domingo, 12 de diciembre de 2010

Mi nombre es Mark Madoff, el hijo prolijo

Mark Madoff con su padre Bernard y su madre en una foto del 2001

Ese en la foto, a la derecha, soy yo. Estoy feliz con mi familia. Admiraba a mi padre (observen su cara de orgullo mirando a mi hermano menor que obtura el lente). Fíjense en mi expresión llena de esperanzas. Eso fue en el 2001. Antier decidí quitarme la vida en mi apartamento de New York. Me colgué de una viga con la correa del perro. Mi hijo pequeño estaba en el otro cuarto jugando. Los otros dos estaban con la madre. Parecerá horroso que los haya dejado huérfanos. Imagínen el desespero. Pero me era imposible vivir. Tal vez, esté yendo muy de prisa. No podrían comprender si no hago la historia desde el principio.

Nací en la cuna de la fortuna. El primer hijo de mis padres, fuí amado y querido. No entendía eso del valor del dinero hasta que un niño me lo espetó en la escuela. Yo tendría 8 años. Estábamos castigados los dos, pero alguien entró a buscarme. Mark, tu mamá te espera, dijo la ayudante de la maestra. Te dejan ir porque eres hijo de un millonario, dijo el niño con sorna.

Fuí a un High School muy selecto de la ciudad de New York. Socializaba con gente rica. Durante esos años la fama de mi padre crecía. Durante la sobremesa nos contaba de sus éxitos, de cómo una inversión puede apreciar el doble si uno sabe cuándo y cómo. Dinero trae dinero, repetía. Mamá se perdía en sus ojos, orgullosa, el signo de dólar en la retina. Una noche me dijo muy serio: Mark, debes seguir mis pasos. Tienes madera para las finanzas. Mi vieja sonrió aprobatoriamente. Qué casualidad: esa sería mi especialidad en la Universidad de Michigan.

Yo vivía una lucha interna. Sentía que algo en mí se aplastaba. El amor profundo por la sicología, heredado del abuelo materno, moría. Por muchos años, abuelo Abe había sido un destacado sicoanalista freudiano. Mi mayor felicidad era visitar su casa y entrar en la consulta con aquel olor a tabaco de pipa, las estatuillas africanas, el sofá de piel arrugada, los libros viejos en los estantes. Soñaba con ser psicoanalista, penetrar la mente, maniobrar el tuétano del trauma. Una tarde lluviosa le confesé a papá cuánto admiraba al abuelo Abe. Soltó una carcajada estruendosa, madoffiana y procedió a confesarme que no lo respetaba. El abuelo alguna vez le había pedido dinero. Abe atravesaba por un momento difícil, pero no es su culpa, repliqué. Es abuela que ha estado enferma. Abuelo ha tenido que pagar por tratamientos muy caros. No es el cáncer, sino el desengaño, respondió mi padre. Tu abuelo se hizo sicoanalista para pasarse el día en la casa. Qué frágil la familia, pensé. Al poco tiempo, abuela murió marchita, corroída por dentro. Mi relación con abuelo se hizo más íntima. Una noche fría y húmeda, mientras yo leía un libro de su biblioteca, abuelo Abe se acercó y susurró con su voz rasposa: Mark, haz lo que te diga tu corazón. La felicidad no se compra.

Ya graduado de la Universidad de Michigan en administración de negocios, con una especialización en finanzas, fui a trabajar con la compañía del viejo. Mi padre me proporcionaba los mejores negocios, me ayudaba con las mejores inversiones. A veces, parecía que se empeñaba en hacerme triunfar delante de sus amigos. Era un asunto personal de él con el mundo, yo devenía en instrumento. En una reunión dijo, delante de sus allegados, Mark qué ojo tienes. Ni yo mismo estaba enterado.

La rutina del cuándo, cuánto, aquí y allá, la ruína de los sueños. Por las noches iba de parranda por el mundo de la noche y del placer. Comía en los restaurantes más caros. Tenía tres autos, chofer, dos casas, un yate en Miami, la mejor ropa y una tropa de envidiosos que acechaban. Siempre $5,000 en cash en la cartera. Los fines de semana en Las Vegas, o en Bahamas en el yate con el viejo, o en el Soho House, club exclusivo donde me refugiaba a tomar y jugar billar, a confraternizar con aburridos millonarios. Siete años de no quitarme el amargor de la boca, el opio de cruzarse las manos.

El 10 de diciembre de 2008, en su apartamento, el viejo soltó la bomba: éramos tres, él, mi hermano y yo. Primero pensamos que estaba loco. Después, mientras él sollozaba como un niño, con las manos lívidas cubriéndole el rostro sudoroso, en estado catatónico, mi hermano y yo comprendimos que era cierto. La verdad se hacía verde, sublimada, corrosiva. Recordamos comportamientos, el cambio de su carácter en las últimas semanas: la limosna al vagabundo de la esquina, la palabra simbólica en cierta reunión con los chinos, la mirada sospechosa de su contador. Llevé a mi hermano al condominio y hablamos toda la noche. Le dije que había que denunciar al viejo a la policía, que si no, nos hundíamos con él. Fue un pacto necesario, macabro, subterráneo.

Llamamos al FBI y al día siguiente la noticia apareció en todos los periódicos del mundo. Ni nosotros mismos calculamos la envergadura del desfalco. De modo imprevisto, el viejo era un genio prepóstero del mal. Había creado un gigantesco Ponzi Scheme de 56,000 millones de dólares.

¿Cómo pudo vivir con todo eso en la conciencia y ocultarlo por tanto tiempo?

He vivido dos años de horror. Somos apestados. El apellido Madoff es tóxico. El viejo fue condenado a 150 años de prisión. La compañía se fue abajo. Mi madre casi se vuelve loca, hablaba de quitarse la vida. Perdí el trabajo y solo podía vivir de los ahorros e inversiones. Lo peor es la tortura, el tormento del hereje. Las llamadas continuas de abogados, los pleitos que se multiplican como la polilla. La gente cree que hemos escondido dinero en alguna parte y nos persiguen. Los antiguos asociados se vengan y te implican. Ser Madoff es ser maldito e infame. Vivía huyendo de todos, hasta de mí mismo. Pero hay otra espina, la peor, la de delatar a tu propio padre. Aunque lo odio por lo que hizo, siento ahora que soy en parte responsable. Responsable por dejarme arrastrar, por no escuchar a mi abuelo Abe, por evadir ser yo mismo, por no luchar más por no ser ese otro que fui, ese otro que hace apenas dos días decidí matar para siempre.

12 comentarios:

Los relatos de Maurice Sparks dijo...

Una historia muy triste, sobre todo para los que perdieron todos sus ahorros.

Algo me dice que los hijos sabian y el padre se sacrifico por ellos, era lo menos que podia hacer.

ahr dijo...

Toda la prensa resalta que usó la correa del perro. Como un detalle sordido, que equipara al hombre con la bestia.

Pero con qué podria ahorcarse el habitante de un apartamento, si no?

Anónimo dijo...

con mil millones de cosas...

Anónimo dijo...

Como que? Ni cable del telefono hay ya en esta epoca de celulares.

El Marqués de Hidroponia dijo...

Hay un manual para ahorcarse. Hay varias posibilidades con un jeans, por ejemplo. Son varias combinaciones: jeans y lámpara, Jeans y ducha, etc.

Anónimo dijo...

Judith G. Opina…
Probablemente era una correa de perro muy costosa. Yo no me ahorcaría con una correa de perros aunque fuera de un diseñador exclusivo porque se me pueden pegar las pulgas o la sarna, ha de ser terrible tener sarna o pulgas en el más allá y, encima, aguantarse el fuego eterno.
El haber denunciado al padre no fue un acto de muerta concreta ni simbólica. La única manera de aniquilar a la abyecta figura paterna era exterminándose así mismo al tiempo que daba una lección al niño quien crecerá sabiéndose ahora poseedor de un perro sin distinguida correa; una lección y degradación para al can que será desde ahora en adelante culpable por tener menos pulgas (algunas quedarían en el cuello del ahorcado y otras las reclutó la policía para sus investigaciones). El perraco es culpable de la desgracia por haber aceptado tener una correa aprieta-pescuezo. Probablemente el chico estudie sicología, especialmente anti siquiatría, lacaniana o algo por esos arrabales… .

Lola dijo...

Jodedera aparte. A donde va todo esto?

Anónimo dijo...

No se, debo ser mal pensado geneticamente, porque se me ocurren cosas tan lógicas a mi modo de ver que...bueno...si el viejo Madoff estafó 50 mil millones como dicen, debe tener una gran masa de dinero oculta en alguna parte...porque comemierda no es...y si yo fuera uno, o perteneciera al grupo de...los estafados... le amenazaría con liquidarle al hijo y a toda su parentela para que dijera donde lo tiene escondido y recuperar algo de lo que estafó.
¿Quien ha visto a un millonario ahorcándose? Eso es cosa de pobre o de arruinado presionado por las deudas.

Saludos, Jacobo

Anónimo dijo...

El amigo Luzbrillante
algo está pasando. alguien pregunta: "jodedera aparte, adónde va todo esto?" Buena pregunta. Dos artículos en TMB seguidos uno del otro apuntan a un regreso a los valores, los ideales de la cultura (el presente y el de Delio R. Entonces? Es que de verdad estamos volviendo a los discursos humanistas o estos osn sólo los últimos estertores del fin de la historia del que hablaban los postmodernos? Ojalá que sea lo primero, pero ya no me creo nada, o casi nada.

Anónimo dijo...

Jacobo tiene razon. Hay algo raro en todo esto.

Madoff hijo no se suicidó. Fue asesinado. El primer sospechoso siempre es el que encontró el cadáver.

Anónimo dijo...

En efecto. Se disfruta mucho ese noveleo de la noticia. Felicidades para su autor.

Abel dijo...

supongo que estudiaron el caso y se aseguraron que fue suicidio! es una posibilidad que no lo fuera! basta con encaramarlo en una sillita y retirarsela!! que horror me da nada mas decirlo! triste final producto de la avaricia!