martes, 22 de mayo de 2012

el beso de Juantorena

 Rosie Inguanzo

1. Dentro de la casa del padre del Che, Ernesto Rafael Guevara, su mujer Ana María, argentina y mucho más joven, y los hijos de ambos, hermanitos del Che, Ana Victoria y Ramiro (el tercero no había nacido aún), huele a extranjero. Los niños nos guarecemos dentro cuando rompe a llover. Además de los hermanitos del Che, estamos el primo de éstos, Camilito, Patricia de Armas y yo. Jugamos a los escondidos. El agua chapotea en las malangas y sobre el cristal de la puerta de corredera que da al patio de atrás, cae como una cortina de vidrio líquido sobre otra transparencia. Ana María nos acoge con afabilidad; cenamos los chicos en la mesa de la cocina, sobre unas banquetas altas, arroz blanco con tortilla de spam y cebolla y platanitos maduros fritos. El viejo es escritor; se mantiene apartado sobre su escritorio, leyendo y anotando en su oficina que es abierta como una sala de estar. A sus espaldas, la célebre imagen de Korda, ampliada exageradamente, insiste en cierto rostro imborrable. Tengo 10 años.

2. Mary, la mujer de Raúl Roa Kourí, prepara una limonada. Marielita, la hija de ambos, trigueñita y regordeta, nos da un besito a instancias de la abuela Amalia. Silvio Rodríguez, hermano de Mary, se insinúa mientras mira por los visillos de la ventana, susurra “bonita” y añade algo sobre el color de mi pulóver rosa anaranjado brillante. Luego en casa, como si no conociera a mi novio, desliza un piropo y me busca los ojos. Somos vecinos; vivimos puerta con puerta con los Roa-Rodríguez, en 21 y G. Otro día le digo que mi disco favorito es Mujeres, y se lo traigo para que me lo dedique. Tengo 16 años.

3. Alberto Juantorena viene a hablarme algunas veces frente a verja de la casona de mi madrina Nenita Purón, en 42 y 3ra, en Miramar. Pasa a eso de las 4 de la tarde y saluda. Se detiene a hablar conmigo, hace preguntas. Hoy me ha besado brevemente en los labios contra los pinos que crecen sobre la reja que da a la piscina. Me toma por la barbilla y me besa. Un beso suave, apenas aliento sobre la boca. Bajo la mirada y me topo con sus bellos pies en sandalias de cuero, sus muslos de corredor, su miembro. Tengo 13 años.

4. Mike Porcel me recoge en 3ra y 42, en casa de mi madrina Nenita Purón. Hoy lleva camisa a cuadros azules y blancos y pantalón de corduroy rojo vivo. Me toma de la mano para ir a la iglesia. Al ver que me sonrojo no duda en decirme que si él no estuviera casado con Milady sería mi novio me habla como si yo fuera una niña pequeña y esto agrega un encanto a la escena. Bajamos por la 3ra avenida pasando por la rotonda partida en dos, hacia la 60 calle, para luego subir hasta la 5ta B y la 62 calle, rumbo a la capilla de Santa Rafaela María, a un costado de la escuela secundaria Manuel Bisbé. Mike dirige un coro allí. Pepín lo espera afuera. Lo hace con swing y estoicismo. Destronado y puro. Tengo 13 años.

5. Es la Cuba de principios de los 80. Trafico dólares con la hija de Luis Orlando Domínguez “Landy”, que vive en la calle 34 y la 3ra Avenida. Yamilka extrae miles de dólares de las arcas a su padre, que no cae en cuenta de los robos. En mis incursiones a la diplotienda, le compro ropas y zapatos por valor de $100 y me quedo con $400 para comprar y negociar. En algún momento llego a ocultar hasta mil dólares bajo la pata del sofá de la sala. Se rumora que echan nueve años de cárcel al que cojan con un dólar. Entonces decido ir a la diplotienda de 5ta avenida y la calle 42, robo un maletín ligero y le arranco las etiquetas, lo cuelgo en el hombro, disimulo, echo unas cuantas quincallerías hurtadas y facturo los $1000 dólares aparte, entre un estéreo y mucha ropa y zapatos, sin enseñar identificación alguna, hablando inglés todo el tiempo. Paso perfectamente por extranjera. Aún estando tan cerca de mi casa, nadie me reconoce —evado a la dependienta que vive en el vecindario. Salgo cargada con la compra y con el robo. Lo que revenda en el mercado negro me dará suficiente como para irme a Varadero o alquilar en el hotel Capri. Estoy sola en Cuba. Tengo 16 años.

6. El Dr. Julio Martínez-Páez tiene un chimpancé que este día memorable, yendo yo para el Playito, me ataca feroz. El Dr. Martínez-Páez lo lleva en los brazos abrazado al cuello y lo acerca a la reja. Le pinto gracias mientras el simio se muestra indiferente; de pronto me hala por el traje de baño dejando al descubierto los senos púberes, me estrella contra la reja y ahora me muerde la mano, que es lo que queda de su lado. Mi pobre mano. Aún tengo la cicatriz larga de la mordida en el dedo índice de la mano derecha. Y persiste la vergüenza; uno de los grandes bochornos de mi vida fue que me bajara la trusa aquel primate. No es agresivo con su dueño, dice la sirvienta de la casa mientras evalua y limpia la herida con mañas de enfermera. Me ofrece un refresco de cola que me tomo sentada en el bar de la cocina. Tengo 11 años.

7. En la iglesia de Santa Rita, hacia la izquierda del altar, como a mitad de la hilera de bancos, hay una salida que da a una instalación que es una gruta a la virgen de Lourdes. Allá arriba, frente al altar, está el órgano con sus tubos dorados y los grandes pedales de madera, y a la entrada de la escalera, de cara al órgano, hay una pintura de Santa Cecilia, patrona de la música, dedicada en exclusiva a los que tiene acceso al órgano. En los tragaluces de la escalera los gorriones anidan y a veces algún nido cae, o se precipita un pajarillo recién nacido, agonizando sobre los escalones que suben hasta el órgano resplandeciente. Los ciempiés cruzan el piso de granito de lado a lado. Las mariposas brujas se adormecen en la penumbra de los techos y en las esquinas oscuras de los puntales. Los curas siempre han tenido perros pastores alemanes. Suelo acariciarlos a través de las rejas carcelarias donde los confinan, alejados de la sacristía. Animales quietos y sudados, nobles y enormes. La feligresa más fiel se llama Nancy y se hace cargo de los asuntos de la parroquia; vive muy cerca, del otro lado del Parque de 26. Nancy me mima con postres y caramelos; ella organiza un bazar para las navidades en el que siempre mi otra madrina, Carmen Villaraos, me compra alguna cosa: un pañuelito bordado, las Rimas de Bécquer, un collarcito de perlas, una reliquia. Nos trae Juan, el chofer de alquiler, en su Chevolet del 57 verde. Cantamos misa a las 10 de la mañana de cada domingo. Luego al mediodía en San Antonio, por lo que tenemos que salir disparadas (por eso tenemos chofer de arquiler). En navidades allá arriba en el órgano, frente al altar, bato panderetas y castañuelas que sincronizan cierta alegría. Entono un villancico mientras mi madrina Carmen Villaraos le da a los pedales, que son como gigantescos pulmones. Pronto mi madrina emigrará a Puerto Rico y yo perderé para siempre a uno de los grandes amores de mi vida (pero esto aún no lo sé). Tan familiar y tan distante ya, la iglesia de Santa Rita. Hoy las Damas de Blanco, lo más inmaculado que nos llega de esa isla remota, recalan allí, en la Santa Rita de mis recuerdos. Tengo 9 años.

16 comentarios:

Anónimo dijo...

Mike Porcel metido en ese fanguero?!

Anónimo dijo...

Y por qué no, anónimo? Hacía falta un ser humano en medio de esa fauna.

JR dijo...

A este tipo de viñetería irónica se dedicó mi viejo tras caer Machado en algún momento de su aventura periodística. Ahí tocaba con sal y limón al juez, al concejal, al jefe de policía, al cura, al bolitero...Fueron estampas recurrentes en varias plumas hábiles durante los años republicanos

Anónimo dijo...

Me encanta el colorido y la forma de mostrar la narrativa en enumeracion. El arranque despista, y el final aclara.

Felicidades

Amilcar Barca

Anónimo dijo...

Muy bueno Rosie. La sinceridad le duele a cualquiera.

Teresa dijo...

excelente rosiña, me arrancó lágrimas y me atrapó con tenacitas doradas como tu pelo, no sólo por lo que nos toca de dolor en tu relato si no porque lo has escrito bellamente, vas rosiña como pastor de palabras... presiento que con ellas llegaras muy lejos. tu t.
teresa maria

Ignorante dijo...

Vaya, Who knew

Anónimo dijo...

Oye, pero si Mikie es un santo, por dios.

Anónimo dijo...

como santo sale.

Anónimo dijo...

Muy cool, very excelente. Lo sencillo y breve de estas narraciones, aparentemente inocentes; sumado a las fotográficas imágenes que se suceden raudas y frescas, permiten que se conviertan en propias estas ajenas experiencias. Saludos. Judith G.

R.L.R. dijo...

Lindas viñetas Rosie. El peso específico de la memoria la hace flotar hasta en el aire.

Anónimo dijo...

Ojo: el chimpancé no era de Dorticos, sino del Martinez Paez, el ortopedico, que vivia entre el Copa y el Playito. Dorticos y la gorda Maria Luisa nunca tuvieron monos en casa.

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...

¡Julio Martínez Páez, claro que sí, anónimo! Como vivían al lado. Llevo casi 27 años fuera de Cuba y voy trayendo recuerdos de la bruma de la memoria…Andan regados por ahí los amigos que me pudieran ayudar a atar los cabos sueltos. Gracias por ayudarme a recordar. ¿Eres de Miramar? Por ejemplo, no recuerdo quién era el padre de Yamilka; lo recordaba hasta hace unos diez años…RI

Anónimo dijo...

Con trece anos y te beso. Hueles a comunista.

Anónimo dijo...

Besando a una menor, que clase de tipejo