domingo, 6 de diciembre de 2015

The Stanford Prison Experiment (2015) - Kyle Patrick Alvarez


Jesús Rosado

En ese recorrido visual por el acontecer cinematográfico de cada año me acaba de tocar una cinta de reciente repercusión que agitó al público en el último Festival de Sundance. Se trata de una historia basada en hechos reales que ha sido recreada ya más de una vez en cine y televisión, pero que en la realización de Kyle Patrick Alvarez asume matices tan realistas que indiscutiblemente se comprenden los motivos por el cual el filme se ha convertido en pieza de atención de la crítica.

The Stanford Prison Experiment, un insólito ensayo llevado a cabo en 1971 por el Dr. Philip Zimbardo, profesor de la Universidad de Stanford, toma de muestra a 24 estudiantes voluntarios para reproducir en sórdido laboratorio psicosocial el ambiente de una cárcel. La mitad de los estudiantes van a jugar el rol de reos y la otra mitad el de guardas de la prisión. El simulacro, según Zimbardo, estaba orientado a exponer los comportamientos y conflictos de ambos bandos en el sistema penitenciario. Los resultados entonces se van sucediendo ante los ojos del espectador de manera perturbadora hasta convertirse en crudo espejo que no solo refleja un microcontexto de la sociedad contemporánea sino que revela las oscuridades del sujeto social a gran escala, pisoteando el presupuesto de que ha llegado objetivamente a grados elevados de ese estatus cultural que los humanistas califican como civilización.

El filme, típico producto del cine independiente realizado con escasos recursos, no es precisamente un exponente de búsquedas formales originales ni hace gala del más acabado profesionalismo. Fluye plagado de inocultables ingenuidades y se comporta como un avión que calienta motores hasta que logra despegar en vuelo raudo. Sin embargo, ya en las alturas va cuajando paulatinamente sobre todo como pieza apoyada por un argumento que atrapa, estremece y apabulla a la audiencia.

El insensato abuso de poder y las ciegas reacciones de pánico y sumisión nos abofetean y van develando ante nuestros ojos la maleable estructura psíquica a la cual estamos subordinados, sin importar los altos niveles intelectuales que se nos haya dado alcanzar. Puesta cinematográfica y substrato histórico se van combinando en turbulento in crescendo para dejar al descubierto como a la condición humana le es inherente la conducta fascista cuando se le pone a mano las posibilidades del control totalitario y de qué manera rayana en el absurdo se genera la tendencia al sometimiento servil por parte de las víctimas de ese poder abusivo.

Mi recomendación es que la busquen y se sometan a la psicoterapia de choque. Será una experiencia introspectiva memorable. Particularmente, a los que hemos sufrido los rigores dictatoriales nos hará rememorar y replantearnos las realidades vividas bajo la opresión. Y, ciertamente, no nos curará de los espantos, pero sí nos ayudará a concientizar que la génesis del terror social se localiza en el pulso de nuestros propios latidos.