselina! Mientras escuchábamos la discusión cada vez más entruendosa de los grandes, nosotros ya estábamos listos para no ir a la escuela y celebrar la muerte del que fuera. Pero la cosa se me quedó grabada. Ese día se me ocurrió montarme en la ruta 19 que bajaba desde el Shenandoah y paraba a una cuadra del Palomar. En la guagua estaba Neida, la boricua hija de Israel, con una minifalda que hacía lucir a esa mulatona de lujo. La abracé suavemente por detrás y le dije: hoy es un día especial, mientras la jamoneaba completita. Neida no acababa de comprender. Es el aniversario de la muerte del presidente Kennedy. Ella se viró con la cara sonriente: Sí, ya lo sé. Tú lo que eres tremendo jamonero. Modestia aparte, yo era relativamente guapo y popular en el colegio. Volviendo al cuento: En el Palomar el boricua y el negro por poco se caen a piñazos. Dania calmando a su papá, que ya había perdido la camisa y los espejuelos por el piso, mientras Renecito hacía lo mismo con el suyo. Mi viejo que bajaba en ese momento para irse a trabajar se encontró la turba. Se viró y exclamó: ¡Ustedes, tan viejos y tan comemierdas! Con la misma se montó en el carro y se largó. En mi cabeza llegué a imaginar que la muerte de Kennedy dividía al edificio: una parte de luto con los boricuas, judíos, y americanos y la otra de fiesta, con los cubiches. Aún no comprendía que la política es un galimatías sin solución para engañar a los pueblos. ¿Estará Nadia casada con un republicano o se habrá incorporado a “Los macheteros” en la Isla del Encanto? Lo que el tiempo se llevó: René, Orlando e Israel fallecieron sin cambiar de opinión. Y me pregunto: Si Kennedy hubiera mandado el apoyo del ejército americano para la invasión a Cuba, ¿se hubiera ganado la guerra en Playa Girón?

lunes, 25 de agosto de 2008

Sábado difícil en el palomar


Adalberto Delgado

Orlando ya estaba parado en la esquina, chismeando desde temprano, Oscarito comenzaba tímidamente a repicar en los timbales. Son las 10 de la mañana de un sábado cualquiera en el Palomar. Hace apenas una hora que mi papá había llegado de trabajar toda la noche, de
bartender, en el difunto Flamenco Super Club de la 79 avenida. Ahora dormía como un lirón. De pronto, retumban los metales de la orquesta de Rey Barreto, en un tocadiscos a todo meter que estremece las paredes del Palomar (era Oscarito practicando las pailas con acompañamiento de orquesta). Automáticamente el viejo, hombre de buen carácter, sale disparado como un loco hacia la ventana gritando: “¡Partía de vagos, ya me tienen los cojones llenos de tanta bulla los sábados tan temprano! Vayan a tocar al parque o a casa del carajo. ¡Necesito descansar!”. Los de abajo, hicieron silencio inmediatamente. El viejo volvió a la cama y se tapó la cabeza con la colcha. No paso ni una hora y los muchachos volvían de nuevo con la música. Ahora cantaban mambos pegajosos y la pachanga se iba armado. “¡Qué ganas tengo de mudarme de este solar, cojones!” Gritó el viejo con la voz ronca. “Margot, si el judío te da más ajustadores que hacer nos mudamos de esta pocilga. No aguanto más estos maricones, desconsiderados, tocando música tan temprano… coño, y si fuera música, pero esto es puro ruido, cojones”. La vieja trataba de calmarlo: “Manolito, mi vida, no te alteres... hasta tu hijo es parte de ese grupo de zánganos que ahora le ha dado por dar conciertos en la azotea.” Ahora el viejo la interrumpió, la cara demacrada, ojerosa mirándola fijamente con los ojos rojos: “Ah, y la negra de mierda esa, la mujer de René que se cree Olga Guillot y lo que parece un chivo berreando. ¡Qué mal canta la hija e puta! El viejo estaba cabrón. Yo nunca lo había escuchado expresarse de esa forma. Salí echando del gao en busca de alivio espiritual y fui dar a casa de mi Xena. Le sugerí que me invitara a desayunar. Mi gordita inmediatamente le pidió a su mamá que nos prepara huevos fritos con bacon, café con leche y tostadas americanas. Mientras la vieja cocinaba yo aprovechaba con el toqueteo para ir calentando a Xena. Sabía que con eso aumentaba las posibilidades de hankey pankey después del desayuno. La mamá de mi novia trabajaba como cajera en El Paradis por las mañanas y nos debaja la casa para nosotros solos. Claro, había que guardar la forma. Yo aparentaba que me iba y luego volvía a la carga. En el preámbulo de ida y vuelta de casa de Xena regresé al gao. Ya el viejo estaba tanquilo. El lío ahora era con la vieja que me esperaba en medio del comedor con las manos en la cintura: “Como preñes a esa gorda noviecita tuya, ¡prepárate! ¡Aquí no la vas a traer a vivir!” Esas palabras hirieron mi sensibilidad precoz. Salí humillado de la casa y me refugié en la azotea, donde Renecito practicaba su flauta. De repente comenzó a caer tremendo aguacero y no me quedó más remedio que esconderme, empapado, en el portal de Xena hasta que su vieja se pirara. Para mi joven alma aquel fue un sábado desconsolador. Pero ahora que lo comparto con ustedes me parece un día feliz de juventud en el Palomar.

miércoles, 6 de agosto de 2008

La bronca de Tamara contra Kika


Adalberto Delgado

Se rumoraba que a pesar que solamente hacia seis meses que la Kika había establecido lazo matrimonial con Richard Batle, ya le ponía los cuernos con “Palucha”, carácter indeseable y diamónico, según la lengua de Tamara, o mas bien, “Radio Bemba del Palomar”. Si Tamara fuera de estos tiempos, ya tuviera un blog (con esto no implico que los blogs se presten para chismes). Tamara era nuestro jugo amargo… ¡pero estaba tan buena! que nos la tragábamos a pulso, sans problème. No así para las viejas de La Paloma, dedicadas a chismear el día entero. Para ellas, Tamara era como un ídolo, pues sabía los pasos de cada uno de nosotros. Érase una tarde de invierno con friíto miamense y decidimos hacer un mini concierto en la azotea (estábamos fascinados con Let it Be, la película)… el asunto era invitar “al elemento”, para que disfrutaran de nuestro espectáculo. Qué va... cuando Kika se entera del chismesito que se corría por el palomar, le fue arriba a Tamara y las dos se enredaron, halándose los pelos y arañándose la cara (las uñas manicureadas, cortesía de la negra Mercedes, parecían dagas francesas). No exagero: se derramó sangre y volaron mechones. Yo, alérgico a la violencia, agarré a mi Xena, antes que le espantaran un puñetazo y me piré de la azotea inmediatamente. Camino a la calle nos tropezamos con Richard Batle en la misma esquina de la 8 y la 18 con un shotgun recortado y a Palucha, 45-en-mano (ya esto era más serio), ambos gritándose desde “saco de tarros” hasta “ganso viejo y degenerao”. Cuando los muchachos se llevan el otro barullo se lanzan azotea abajo gritándole a Richard: “¡Tírale, mata a ese pendejo que te pego los tarros con tu jeva!”. Con el nerviosismo y la gritería me dio por masajear y jamonear a mi gordita en el murito de la entrada y de ahí a un mate regio que se interrumpía con algún que otro grito. ¿En que paro la cosa? No hubo muertos ni heridos. Concha la gorda llamo a la policía por miedo que le mataran a su Pepito, la Kika con la cara ensangrentada como en una película franco-italiana y Tamara desaparecida, escondida en el closet de su cuarto. Increíble como en breves minutos todo pasó a la normalidad. Los vecinos de vuelta a la rutina y el chisme y Tía Ema (que en paz descanse) avisándome que subiera que la comida estaba lista (sin saber que Xena y yo estábamos en el cuarto, haciendo de las nuestras).