lunes, 30 de mayo de 2016

La viajera oscilante


Ernesto González

La descubrí en la Avenida de los Presidentes un sábado por la tarde. Yo bajaba y ella subía esa loma imposible del centro de El Vedado, por una de sus aceras. Al centro del paseo cortado por calles transversales, la faja de jardines agridulces donde pululan de frente al mar rostros y gestos homéricos en el umbral de ebullición. El irrespeto del calor hacia lo rígido, lo blando, lo líquido, lo que para unos es justo y para el resto injusto.

Avanzaba hacia mí una figura oscilante, descontextualizada por la hora, el sol, la ascensión junto a la calina de la historia; entre la severidad de aquellos perfiles épicos y la insubordinación de la brisa que solo aspira a continuar su paso desde el mar hacia cualquier sitio. La silueta desplegaba idéntico —acaso menos— esfuerzo al de cualquier mortal sin limitaciones motoras embarcado en semejante subida. Al cruzarme con ella detallé su rostro, su piel blanquísima y su contorno de bailarina. Su expresión segura —hasta gozosa, diríase— no invitaba a la conmiseración sino más bien a despreciar esa bestia informe, pero poderosa, siempre dispuesta a poseernos para salirse con la suya.

Existían centenares de personas así en la Isla. Lo que no sé cuántas de ellas, de contar con recursos, se hubieran aventurado a viajar a una cultura desconocida y con un clima opuesto o siquiera ligeramente contrario. Era una turista que apenas había cruzado el umbral de la adolescencia, tal vez una mochilera renquita, hippie del siglo XXI, curiosa por descubrir la ciudad prohibida del Caribe. Probablemente solo farfullaría el español. Su comunicación, en inglés u otro idioma, estaría fracturada. Los cubanos la atenderían bien, de cualquier manera.

Va detallando los alrededores, a paso fluctuante, con su brazo derecho recogido a la altura de los senos y el izquierdo aprisionado por el aire y el salitre que le brindan un auxilio innecesario cuesta arriba. Sonríe, permeada en idéntico grado por la belleza de los alrededores y la propia. Contempla la calima, esa calcinante bruma de la historia donde todos apuestan por haber hecho lo correcto sin sombra de mácula. Esa mezcla de error y probidad, esculpida en granito, quizás le recuerde la travesía sangrienta del humano en un planeta no por más orgulloso de sus ciencias menos salvaje de lo que ha sido siempre.

Ella sigue remontando la Avenida de los Presidentes o Calle G para quienes prefieren abreviar. La empapa y tiñe el verdiazul salitroso del océano a su espalda, la invitan inútilmente los bancos destartalados a la espera del caminante, descubre la vitalidad del césped seco, amarillento, de los cuarteamientos del terreno, el olor de las plantas sin flores y la viveza del asfalto al reventar neumáticos y aliviarse del peso y la velocidad sin respiros encima de él. Nada se le escapa a los seres que oscilan desde los extremos sin perder el centro, donde podrían haber encontrado una verdad ausente en los manuales y otras creaciones humanas.

Todavía imberbe, está atrapada por el descubrimiento de una urbe tan sobreviviente como ella, deslumbrante aun en su intensa melancolía y decadencia. Interesante experiencia para una turista, su juventud está calificada para ojear el mundo sin la distorsión de la calina, la de la historia y la de su andar diario a pesar de ser oscilante, o acaso gracias a él. Quizás sus pasos le hayan facilitado distinguir desde su centro todo lo que no es ella, y además, incitarla a oscilar como si lo fuera. Seguí bajando la Avenida, a mis asuntos. Estaba en los preparativos de un repentino viaje de trabajo. Nunca a mejor hora: mi matrimonio se hundía, había dejado de funcionar. Habíamos concluido que ya no nos gustábamos ya. Me encaminaba hacia una soledad insoportable.

Me ausenté de la ciudad durante dos meses. De regreso estuve muy ocupado. Al fin tuve tiempo para ir al cine, una tarde, y bajar por La Rampa con la idea de refrescarme en el atardecer del malecón. Mi ex me daba apenas dos meses para conseguir donde alquilar o de lo contrario tendría que renunciar a mi trabajo y regresar a Morón. Su amigo abogado nos recibiría el lunes.

Miro a lo lejos, por la Calle 23, bajando La Rampa, y percibo, entre la gente que pisa la acera peligrosamente mojada por un chubasco de mayo, una silueta que da ligeros tumbos hacia los lados. Aguzo mi vista ante el movimiento pendular de la joven hacia la cual me aproximo. No podía creerlo. Era ella, la extranjera casi adolescente, escalando otra altura imposible de La Habana. Marchaba a paso más rápido que cuando la descubrí, como si el reto de escalar una altura más difícil motorizara su esfuerzo: daba bandazos a una vibratoria incomprensible, como si el relumbre de los sobrevivientes le transmitieran un nadie sabría explicar qué.

Esta princesa debía estar en La Habana por algún motivo diferente de pasear y conocer. Sobran razones para venir por unos días o quedarse unos meses. Cada cual debe hallar las suyas o no tenerlas en lo absoluto. ¿Será guitarrista, estudiará piano? Solo los músicos saben gozar de esta manera, acompañados o solos, en un solar carente y tambaleante o en un escenario con tecnología de punta.
Podría preguntarle su porqué a esta privilegiada entre los privilegiados, quizás sin ducha caliente donde pernocta o sin cereales para su desayuno. ¿Qué no sería capaz de notar y sentir la abarcadura de sus sentidos, su paso oscilante y poderoso que la lleva a subir y bajar como si el mundo fuera plano? ¿Qué no le habría sido revelado a esta amazona de la existencia?

Su movimiento fluctuante ha reduplicado la belleza del declive citadino, de su desamparo, angustia y aparente muerte, y apuesta, a la vez, por el renacimiento y el esplendor. Su moción me echa en cara lo que me estoy perdiendo al no danzar, como ella, hacia los lados. Con mis extremidades supuestamente normales, no sé bailar esa intuición.
 
“Disculpe, ¿me permite una pregunta?”, escucho que me dice, detenida a un costado mío, en un español pendular pero claro.
“Las que sean”, le respondo. “Todo oídos para usted.”
“Deseo ir a Jaimanitas, al estudio de un artista, y quisiera hacerlo por una vía interesante para conocer esa parte de la ciudad y…
“Espere, sé la respuesta, aunque solo se la responderé si me acepta de antemano que la invite a un refresco, una copa de vino, un pastelito de coco o algo así.
“Ok.”, me responde y ríe.

Su risita es una implosión jubilosa, ese fucilazo de bienestar que se desvanece con el advenimiento de la madurez. La conduzco por el hombro hacia La Arcada, a unos pasos, mientras le pido a la virgen y a las derivaciones angélicas, que haya una mesa limpia, el refresco esté frío, el alimento caliente y la camarera no ostente la serosidad típica de ciertos sobrevivientes como yo, incapaces de oscilar.

martes, 24 de mayo de 2016

Geandy Pavón "Political Fold", este sábado, 28 de mayo, de 7 a 9pm


MINDY SOLOMON GALLERY
8397 NE 2nd. Avenue
Miami, FL 33138
mindysolomon.com
786-953-6917

Pagina del artista (pulsa)
New York Times (pulsa)
NBC: Geandy Pavón pone rostro a los refugiados cubanos en Costa Rica (pulsa)

jueves, 19 de mayo de 2016

"Siete montañas mágicas" de Ugo Rondinone


"Siete Montañas mágicas" es una instalación del artista suizo Ugo Rondinone. Situada en el desierto de Nevada (al sur de Las Vegas). Los pilares de piedras de colores brillantes que la componen alcanzan 30 pies de altura.


El proyecto llevó cinco años de planeamiento y ejecución, en parte debido a los obstáculos administrativos necesarios para un proyecto de tal envergadura. La instalación ya está abierta al público y será destruída en 2018.

martes, 17 de mayo de 2016

Perdón para viajeros


Alfredo Triff

El perdón es el hilo solidario para el bien del ser humano.--Emmanuel Levinas

La injusticia cometida ha abierto una herida en el corazón de la víctima. Pero hay heridas que no pueden cerrarse. Ni siquiera con el pago de la justicia. La justicia busca equidad proporción en esa desproporción donde reina en la maldad. Admitamos, sin embargo, que el reino de eventos de la historia es desmesuradamente injusto.

¿Qué es perdonar?

Perdonar es paliar el reino del resentimiento con la fuerza del entendimiento. Un viaje accidentado en la memoria. Del presente al pasado en dirección al futuro.

El perdón no puede llevarnos al pasado para borrarlo. Tampoco significa un giro meramente metafórico anterior a la injusticia.

Más bien el perdón reenfoca el continuum temporal. Le ofrece alternativas. Nos lleva a la persona que fuimos desde la persona que somos, en busca de la persona que seremos. Desde la memoria no puede olvidarse la maldad (olvidar sería imposible, pero mejor presentarlo como una ceguera temporal autoimpuesta -tan maligna como la propia maldad, que ocupa su corte temporal inequívoco ahí, perenne, en la memoria y en la especie). 

Pero ahora no vivimos ese corte. Lo que vivimos ahora el peso inconsolable de la memoria (de dicha maldad).

El perdón es bálsamo pues redefine mi historia de tránsito con la maldad. La herida es desgraciada y preciosamente mía y no desaparecerá con el castigo. El castigo podrá o no ocurrir. Véase que cualquier victimario es un simple representante. Cada injusticia cometida a cada cual nos pone de cara a un hecho insólito: la maldad de la especie. Reafirma nuestra condición: Todos somos potencialmente malévolos. 

No se perdona para olvidar el sufrimiento o hacerlo menor. Eso sería un escape al vacío. El perdón no busca minimizar nada. Es simplemente una llave para el saneamiento de la vida. El perdón deberá visitar y revisitar el corte de esa acción en el continuum temporal. Atiende, comprende y cura. Atiende el dolor, comprende la contradicción de la condición humana y cura el alma.


Ese trasiego es un viaje. Propongo tres partes: la preparación, el cruce y la llegada.

1- Con la preparación debo disponerme a... llegar al dolor mismo. La injusticia ha dejado una herida profunda, abierta. Esta será mi primera visita con el propósito de sanarme. Toda memoria es fecunda en el sentido que se rehace. Toda memoria es potencial de cambio.

2- El viaje al pasado parte de mi dolor, mi comprensión del ahora, mi necesidad de sanación. He decidido dejar atrás la economía del resentimiento. El viaje requiere una comprensión básica: la intersección entre mi victimario y yo no es fortuita. No lo es porque esa memoria mía y para mí implica el universo tal cual en ese momento anterior. Mi dolor, prueba fehaciente del dolor de la especie. Lo cohabito no desde la posición pasiva de "dolerme" el dolor. Lo he sobrepasado. Voy ahora a la raíz del dolor y vislumbro que eso "mío" es propiedad de la especie. Mi destino por-qué-a-mí? es constante universal. Lejos de ser una excepción, soy la regla. Vivo en una fraternidad del dolorosos.

3- ¡Sorpresa! Aunque la razón del horror al dolor es oscura, llegar a mi destino abre un camino auspicioso: el futuro, el próximo viaje. Qué riqueza saberme capaz de volver ¡y mejor! Viajar es dejar el lastre del resentimiento  mi memoria– en el polvo seco del camino.

¿Llegar a mi destino? No hay destino. La región puede estar devastada, o ser tan remota que deba comenzar de nuevo. El viaje entonces deberá repetirse. Viajar en la memoria es aprender el ritmo de mi gobernabilidad, mi reserva de bien.  Lo subterráneo del dolor de la herida se hace más asequible y familiar. Comienzo a reinar sobre el sentimiento atávico de mi especie.


El resentimiento nunca sacia el dolor sino que lo transforma. Aunque nadie está en capacidad de perdonar absolutamente, no hay duda que perdonar nos hace poderosos pues nos pone en contacto con nuestras reservas. No necesitamos un juez que dictamine castigo. Y valga decir que el castigo es necesario. 

El perdón nos liberará de la carga tóxica de resentimiento que nos habita (acaso comprendamos mejor la maldad de la especie). Por eso perdonar es también saber sufrir ya que ahora traemos la absolución en manos de nuestra propia mezquindad.

viernes, 13 de mayo de 2016

Guapachá y el combo de Chucho Valdés



Cada vez que se apela a una de las estampas que ilustran a la bohemia de la Habana sesentosa, se refuerza esa sensación de itinerario violado de la vida nacional. Hoy tocamos oreja con un astro extraviado.

Armando “Guapachá” Borcelá apenas vivió treinta y tres años, pero su fugaz presencia guapachosa tipifica como pocos aquel ambiente hedonista de las noches habaneras de los sesenta.

Era lo que los cubanos denominamos un descargoso. Un tipo que con oído sensible se conectaba al discurso de los instrumentos y acudía al scat, ese recurso de improvisación vocal que la Fitzgerald inmortalizó y en el que Borcelá se lucía no solo por su habilidad, sino por el aire vernáculo que le imprimía, mezclando el dejo guaposo de la rumba y el guaguancó con el jazzeo.

De esa fusión entre la inspiración del guapachá (híbrído de guaracha y merengue) y el populismo sonoro de una farándula en “Revolución”, nació el alias que hizo conocido a Borcelá en su corta vida artística.

Percusionista devenido cantante, dejó un escaso legado debido a su muerte prematura: un disco de vinilo de Bebo Valdés que contiene algunas colaboraciones y un LP grabado con el combo de Chucho Valdés, que es de donde proviene el material que Tumiami muestra hoy.

Expresivo y atmosférico, el estilo de Borcelá se inspiró en el guapachá de finales de los 40, retomando la proyección escénica del intérprete en el género, pero tamizando la temperamentalidad populachera para acercar el performance al énfasis más contenido y glamoroso del filin.

El minuto y pico de este clip se hace manjar con el puñado de jóvenes talentos -Chucho al piano, Carlos Emilio en la guitarra, Julio Vento en la flauta, Manolo Cala con el bongó, Roberto Concepción en las congas y Orlando “Cachaíto”López en el contrabajo - que mientras acompañan al carismático Borcelá, despliegan el virtuosismo que los haría grandes con el paso del tiempo. (JR)

domingo, 8 de mayo de 2016

Telón de Aquiles


Ernesto González

En el salón de espera de la consulta del alergista, abarrotado de pacientes con sus acompañantes, se intercambian las experiencias personales de un padecimiento cuyas causas pueden estar dondequiera y su manifestación ser epidérmica, digestiva, psicológica, entre muchas posibilidades, o simple y literalmente escandalosa.

Entre los enfermos de todas las edades sobresale un adolescente acompañado de su madre, que le sonríe a todo el mundo y hace anotaciones y dibujos en una libreta.

Para constante preocupación de la mujer los síntomas alérgicos del muchacho son demasiado alborotadores. Cuando tose da la impresión de ahogarse, porque cada tosido se va agudizando a medida que la crisis se acerca a su pico. Si el polvo, ciertos microorganismos, una loción masculina o un sutil o dulzón perfume de damas han impelido al cuerpo del chico a reaccionar a través de estornudos, entonces inicia una escalada que lo estremece con creciente y desesperante intensidad, mientras los espasmos se vuelven poderosos. De combinarse toses y estornudos en trances no poco frecuentes, el pobre jovencito parece morir asfixiado entre silbidos, altísimas notas de soprano y sacudidas corporales.


No pocos santeros y espiritistas han confundido estas crisis con el bajón acelerado de un espíritu, para lo cual el adolescente no está preparado.

“Es imprescindible dar una misa de conocimiento para saber quién es el muerto”, le explicó la espiritista a la mamá del afectado, “sus gustos y qué desea.”

Los resultados fueron un muñeco vestido en guayabera y pantalones blancos hacia el cual se intentaría orientar al extinto hasta que el muchacho estuviera listo para entender la situación.

Levantándose de la incomodísima silla, la mujer ha sacado un pañuelo del bolso donde almacena todo tipo de auxiliares para la atención del padecimiento de su hijo. Parada de frente le coloca el sonador en la nariz y la boca después del estornudo, la tos, o la nota musical escapada de su garganta y mantenida unos segundos para maravilla de pacientes y acompañantes.

—Ay, Aquilito, por dios —le dice atónita por el do ancho y sostenido acabado de emitir como clausura de la crisis de tos.

Le enfurecía la expresión resplandeciente de su hijo durante y sobre todo después de esas codas demostrativas de un talento descomunal. Poco sociable luego de irse revelando las características de su primogénito y haber luchado inútilmente contra ellas, le molestaba llamar la atención en lugares públicos y detestaba los rostros de condescendencia e incluso los de evidente simpatía hacia el jovencito.

De la contentura por su lograda vocalización, el quinceañero coloca una pierna encima de la otra y la mece. Ella corre a descruzarla. Él le sonríe retomando la posición. Para colmo mece ambos pies y garabatea figuras en su cuaderno tarareando bajito una melodía.


Aparentando indiferencia la mujer otea las expresiones de los pacientes y de sus acompañantes, salta de un rostro al siguiente mientras escruta, calibra, compara, concluye. Se ha convertido en una acuciosa investigadora del medio que rodea a ella y a su hijo cada minuto: el vecindario, el autobús, los paseantes en la acera, los trabajadores de la construcción, las puertas del hospital donde está la consulta, por donde salen estudiantes, médicos o pacientes, los alérgicos y sus familiares en la sala de estar. La madre escruta todo lo que hay fuera de su micro universo, se siente obligada a vigilar ese mundo de seres extraños e incapaces de valorar su terrible suerte.

Al menos ignoran cuando al principio al muerto encarnado en su hijo le daba por desnudarse y correr. No había quien le pusiera un pulóver al torso ni un pantalón a las extremidades del cuerpo poseído. El que lo intentara descubría la tiesura del portentoso órgano del niño y arriesgaba rozarlo en la batalla. Una enfermera le había enseñado a Ydra cómo cortar la erección aunque fuera unos minutos, cosa de vestirlo y evitar la propagación de rumores de cualquier calibre además de esas añadiduras generadas por las fantasías de la gente, como bolas de nieve crecientes en un descenso infinito.

Había diseñado y cocido en su máquina, una faja, a la usanza de los cinturones de castidad, para aprovechar y enganchársela al chiquillo al comienzo de esos trances. Había pasado tanta vergüenza. Y ahora esto de las vocalizaciones. Cuando pensaba haber acabado de resolver un problema, el siguiente se abría camino con una fuerza descomedida. “¿Hasta dónde vas a castigarme, Señor?”, se preguntaba a menudo tomando la mano de su retoño, para impedir que verbalizara con gestos además de con su garganta. ¡Ah, y ese empecinamiento en sentarse así!

El adolescente, en tanto, dibuja y canta bajito. Otro acceso de espasmo lo remece, y en la última hilada de toses su voz de soprano resurge y en un segundo salta a la escala del contratenor. La madre pega un brinco y se pone de pie.

—¿Y eso? Eso es nuevo, Aquilito, por amor de dios, contrólate.

—¡Coñó, tremendo falsete! —dice un trompetista asmático—. ¡Dejó corto al de los Bee Gees!

—¡Farsete, farsete! —responde el muchacho y se ríe.

Los presentes no salen del asombro mientras escuchan las explicaciones del trompetista acerca del «arma secreta» celosamente guardada por las compañías líricas o los grupos musicales, para dispararla en cierto momento pivotar de sus espectáculos.

—Le convendría estudiar música —aconseja el artista.

Ydra ni responde. Solo faltaba eso. ¿Por qué la gente se empecina en dar opiniones que nadie le ha pedido? ¿Por qué no pueden dejarla sola con su hijo? ¿Es tan difícil ignorar a los demás?

El hombre acaricia la cabeza intranquila del repentino contratenor y se ríe con él. La enfermera del alergista abre la puerta de la consulta y menciona un nombre.

—Adiós, falsete, es como se dice, y mucha suerte.

Aquilito responde al halago abandonando su dibujo, respirando profundamente, como sopesando el próximo paso.

—Falsetes, falsetes —dice y se carcajea observando con el rabillo del ojo a los congregados.

Mira hacia el frente, a los lados, al techo, en estado de alerta, aguardando; al no sobrevenirle ningún acceso de tos retoma el lápiz, abre su cuadernillo y dibuja.

Ydra gastó mucho dinero en santeros cuyos caracoles no daban respuestas claras. Tres de los religiosos fueron incapaces de definir qué estaba ocurriéndole al muchacho y qué debía hacerse al respecto.

“Esto no tiene sentido”, le explicó uno, “aquí hay algo muy grande o muy pequeño que no logro interpretar, le soy honesto”.

Volvió con la espiritista: probarían con una muñequita negra a ver si el espíritu rebelde la hallaba adecuada para sus descensos a la materia. Por unos meses el muchacho estuvo sin crisis alérgicas, y por consiguiente, sin arrebatos, ahogos, jipíos ni reminiscencias operáticas. Por un tiempo.

La madre no acaba de entender por qué la enfermera del alergista no llama a Aquilito, si conoce su problema y ha sido testigo de las crisis creadas en la sala de espera y adentro, en la consulta con el médico. Con una oración sigilosa le pide al Señor la resolución de esta visita cuanto antes. La tos del niño, asociada a hipos y eructos, la saca de su reclamo a la divinidad. Presintiendo una violenta crisis saca del bolso unas servilletas y el pañuelo.


El adolescente se estremece entre hipos intercalados por interjecciones de notas altas y ahogos desmesurados.

—Uh, aj, ej.

Los presentes se han parado de sus asientos y han rodeado el del niño preso del conato de trance. A un ahogo le sigue un ruido portentoso.

—¡Aaaaaa, eeeee!

La nota se extiende, se mantiene y se eleva increíblemente.

—Eso es un do de pecho —explica un violinista rascándose una mancha rojísima en la cara—. Eres un bárbaro, muchacho.

El cincuentón no puede menos que aplaudir, extasiado como está. Se han asomado por las dos puertas de la habitación enfermeras, cirujanos, estudiantes de medicina, pacientes de consulta externa y hospitalizados, impelidos por la imperiosidad de aquellas cuerdas vocales.

—¡Oooo! —continúa el joven felicísimo del cumplimiento de su intuición: podía extender la nota y mantenerla hasta tanto quisiera.

El gentío puja por ingresar al recinto, aplaudiendo y sin quitar el ojo del repentinamente famoso alérgico en vibración centrípeta. Se acrecientan los aplausos y el murmullo de admiración.

—Aquilito, por favor —le susurra la madre.

—Aquiles —le grita zarandeándole por los hombros, resquebrajando el prodigioso sonido.

—¡Oh, no!

—¡Por favor! ¿Qué hace, señora?

—Aquiles —le vocea de nuevo aspirando a predominar patéticamente sobre las maravillosas coloraturas.

Si de algo está bien consciente el muchacho, además del poderío de sus cuerdas vocales, es del peligro implícito en el cese del chiqueo de su nombre, preludio del aluvión de trompadas con que Ydra se enfrentaba a las locuras de aquellos espíritus inmisericordemente cebados en ella y en su hijo. Porque estaba segura: no era uno solo, no podía serlo. El que escapaba corriendo desnudo de la casa con una erección no era el que se sentaba femeninamente en cualquier sitio, el dibujante de figuras y el anotador de frases incoherentes en la libretica no eran la soprano. Según le explicarían después, la soprano no podía ser la contralto, al menos no en esas tesituras elevadísimas y perfectas.

El horror de lidiar con una colonia tal de muertos encarnados por turno en el cuerpo de su hijo, lo acrecentó un hombre deseoso de ayudarla. Como ocurre con las ayudas no solicitadas, el efecto fue contrario al esperado e Ydra casi enloqueció con la pretendida elucidación: “Son personalidades de vidas anteriores, afloradas por razones misteriosas. Su hijo debía ser una suma de ellas, no manifestarse por separado, divididas. Ese es el problema, no lo demás.”

La madre descartó de inmediato la opinión del hombre, optando por la versión de los espíritus. ¿Existencias pasadas? ¿Reencarnaciones? El diablo también había hablado por boca del individuo con quien había conversado en esta consulta hacía un mes. ¿Y cómo iba a decir que lo demás no era un problema? Aquilito completo lo era. Más le hubiera valido no parirlo, como le aconsejaron por la edad, los vecinos y unos familiares lejanos. Pero estaba tan profundamente sola.

Aunque la complacía muchísimo, su pertenencia a la iglesia estaría inconclusa sin pasar por el rol de madre. Se había demorado porque en un pasado como el suyo no habría cabido un niño.

“Muchos deben tocar fondo para renacer”, le había explicado el pastor, “ahora podrás cumplir tu verdadera obligación de mujer: un esposo decente, la maternidad. Con diaria humillación ante el Señor, por supuesto”.

Ydra optó por la versión de los espíritus. Jamás le transmitiría a su confesor ninguna de estas interpretaciones de la enfermedad de su hijo, ¿cómo iba a hacerlo si él mismo le había advertido de la presencia intermitente de Satán en los desafueros de las posturas y los alaridos del adolescente? ¿Con quién hablar, a quién comunicarle ese dolor tan afilado y silencioso, tan inquebrantable y creciente, que no es del cuerpo y no lo cura nada?


Las trompadas de Ydra han resquebrajado la elevada nota mantenida, aunque solo por unos segundos porque Aquilito, de un siguiente ahogo, ha extraído fuerzas para regresar al do de pecho. Los ojos del niño lloran embriagados de la magia producida por la hermosísima emanación de su garganta. Ni la canícula destapada por la cantidad de personas presentes en la habitación y por las que siguen entrando, detiene la prolongación del vocalizador en heterogéneos y pasmosos coloridos.

Ydra ha sido sometida por dos hombres y una mujer que la acusa de «mala madre». Aquilito ya puede dejarse arrastrar por la resonancia, como su intuición le había sugerido, para crear un sonido único escuchado en el barrio donde está enclavado el hospital, y que maravillaría a la ciudad y principalmente a él mismo. ¿Para qué poseer ese talento si no era para gozarlo todos juntos?

Un ferocísimo ahogo termina por agitar el cuerpo, y la contundencia de una exhalación sobrehumana arrastra con la vida del adolescente, envuelta en un eco que parece buscar una salida entre los aglutinados en el recinto, los pasillos del hospital y sus calles aledañas. Durante unos segundos, confundido, el eco se pega al techo, baja y gira sobre sí dispuesto a no dejarse embrollar por la multitud y la cerrazón del lugar, hasta encontrar el resquicio adecuado por encima de las cabezas de los presentes, interrumpiendo la atmósfera de celebración. Escapa dejando atrás un silencio desabrido, plúmbeo y un miedo sórdido. Acaso, por el repentino contraste, la muchedumbre percibe de súbito que ha acabado de perder trazos de una extraña e irrecuperable felicidad.

Y mientras, Aquilito ha caído en la silla de la cual se había parado para mejor defenderse de los golpes de su progenitora, retenida por los brazos de los dos hombres y de la mujer que la acusa de mala madre. En los ojos desmesuradamente abiertos del joven desgajado sobre la silla, la expresión traviesa y fascinada de quien ha hecho un gran descubrimiento.

domingo, 1 de mayo de 2016

¿Es necesario el olvido para la historia?

Actos de repudio en La Habana durante la crisis del Mariel (1980).

atRifF

Acuso recibo del libro de David Rieff In Praise of Forgetting, segundo de una serie en que Rieff explora la idea del olvido colectivo. 

Quisiera problematizar no el argumento mismo de Rieff, sino sus consecuencias. La tesis central del libro es simple y pragmática:

La historia es una sucesión interminable de horrores,
La memoria del horror perpetúa el horror, repitiéndolo,
Por tanto,  
El olvido es necesario para la historia.

Rieff tiene razón. Hay mucho en la commemoración del horror que resulta peligrosamente tóxico. Aquí trae a colación el caso serbio (en el reclamo de la Gran Serbia del medioevo) que justifica el horror de las guerras yugoslavas en los 90, o la carga insoportable de la memoria en el caso aparentemente insoluble de Israel y Palestina. Ambas instancias son bien conocidas por Rieff, quien reportaba como corresponsal de guerra para las revistas The Atlantic y The Nation
durante los años 90.  

La batalla de Kosovo, (1389) donde Serbia cae ante el poder otomano

Ese "culto" a la memoria del horror convierte al grupo victimizado en seres con marcado designio. El culto al trauma histórico o la victimización como legado son inyección soporífica al ego tribal.

No sé si Rieff comprende que normativizar el olvido es apuntar irremediablemente a la memoria. Aunque vale decir que "olvido" para Rieff no es un Alzheimer colectivo -enfermedad crónica de la mente histórica. Habría que ahondar más. ¿Qué es la mente de la historia sino la sustancia de los hechos? Es decir, la masacre en sí.

Depués de la masacre, el olvido de la masacre. ¿Pero no son acaso dos entonces? Ahí está la mente histórica.


La destrucción del tempo en Jerusalén, pintura de Francisco Hayez (1864)

Hay demasiado en la historia que resulta aglomeración interminable que en sí misma excede cualquier valoración. Interminable, porque no podrá jamás ser catalogada en toda su extensión. La historia, aunque finita se hace, en virtud de su omnipresencia, un todo inconmensurable. Visto qua historia, la historia apunta no al orden sino al caos, la ausencia de un plan teleológico (G. F. Hegel se revuelve en su tumba maldiciéndome).

Por otra parte, la historia y la moral son enemigos declarados. Y la historia humana la hacen los humanos. El propio Kant, crítico de la metafísica de la historia, en su Antropología revela un momento de debilidad: los horrores de la historia son suficientes para demostrar que el ser humano es malévolo. Herder, discípulo de Kant, pero romántico, añade un detalle: la civilización demostraría que hemos (al menos) dejado atrás la barbarie. W. Adorno discreparía: "hacer poesía después de Auschwitz es una barbaridad". (Por cierto, Rieff le reprocha a Kant su imperativo categórico). 

¿No será que caemos en un círculo vicioso? Jugar a resumir la historia nos hace culpable de la falacia de la parte por el todo. Nadie puede abarcar la historia. Acaso solo una ínfima parte. Otro vicio es antropomorfizar la historia, e ignorar el vestigio particularísimo de cada hecho. Siempre queda una memoria del horror en el sobreviviente (incluso, no olvidemos, del victimario).

Niños armenios, masacrados por las fuerzas turcas (1918)

Lo que hacen los vencedores es evaporar la memoria de los vencidos. Hacerla desaparecer (aquí Rieff busca el consejo de Maquiavelo).

La tesis del olvido de Rieff adolece de un defecto: olvida el perdón y su memoria. ¿Conocerá Rieff a Emmanuel Levinas?

Hay páginas oscuras y bellas en el Levinas tardío donde ante el agravio inescapable del victimario no queda otro remedio que el perdón. La lógica es aplastante:

El sufrimiento de la historia es colosal. Por tanto no podrá borrarse de la historia. Olvidar es borrar la historia del horror, que es la historia en sí misma. 

De nada vale huir y pretender olvidar. Al sufrimiento hay que confrontarlo, pero sin odio.

Pero esto nos lleva a una discusión que rebasa el propósito del presente argumento.