domingo, 28 de febrero de 2016

¿Alguien dijo Oscar?


Jesús Rosado
Este 2016 las candidaturas previas a la  ceremonia élite de la academia hollywoodense se han visto sacudidas por la polémica de la exclusión. La más evidente ha sido la concerniente al distanciamiento de las opciones de la piel oscura  de toda posibilidad de premiaciones. Nunca se ha visto tan prejuiciada la selección y, sin embargo, ha sido un año de filmes comprometidos con el tema de la negritud. Títulos significativos como Straight Outta Compton, Chi-Raq, The Hateful Eight, Creed y Beasts of no Nation abordan la cuestión étnica y racial desde diversas visiones que van desde la crítica historiográfica hasta el análisis sociológico del tema de la violencia en la población negra. En las cintas que cito hay suficientes ejemplos de ideas originales, buenas actuaciones y habilidades en la producción como para restarle avance al blanqueamiento de las nominaciones.
Parcializaciones de este tipo son las que fuerzan a la intuición y a los gustos a explorar en los márgenes de la industria.

Si ya son más que predecibles los oscares a un Iñárritu con su The Revenant (endeudado hasta el tuétano con la impronta de Tarkovski), a un Di Caprio que ha estado en lista de espera desde desempeños mayores, a una Brie Larson impresionante en su papel de madre en Room o un animado conmovedor como Inside Out.  Si hay filmes como Spotlight, Trumbo o Son of Saul que, ganen galardones o no, realzan el concepto de cine, bien vale la pena relacionar un conjunto de obras que a lo largo de los últimos doce meses han ido llegando a estas latitudes por diversas vías para ampliar y dar lustre a la cultura cinematográfica del espectador estadounidense a cierta distancia de los parámetros de Hollywood.

Recuerdo por ejemplo que fue en mayo de 2015 cuando asistí a la proyección de The Salt of the Earth (2014), documental de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado, primera pieza monumental que nos impactó por su belleza fotográfica y el aliento poético con que se acerca a la obra de Sebastiao Salgado.

Poco después veríamos Ex Machina (2015), película de ciencia-ficción británica de singular concepción, dirigida por Alex Garland, de argumento cerebral, con un sofisticado sentido del diseño  y lograda como thriller. Toda una muestra de lo que se puede alcanzar con talento y originalidad aún con poco presupuesto.

Vino después Güeros (2014), filme mexicano de Alonso Ruiz Palacios, realizada en blanco y negro, un atractivo homenaje a la Nouvelle Vague que tiene entre sus méritos aproximarse por primera vez a las convulsiones del movimiento estudiantil sin apologías y asumir con enfoque sarcástico el izquierdismo tradicional de la juventud latinoamericana.

También pudimos disfrutar de Loreak (2014), exquisita película vasca en la cual lo pueril es elevado a categoría de arte a través de delicadas actuaciones que realzan la propuesta. De Italia nos llegó Youth (2015), del conocido Paolo Sorrentino, quien esta vez, sin el glamour e intelecto de La Gran Bellezza, nos entregó un filme de hermosa puesta, plena en autenticidad y agudas reflexiones sobre el tema de la tercera edad.

Otro filme a mencionar es Love (2015) de Gaspar Noé, que si bien no está a la altura de aquel proyecto convertido en pieza de culto titulado Irreversible, es un drama erótico (casi porno) digno de verse por el estilo tan personal de Noé a la hora llevar a la pantalla la historia y por la soberbia fotografía de la que hace gala en los atrevidos planos.

Singular así mismo es la manera de hilvanarse un thriller como Goodnight, Mommy (2014), filme austríaco de Veronika Franz, que transita con sorprendente habilidad de lo que aparenta ser un drama psicológico hacia una escalofriante historia de horror.

Otra película de desconcertante encanto es The Lobster (2015), del director griego Yorgos Lanthimos,  que arrancó críticas mixtas, pero en la cual el realizador se compromete con los recursos de Ionesco y arma un producto de  disparatado argumento que a la larga se ajusta al estado actual del ser social. Un material docente ideal para profesores de filosofía.

Sería injusto obviar, como lo ha hecho el circuito de la Academia, a Black Mass (2015), dirigida por Scott Cooper, basada en el gangster Whitey Bulger, jefe del crimen en Boston, película cuyo único pecado es la linealidad cartesiana de su trama, pero que presenta a un Johnny Depp difícilmente repetible, apoyado por un conjunto de sólidas actuaciones.

Lamentablemente no he logrado ver El Club (2015) del chileno Pablo Larraín de la cual he escuchado muchos elogios, aunque sí he recién disfrutado El Clan (2015), la pieza de Pablo Trapero basada en el caso policial del Clan Puccio, convertido en suceso a comienzos de la década del 80 en Argentina. Un filme que ratifica a Trapero como realizador excepcional y que sigue evidenciando la calidad del cine argentino.

A los que, como yo, siguen siendo tradicionales devotos de la amistad, les va a fascinar Truman (2015), dirigida por Cesc Gay, una narración conmovedora que evita los tintes rosas de la emoción con un Ricardo Darín todo temperamento y un Javier Cámara, ejemplo de histrionismo sutil.

Para el final he dejado el filme que más me impresionó en el periodo recorrido junto a la húngara Son of Saul. Un filme de cuidado nivel de realización,  fotografía impresionante y memorables actuaciones de Idris Elba y el niño Abraham Atta. Hablo de Beasts of no Nation, rodada en Ghana, dirigida y escrita por Cary Joji Fukunaga. La cinta relata la historia de un menor que pierde a su familia en la guerra civil y es reclutado a la fuerza en una de las guerrillas del país.  El filme es desgarrador testimonio de la violencia imperante en las regiones africanas y del triste rol de la niñez dentro de esa barbarie. La película comienza con una secuencia de antología cuando un grupo de chicos intentan vender en la aldea el maltratado casco de un televisor y son los propios chicos los que dramatizan deliciosamente la programación del aparato inservible.

Como pueden apreciar, salvo Son of Saul, no hay otro título en la relación que haya calificado para emparentarse con la familia Oscar. Y es que, como les trataba de decir al principio, a estas alturas, entre la academia y el cristiano que suscribe hay serios problemas de sordera.

sábado, 27 de febrero de 2016

la cara del insecto


en miami bourbaki un corto análisis sobre [[la cara]] del insecto, no ahora desde el antropomórfico samsa de kafka, sino, desde la teoría fenomenológica de emmanuel levinas y la curiosa mirada de clarice lispector.

¿tiene cara el insecto?

levinas no responde. pero su filosofía abre el camino.

jueves, 25 de febrero de 2016

Peceras


Foto: Ingeborg Portales

Cristina Fernández

En la pecera nuestra se vacían varias latas de Red Bull y Monster a diario. “I’m in love with the coco”, cantan los devotos de esa nieve que se escurre en algunos rincones, a donde mi curiosidad no llega. Puede que sí escurra un poco de la caja de Zifandel, ese vino descolorido que se usa para hacer ciertas salsas. Se bebe mucho café, salido de esa máquina que costó diecisiete mil dólares. El día de su develamiento congregaron a los camareros, que miraban con incredulidad el aparato. Las camareras se toquetean entre ellas, o juntan sus traseros mientras bailan, para aligerar la cansona tarea de pulir cubiertos y copas. El fregador de Little Haiti las mira, tan blancas, tan depravadas… Les muestra sus dientes de oro, con los que las mordería de no ir contra las reglas. Otro fregador, reducido hasta los huesos de tanto alcohol, colecciona autos vintage. Trabaja y trabaja para mantener sus carros. “Y qué? Otros se lo gastan en mujeres que ni agradecen…” Está Jeffrey, que viene cada media hora a pedirme su galleta de chocolate. Soy su enfermera, aunque a veces se me adelanta y se lleva la ración a escondidas. Dicen que su cara está deformada por el crack. ¿Quién sabe? Puede que de pronto empiece a sudar como un cristal helado y salga corriendo por la puerta de atrás, pero siempre regresa.

Este es un restaurant exquisito. Tiene un pequeño cuarto donde se acomodan los vinos de Bordeaux, los del valle de Napa o del lago Sonoma. Está justo antes de llegar a los baños, donde puedes ver a las mujeres retocarse sus luces y sombras. Y hasta rescabuchar las uñas pintadas de esos pies enfundados en sandalias de gladiadoras de lujo. Por cada paso que den o mirada que crucen contigo, te dirán “I’m sorry”. Nunca sé bien de qué se disculpan.

Por delante del cristal, está la otra pecera: la magnífica, la que resguarda la media luz y filtra hasta los pensamientos. Allí no llegan nuestros improperios, nuestras blasfemias. Tampoco la voz de María cuando me cuenta de sus sueños recurrentes. “Ya ni la melatonina me ayuda a dormir bien.” En una de esas obsesiones nocturnas se está peinando y el peine se le atasca entre pedazos de carne, que no logra sacar por duro que tire. “Branzino, branzino”, le gritan luego con insistencia, y hasta puede ver los lengüetazos del fuego en el horno. Cuando no es el pelo, es la mascarilla de grits que acompaña los camarones en un plato, cubriéndole la cara. “Y tú, no tienes pesadillas con esto?”, me pregunta. “Las tenía, sí, cuando hacía los sushis. Pero masticar hojas de romero me ayuda. Es bueno para la memoria.” Me mira como quien está a punto de acceder a una panacea insólita. Le doy una hoja para que mastique, pero no le gusta el sabor ni la textura de esas agujas finas en la cavidad de su boca.

El disgusto la lleva a razonar: “¿Pero si es bueno para la memoria, cómo es que puede hacerme olvidar todo esto en la noche?” Le explico que tiene que ver con el “lamb rack”, la manera en que se acomodan la carne y los huesos como un tepee, y encima lo corona la yerba verdísima, enhiesta. Es el triunfo de la memoria sobre la depredación, la corrosión del vivir. Pero a la vez, esa rama sobre el costillar me ampara de no olvidar que soy un carnero entre otros. Algo así, he tratado de decirle a María. Pero ella ha comenzado a descreer de mí y concluye que estoy más loca que Jeffrey. Y que no duda que algún día yo también salga corriendo, pero sin retorno, por la puerta de emergencias.

sábado, 20 de febrero de 2016

Mis 20 minutos con Umberto Eco


Alfredo Triff

En el año 2005 tuve el honor de presentar a Umberto Eco de paso por Miami, invitado por Florida Center of Literary Arts del Miami Dade College, en su gira promocional por Estados Unidos, con The Mysterious Flame of Queen Loana.

Llegué media hora antes, como había acordado con Mitch Kaplan y Cristina Nosti. La presentación tenía lugar en el amplio auditorio del Edificio 3 de MDC. Al llegar encontré al ídolo de juventud setentosa: algo calvo, grande, vestido de saco y corbata, portando espejuelos metálicos, ovalados, estilo 70. Estrechamos las manos y reparé en los dedos regordetes.

Eco tenía una voz pausada, profunda, de aliento pesado y rasposa. Traía conmigo dos de mis textos favoritos: Opera Aperta y El péndulo de Foucault. Pedí que los firmara. Me senté a su lado. Sirvieron café. 

Actitud jovial sin sonrisas. La cara una máscara cuidadosamente estudiada.
— ¿A qué se dedica? —preguntó. Salió a relucir la filosofía.
Comenzó por confesar: el profesorado no era realmente su vocación:   
— Escribir requiere la soledad. Los libros me acompañan y me alejan de la gente. ¿Cuál es su filósofo contemporáneo favorito? —inquirió, mientras apuraba un sorbo de café.
Lanzé un nombre: Nelson Goodman.
— Anglosajón —respondió.
— Sí — por otra parte muy europeo. 
— Fenomenalista y nominalista —continuó. 
— Se refiere al Goodman temprano —añadí automáticamente, entrando al plano fértil.
— Y al tardío —objetó (y una chispa en la mirada). 
— No sé si sabe que mi libro El nombre de la rosa le debe mucho al nominalismo. 
— Lo he leído cuidadosamente —dije instintivamente. Eco parecía tener en mente un tema aledaño.
— El nominalismo es la metafísica herética de la Edad Media. Desafortundamente no tuvimos heréticos nominalistas en Italia.
— Pero tienen a Tomás de Aquino — (conocía que Eco había escrito su disertación doctoral sobre la estética en la obra del gran filósofo medieval).   
Eco hizo raro gesto de incredulidad, mientras pluma de fuente dibujaba garabatos sobre un cuaderno de notas.     
— ¿Cuál es su herético favorito de la Edad Media? —preguntó.
— Ockham, por supuesto. 
— Ni Juan XXII ni la iglesia pudieron con él. Eco trató de acomodarse en la silla más pequeña que él.
— Le cuento: Traduje un par de ensayos de Nelson Goodman en mis años universitarios.
— ¡Qué coincidencia! —exclamé.
— Hay más —mirándome fíjamente—. El Péndulo de Foucault está dedicado a ese momento único de la Edad Media en que el nominalismo desplaza al neoplatonismo.
— La Edad Media alta —asentí.
— Exactamente.
— ¿Y cuál es su libro favorito de Goodman? —Atreví a indagar.
Ways of Worldmaking: una obra maestra.
Otro sorbo de café y la gran humanidad buscó acotejo en la silla.
— Ese libro es el tema central de mi tesis de grado —dije enfáticamente, como esperando una explicación.
— Otra coincidencia —mirando de reojo—. Le cuento que... Goodman estuvo por la universidad de Turín a principios de los años 70. Era muy respetado en Italia.
— Vaya... qué sorpresa. 
— ¿Ha leído The Island of The Day Before?
— Por supuesto.
Otra larga pausa. 
— Pero ¿no lo trajo con usted para que se lo firmara?
Quedé atónito. No quería defraudarlo. Entonces pretendí ojear mis notas. Ojeada por encima de los marcos, a mitad de nariz.
— El capítulo 34 de la novela está dedicado a Nelson Goodman. —Enunció con cara circunspecta.
Re-al-ly? —interpelé. No era posible que Eco estuviera gastándome una broma.
— No explícitamente—añadió calmoso. Está titulado "Monologue on the Plurality of Worlds". Vuelta al vistazo condescendiente sobre la armadura.
— Y también le dedico una buena parte de un capítulo en mi Semiotics and the Philosophy of Language.
Maestro — apuré algo nervioso. Tal parece que el experto en Goodman es usted.
Fue a este punto que Eco sonrió por primera vez. Hizo un ademán pausado de negación con la cabeza. Otro sorbo de café.
— Para nada. Me agrada que tengamos el mismo gusto.
Alguien llamó detrás de la cortina. La presentación estaba por comenzar. El público comenzaba a inquietarse.
— Ha sido un placer — dije petrificado, ojos como platos.
Eco se levantó protocolar y cordialmente.
— El placer es todo mío. Buena suerte.  

lunes, 15 de febrero de 2016

La inmadurez política del cubano



Ignacio T. Granados Herrera

La inmadurez política no es invalidante para el criterio, pero definitivamente lo distorsiona al determinarlo desde su raíz; ese es el tipo de problema al que se enfrentaría la comunidad cubana en los Estados Unidos, desde su propia experiencia, políticamente traumática. Para el caso, una verdad de Perogrullo —nunca sobran— recordaría que el trauma explica la inmadurez pero no la soluciona; por lo que, por más legítima que sea la dificultad, más le vale al individuo sobreponerse a esos terrores de la infancia… y madurar al fin. Todo esto es a propósito de un paralelismo malévolo que se ha establecido entre las figuras de Fidel Castro y Bernie Sanders; que no deja de ser maligno aunque recurra a la propia filiación socialista de Sanders, sencillamente porque Fidel Castro fue de todo menos socialista. Lo peor es que la asociación no se detiene en el fantasma de Castro, que aún determina la vida de los cubanos hasta en el exilio; sino que se extiende a otras figuras no menos polémicas en su ambigüedad ideológica, como Hitler, Lenin, Mussolini y Franco.

Que Fidel Castro todavía determine la vida de los cubanos hasta en el exilio, es francamente lamentable; sobre todo expone esa dolorosa inmadurez, por la que no han sido capaces ni siquiera de resolver el problema cubano, y todavía pretenden comprender el norteamericano; por más que sea cierto que ese problema norteamericano también les es propio, como comunidad al fin y al cabo insertada en suelo norteamericano; pero lo que sólo añade complejidad al asunto, no lo aclara, y mucho menos ayuda en el discernimiento de una solución. Las diferencias entre Fidel Castro y Bernie Sanders son sencillamente tan abismales, que sólo se pueden negar desde la retórica; es de ahí de donde se concluye la malignidad, no por una cuestión moral, sino por ese pésimo hábito de la tozudez. Es en definitiva esa tozudez lo que denota el nivel de inmadurez, como una incapacidad para el razonamiento de buena fe; haciendo de toda discusión un ejercicio inútil, pues ya está claro que lo que va a ganar no es nunca la razón.

Más allá de esa obviedad conviene entonces enumerar siquiera algunas de esas diferencias; que siendo abismales sólo añaden perplejidad ante las dimensiones de esa inmadurez, que hace a los cubanos tan obstinados contra la realidad. La primera de estas diferencias no sería —como puede parecer— el concepto mismo de socialismo en uno y otro caso; ya que como principio, está claro que Fidel Castro no era socialista así lo creyera él mismo, porque era sólo un matón manipulador. La primera de estas diferencias sería el ascendiente de Sanders como un político con amplia experiencia en el Senado de los Estados Unidos; que no sólo no es el Senado de aquella Cuba de antes de 1959, al que ni tan siquiera llegó Fidel Castro en su personalísima gesta de violencia consuetudinaria; sino que además es la plataforma de negociación más eficiente que ha tenido la Modernidad, y en la que Sanders ha sobrevivido con no poca ganancia y sobre todo mucha dignidad.

Después de eso, sí tocaría discutir el sentido de esa filiación socialista, aunque habrá que dejar eso de lado por la comprensible incapacidad nacional para superar el trauma infantil; para llegar de cualquier modo al tenso equilibrio en que las fuerzas políticas forcejean en esa plaza pública que es el Congreso de los Estados Unidos, imposibilitando todo lo que no se atenga a un consenso siquiera mínimo. De eso se trata, del equilibrio de poderes en los Estados Unidos, que hasta llega a permitir la corrupción en ellos con tal de mantenerse; y en el que un individuo como Sanders puede influir, dando un sentido a la fuerza, pero sin que llegue a sobrepasar el nivel de tolerancia de la estructura total. Quien recaiga en la comparación maligna con el método avieso de Fidel Castro, habrá de recordar que ese Castro pudo hacerse con el poder en Cuba porque sí tuvo un gran poder de representación; aún si eso fuera para concentrar en sí lo peor del pueblo cubano, que eruptó como un grano en la lozanía adolescente de nuestra cultura nacional, para frustrarla en su adultez.

sábado, 6 de febrero de 2016

wu-wei


hay una fuerza mayor que no se ve pero discretamente le da forma a la vida.
es el camino del universo.

se llama tao.


el tao no actúa,
pero todo lo hace.

si surgen deseos, consérvalos en el fondo,
en aquella simplicidad que no se puede definir.
la simplicidad que no tiene nombre está libre de deseos.
si no hay deseos todo está en paz,
y el mundo se endereza por sí mismo.

el principio anterior es wu-wei.

miércoles, 3 de febrero de 2016

El simbolista


Maurice Sparks

Su problema era que veía un símbolo en todo. Iba caminando y se encontraba una mierda de perro en la acera y le veía un significado. Si la mierda había caído dentro del cuadrado, esto significaba que iba a tener un día perfecto. Si, por el contrario, el excremento descansaba encima de una de las líneas, se hundía entonces en una sofocante desesperación: su día iba a ser un desastre.

A veces iba manejando y se ponía a estudiar las placas de los automóviles. Pongamos un ejemplo: MUE452. Lo que a cualquier persona le parecería una inocente combinación de letras, a él le parecía una terrible pre- monición: la muerte lo estaría acechando en la esquina de la calle cuatro y la avenida cincuenta y dos. Entonces cambiaba de ruta aunque esto significara llegar dos horas tarde al trabajo.

Antes de almorzar, contaba los granos de frijoles. Si el total era un número par, almorzaba feliz. Si por el contrario la suma arrojaba un número impar, el almuerzo terminaba en la basura. Con las sopas hacía algo muy peculiar también: observaba los fideos con atención. Si tres fideos se habían asociado caprichosamente para formar un triángulo, la sopa era tomable. Pero si el azar había querido que se creara un rectángulo, la semejanza entre esta figura geométrica y un ataúd era suficiente para hacerlo perder el sosiego y el apetito.El día que murió atropellado por el camión de la basura iba entretenido tratando de descifrar la forma caprichosa de unas nubes de verano.

sábado, 30 de enero de 2016

El cazador solitario de la felicidad


Rosie Inguanzo

No es aguarle la fiesta a alguien (esperé hasta finales de enero para abordar el asunto), pero cada fin de año contemplo la escena con estoicismo y como quien ve una mala película infantilona y empalagosa, los ojos anegados de paroxismo felicitero que concuerda a la perfección con el clima consumista y el exhibicionismo posado en las redes sociales.

Desear "felicidades” es fácil. No discuto sino la manera y hasta el mal gusto con que cada año repetimos el chorro de felicitaciones. Detesto la chapucería de las felicitaciones genéricas, el facilismo de las felicitaciones colectivas. Desconcierta la mezcla de melcocha y ansiedad festiva, los regalos de cualquier cosa —cuando pudiéramos regalar “Ma Vlast” de Smetana por Alban Berg Quartet, un libro, una cena y no basura de mala calidad Made in China que termina como desperdicio. Detesto la felicidad ruidosa, hacia fuera, porque más bien me remite a lo muy frágil de la felicidad —la tranquila, la cierta—, por estas fechas amenazada por los fuegos de artilugio. Y es que ostentar ser feliz a toda costa es cosa de necios.

Por otro lado está bien que nos olvidemos por un rato de nuestras duras derrotas (el humano es un ser derrotado por la muerte). Felicidades (así, en plural), o sea, momentos felices, es más de razón y menos de bulla. La otra, la felicidad rimbombante y efectista le hace señales a lo que trata de ocultar: lo infeliz, lo triste, lo escindido de la condición humana. ¿El fin de un ciclo no debería inducirnos a estas meditaciones y a menos fanfarria? Tanto festejo sofoca el autoanálisis y sugiere la negrura final, raíz de todo el ruido. Ruido fatuo. Porque la felicidad cuando se tiene es cosa de hablar bajito sobre ella o ignorarla, dejarla hacer. Es que una posición enardecida de la felicidad no corresponde con su naturaleza elusiva y escurridiza.

Es como dispararle a un ciervo. Un ciervo hermoso que surge de la bruma del invierno en Washington State. Un ciervo quieto que nos mira e interroga. Un ciervo feliz porque no sabe que va morir. La felicidad es un ciervo que se pierde en la espesura del invierno. Querer poseer la felicidad a toda costa es como matar al ciervo hermoso en la bruma de su bosque —el corazón es un cazador solitario.

Mientras rugen los fundamentalismos, diariamente mueren de hambre millones de seres humanos, matan y violan a millones de mujeres y niños, y a otros tantos corderos y cerdos, mientras las ballenas están suicidándose y las tortugas no pueden reproducirse porque nuestro océano es un basurero, me parece de una frivolidad rampante que nos repartamos felicitaciones irreflexivas, como si no nos arañara la uña sucia de la infelicidad de nuestro mundo azul. Quiero decir que mis deseos de ser feliz (momentáneamente, claro), necesito que sean conscientes y sensibles a la desgracia humana, animal y planetaria. Me pregunto hasta qué punto bautizar el fin de año con la lluvia de felicitaciones es concitar los augurios más sombríos, los temores más punzantes. Qué decir, que hay mucho más en el lapso de felicidad de va de diciembre a nuevo año.

De manera que me adhiero a rituales más profundos, a la tranquilidad de alguna dicha. A la felicidad (póngase a prueba), del aceite de oliva y el ajo en el sartén; agréguense champiñones, una pizca de pimienta negra y un chorro de vino blanco. Surgen aromas que se escapan y saboreamos el misterio. La cierva es libre, en parte invencible en el candor de su existencia —felicidad que nos he negada a los humanos, a menos que usted crea en la vida después de la muerte. Nuestra ansia de felicidad es conmovedora y terca. Atraparla aunque siempre nos esquiva. Y en el corazón el cazador.

lunes, 25 de enero de 2016

La Plaça


Eduard Reboll

Nací con el olor del tomate podrido en el delantal de mi madre. La leche de sus pechos a veces llevaban alguna pepita de este fruto mientras me amamantaba en pleno día en el mercado de Hostafranchs. Con sus manos secas y llenas de tierra negra, mi padre organizaba el puesto de venta para que el cliente apreciara el valor fresco de la cosecha de hongos y setas del día anterior. Unos cuantos metros más lejos mi abuela colocaba, a la vista del público, la uva moscatel, las naranjas navel de la zona agrícola de Valencia y, a finales de agosto, el melocotón adorado por el cineasta Luís Buñuel: el durazno de las tierras de Calanda.

Mientras se tomaba un café con coñac en el bar de la zona, mi abuelo hacía sumas y sumas kilométricas con un lápiz bicolor en la mano, para saber si las ganancias daban para pagar el alquiler de su negocio. Rojas las pérdidas y en azul los beneficios.

En otro mercado de la ciudad de Barcelona, La Boquería, mi tío Pepito, lleno de escamas en su delantal de plástico blanco, agrupaba las langostas, bogavantes, centollos, mejillones, cigalas, almejas, calamares, navajas,...y todo el pescado fresco de la zona del Mediterráneo y de la costa cántabra, para que mi tía Antonia, al grito de “Nena..peix fresc carinyo” (¡Señora…pescado fresco cariño!), atrajera a sus clientes.

En este espacio convivían Juanita-la-dels ous (la de los huevos) que, dividía los mismos, en cuatro categorías: huevos de granja blancos y huevos de corral blancos, huevos de granja rossos (dorados) y huevos rossos de gallinas alimentadas con maíz y libres en la casa de campo. Al lado y con focos directos, se desplegaba una tienda de despojos: el olor del hígado de ternera fresco, los intestinos de cordero limpios de heces y en sal marina, los riñones, la panza de res,…el corazón del lechal, la cabeza del cerdo degollado.

Casi todos los sábados, mi padre, iba con su propietario a desayunar higadillos frescos de gallina salteados con cebolla en el bar de al lado. En el tiempo de rovellons (níscalos, setas mediterráneas) mi padre aportaba estos ingredientes y Cristobal, el dueño de la tienda de embutidos, traía un chorizo ibérico recién llegado de Extremadura o a veces un lomo de caña o unas aceitunas negras de Aragòn.

Junto al mármol y el dinero, un vasito corto con la espuma de un café con leche condensada de la vendedora de quesos de cabra, de oveja, brie, gruyère, cabrales, manchegos, idiazábal, de la zona del Parmiggiano, o los blancos frescos de la provincia de Burgos.

En frente, el olor a tomillo de la señora Inés de Carranza, la pimienta negra en grano, los piñones con sabor a resina, la albahaca fresca de huerta, el pimentón ahumado y rojo de La Vera, la trufa negra, las hebras rojizas del azafrán, la nuez moscada, el comino para el gazpacho, el chile, el romero andaluz.

He desayunado un hueso de jamón serrano a mordidas y en bruto, con mis amigos de infancia. Con pan-tomate y mojado en aceite de Jaén en las escaleras del mercado, mientras observábamos a la gente de la calle. La horchata de chufa la he degustado mientras veía a las niñas saltar la cuerda en el mes de julio.

No erizábamos con el chirrido del metal en la ruedas de las carretillas cuando entraba la mercancía por la puerta Norte. Y he visto al afilador de cuchillos deleitarse con la música del filo junto a la piedra de lima.

He sentido el hedor de la pobreza de hombres y mujeres que bajo la dictadura apenas tenían poca plata para comprar alimentos. Darles a veces de más mercancías en sus compras. O a escondidas de mi familia darles algún dinero de la máquina de cambios.

Y desde la contradicción y el asombro, ver a ciertos personajes de la alta sociedad distinguir, por el olor, los meses que tenía el lechón que compraban. Comerse allí mismo media docena de ostras gallegas con un carísimo vino -un Vega Sicilia, por ejemplo. O dar una propina muy alta al carnicero para reservar las turmas (los testículos del toro), una vez el Viti o Chamaco -toreros famosos de la época- hubieran matado el animal en la arena del ruedo.

Allá donde voy, tengo un mantra que no me abandona: “Jo sóc fill de plaça” …Yo soy hijo nacido en un mercado popular. Una señal de identidad de la cual nunca me avergüenzo y que, desde la confesión, he manifestado siempre a quién he querido o ha salido distintas veces en las tertulias impartidas.

¡Eso sì! …nunca me gustó que me dijeran que soy “El hijo de la verdulera”. Grrrrr. Más que nada, porque va asociado a las personas que hablan demasiado o que nunca paran de hacerlo desde el bla bla bla. Repito “Jo sóc fill de plaça” …aunque no puedo obviar lo segundo; solo, en ciertas ocasiones.


domingo, 24 de enero de 2016

Popol Vuh: In den Gärten Pharaos 1971 (album completo)



Este segundo LP de Vuh es, quizás, el ejemplo más prominente de la llamada Kosmische Musik, precursor del ambient music. Considerado el quinto álbum más importante de la década de los 70 por la revista FACT, el fonograma fue grabado en un órgano de la catedral medieval en Stiftskirche Baumberg (Altenmarkt) en el sur de Alemania.

Déjate llevar. 

miércoles, 20 de enero de 2016

juansí-pixelación en la Farside Gallery Art@Work

 La ceremonia

aLfrEdotRifF

Alterations: Mental Model Series (2009-2015) es el título de la última exhibición del artista cubano Juansí en la Farside Gallery Art@Work del Dr. Arturo Mosquera. Una serie de fotos que lleva seis años en desarrollo (2009-2015) y responde a programas que pueden verse en cualquier televisión del estado de Ohio donde reside el artista.

Juansí ha dicho:
Las fotografías ... registran fallos repentinos en la transmisión digital...  anuncios de televisión en que la señal emitida se rompe. Lo que queda es un rastro de datos digitales, una estela a la deriva de vestigios de imágenes...
Pixelación (que viene de "elemento pictórico") es una manera de romperse la imagen digital. La "rotura" revela ese componente "pixel" de la imagen, es decir,

punto de luz + unidad de memoria.

El número de posibles píxeles dependen de la memoria de la computadora -o de la señal. Con el fenómeno de stream media la interrumpción o empobrecimiento de la imagen se hacen una constante.  

El evangelista

La pixelación data desde los años 70 del siglo pasado, con el programa SuperPaint de Richard Soup. Podemos ir atrás y encontrar ese mismo efecto en el mosaico greco-romano y bizantino, el tejido antiguo punto-de-cruz indoeuropeo y el puntillismo de Seurat. La revolución digital ha llevado la pixelación al cine, la pintura, la escultura, la fotografía, incluso al diseño.

La autopsia

Se diría que Juansí "manipula" un cierto entorno de la foto, imagen, etc. De una manera sí, pero el asunto se complica, ya que toda distorsión pixelada expresa un "vacío" en el flujo de la señal o información.

Ahora bien, no puede haber vacío en el espacio.

Entonces lo que llamamos "vacío" es la distorsión misma inmanente a la forma. De ser así, avanzo que toda foto oculta una distorsión implícita. Distorsión no es más que una condición de posibilidad del streaming de la realidad.

Mujer hablando con Dios

Existe otro aspecto informativo del mensaje mismo. Deseo sugerir que la pixelación es una forma de redundancia.    

La pesadilla

Si la foto, como se dice "reproduce" la realidad, la pixelación de Juansí nos muestra un "almacén informativo" (recuérdese: "píxel" es un átomo de memoria, ahora átomo de realidad).

Resumo lo anterior:  La meta de toda memoria es anclarse en la realidad (sabemos que no es siempre así), pero ahora resulta que la memoria es afín a la pixelación. Luego, Juansí irrumpe en la esencia misma de la memoria. ¡Qué sorpresa! Cualquier realidad [ya] nos llega pixelada.

El hombre mofeta

Lo que propongo parecerá sorprendente:

#1- la información nos llega "en falta" (no lo notamos).
#2- la realidad (en tanto que streaming del fenómeno mismo) viene pre-pixelada.
#3- el vacío de la realidad resulta la realidad del vacío.

Alterations de Juansí sugiere #1-3 como atributos de una futura semiótica de la realidad:  

la realpixelación.

martes, 19 de enero de 2016

mauricio vicent: el periodista mercenario

turismo en la habana (en auto-pre-revolucionario)   

tumiamiblog

"periodista mercenario" es quien publica una parte de la historia --y la otra la calla por beneficio propio. el "periodista mercenario" conoce la labor imparcial del periodista pero prefiere hacer alianza con el status quo. 

esta portada de elpaís de mauricio vicent es partidaria porque evita la dura realidad.

el artículo ni siquiera se atreve a hablar del "malecón rosa". y vicent sabe que los pingueros habaneros son fuente importante de turismo y divisas.



señores: no discriminemos la información.  

¿qué hay de la otra "prostitución", la de la tercera edad?
aquí otra reseña de una tal begoña huertas, con título de telenovela cincuentosa: la habana, objeto de deseo.  

este colorido de ruinas no lo cubriría vicent.

el país parece un órgano del MINTUR.



nuestro ánimo no es aguarle la fiesta a vicent (et. al.)


hay asuntos "menores" que no deberán distraer jamás la impresión positiva del turista:  


esta es la habana que debe permanecer oculta.   

lunes, 21 de diciembre de 2015

El empobrecimiento del discurso político actual


Alfredo Triff

El discurso político es una parte importante de la actividad intelectiva del ser humano. Con él aprendemos a desentrañar ideas como "poder", "gobierno", "nación", "contrato social", "derecho", "libertades", "igualdad", etc. El discurso político es un arma hipotética y a la vez práctica. Con esa tradición hemos descubierto y modelado hipótesis, argumentos y principios que se imponen no por la fuerza, sino el mérito de la razón. Sobran los ejemplos: la idea del ser "humano" que comienza a explorar Cicerón en su De Republica y que madura en la edad media con Tomás Aquino, la exploración del contrato social de Hobbes, perfeccionada y mejorada con nuevos argumentos por John Locke y luego con Rousseau, o la idea de tolerancia religiosa fundamentada en el siglo XVII por Spinoza y Locke. La idea de abolicionismo explorada por Montesquieu y Brissot y que llega hasta Thoreau.

¿Qué seríamos sin esta noble tradición de memes

Se dice que en política existen diferentes soluciones para un mismo problema, pero no todas las soluciones son igualmente buenas. Determinar "cuál es mejor" lleva tiempo, un tiempo que sencillamente no existe hoy en día.  Cada vez se hace más difícil sostener una conversación inteligente sobre política. Con la caída de la prensa escrita en general, se pierden balances necesarios que antes mantenían un mínimo estándar bajo control. Se ha dado también una creciente politización de la ciencia, que acaso sea consecuencia de una pérdida de fe en el poder de la razón.

Lo que reina no es --siquiera-- un vicio retórico, como aquel de moda en la Grecia socrática, que no había descubierto aún el poder de la verdad como engranaje eficiente del discurso. Lo que tenemos ahora es un reduccionismo que viene convoyado con una teatralidad, que hace lucir a los retóricos antiguos como sabios. El discurso político se ha hecho parte de la mediatización social de la comunicación.

Claro que no es un fenómeno nuevo. Lo nuevo es la velocidad del mismo. Si lo complejo de la información requiere, dada su dificultad, más tiempo de asimilar y propagar, la rapidez de propagación de la información actual implicaría una reducción que despoja al discurso de su riqueza, de su diversidad. Dicho de otra manera la rapidez por "resolver el asunto" refleja una falta de voluntad analítica, es decir, dedicar el tiempo que sea necesario en la búsqueda de la verdad.  

La manera de discursar de ahora viene con "ganchos". El gancho puede ser una exageración sistémica, típica del fenómeno mediático actual. Abunda la simplificación binaria: "o eres de derecha o izquierda". La falsa analogía: "liberalismo es socialismo", o "el islam es una religión violenta". El hombre de paja: "las armas no se disparan solas".

Hay algo de recalcitrante y difícil en la naturaleza del discurso político que desagrada a muchos. Por una parte, resulta esperanzador imaginar que la razón pueda resolver los problemas de la convivencia humana, por otra, se crean nudos aparentemente insolubles: la libertad humana, la convivencia, la igualdad moral, el papel de la religión, la diversidad y aparente contradicción entre culturas, etc. De pronto, la mayoría está dispuesta a abandonar el discurso, o tornarse en cínicos. Aquí viene una inducción demoledora: "Desde que la humanidad es humanidad...".

No he dicho aún que el empobrecimiento del discurso tiene un aspecto muy nocivo: Distorsiona la realidad. Ya muchos no saben qué creer. Ese "hombre masa" de que hablaba Ortega no quiere saber nada de complejidad. Son pocos los que buscan a ambos lados del espectro político. El discurso se ha polarizado. Con ello se reduce la posibilidad de encontrar ese deseado punto medio. 

Muchos desean llegar a la verdad, pero sin pagar el precio difícil de encontrarla. No, ellos ya vienen con la verdad bajo el brazo.

¿Qué hacer entonces?

Subirle la parada a la discusión política. Ser tenaz y a la vez paciente. Persuadir en lugar de gritar u ofender. Demostrar, en lugar de presuponer apresuradamente. Ser generosos al discutir. Prevalecerá siempre el mejor argumento, no importa que sea desdeñado --temporalmente-- por la teatralidad de la exageración y el facilismo mediático.

jueves, 17 de diciembre de 2015

jueves, 10 de diciembre de 2015

6D en Venezuela: la supervivencia, el retorno al lugar del ser y el cansancio del lenguaje


Omaira Hernández Fernández

La voluntad política del pueblo venezolano decidió por un cambio de rumbo para la nación y, mayoritariamente, sin equívocos o posibilidades de duda, el pueblo otorgó el triunfo a la propuesta democrática. Debo aclarar de entrada, que el pueblo votó por una opción no por unas personas. El liderazgo de los diputados electos se construirá en su gestión; por ahora, una gran mayoría de ellos, eran sólo nombres sin rostro, vecinos de sus pueblos y barrios, conocidos por sus allegados; pero encarnando, todos y cada uno la esperanza de un corte radical al sistema político, al desastre económico y a la división social de nuestra nación. Por ello, cuando digo que no se votó por personas, reitero, me refiero que se votó por un cambio de sistema; y esto es contundentemente una señal que debería prender todas las alarmas de la llamada revolución bolivariana. Esto significa en pocas palabras que la revolución dejó de ser una esperanza para el pueblo y se convirtió en una amenaza.

Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme: ¿Qué pasó? ¿Por qué esta radical decisión? ¿Por qué uno de los grandes populismos de los últimos tiempos recibe tan duro golpe de sus sectores más emblemáticos? Muchos argumentos pueden esgrimirse como respuestas a estas preguntas, y excusándome por el tono escolar, sólo deseo reflexionar sobre tres de ellos, según mi criterio poco explorados, pero que bien pueden ayudarnos a comprender el fenómeno político-social del pasado domingo 6 de diciembre.

En primer lugar, el más sencillo y elemental de los argumentos: el instinto de supervivencia. Como mencioné anteriormente, la revolución no inspira, expira. El venezolano, pasmado ante el horror de la muerte cotidiana, de la miseria diaria, del odio y la división que día a día se sembró por 17 años, se miró en el oscuro espejo de ese abismo. Allí se vio en los límites de la miseria absoluta, con la certeza de saber que su trabajo no valía nada, que su salario de un mes de trabajo no alcanza ni para comprarse un par de zapatos, que su condición humana había llegado a la mendicidad con las colas para conseguir el pan de cada día, que la movilidad social estaba sujeta al uso de camisas rojas, que el desplazamiento espacial estaba prohibido por el más absurdo estado de excepción de nuestra historia, que nuestra moneda se devaluó en novecientos mil por ciento... en ese instante tristemente sublime entendió que no era persona, que jamás podría optar por una casa o un vehículo, que la violencia y la muerte podría arrebatarle la vida y la de su familia en cualquier instante. ¡En fin! Se enfrentó, con aquello que Unamuno llamó “la cochina realidad”. Puedo aventurar la imagen de un pueblo que debía decidir entre la promesa revolucionaria de “profundizar la revolución” y la promesa de “construcción ciudadana de un nuevo proyecto de país”. Y como diría Ortega y Gasset… el hombre es él y sus circunstancias… y las circunstancias pesaron.

Esta primera reflexión me lleva a un segundo argumento: el retorno al lugar antropológico. Me explico: cuando se está ante el abismo, ante la nada, ante el vacío de una vida personal y colectiva que pierde sentido; el ser humano busca instintivamente el retorno a los lugares sagrados. Merleau Ponty en su texto Fenomenología de la percepción (1945), define el "espacio antropológico" como espacio "existencial", lugar de una experiencia de relación con el mundo de un ser esencialmente situado en relación con un medio. Michel de Certau nos habla del “lugar simbolizado” en su libro La invención de lo cotidiano (1990); y Marc Augé en Los no lugares (1992) manifiesta que los lugares antropológicos tienen por lo menos tres rasgos comunes: se consideran identificatorios, relacionales e históricos. Es decir, retornar al lugar antropológico significa llenar la necesidad de volver a tener “el lugar” que nos identifica, que nos define, que nos hace ser y hacer lo que somos y hacemos cotidianamente, el lugar que nos relaciona con la tradición, que tiene sentido histórico porque alude a nuestra experiencia vital, el lugar que se ancla en nuestras memorias y en el cual se escribió nuestra vida desde que nacemos.

El venezolano, necesita con urgencia volver a ese lugar. Lugar que ha sido violado constantemente hasta socavarlo y destruirlo. El proyecto revolucionario se marcó como meta “refundar una nación” y para ello, destruyó el universo simbólico del venezolano, cambió sus símbolos, transformó la fisonomía de sus héroes, alteró la cronología histórica, proscribió canciones y juegos, alteró fachadas de plazas y escuelas para imponer una Venezuela roja rojita. El venezolano empezó a desconocerse en ese lugar y con esa gente, y empezó a ser extranjero en su propia tierra en términos socio-culturales y exiliado nacional en términos políticos. Por ello, la necesidad de reconocerse en su espacio y retomar su lugar, es, en mi humilde experiencia una necesidad que se cubre con este masivo acto de afirmación nacional que fue el voto del pasado domingo.

Finalmente, y porque no quiero extenderme abusando de su paciencia, debo referirme al cansancio que el lenguaje y el discurso chavista provocó en nuestro pueblo. Haciendo un poquito de historia, recordemos que el poder del Estado venezolano, entendió a la perfección las modernas teorías sociales de control y dominio. Ellos saben que el control social se lleva a cabo, ahora, mediante el control de los códigos que gobiernan el valor de signo (palabra o imagen) y, a través de éste, se inculcan valores, gustos, privilegios y verdades a fin de lograr el dominio. Entendieron, como lo plantean filósofos y sociólogos como Baudrillard, Canclini, Touraine, y especialmente Habermas; que en las sociedades de consumo como la nuestra, las nuevas tecnologías y la cultura mediática son una nueva forma de ideología y reemplazan a la producción industrial y a la economía política como principios organizadores de la sociedad. Por ello, el denodado, continuo y exitoso proceso de control de los medios de comunicación de masas. Ahora bien, en el sui generis caso del socialismo venezolano, especialmente en la figura de su primer mandatario Hugo Chávez Frías; a la par que desarrollaba el control y la dominación mediática de la población; fue capaz de construir un lenguaje, una semiótica, una gramática mediática del socialismo como sustituto de la falta de teoría política.

Este forma lingüística tuvo como objetivo la transformación de los bases estructurales de la nación venezolana, y como herramienta un sistema discursivo capaz de condensar e imponer en todos los registros orales y escritos de la lengua oficial, el uso de ciertas frases, (holofrases en el sentido Piagetano del término, acompañadas de una actividad kinésica que las complementan), que hoy son usadas como estandartes del proceso revolucionario, creando un universo sígnico que da cuenta, o así lo pretende, de la transformación ideológica de Venezuela. Parafraseando lo dicho por el Prof. Carvajal (2008), Hugo Chávez combinó, a su leal saber y entender, elementos como el caudillismo; el militarismo; una historia de Venezuela mutilada e interpretada pro domo sua en una matriz idealista; una interpretación personalísima de la doctrina de Simón Bolívar; una sui generis exégesis de algunos textos de Marx y Gramsci; una herética y superficial reinterpretación de la doctrina de Cristo; un exagerado culto a la herencia indígena y “afrodescendiente”; y finalmente, el aporte de múltiples ocurrencias retóricas y fácticas, frutos de la revuelta matriz ideológica acá apenas perfilada, a saber, el ALBA, el desarrollo endógeno a la Chávez, los fundos zamoranos, el árbol de las tres raíces, las misiones, los consejos comunales; los gallineros verticales, los batallones, los cinco motores, las tres erres, el desarrollo endógeno, el trabajo liberador, entre otras tantos dislates.

... la revolución dejó de ser una esperanza para el pueblo y se convirtió en una amenaza

Este lenguaje penetró y afectó todos los sectores, niveles o ámbitos del país, incluyendo los territoriales, administrativos y políticos. Este despliegue discursivo intentó la supuesta transformación de la nación, por vía del hecho y del derecho. Penetró las prácticas cotidianas, los sistemas de representación, las visiones del mundo, modificó instituciones; en fin, intervino la vida y los cuerpos de los habitantes; a fin de instaurar, el socialismo como sistema político-económico que sustentara la creación de una nueva república. Conscientes estaban de lo dicho por Fillmore (1975): “cuando seleccionas una palabra arrastras una escena entera” (p. 114), designas un mundo, construyes una historia…o inventas una.

Sé que existen muchas otras razones que explicarían el fenómeno electoral de mi patria y en un país tan politizado como el nuestro, no faltarán tales explicaciones. Sin embargo, aquélla que busca nuevos mesianismos en la figura del General Padrino López, me alarma… pero en nuestro insólito país quizás debamos agradecer que el general leyera las entrelíneas de la situación electoral del domingo y también decidiera hacer lo correcto, lo que habría sido su deber en estos 17 años y nunca hizo… ¿Por qué lo hizo ahora? Esa es otra historia que será contada en otro momento… cuando ya no pueda empañar la felicidad que hoy me embarga.

viernes, 4 de diciembre de 2015

No creo que el exilio te haga éticamente superior. Indudablemente, te permite, y yo diría que hasta te obliga, a vivir en la verdad


Andrés Reynaldo hoy en El Nuevo:
En el exilio, por más que intentes, la moral común no te permite abandonar tu realidad. De hecho, si algo importante te devuelve el exilio es tu lugar en la moral común. Tu derecho a la memoria. Tu juicio en el error y el acierto. Los deberes de la exactitud no te exponen a los peligros de la herejía. Vuelves a tener un valor como individuo. En suma, regresas a la civilización. Por supuesto, no creo que el exilio te haga éticamente superior. Indudablemente, te permite, y yo diría que hasta te obliga, a vivir en la verdad.
Sin palabras.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Abril raro

Carlos Otero Blanco


Luis Soler

Era un día de abril raro. Raro como suelen ser los sueños. Desde que me levanté me pareció que todo estaba fuera de lugar pero a la vez todo parecía estar en su sitio. Me di cuenta apenas abrí las persianas de la sala y la claridad no me causó ninguna molestia en los ojos. Había como un filtro de luz en el ambiente y todo parecía ser el reflejo de un espejo viejo que ha perdido el azogue. No podía precisar si hacía frío o calor; el cielo no estaba ni despejado ni nublado y no se escuchaba ningún ruido ni algarabía en las calles. La chimenea de la fábrica de cemento soltaba un humillo blanco intermitente formando una enorme costura en el cielo. Negrita, mi perra, no ladró a las palomas posadas en el alero que habrían salido revoloteando asustadas como siempre que se abrían las ventanas. Estaba echada a mi lado lamiendo una figura china de yeso. Definitivamente era un día muy diferente. Tanto, que no escuché gritar a Violeta, la vecina del apartamento de al lado, en su sección de sexo matutino con marido de turno. Tampoco sentí la asquerosa y desagradable peste proveniente del tanque de basura situado justo en los bajos de nuestro balcón, y que cada mañana inundaba la casa de fetideces. Para colmo de rarezas me fijé que las plantas de mi suegra, sembradas en improvisadas macetas hechas con botellas plásticas de Coca Cola cortadas a la mitad, finalmente reconocían la llegada de la primavera. Entre sus hojas brotaban unos preciosos botones de marpacífico rojo.
Respiré y sentí el penetrante olor de la nada inflándome los pulmones al punto que me dieron ganas de vomitar.

Desayuné un vaso de café claro con azúcar prieta y unas galletas de sal medio zocatas que encontré milagrosamente encima de la mesa. Salí con la prisa de quien escapa y no sabe de qué, de quién ni de dónde. Con sigilo me encaminé rumbo a casa de Maritza. Bajé por la calle Lugareño y al llegar a la esquina de la farmacia vi que había un gran cartel en la puerta que decía: Se acabó el colirio. Llore y use sus propias lágrimas como gotas oculares. No, pensé, no era para nada un día común. Las pocas personas que vi por la calle a esa hora de la mañana parecían estar ausentes de sus cuerpos y la alegría que mostraban sus rostros eran como mascarás de papel maché. Saludaban a nadie en particular y sus gestos, sus movimientos, eran teatrales, especie de kabuki tropical. Al atravesar la calle Montoro una cola interminable de personas con jabas de nylon azul colgando del brazo, daba vuelta a la manzana. Le pregunté a una señora qué era lo que vendían allí: Tiempo, hijo, venden tiempo; toca una quincena por persona —respondió amablemente. Lo curioso es que, sin pensarlo dos veces, ya me dispusiera a incorporarme al final de la fila para comprar la porción de tiempo que me tocaba. Pero entonces una pionerita salida de la nada, masticando su pañoleta roja como si fuera goma de mascar, me dio unos tironcitos al pulóver recordándome con un gesto mudo del mentón que debía apurarme en recoger a Maritza.

Seguí caminando hasta llegar al parque La Pera y noté una nube grisácea cubriendo exactamente el área de la alameda central. Siempre escuché decir que este parque era el único en Cuba que tenía las cuatro estaciones del año; de hecho, estábamos en primavera y todos los árboles estaban florecidos. Lo raro es que desde la suntuosa Ceiba del centro, las majaguas, los ficus y hasta los almendros, todos estaban copados por un solo tipo de flor: marpacífico rojo. Los viejitos asiduos que leían el periódico o animadamente conversaban de pelota y de política, esta vez estaban demasiado quietos; parecían estatuas de cera, inertes, como sujetos a los bancos. Había demasiado silencio. Solo se escuchaba el sonido proveniente de un pequeño radio de pilas que sostenía en el regazo uno de los ancianos. Fijándome en ellos descubrí que tenían la mirada velada, como perdida en la lontananza, en dirección a un punto entre la tarja erigida con motivo de la visita del principado de Asturias y el abandonado cine Maxim. Tal vez ni siquiera miraban hacia ese punto, porque noté que los ojos agrietados de estos viejos estaban cubiertos por una opacidad cristalina muy parecida al blanco velo de las cataratas. A pesar de la escena espelúznante, sus expresiones no eran macabras; estaban suavizadas por cierta ternura. Quizás miraban hacia atrás, refugiados en algún lugar benevolente de sus pasados y no a la desesperanza del presente. No pude divisar a Andrés, un viejito flaco y desgarbado como un garabato que siempre me saludaba cariñosamente.

Lo busqué por todo el parque y al no verlo me dirigí a Fefa —la anciana chismosa y vivaracha que hablaba más que una cotorra— porque ella que sabía la vida, obra y milagro de todo el mundo en el barrio, tal vez pudiera orientarme. La hallé apartada en un extremo del parque, sentada sobre un viejo columpio de gruesas cadenas de acero, y le pregunté por Andrés. Trabajosamente levantó su mirada repleta de niebla y sin mover ni un solo músculo del rostro me dijo con aspereza: Andrés se ha muerto de hambre, murió de hambre. Bastó que dijera esto para que el resto de los ancianos iniciara una acoplada letanía de susurros coreando al unísono: De hambre, de hambre, murió de hambre. Vi que Fefa comenzaba a columpiarse con la ligereza de una niña y luego con más fuerza. Su boca se abría desmesuradamente mostrando las encías púrpuras y sin dientes. Poco a poco Fefa fue incrementando su balanceo con tal fuerza que las cadenas del columpio comenzaron a chirriar como si fueran a reventarse de un momento a otro, lanzando expedita a la anciana por los aires. Pero sucedió que los pies propulsados de Fefa, alcanzaron la nube gris que había sobre el parque, perforándola y produciéndole un agujero del que salió un aguacero repentino que inundó todos los alrededores haciendo del parque una isla verde con sus maniquíes viejos, dóciles, mirando la nada. Mientras más llovía, por los bordillos de las aceras se precipitaba una peligrosa corriente de agua que amenazaba arrasar con todo.

Cuando escampó miré hacia los árboles; las flores de marpacífico se desprendían y volaban rumbo al norte como una bandada de pájaros incandescentes. Algo más raro aún sucedía cuando de las alcantarillas comenzó a brotar una masa cárnica cuyo olor nauseabundo atrajo a decenas de perros callejeros que, al tratar de comerla, quedaban atrapados desapareciendo en ella sin dejar rastro. El nivel del agua ya había alcanzado la zonas más bajas del parque formando unas pozas lo bastante profundas como para que muchos de los ancianos comenzaran a ahogarse pasivamente, en una especie de suicidio colectivo. Súbitamente, unos niños negros semi desnudos y descalzos llegaron hasta la enorme Ceiba y comenzaron a jugar chapoteando por donde corría el agua. Con los pies destupían las alcantarillas permitiendo que el nivel de las aguas bajara dejando al descubierto sobre la acera, miles de caracoles y conchas marinas. Todo parecía volver a la normalidad. A través de unos viejos altavoces pertenecientes a la fábrica de tabacos se escuchaba un fragmento del sermón del monte: Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se ha vuelto insípida, ¿con qué se hará salada otra vez? Ya para nada sirve, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.

Fue entonces cuando la tierra enojada, comenzó a temblar y a abrirse. Las grietas eran tan grandes que se fueron tragando uno a uno a los ancianos ahogados. Recordé que en abril la tierra se abre con mucha facilidad esperando la copula de las aves que traen semillas en las plumas; pero no se veía ni un solo gorrión por los alrededores.

Retrocedí asustado, y apurando el paso me alejé de allí. Jadeando llegué a la casa de Maritza. Para recuperar el aliento me senté en uno de los escalones al tiempo que me preguntaba ¿qué me estará pasando?, como quién duda de si está despierto o dormido, cuando alguien me tocó por el hombro. No sé qué sentí cuando vi a mi lado al viejo Andrés, supuestamente ahogado unos minutos antes. Con los ojos cerrados me zarandeaba con una mano mientras que la otra mano se la llevaba a la boca pidiéndome algo de comer. Abría la boca desdentada y abría los ojos con las cuencas vacías. La pionerita también reapareció con la mano derecha abierta sobre la frente en saludo militar frenético, proclamando: Pioneros por el comunismo, ¡seremos como el Ché! El viejo aprovechó mi distracción con la niña para registrarme las ropas. En uno de mis bolsillos encontró, no sé cómo, un cartucho de galletas zocatas. ¡Maná, maná del cielo!, gritaba feliz. Avisada, una turba violenta que se desgañitaba en consignas comenzó a acercárseme con la evidente intensión de hacerme daño. Vi que venían todos: la gente que hacía la cola interminable dispuesta a asfixiarme con sus bolsas de nylon azul; los ancianos inermes del parque salían de las tumbas con los puños crispados contra mí.

Resultaba chocante que la gran Violeta, mi vecina voluptuosa y gritona en la cama, se acercaba libidinosamente con sus enormes tetas descubiertas. Dos policías que ese preciso momento llevaban preso a un ladrón, lo dejaron escapar, para acto seguido correr tras Violeta que a su vez corría hacia mí con el pecho al aire. En un gesto automático de supervivencia me llevé las manos a los bolsillos del pantalón y comencé a sacar cartuchos y más cartuchos de galletas zocatas que lanzaba a la multitud que cada vez estaba más agresivamente cerca. Casi a punto de alcanzarme la turba, por una esquina del parque salió un mulato gordo y sucio gritando a todo pulmón: ¡Caballero llegó el vino espumoso!

Con idéntico automatismo la muchedumbre frenó en seco, dio media vuelta en dirección al camión-pipa aparcado a un lado de la tabaquería. Suspiré aliviado; aún asustado y con espasmos estomacales subía la escalera cuando la pionerita tiró de mi brazo y con mirada pícara me dijo: Llévame contigo chico, anda, yo te dejo tocarme el pipi igual mi papá y los amigos de mi papá. Ya se disponía a levantarse la faldita roja del uniforme, cuando desperté gritando y empapado en sudor. Tembloroso y espantado me di un baño rápido y salí con la misma sensación de huida que había soñado. Afuera había un típico día de abril. Dos policías llevaban maniatados a un ladrón de bicicletas, y la voluminosa Violeta desde su balcón puteaba con el bodeguero que subía al Chevrolet del 57 rojo desteñido; a un costado de la tabaquería, unas cien personas con bolsas de nylon azul colgando de los brazos, hacían una inmensa cola en espera de vino espumoso. En los solares yermos las grietas en la tierra esperaban la llegada de las primeras lluvias de mayo y a los pájaros con las alas cargadas de semillas. El fantasma de la inopia recorría las calles de La Habana y la miseria se enseñoreaba de la cotidianidad, mientras yo iba rumbo a Guanabacoa a consultarse con un Babalawo. Igual que en el sueño, los viejos del parque escuchaban bajito la emisora enemiga Radio Martí, quietos como estatuas, las miradas perdidas en el tiempo.