martes, 15 de marzo de 2011

El intelectual



Humberto Piñera Llera*

El intelectual es, pues, un ente extraño al medio, en rudo contraste con éste, quien suele hostilizarle, por lo menos, con su indiferencia e incomprensión. La individualidad rechaza la amorfa homogeneidad de la masa, hasta el punto de que sólo replegándose es como el intelectual, que es por esencia el individuo, puede realizar por completo su cometido. Todavía más: sólo en la tensión, las más de las veces violenta, entre el intelectual y el medio amorfo y gregario es que puede surgir la obra digna de ser calificada como producto intelectual. Y esto lo ofrece en todo momento la historia. Cosa muy diferente es la que tiene lugar cuando el intelectual se dispone a hacerle el juego a la masa, en cuyo caso ya sabemos lo que sucede. Nuestra época es, en gran medida, culpable de este abominable proceder, que ha dado por consecuencia la adulteración de la verdadera esencia de lo intelectual […]

[…] Pues el intelectual es hombre para quien el mundo, en algún aspecto de su esencia, sí es un problema, y trata, por lo mismo, de darse respuesta adecuada a su pregunta. Porque, en definitiva, aunque no lo parezca siempre, el intelectual es el hombre que habla de sí mismo, tal como lo dice Dostoievski en sus Memorias del subsuelo: «Después de todo, para un hombre que se estime, ¿qué tema de conversación es el más agradable? Respuesta: él mismo. Bueno, pues de mí mismo voy a hablar». Pues eso que pretende Dostoievski es nada más ni nada menos que lo mismo que aspira a hacer todo genuino intelectual, es a saber: responder a la apremiante cuestión de por qué está en el mundo, mediante un hablar de sí mismo, ya que él es la dramatis persona de ese juego existencial en el cual va implicado tanto el mundo como él mismo.
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* Profesor cubano de filosofía y de literatura, nacido en Cárdenas y fallecido en Houston, Texas, tras veintiséis años de exilio. Doctorado en Filosofía y Letras por la Universidad de La Habana en 1942, en la que ejerció como profesor, siendo desde 1955, catedrático en la misma. Fue uno de los fundadores en 1945 del Grupo filosófico-científico de La Habana, luego transformado en Sociedad Cubana de Filosofía (1948), editor de la Revista Cubana de Filosofía (1946-1958), y la cual presidió entre 1951 y 1960, cuando fue disuelta. Influyó entre los jóvenes de entonces, que le reconocían como el «gurú del existencialismo». Partió al exilio a fines de 1960, desempeñándose como profesor en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Nueva York desde 1961 hasta su jubilación como profesor emérito en 1976. Es hermano del conocido escritor Virgilio Piñera.

Ilustración: Marcelo Pogolotti, El joven intelectual (1937).