lunes, 14 de marzo de 2011

Maneras de extender una mano (un mendigo en Santiago de Compostela)

Carlos Fuentes

La mano sea quizás la parte más importante del cuerpo del mendigo, no sus ojos ni su pelo grasiento y enmarañado, ni siquiera sus ropas bruñidas por el roce constante con la acera, no lo es su piel empercudida, ni su mirada, que recuerda la mirada de los santos que penden imposibles en el interior de la catedral oscura.

El hombre que mendiga, que busca de sus semejantes la limosna, respira en silencio y se rasca una oreja con sus dedos ociosos y huesudos sin levantar la vista del canasto y lo hace por superstición a veces y otras por cansancio y no siempre por vergüenza, pues el mendigo debe aparentar aún más tristeza y desdicha que la que en verdad padece, y más hambre y más sed. Sabe muy bien el hombre que pide, que su mano abierta no debe acercarse demasiado al hombre que cruza frente a él, que debe permanecer más bien cerca de su cuerpo y de su estómago, paciente y mansa. Solo así podrá el mendigo, recaudar algunas monedas antes de que la noche helada, con su inútil manto de estrellas, caiga implacable sobre él. Nadie debería conocer su nombre, ni siquiera imaginar que un nombre le fue dado. No estaría bien visto. Jamás debe reír; tal vez esbozar una sonrisa agradecida cuando se dé el caso. Zumo de lima chorreando por sus labios.

Hoy es jueves y es año Jacobeo y ha decidido esta mañana el indigente, orinar de cara al sol sobre una roca, mezclar su orín amarilloso con el puro linaje del rocío goteante de las hojas, arrastrado hasta él en suaves oleadas por el viento matutino. Ha dormido bien, pues antes de dormir estuvo bebiendo de un mal vino y cantando y escupiéndose las manos y fumando, que son de las cosas que más disfruta hacer un mendigo. Bebió de la botella y no de una copa acampanada y sus rodillas y sus codos fueron por esa noche la novia recobrada de blanco busto y ojos apestañados, azules y saltones y no los trozos secos de tanto mendigar que eran entonces. Soñó, pero olvidó su sueño.

El mendigo es emparentado a veces con los locos, con los genios extraviados, con los más ortodoxos peregrinos. Comió de un pan de maíz, de alguna fruta y salió andando como siempre a la plaza del mercado. Por el camino se detuvo ante un rosal de rosas enanitas que crecía al costado de un romero y otras hierbas silvestres; creyó entender el por qué de su estatura y palpó sus espinas y los diminutos pétalos sin distinción alguna, se pinchó un dedo en un descuido y tiñó con su sangre a dicha rosa, que agradecida le lamió su herida, como una dama que llora y luego besa, sobre el hombro, los labios de su amado.

El mendigo es un hombre rutinario, fiel a su patria que es la fuente, donde lava y observa, el contorno deshecho de su cara, donde escupe preciso, apuntando al centro de una diana de aros concéntricos que verá formarse en un instante sobre el agua, donde enjuaga sus pies un dios petrificado e indolente y hay monedas lanzadas también sobre los hombros, con los ojos cerrados y fe ciega en los milagros. Monedas intocables para él.

La mano extendida del mendigo es como un tigre que aguarda agazapado el momento justo para el salto, no su garra, sino todo él, solitario sobreviviente de su estirpe y su destino de felino insaciable y taciturno.

No son importantes los hombros del mendigo, pues nada tiene y nada carga sobre sus hombros. Aquí junto a la Catedral es mayor la caridad del hombre, que al sentirse más cerca de Dios busca sus ojos y su gracia, entregando el dinero que le sobra, imbuido también por la teatral espiritualidad del momento y la magnificencia pueril del decorado y luego está, añadido, el placer de dar sin recibir nada a cambio, como si fuese posible semejante axioma. El pedigüeño puro sabe todo esto, y sabe que no necesita tocar la flauta ni hacer mil murumacas, pues igual será recompensado por los advenedizos buscadores de recompensas. Hay una larga fila de ellos para entrar a la iglesia; esta vez, el que alcance a cruzar bajo el arco sagrado, será absuelto de todos sus pecados.

Dicen que Dios extendió también su mano, que la hundió dulcemente en estas tierras y así formaronse estas rías, y alrededor de ellas crecieron como moluscos pegajosos, estos pueblos de pescadores y marinos consagrados, tocados por Dios y por las olas. Santa ciudad y santo ciudadano.

Tampoco es importante la dentadura sana en la boca del mendigo y prueba de ello son sus dientes tan prietos. Vasijas, que van y vienen vacías de algún raro desierto, cavernas oscuras pobladas de murciélagos. Ni su lengua importa, mordida para sentir que siente, el sabor aún pagano y magro de la carne. Ni sus fosas nasales que no huelen el vaho que desprende a toda hora y que ahuyenta y atrae, según se mire, a moscas o a paisanos. Dar y recibir, mendigar y proveer: dos hermanos unidos al nacer, compartiendo el ritmo alborotado de un solo corazón, la misma arteria transitada por sangres semejantes. Alargar el brazo, extender una mano: un mismo gesto, una docena de músculos exactos que prestos intervienen en dicho movimiento. Como el hombre que escribe sus memorias, que da y recibe a la vez, que pierde y gana al mismo tiempo. Botarate, proscrito, aventurero.

Está tronando en Santiago. La catedral sublimada por un halo de neblina que la envuelve en rancio misticismo. De allí parecen provenir los truenos, los juegos de luces que vemos en el cielo. Y un poco más allá, sobre los castros Celtas de Porto do Son, donde los enamorados han discutido hoy tan febrilmente, el fantasma brumoso de Finisterre.

Como el mendigo, la mano extiende el hombre que golpea a su hijo, el que se ofrece, el que jura solemnemente, el fanático dispuesto a matar antes de poner en riesgo la buena salud de sus ideas, el que duplica la apuesta, el que ase la manzana del árbol prohibido, el pintor, el espadachín, el verdugo, el juez, el borracho, el criminal, el que nació en el oriente y cultiva el arroz y el confederado de cuello colorado de Georgia y Alabama. Extiende la mano el que señala el pecado y el que muestra el camino a la libertad.

Frente a un sanatorio hay una casa de comidas donde sirven el mejor de los pulpos de Santiago y desde hace siglos, un niño aparecido, que entre sus manos tiene un pandero invisible que llora el canto gallego de sus ojos. Hay una barca muerta, cubierta de musgos resbalosos, atada firmemente al pie de un viejo hórreo de piedras y una gaita gimiendo a sus espaldas como un alma apresada por el tiempo. Y un paraguas de esparto para resguardarse del frío y de la lluvia y una mortaja de sol que envuelve al novicio forastero. Un mirador para ver al gran silencio milenario y unos caballos sueltos pastando entre la niebla que cubre la montaña. Hay un hombre pidiendo una limosna, arrodillado ante un cartón rasgado, que asegura con letras temblorosas, que es un hombre sumamente triste, no pobre, sino triste, mientras otro hombre que solo está de paso, le observa atentamente con las manos en los bolsillos y la barriga llena.

No son útiles ya más, ni el recto, ni los besos, qué decir del amor, mucho menos el sexo, inútiles la culpa, sus sueños, el odio, la fatiga, los toscos improperios. Por eso ha dejado cada una de estas cosas en su sitio, abandonadas allí donde no estorben al gesto impenitente de su mano. Nada hecha de menos. Su vida solitaria es suficiente, hasta la muerte, hasta el descanso total de su esqueleto, doblado al redil del fatigoso hábito. Intrascendentes son sus cejas piojosas, sus axilas profundas, sus pulmones, su hígado, su páncreas, su glande mortecino y magullado. Ya nada importan sus quince cicatrices, sus lunares, su perfil, sus antiguas ideas revolucionarias, su ombligo dromedario, los libros y las letras, las palabras, las unciones y las extremaunciones, y mucho menos, el verso incomprensible del poeta. A estas alturas, solo la mano extendida en el tiempo del mendigo importa y queda.

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