viernes, 14 de enero de 2011

La moraleja de las dos morales

Paul Krugman en el NYTimes:

El miércoles pasado el presidente Obama pidió a los estadounidenses "ampliar nuestra imaginación moral, para escucharnos con más cuidado, para agudizar nuestra capacidad para la empatía… recordar que nuestras esperanzas y sueños están unidos." Bellas palabras, pero me temo que el país sigue dividido. El problema no es zanjar las diferencias. Son muy grandes. El asunto está en aprender a expresar esas diferencias con un mínimo de civilidad.

Hay dos caras de la política económica estadounidense. Una le apuesta al estado de bienestar moderno –un capitalismo humano, donde los más ricos tienen el deber de compartir con los menos afortunados. La otra cara defiende un libertarianismo a quemarropa: el capitalista tiene derecho a quedarse con lo que gana, y la idea de que se le exija un impuesto equivale a un robo del gobierno. Eso es lo que hay detrás de la retórica violenta de la derecha: para ellos, los impuestos son una imposición tiránica del gobierno. No hay término medio entre estos dos puntos de vista.

Un lado ve la reforma de la salud, con su extensión de coberturas para los no asegurados, como el cumplimiento de un imperativo moral: el argumento es que una nación rica tienen la obligación de proporcionar a todos sus ciudadanos un mínimo de cuidado esencial. El otro lado ve esa misma reforma misma como una invasión que destruye el derecho de los estadounidenses a gastar su dinero como les de la gana. Esta profunda brecha en lo que puede llamarse la moral política de Estados Unidos es algo relativamente reciente. Los comentaristas que hablan de esos días de civilidad y bipartidismo recuerdan la época en que el Partido Republicano abrazó el Estado de bienestar. De hecho, mucho del plan de salud de Obama, que ha traído tantas amenazas a congresistas, se inspira en esos planes republicanos de la década de los 90. Pero eso es historia. El asunto ahora es aprender a zanjar nuestras diferencias sin temor, sin amenazas, sin guapería. Todos queremos poder entendernos, pero con la confianza que sea la ley la que impere.