lunes, 28 de septiembre de 2009

Que todo huela a él este día

Ernesto González

Estoy demasiado orgullosa de mis mañas,¿acaso la expresión maravillada de este niño es permanente y no la he notado? ¿Acaso es así, un eterno maravillado? ¿No será mi vanidad la culpable de hacerme creer que soy alguien especial para él?

Ah, estoy usando las mismas frases gastadas que critico. Phil, cuántas preguntas sin respuesta, mejor las entierro, me quedo en silencio observándote, eso es un gusto también indecible. Después de un beso inacabable y de pasarme su aliento para evocarlo durante el día, la silueta de mi joven amante atraviesa la puerta, la cierra rápidamente y sube los ocho escalones del sótano en dirección a la calle. Mis ojos lo persiguen por la horrible ventana rectangular, enterrada, del pasillo lateral del edificio, y a través de la que da hacia la calle.

El pavimento, el barrio, la ciudad están menos fríos y hasta se encienden con el paso apurado del bebote, de este regalo de la vida. Vuelve la cara y descubre la mía enterrada a nivel de la acera, observándolo, y me vuelve a despedir con una de sus enormes manos enguantadas. Pasa por el costado del auto con el hombre al timón. Siempre ese SUV, no sé si el mismo hombre, está esperando recoger a alguien que nunca llega. ¿Estaré psiquiátrica o será verdad que me siguen los pasos? El hecho de acostarme con un adolescente, y lo peor, enamorarme de él, responde esa pregunta con absoluta claridad, me digo muerta de risa.

Me aparto de la ventana, vuelvo a la realidad. Me dispongo a recoger la cama y a limpiar. Hoy no usaré el ambientador y no pondré ningún odorífero en el baño ni en la cocina. Ni siquiera encenderé incienso para mi Buda, ni una vela para mi Eleguá. El sótano está impregnado de la frescura y la humedad destiladas por la epidermis de ese niño que no lo es. ¿Qué mejor propiciador de armonía? Hoy no quisiera bañarme. Que todo huela a él este día, quizás el último.

El cardiólogo no está contento con mi nuevo marcapaso, ni me preocupa, mis santos lo saben. No le he hablado al médico de los cuarenta años que sobrevuelan a los de mi bebé, no me dejaría estar con él, creo. Me sigo riendo. Si voy a morir hoy o mañana, que sea envuelta en el olor de Phil, en las risas provocadas por esta preciosa travesura.