martes, 22 de enero de 2019

Globalización versus nacionalismo



Jesús Rosado



Internacionalizar parece el término más adecuado, pero la globalización como concepto parece haber entrado en una curva declinatoria. La razón parece residir en el replanteamiento más reciente de autarquía. Y tiene que ver con las nuevas tendencias de proteccionismo nacionalista que muchos relacionan a la política Trump, pero que se extienden a las actitudes de China y al putinismo ruso. Este final de década, la segunda del milenio,  es de pura competencia ultranacionalista cuya demarcación territorial se prolonga en la microlocalización socioeconómica en el Viejo Continente como es el intento de Gran Bretaña de separarse de la Unión Europea o las aspiraciones independentistas de Cataluña, Escocia, Flandes, Tirol del Sur, Córcega y Baviera.

Múltiples y premonitorias aspiraciones separatistas. ¿En qué reside este movimiento desglobalizador? Todo parece explicarse en ese estado de gracia de supervivencia denominado autosuficiencia descrito por historiadores y sociólogos desde la edad primitiva que describe la capacidad de cubrir la autonomía económica, lo cual incluye autobastecimiento alimentario, energético, y al que se agrega en esta época de “sociedades de alto desarrollo”, la independencia en tecnología, movimiento de capitales y relaciones públicas, políticas  y mediáticas.

No es nada nuevo, todo es inmanente a la naturaleza de autogestión del individuo y la comunidad desde hace siglos, pero el hecho de sobrepasar la globalización en el contexto actual quizás tenga que ver con el fenómeno de que en la conexión global de mercados e intereses los más beneficiados han sido los monopolios transnacionales financieros con estrategias particularizadas  y  no los empresarios, clase media y trabajadores locales que disfrutaban de la universalidad de las inversiones.

Lo cual quiere decir que el movimiento desglobalizador depende de un nuevo tipo de absorción que entraña la histórica ambición y aspiración de concentración de capitales. Un fenómeno del capitalismo en desarrollo que se ha hecho psicótico desde épocas ancestrales. 

Es un proceso no libre de toxinas. Existe corrupción extendida en las cabeceras del capital internacional y a nivel local como en el caso de los nacionalismos aspiracionistas de Cataluña y de la mafia como en el caso de Córcega. Sin embargo, en general, la retroalimentación desglobalizada  ha oxigenado las economías locales  favoreciendo las exportaciones, el flujo positivo de capitales y la aceleración del desarrollo de altas tecnologías a escala regional, en tanto se han impuesto restricciones a la mano de obra e inversiones provenientes del extranjero.

Las instituciones mundiales han ido perdiendo influencias en este marco. ONU, OEA, Grupo de los 77, Banco Mundial, la FMI, OCDE, etc; han pasado a ejercer roles secundarios. La individualización nacional erige sus propios muros de contención económica, política y tecnológica, mientras que se liberan los flujos de ofertas y adquisiciones de bienes y servicios, ajenos a las convenciones internacionales institucionalizadas.

Lo esencial de la desglobalización es la restricción del intervencionismo estatal. Aunque la hay, pero cuidando de no interferir con la competitividad y las posibilidades concretas de desarrollo y las propuestas demagógicas de bienestar a nivel local. Desglobalización consiste, según el politólogo filipino Walden Bello, en fortalecimiento de las economías locales y nacionales en lugar de degradarlas. La territorialidad se hace suelo fértil de las fuentes de ganancias en una demarcación determinada.

Esa es la tónica épica de la segunda década del siglo XXI. El discurso fundamentalista de  las naciones. La antítesis del internacionalismo proletario derivado del marxismo  que preconizaba el sistema socialista en que se ofrecía apoyo remunerado (aunque negado públicamente) en aras del protagonismo político pero en condiciones desventajosas (casi esclavistas) para los asalariados internacionalistas.

La desglobalización es otra dimensión. Como concepto capitalista ahora entraña convenios bilaterales de nueva equidad. Tratos recíprocos sin concesiones. Según lo que la entidad nacional aporta, es lo que recibe a cambio.

Llegado a este punto de extremos nacionalismos en intercambio confieso que no soy fanático de Trump. Muchas de sus decisiones me parecen erráticas. Tampoco lo soy de Putin (un ex KGB), aunque admiro su astucia en la preponderancia en las relaciones internacionales sin realmente tener un respaldo económico sólido. Ni de Xi Jinping, el multimillonario que rige los destinos del tigre autoritario más voraz del planeta que estrangula los derechos humanos de millones de seres.  Pero observo con respeto, la habilidad que muestran para entronizar el discurso nacionalista y llevarlo a su nivel culminante.

Pueden cremarme por lo que voy tratar de expresar a continuación. No trato de fundir ideologías, ni de obviar el abuso del trato esclavista de regímenes totalitarios. Aunque soy irreverente al combinar liderazgos de distintas ideologías y propósitos. Solo quiero que intenten comprender cómo asumo fatídicamente la filosofía contemporánea del poder.

Ama al prójimo como a ti mismo, parecen citar bíblicamente este trío de líderes de naciones (USA, China y Rusia). ¿Cómo se puede ayudar o liderar a los pueblos del mundo si no amas primero a tu nación? Si no te concentras en tus intereses individuales como estadista. El egonacionalismo (o ultranacionalismo) es lo que se impone. Se trata del Billboard de la microlocalización. La regionalidad winner es lo que prevalece.

Pregunto con total humildad ¿sabríamos alguno de nosotros hacer eso si nos tocara encabezar un estado? Pregunta cruel. Estar a tono con la voz de la época actual entraña miles de actitudes, desafíos, riesgos e incertidumbres, muchas incertidumbres que sobrepasan a la percepción promedio de la existencia y que hacen de la ética un evento escatológico. ¿Qué podríamos hacer para zafarnos de esa ética grosera?



Posiblemente no sabríamos. Los expuestos a la interrogante somos en mayoría ciudadanos de segunda y tercera clase. Por lo cual somos víctimas. Quizás de los que estamos condenados a esa condición mediocre que describiría en algún momento José  Ingenieros y, que como yo, desde este mesón, en el que afablemente corto lonjas de camembert junto a Honoré, Gustave y Émile, mientras paladeamos un pinot noir de los toneles profundos de Borgoña, solo nos tocaría escribir una modesta reflexión sobre toda esa porfía geodeterminista que a ustedes los va a abrumar siglo y medio después. Hago el comentario en altavoz y los fantasmas sonríen.

Bueno, me detengo aquí ahora que Emile se dirige eufórico a una hermosa joven y la llama:

-       Nana, Nana, viens à la table s'il te plaît, voici un verre de vin pour toi?…

1 comentario:

atRifF dijo...

buena meditación JR,