domingo, 26 de febrero de 2017

Un Oscar de nueva generación


Jesús Rosado
Pues bien, la proximidad de la ceremonia de los Oscares se ha convertido en una suerte de detonador para estas reflexiones de cinéfilo que ya se nos ha hecho tradición cada año en Tumiami. En realidad, y estoy seguro lo han apreciado en años anteriores, las coincidencias de nuestras predilecciones con los de la Academia apenas son tangenciales. Nuestras búsquedas ante la gran pantalla corren por rieles alternativos a los cánones de Hollywood, aunque hay tramos muy puntuales de convergencia.

Comparto con el estimado Roberto Madrigal su opinión de que 2016 fue fecundo para el cine independiente en Estados Unidos, con realizaciones del alto valor estético que han logrado traspasar las barreras de la Academia y convertirse en competidoras de aquellas producciones de marcados propósitos comerciales. Justamente a esas piezas excepcionales me voy a referir al final.

Voy a empezar mencionando mis dos grandes decepciones de este ciclo. La primera fue The Birth of a Nation, el filme de Nate Parker sobre Nat Turner, el esclavo que encabezó una sublevación en 1831.  La cinta, precedida de mucho ruido de crítica, me resultó ser una obra saturada de amaneramientos e imitaciones a otras piezas que tocan el tema de la esclavitud afroamericana.

La otra gran decepción, y sé que me voy a merecer insultos de sus partidarios, es La la land la película con mayor cantidad de nominaciones de la Academia. Este filme tributo a los clásicos del musical, ha logrado elogios y premios por todas partes, menos en el gusto de este servidor que no puede olvidar la maestría y el virtuosismo de Cantando bajo la lluvia, Un americano en París, West Side Story, Cabaret, Los Paraguas de Cherburgo, All that Jazz, Hair, Grease, Fame y tantas otras piezas excepcionales del género musical. El filme de Damien Chazelle tiene cierto encanto, pero ni cuenta con elaboradas coreografías, ni con canciones memorables, ni con desempeños individuales excepcionales, y transcurre sin aquel sentido del espectáculo con que los maestros del género solían atrapar al espectador. En mi opinión, es una película que dentro de par de años no va a ser recordada.

Pienso que el género que se llevó el peso de la mejor cinematografía en el ciclo que como espectador pude cubrir fue el drama social que recurrió una y otra vez  al thriller o al crime film para exponer la tesis comprometida de sus realizadores. En ese género incluyo a Victoria, la pieza de Sebastian Schipper, rodada en un plano secuencia de 140 minutos, que narra una historia de amor y crimen en una noche berlinesa.  Otro filme destacable por su narrativa cuidada y la preparación casi ajedrecística de un final sorprendente es Dheepan, el drama de Jacques Audiard sobre refugiados tamiles en París.


Un filme que nos llegó con cierto atraso, pero que inevitablemente es de las que se ha conquistado un lugar en la relación anual es Desde allá, del director venezolano Lorenzo Vigas, un suspenso intimista que hurga en las miserias existenciales de los protagonistas, retrata a una Caracas marginal y narra la historia de un crimen perfecto. Otro drama de suspenso bien contado que apunta a otra zona en penumbras de la estructura social es Un monstruo de mil cabezas, filme de Rodrigo Plá que desnuda el sórdido papel que juegan en el contexto latinoamericano las compañías de seguros médicos y la burocracia del sistema de salud. Pla convierte a una mujer común en una heroína y suma a cada espectador como cómplice de la venganza.

Le añado a este desfile de excelentes thrillers –les decía que este fue un ciclo ponderable para el género- la obra 600 millas de Gabriel Ripstein, protagonizada por Tim Roth, una ópera prima concebida inteligentemente que aborda el forzado entendimiento al que tienen que llegar policía y fugitivo para poder salvar sus vidas. Cierro lista con Tardes para la ira, el suspenso de Raúl Arévalo que relata una historia de venganza y que evidencia, una vez más, que el cine español se ha apoderado del lunetario europeo a fuerza de talento.
Justamente de Europa, alcanzamos a ver dos de las mejores películas del periodo. Una de ellas es Toni Erdmann, la comedia dramática germano-austríaca dirigida y escrita por Maren Ade, que relata el giro que le imprime un padre excéntrico a la vida de una joven hija devorada por las frivolidades del mundo corporativo. Es la película que ha hecho saltar de su poltrona a Jack Nicholson después de siete años para llamar a la Paramount y proponerle un remake.

La otra es Elle, del laberíntico Paul Verhoeven, producción franco-belga-alemana, que confirma la preponderancia del suspense en la cosecha del año y en el cual Isabelle Huppert dibuja con impecable performance el aura oscura que se oculta bajo la delicada piel de su personaje.

De territorio más lejano hay que citar The Salesman, interesante fusión de cine y teatro del aclamado cineasta Asghar Farhadi, pieza que sin alcanzar las alturas de sus obras anteriores sigue mostrando la destreza del iraní a la hora de mezclar cine de suspenso con la tragedia humana.
Vuelvo ahora a lo mejor del cine norteamericano de este año y no voy a mostrar preferencia porque las que citaré me parecen piezas de un rompecabezas común. Las menciono de manera aleatoria: Moonligth, drama escrito y dirigido por Barry Jenkins que narra la accidentada vida desde la infancia hasta la madurez de un gay afroamericano en un barrio marginal de Miami. American Honey, un road movie escrito y dirigido por Andrea Arnold, que aborda la idiosincrasia del segmento teenager inadaptado en la Norteamérica actual. Y Hell or High Water, de David Mackenzie,  otro thriller social  que sigue la historia de dos hermanos asaltantes de bancos y que nos muestra el paisaje de un territorio desahuciado y olvidado por los gobernantes.
Las tres, en conjunto, se me antojan un gran fresco de la sociedad actual norteamericana. El retrato de una América profunda en la que amplios sectores de la población han sido abandonados por las instituciones y las iniciativas empresariales. Una amplia zona de la sociedad marcada por las desigualdades, la discriminación, la decadencia de valores  y la proliferación del crimen.  Tres tristes piezas que pueden explicar qué ocurrió en la última elección presidencial. Tríptico espontáneo que merece un Oscar de nueva generación al cine dedicado a la reflexión y la denuncia social.