miércoles, 31 de agosto de 2005

El matador de grasa


Por Alcides

Este soy yo. No estoy frente a las cosas sino entre ellas. Me vuelvo luz. Sigo esperando que me recojan. Buscamos la esperanza, la explicación de todo, miramos la vaca de dos cabezas. Lo estoy cantando. Vuela bajito, como en una canción, lo que importa es la pérdida de la forma. Me alejo un día antes, recapitulo, vacío la lata. Por un rato soy yo, ya que las cosas viven en el tiempo. No tengo que pedalear hasta Arroyo Arenas: tengo que recordarlo. (...) Me la aplicó para que levantara castillos de aire, para llenar de fenómenos el vacío. Entre sus piernas soy verdadero, hago la obra. Me pone en una ciudad o fuera del mundo, procura una mujer y la hace brillar delante de mí. La veo pero no sé dónde está. La muerte es difícil por su descripción. (...) Puedo estar vivo, como esos monos que son siempre uno, o como el oso: vida sin elementos. Puedo estar vivo. En el zoológico no me preguntan nada: vida sin elementos. (...) Medicina de ricos, aparición pública de mi mujer. Debo mirar a través de las cosas. Si el animal puede resistir, se sube al Monte Real, describe Sensuales, repara en las nubes de este mundo. Debo mirar los átomos, medicina de nadie, ser compañía de las hormigas. (...) Me guardé de tu vista recordando la Poza de Quetzalcoatl. La calle se nos acaba en un punto y amor es eso: otro cambio en el nombre, la bobería mientras retiran la mesa. Miracle Mile es un reproche, un nudo, y la mesa vuelve a estar limpia. Vértigo Ocasional es tu nombre. (...) No sé en qué dirección voy a caer, si van a devorarme las sombras. Abrí la caja negra: saltaron los espíritus y se mezclaron. No sé en qué dirección me van a cortar. Baila mi muerte. Baila el cielo. (...) Here, Le Patch, El Matador de Grasa. Hemos pagado por la televisión, al describir todo: twice, Le Patch; here and twice. Hemos pagado por el derecho: una fraternidad del Bronco, una fraternidad del DTC.

martes, 30 de agosto de 2005

Tumiamiblog se solidariza con el sufrimiento de la población de la ciudad Nueva Orleáns y todo Mississippi.

Mi ruta mercenaria


Por Fernando García

Queridos amigos y otros que no son tan amigos de este respetado blog. Escribo en este espacio pues es el que más me gusta. Gracias a esos que utilizan mi gastado nombre en este blog, para mal o para bienmal, y que en lugar de irse para un gogó, un partido de los Marlins, o buscarse alguien que les ponga el satélite por la izquierda pa’echarse el Playboy Chanel, o dar una vuelta por la playa, pierden su valioso tiempo. Viví en México un par de años, tengo influencia de Robert Rauschenberg (lo conocí y trabajé con él en La Habana). Ahora tengo la suerte de conocer y ser amigo de uno de los artistas que más respeto, Pedro Vizcaíno. Junto a los pop, también me golpearon de una manera u otra algunos de lo hiperrealistas --corriente tan contradictoria como mal interpretada. El hiperrealismo pone especial énfasis en la sobreabundancia de las imágenes fotográficas de nuestra sociedad de consumo. Esas imágenes son mi “merde d'artiste”. Admiro la ambigüedad, que es el vicio de las palabras. La mezcla de todo, el ajiaco visual. Me pesan las vallas de la I-95, el anuncio de la Hitachi en Times Square, las paredes llenas de residuos de letreros y posters, la carpintería artesanal de Puebla, las herramientas y los materiales de Home Depot, los catálogos de Victoria Secret y las locas del Solid Gold y las bailarinas del Mikimbín. Soy un vulgar ladrón de imágenes. Nací en Puerto Padre, residí un par de años en Holguín, pero al ver lo que prometía esa ciudad, metí tremendo patín y pedí asilo político en la capital. Pinto cuando no tengo nada mejor que hacer. Lo que hago lo considero vacío, pero con la venta de una pieza pago el mortgage del gabinete, para que no me falten la yerba, el alcohol y mis otros vicios. No me considero un guerrillero de la estética o la melancolía; simplemente un mercenario.

lunes, 29 de agosto de 2005

¿Maricón de cuna?

Por Ermigio Benveniste

Tomás y Patrick, dos gemelos idénticos: A los 5 años, en víspera de Halloween, Tomás dice que quiere ser un monstruo, Patrick ansía ser una princesa. Lo que sigue es como una escena de la película Ma vie en Rose. La mamá se chokeó con la cosa pero dejó a Patrick “evolucionar” por sí mismo. El niño siempre jugaba con muñecas y muchachitas --nunca con niños de su edad. El año pasado, un maestro llamó a la señora para decirle que Patrick estaba causando problemas en el aula. “Dice que es una niña” le dijo. Don’t worry, lo de Patrick tiene nombre, se llama: “no-conformidad con el género” o NCG. Para una diagnosis adecuada debe probarse todo un comportamiento de rasgos e intereses femeninos duraderos. Una investigación reciente sugiere que Patrick será homosexual. Aclaro, no todos los hombres homosexuales muestran conductas necesariamente femeninas cuando son jóvenes. La investigación indica que de los muchachos que exhiben CGN, el 75% por ciento serán gays -o bisexuales. Pero lo fascinante es que Patrick y Tomás son gemelos idénticos, casi clones genéticos. Desde la salida del útero, su ambiente fue idéntico en todo. Antes de hablar, uno de ellos mostró rasgos marcadamente femeninos, mientras que el otro parecía “normal”. ¿Maricón de cuna? Sí, ¿y qué? Lo genético es profundo –sólo comenzamos a entenderlo. Por otra parte, el desarrollo cultural es también importante. Recuérdese que la homosexualidad fue eliminada como “enfermedad” de los libros tan sólo en 1973. En 1991, el neurocientífico Simon LeVay encontró una diferencia entre los cerebros de los hombres homosexuales y heterosexuales. En 1993 por primera vez el doctor Dan Hamer (investigador de Harvard) habló del “gene gay”. Hamer encontró que el hermano gemelo de un homosexual comparte una región específica del cromosoma “X”, llamado “Xq28” en una proporción más alta que los hombres gay. Los enfoque de las investigaciones se inclinan al lado biológico. Y la ciencia seguirá su curso.

domingo, 28 de agosto de 2005


Foto de Pedro Portal

Entró a la mar

Por Ernesto Díaz Rodríguez

"Desnuda entró a la mar,
en el país de las maravillas.
Viendo las olas caracolear,
creía la niña
que eran yeguadas verdiazulinas".

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sábado, 27 de agosto de 2005

Topes de Collantes



Por Rafael Fornés

Este reloj de sol en Topes de Collantes (1988-1990), fue diseñado en colaboración con el artista húngaro Gyory Olajos. La obra surgió como solución al "terrain vague" creado por el triangulo remanente entre el edificio de admisión y el sanatorio art decó de Rafael de Cárdenas (con la Sierra del Escambray como telón de fondo). Se contrataron a dos maestros albañiles especialistas en terrazo para la ejecución de los dibujos. Con vistas excelentes desde sus habitaciones, el sanatorio tiene 9 pisos, con una extensión de 200 metros. El proyecto fue concebido como un muestreo de la utilización de piedras naturales, las puertas de acceso y bancos. Escogimos el "beton brute" con motivos configurados por los encofrados de madera. El reloj sigue el trazado de una mándala; un primer anillo tiene lajas extraídas de los alrededores, le sigue un segundo anillo con chinas pelonas de trinidad, el cuerpo central es de terrazzo (conocido popularmente como granito), realizado con piedras de mármol de diferentes colores y regiones del país (las canteras de Pinar del Río, Isla de Pinos, Las Villas y Oriente). El reloj ofrece la hora solar, con una diferencia de 20 minutos con la que rige el territorio nacional --basado en el meridiano de Yateras en Guantánamo. Las fotos son de una visita que hice en el 2001; once años mas tarde y aún está en perfecto estado --sin mantenimiento.

viernes, 26 de agosto de 2005

Gracias, Katrina


Por tumiamiblog

Buenos días Miami. Espero que todos en blogolandia estén bien. Katrina abrazó nuestras costas con amor de juventud, a primera vista con Miami. Sus caricias pluviosas, sus soplos profundos, dejaron a no pocos sin luz y sin techo. Comparto mi propia experiencia en tres actos. Primero: El fluido eléctrino nos abandonó (en esta sección proletaria de Coral Gables) exactamente a las 8pm, mientras componía un sofrito para una pasta. El vino tinto estaba presto. Cambio de plan: el tomate sans piel de la pasta acaba en las tapas de una baguette con lonchas de queso parmigiano, añicos de aceitunas negras marroquíes y tirillas de cebolla. Segundo: Velas de incienso y ventanas abiertas invitando al viento, osmosis con la natura. ¡Ah, no! ¡Aún tengo el celular! Aprovecho para llamar a Soler; su voz amiga me cuenta las incidencias del día (post en tumiami incluído) y una que otra mata de caimito derribada en su jardín por la furia katrinesca. Dice mi compañera: “Estamos fuera de contacto con el exterior”. En efecto, vivo sin TV, con sólo el radio de mi carro y la fragilidad del espacio cibernético. La de ayer fue una noche especial, en semioscuridad de preconciencia, con tecnología en mutis. Tercero: La pareja platica en la cama, con humo y lánguida fluorescencia. Lo crucial es recuperar el tiempo perdido. Merci, Katrina.

jueves, 25 de agosto de 2005

Envidia...


Ilustración y texto de Luis Soler

Se tropezará con la envidia seguramente a primera hora de la mañana. Le tomará tiempo recuperarse del trastazo y su primera reacción será sin duda la pendencia. Evité actuar con ira. A mí me pasa a menudo y siempre meto la pata pues razón y ira no son compatibles. Si eres víctima de la envidia, seguramente parecerás que tienes el mal de Parkinson y no debes reaccionar hasta que te enfríes. Y ni se te ocurra poner en la radio uno de esos programas de alto nivel de popularidad; eso te aumentará las ganas de pegarle a alguien y la violencia no es buena. Te caen arriba pacifistas confundidos y te hacen talco. Muchos son falsos intelectuales, pero tienen argumentos prefabricados --muy buenos-- y si te ven violento no supondrán que eres victima de la envidia, sino que te quieres ir a Irak a matar. ¡Ah! Si te tratas de defender parecerá que estás en contra de la paz y puede ser que, en nombre de esta, hasta te peguen, te linchen. Serás el escogido de la peor envidia al mediodía, cuando los calores del trópico causan estragos en la conciencia y la bloquean. Entonces la gente habla por hablar y les hace daño al azar. Te ponen junto a los jugos gástricos que se pudren con facilidad a esas horas cuarentipiconas de celsius, y vas a sucumbir en un largo camino hacia el rectus. No reacciones, mantente sosegado y firme. Políticamente correcto. No blasfemes, que pierdes tú. Recuerda que por lo general andas solo, o con buenas compañías (gente decente) y estás en desventaja numérica. Ellos, los envidiadores van en piñas, en grupitos de poder y son muchos. Anda siempre con cuidado en el crepúsculo, a esa hora se acaba la claridad y una tonalidad naranja --como el modernismo-- nos despoja del contraste. A esas horas ellos no se reconocen ni entre sí y suelen tirar a matar a como de lugar. Aléjate, toma la otra esquina, aprende a reconocerlos. Son pequeñitos, aduladores, mediocres, payasos... y se ríen, se ríen…

miércoles, 24 de agosto de 2005

La bombita (para Anon y Mous)


Por Amílcar Barca

(Lo había predestinado mi mamá al nacer que, “aquello”, sería mi mejor virtud). Rosita siempre sugería abandonar la aritmética para poder jugar a enfermos y enfermeras. Durante la pubertad, la mostraba en círculo entre mis compañeros, al calor de la noche. En la clase de religión, caminé hacia el Opus Dei para arrepentirme, para redimir mi lujuria; orando de rodillas, con un crucifijo de plata entre mis manos. Un afamado pianista que tocaba el órgano en la parroquia, necesitado y solitario, me sugirió ensayar con el mío. La señora Guzmán, mi profesora de literatura, no asumió dudas y accedió (me indicó que tenía una mancha amarillenta en el pantalón).“¡Hace feo! Yo se la sacaré. No le vaya a reñir su mamá cuando la vea”. Untadas de aceite, Ágata, con sus manos blanquecinas entretenían mi prepucio y lo cerraba como una cúpula... y yo arrastrando siempre aquella longitud: en mis clases de la universidad, en los urinarios públicos, en las fiestas de verano, en los sofás de cualquier pub. Yo buscaba el triunfo de mis atributos, una merecida egolatría en cada relación. Pasados los años, me encuentro en el Burke’s Motel con mi amante. Hoy, Marilyn, bombea sin escrúpulos mi prótesis junto al escroto. Se arrodilla frente a la pantalla del televisor donde una felación de actores se consume, y yo, mientras el coito se cumple entre sus nalgas, recuerdo las manos de Ágata, cuando el azúcar en la sangre era inferior al permitido por el médico.

martes, 23 de agosto de 2005

Carta desde Miami

Por Carmen Díaz

Me he acostumbrado a hablar sola, conduciendo el auto, acompañada por mis fantasmas. Le Jeune nace en el mar, en un barrio residencial de mansiones. Algunos le llaman Cocaplum, poniendo en entredicho a algunos de sus moradores. Nuevos ricos se mezclan con la vieja alcurnia criolla; la dama de los aceites y shampus de labana comparte sus tardes con viejas amigas. Si hubiera habido ingenios en Cuba como dueños en Miami, nuestro país hubiera sido más rico que Europa. El portón se abre en una plazoleta donde unos enormes zapatos de bronce recuerdan a un poeta colombiano. Te encantaría jugar aquí; las flores son tan lindas. La calle se estrecha a la sombra de los árboles y renace con brío citadino en un pueblo que nombra sus calles con dudosa ortografía castellana. Viven algunos americanos. Hasta hace poco la membresía del club de golf de la ciudad estaba reservada sólo para blancos. Bellísimo barrio de Miami que no se parece a ningún pueblecito español, a pesar de los esfuerzos de sus fundadores. Entonces los mercaderes de autos corrompen el entorno con sus aires mundanos y, más al norte, el Aeropuerto Internacional, donde cada minuto aterriza o despega un avión. Buscando el norte, la avenida se vuelve obrera de la aguja, adentrándose en otra ciudad que progresa al estilo del Marianao republicano. Aquí hierve el enclave, sólo se habla español. Aquí se “jalafactoriaporculpadefidel”, se cultiva la nostalgia. Entonces la avenida se quiebra por otro pequeño aeropuerto, viejos hangares abandonados y hasta una universidad. A esta altura la ciudad es afroamericana; las casas pobres y descuidadas. Los cuarenta ladrones caminan por las calles del pueblo. Por último, la avenida se pierde en un barrio “integrado”, donde comparten cubanos, dominicanos, afroamericanos, portorriqueños...you name it. Los sábados hay bembés y toques de santo. Los orichas viven en casa de los pobres. Te hablo, te hablo, te hablo. Por las noches te sueño. Una y otra vez nos despedimos. A veces en el andén de un tren, otras en la ribera de un río. Siempre igual. Vamos las dos de la mano y oigo tu voz.

lunes, 22 de agosto de 2005

El diablo y la capa


Por José Peralta

Hay mucha gente que no quiere hablar del diablo -- o que no cree en él. En eso pensaba yo hace unos días camino a Vancouver, Canadá, a donde asistí a una conferencia sobre el Fausto de Goethe (basada en la famosa leyenda del hombre que hace un pacto con Mefistófeles, a cambio de placer, y de una experiencia más abierta con la vida). Los dos días que duró el encuentro—el literario, no el mío con el diablo-- se habló mucho del problema de la falta de fe del hombre moderno, de la necesidad de rencontrar la divinidad. Pero como dice Santa Teresa de Ávila, a Dios hay que buscarlo “entre los pucheros de la cocina”, y a mí en Vancouver lo que me vino a la mente fue el rostro que le vi a Miami la madrugada que iba para el aeropuerto en el bus. Pues resulta que mi guagua (la número 17) no llegó a las 5:04 am como aseguraba el folleto de horarios del Metro. Y hubiese perdido mi transferencia a la ruta 24, si ésta también no hubiera llegado tarde a su respectiva parada. O sea, que de no ser por estos dos desfases de horarios, casi se me va el avión. Una empleada de hotel que esperaba conmigo en aquella oscura primera parada del northwest me dijo desesperada, “¡Al diablo con estas guaguas! Es el Miami sin glamour que no ve casi nadie... el de la gente que no tiene carro para ir al trabajo”. Y continuó, “...y de los políticos que prometen arreglar la cosa pero después de las elecciones no hacen nada”. En Vancouver, mientras trataba de concentrarme en las consecuencias metafísicas del pecado de Fausto, recordé las ojeras tristes de aquella mujer, bajo la luz eléctrica y fría de la guagua. Y le agradecí a Mefisto que me mostrara esa cara oscura de la Ciudad del Sol, con el vuelo de su capa.

domingo, 21 de agosto de 2005

La imagen no puede morir



Alejandro Robles

Las uñas no saben que hemos muerto, delicada fabrica del cuerpo que no termina con la vida. Las mujeres dejan crecer sus uñas. Y sus uñas crecidas o artificiales, reales o fingidas ¿no forman parte de su irrefrenable juego de ilusiones y de apariencias? La mujer es sobre todo imagen y sabe que como imagen no puede morir. Tal vez por esa razón, deja crecer sus uñas, las perfila, las embellece, las barniza, las muestra ostentosa, como si ya viviese más allá de su propia muerte, más allá de esa muerte que es -en virtud- imposible.

viernes, 19 de agosto de 2005

Sin condimento

Por Alcides

Cuando estuvo en la calle su peor enemigo fue la autocompasión. Llegó a sentir los clavos de Cristo pinchando sus manos y pies mientras caminaba por la 8, pensando solamente: “Cojone’, qué hambre”. Ese esfuerzo sobrenatural por retener el aspecto, el feeling de la comida, le fue inutilizando zonas valiosas de su cerebro, antologías muy ordenadas, profiles. Por mantener el vivo recuerdo de un sabor, olvidaba caras de amigos, nombres, fechas, calles y pueblos enteros. Se hizo invisible para el prójimo (a nadie le gusta ver gente fea), lo cual tiene ventajas y desventajas. Se fue acabando su representación y apareció su ser básico, el reptil que sabe lo que hace, aunque sea un baby. Ni siquiera sus mujeres heroicas pudieron ayudarlo, pues no las veía, habiéndose quedado en otro reino lo que le inspiraron. Anestesiado y santo es casi lo mismo. Las ideas cedieron espacio a las sensaciones. Lo único que hacía era echarse por ahí a anotar cosas (“Vivir en sociedad es comer y cagar entre animales que sienten como tú, pero si las bocas no se encuentran, si no sudan trabajando con el tamal, frente a frente, tampoco se rozan las palabras”). Se nutría de la vitalidad cósmica y de los vapores que salen de El Exquisito. Y cuando se acostumbró a no comer, a la soledad grande, entonces y sólo entonces se murió -igual que el caballo del isleño: suavemente. Tuve la honra de acompañarlo en su tránsito y anoté sus últimas palabras: “Let me have a big order of fries”.

jueves, 18 de agosto de 2005

Nuevo tratado del cuerpo


Por Manuel Sosa

Hasta donde yo sé, nadie me ama tanto como yo me amo a mí mismo. Esta certidumbre aguarda tranquila, muy cerca de la superficie, sin inquietarnos. Y a nadie declaramos tal verdad, pues gastamos casi todo el tiempo en proclamar nuestra idolatría a los del círculo que pretendemos fabricarnos en derredor. Falso amor, por ser remunerable, por ser ilusión. Al final, no pretendemos gratificar a nadie: sólo a nuestros hambreados cuerpos. Pero un día la superficie bulle, y la certidumbre de amarnos nos lame los pies. Yo he roto el estambre. He estado en el grupo de arrancada, pero ya tenía el alma sobrevolando la meta. Tanta distancia que recorrer, tanta ilusoria fuente para seguir sedientos. No más acertijos o cortejos. Yo he aprendido, muy recientemente, a abrazarme a mí mismo: unas palmaditas de aprobación, luego un cerco que me aprieta con más y más fuerza. Es un abrazo auténtico. Mis manos recorren mi espalda, me acarician los ángulos que nadie jamás descubrió. Sucede que ya sabía acariciarme, pero esperaba a que otras manos hicieran el trabajo. Aquellas mujeres se afanaban, me sacudían y escudriñaban en mis ojos muertos por ver si resucitaba. Y aquello era bueno, y manso, y valía la pena transcribirlo en ciertas páginas. Mis mujeres recordaban las fórmulas, para renovarlas en alguna que otra ocasión. Pero mis ojos seguían atravesando un páramo. Tuve que reencontrar el sendero. Hoy son mis manos y mi boca. Me abrazo largamente, me consuelo y me digo las ternezas que mis pobres mujeres intentaron sin suerte. Me arropo y me beso los hombros. Me recorro con lentitud, me sobo los testículos y me aferro al bálano, mi propio mástil. Hay algo diferente en estas manos. Ayer eran simples herramientas, pero ahora conocen. Una noche latente, como esta pasión que me baña y me conmueve. Yo soy el gran secreto que perseguía en días de inocencia. Yo soy mi gran amor, mi redención suprema.

miércoles, 17 de agosto de 2005


El Versailles

Un tabaco en el Versailles

Por Marcia Morgado

Versailles. Doblar izquierda cada día exige más tiempo y osadía que el regreso de Ulises. ¡Al fin! Busco un espacio en medio de las máquinas y maquinadores. La gritería. Los periodiquitos, los políticos, los patriotas. Y los que como yo, sólo buscan un buen cafetazo. Como van los feligreses a su iglesia, siempre que regreso a Miami acudo a Versailles. La primera de varias paradas de rigor en el peregrinaje de una cubana al margen del exilio oficial. Exiliada que, de tarde en tarde, recula hasta la meca del grotesco cubano para in-o-cularse contra los infrecuentes ataques de la nostalgia –palabra tan sobada—que golpean. Sin motivo específico. El olor a café con leche o el sabor de un pastelito de guayaba. Cualquier cosa puede desatar el deseo de pasear por la Pequeña Habana; esa otra Habana donde me hice mujer. Ciudad de cartón y piedra. Caricatura de una Cuba inexistente. El Versailles ya no es como el de mis años de adolescencia. Ahora nunca entro al enorme salón. No puedo encender un habano, debido a las nuevas restricciones a favor de los humofóbicos en USA. No puedo, como cuando tenía diecinueve años, quedar ensimismada ante el zoológico humano con olor a trópico que saturaba el restaurante, el incomparable carnaval que pasaba ante mí, perdida en aquel mar de miradas, multiplicándome en la miríada de espejo-paredes. Rodeada de perlas, bucles y encajes aprés la zarzuela o el ballet; trajes de tres piezas y portafolios a la hora del desayuno o el almuerzo, y campañas patrióticas a toda hora. Sin tocar mi vida más allá de los saludos de ocasión. Disfrutando de un grueso puro en mi rincón favorito. Oloroso y compacto, firme al tacto, que se desvanecía en bocanadas de humo. Con esa simple actividad desencadenaba agitaciones y furiosos comentarios por parte de casi todos... una mezcla de asco y envidia que no por frecuente dejaba de maravillarme.-- Tomado de 69: Memorias eróticas de una cubanoamericana