martes, 26 de agosto de 2008

Peripecias van y vienen con los días, y cómo terminé en Grecia y después en Normandía


Ramón Alejandro (tomado de su inédito libro Adua la pedagoga)

Lionello era de un carácter muy dulce, ligeramente depresivo y terriblemente malcriado. Yo recordaré siempre sus sueños que con tanta gracia y talento me contaba por las mañanas. Y el dinero que me daba, y los numerosos regalos de todas las especies imaginables que constantemente me hacía. Gracias a su munificencia cogí un barco en Bríndisi y pasando muy cerca de la Isla de Ítaca desembarqué en Corinto al fondo de su estrecho golfo desde donde llegué a Atenas en guagua cuando fui por primera vez a pasarme un buena temporada a Grecia.
Y fue así que cierta vez en que un jovenzuelo de morena belleza originario de Kalamata en el Peloponeso, y bastante ladronzuelo, me vació un cuartucho en donde a la sazón yo vivía bajo las azoteas de un edificio de la rue du Bac, al verme muy triste por mis pertenencias perdidas me propuso que para consolarme y distraerme un poco me fuera con un grupo de elegantes relaciones suyas que se iban a pasar un fin de semana a la casa de campo de Françoise Sagan en Normandía. Y después siguiera con ellos a pasar unas semanas a un castillo llamado Montaigre, cerca de los montes del Jura y no lejos de la Savoya. Y entonces él vendría después de algunos días a encontrarse conmigo en aquel legendario castillo. Seguí su consejo y estando en ese sitio de espectaculares vistas panorámicas, comilonas opíparas seguidas por caminatas higiénicas para poder seguir comiendo algunas pocas horas después, y conversaciones con gente muy cultivada y de buena familia, excursiones a sitios históricos, y tan amables como respetuosas tentativas de seducción por parte de algunos venerables ancianos sensibles a mis encantos juveniles, fue que conocí a Fernand Firoulet. Era Fernand o Ferdinando, como siguiendo mi mala costumbre lo apodé en seguida en recuerdo de Ferdinando el Toro que era un personaje de los muñequitos de mi infancia, un señor que estaba ya en su cuarentena. Era calvo y con ojillos viperinos muy vivos. Tenía unos dientecitos muy pequeños que me llamaron enseguida la atención. Pero lo que me llamó más la atención fue que apenas me vio me dijo que él me conocía por haberme visto frecuentemente caminando por la rue du Bac, que era muy cercana a la rue de Lille en donde él vivía. Y todavía me llamó más la atención que mucho le extrañara que yo no recordara también haberlo visto por su barrio. Pues no sé porqué él parecía pensar que yo hubiera tenido que interesarme en él como él se había interesado en mí. Fernand era el último descendiente de una familia enriquecida por la compra de los bienes de la Iglesia cuando la Revolución francesa liquidó los latifundios que, a fuerza de donaciones a la hora de la muerte, los aterrorizados fieles hacían a su Santa Madre para tratar de convencerse que no irían a purgar sus crímenes y pecados ni al Purgatorio ni al Infierno con el que les aseguraban los espabilados curas que Jesús los tenía amenazado. Al finalizar el Antiguo Régimen, medio país pertenecía a esa institución heredera del Imperio Romano, y el burgués (que en ese momento en que fueron puestas en venta tuviera dinero en efectivo para comprarlas) se hizo con extensas zonas de muchas provincias que pasaron a su privada propiedad y dejaron de garantizar la subida al Cielo de tanto muerto descompuesto en sus elementos constitutivos desde hacía ya buen rato para esos entonces. O sea que como el vivo va al bollo tal cual el muerto se va al hoyo, la familia Firoulet no disparó un chícharo más desde ese fausto momento y se dedicó a vivir de los bienes y de las tierras que ese abuelo tan felizmente oportunista les compró tan previsora y prudentemente. Después de él no habría más Firouletes en este mundo. Porque esa loca tan fina se ripiaba a todo meter aquella parte que sus padres le iban dando con parsimonia. Esperando dejarle lo que quedara después de que ellos se fueran a la otra orilla de la Laguna Estigia cuando les llegara su último momento.

15 comentarios:

  1. por tres de cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta tierra.

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  2. Jajajaja... que historia tan amariconada.

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  3. Si esto lo hubiera escrito una mujer fuera visto como la peor novela rosa posible, mal escrita, y nadie lo hubiera publicado.

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  4. AnOnimo: En efecto, la novela no estA publicada. Por supuesto que los mEritos literarios de la misma pueden debatirse. No concuerdo contigo en que la evaluaciOn de esta o ninguna obra depende del sexo del escritor.

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  5. Estoy de acuerdo que el sexo no determina para ser publicado pero igual creo que este fragmento no va a sitio alguno, no tiene desenlace, se bifurca por narraciones anodinas y manieristas....

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  6. Puede ser mi culpa al seleccionar el fragmento. Pero creo que tiene que ver con el personaje en sI, RamOn Alejandro, que es artista y buen jodedor. No creo que El mismo pretende que esto sea "De Profundis" ni mucho menos. Mi favorita de tus obras.

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  7. Pues yo disfruto mucho toda la chismografia y las aventuras de Adua. Sere un inculto.

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  8. Bueno pues de acuerdo que es solo un fragmento...espero que la cosa siga por caminos mas sustanciosos sin llegar a "mi Profundis" (no confudirme con mi primo ingles Wilde)

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  9. Nada, Cabron que te gusta la mariconeria!

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  10. A eso se le llama literatura menor.

    Li Terato

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  11. Para escribir lo que hay que tener es muchos deseos y un público que te quiera leer.

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  12. Muchos deceos,un publico que te quiera leer y,en el caso de Ramon,tremenda cara dura para decir que es escritor.

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  14. Y los maricones y lesbianas de Tumiami no firmarán la carta por la libertad de Gorki Aguila?

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