domingo, 13 de febrero de 2011

Les juro que no conozco mi alma


Soy locuaz, lo que llaman un juez litigante. Conozco muy bien la rutina de mi trabajo. Me levanto a las 7am, hago cardio en el gimnasio de mi casa en los suburbios. Luego el desayuno, casi siempre con avena y luego un café en Starbucks en camino a la corte. Disfruto llegar a la oficina y quedarme un rato sumido en el silencio, mientras oigo las voces de mi equipo afuera, comentando los casos del día. Dejar los abrigos y sentarme en mi silla de piel tersa, cerrar los ojos y decirme: "Esto lo has hecho con tu esfuerzo".

Ése de la foto soy yo en mejores tiempos, cuando era juez de la corte en Luzerne County, Pennsylvania. Doy una conferencia sobre la diferencia entre la ley y la moral en Tomás Aquino, para la Universidad de Alvernia. No me he presentado. Me llamo Mark Ciaverella, soy de ascendencia italiana. Vengo de una familia humilde. Mi padre trabajaba para la cervecería Miller y luego fue operador de la compañía de teléfonos. Mi madre era ama de casa amorosa y dedicada a sus hijos. Vivíamos en el East Side, en el barrio de Wilkes Barre, otrora un enclave italiano que terminó siendo un gueto de pobreza. De joven fui corredor de pista. También practiqué esgrima (en honor a mi bisabuelo que había sido esgrimista en Sardinia, de donde es mi familia).

Conocí la pobreza y luché contra ella. Pasé el High School y la universidad en mi Beetle destartalado del año 70. Apenas tenía dinero para comprarme cosas. Mi novia Alice, que venía de una familia de clase media, se reía de mi porque nunca podía sacarla a un lugar digno. Recibí una beca para estudiar abogacía en la Universidad de New York, de donde me gradué con honores. Fui de los primeros de mi clase. Me especializé en derecho canónico. Fui respetado, incluso querido. Me postulé a juez en 1994. Por alguna razón que ahora no puedo hilvanar cambié. Habrá sido mi mala suerte con las mujeres. Pero vivía una dualidad de poder y debilidad. Algunos somos siervos de la opresión. Terminé siendo un opreso opresivo. En la corte me apodaron "cero tolerancia".

Les cuento todo esto para que comprendan el próximo capítulo: la caída. Estoy acusado de soborno y extorsión. Espero juicio. Estoy bajo fianza. Vivo aterrado, apocado, destruído. Los días son eternos, las horas para rato se prolongan, inacabables. Vivo perennemente la química del tormento. 

Mi desgracia comenzó con un casi-no-saber, un zigzag incomprensible de la conciencia. Un abogado ladino y corrupto llamado Powell me habló de la posibilidad de construir un centro de detención para menores con un urbanista amigo suyo. Lo ayudé sin saber en qué lío me metía. La corte pagaría 1.3 millones de dólares al centro, por concepto de rentas más gastos adicionales, por alojar y mantener a los jóvenes recluídos durante el término de las sentencias.

Un día Powell me llamó. Quería encontrarse conmigo. Nos vimos en un Starbucks. Pedí un mocca con caramelo, él un frapuchino. Powel llevaba una pequeña maleta. La vi y seguimos conversando como si nada. Como si yo no supiera que en la maleta había $150,000 en efectivo. El deseo te hace cosquillas, te come con los ojos. La maleta es la manzana, Powell la serpiente.

Yo no tenía hambre. Tenía curiosidad. Probar y ya. Solamente una vez amé la...

¿No sería en automático que pequé? ¿No sabría yo que como juez no debía traicionar mi juramento y recibir pagos debajo la mesa? ¿Cómo podría creérmelo y mentirme y mentir? Otro hablaría no yo. Otro terminaría la sesión y se iría a "Veccios" con su mujer y pediría una botella de Barolo "Luciano" por $90. Ese otro se hundiría más y más en el fango. Yo, mientras, atónito, esencia sin criterio, sombra avasallada que disimularía, mintiendo y tapando.

La rutina de cada día: Los jóvenes vienen con sus padres al juicio. Mis argumentos son  persuasivos, mis juicios ejemplares, casi apofánticos. La sentencia sigue la ley de la gravedad. No hay excepciones. La manzana cae. La voz del juez se engola. La nuez de Adán vibra. Los padres se marchan solos. Después a buscar la maleta. Me compro un condominio en la Florida por $750,000. Comienzan las dudas, se decretan conclusiones, alienadas. Son gélidas miradas. Sheryl, mi secretaria, frunce el seño. Y yo en mis sueños dorados en el paraíso de los bobos.

Un día compré un Mercedes CLS63 color plateado por $120,000. Por esos días disfrutaba mucho terminar el trabajo y sentarme, absorto, en esa piel fina y perfumada, acurrucarme con ese lujo discreto pero aplastante. Algo me decía que ya no era lo mismo, que ya no era el mismo. Llegó el momento de los peros. Casi todo el mundo daba por sentado que yo era un sobornado, un infectado por el moho de la codicia. Fui tan estúpido que pase fines de semana en la mansión de Powell en Florida. Nos íbamos de pesca en su yate "La rueda de la justicia".

Los fiscales no quieren comentar mucho el asunto hasta que comienze el juicio, pero parece que sospechaban de mí desde 2003. No me sorprendió en lo absoluto que todo se supiera por fin. Era un alivio perder el terreno, dejar el campo libre, morder el polvo.

Soy un alma condenada y les juro que no conozco mi alma.

5 comentarios:

william Rios dijo...

muy intersante....

william Rios dijo...

..a veces se critica la conducta incorrecta , hasta que te tropiesas con el maletin....

Anónimo dijo...

si conoce su alma, pero se hace el bobo.

Anónimo dijo...

Nuestros genes poseen el virus de la perversidad que entre otras es causante de comportamientos como sobornar o ser sobornados. Los personajes con poder y autoridad casi siempre desarrollan este virus rápida y agresivamente. Si el virulento es descubierto de manera pública se le acusa primero de pendejo, luego puede ser un muerto en vida y sirve como ejemplo por un tiempo; después , pasa a la categoría de cadáver insepulto.
Generalmente quienes desarrollan el virus viven como pachas y mueren como reyes . Probablemente el involucrado ha contagiado a más de un congénere porque es una enfermedad altamente contagiosa. Las razones por las cuales casi todos los humanos con posiciones de poder desarrollan este virus es desconocida, aceptable aunque inexcusables. La experiencia dice que este tipo de perverso no tiene cura; por haberse dejado agarrar haciendo guiso más que por profilaxis se le asigna un cuartito en una cárcel que ha sido creada por ellos mismos en sus momentos de gloriosa fiebre perversa. Si el feliz desgraciado ha establecido buenas relaciones con otros infectados y tiene dinero sobrante de sus sobornos o negocios chuecos pueden escabullirse de dicho tratamiento. Saludos de Judith G.

Iberico dijo...

Disfruto mucho vuestros escritos morales y moralistas.