
Signo del nuevo EE.UU. que emerge de la crisis:
"La vieja GM ha muerto", dijo James Womack, director de Lean Enterprise Institute, una organización que promueve eficiencia en la manufactura y el comercio, casada en Cambridge Mass. "Aquel enorme gigante que fue la mayor empresa automobilística del mundo ya no existe".
A GM no lo queda más remedio que reesturcturarse y presentar un plan que lo pruebe. Se habla de un jefe de reestructuración que guíe a GM durante el difícil proceso, en este caso Frederick Henderson (lo mismo habían hecho Lehman Brothers y Enron cuando aplicaron para bancarrota). Rick Wagoner, CEO de la compañía por los últimos 6 años, ha sido despedido y la prórroga se extiende hasta fines de mayo. ¿Vaticinio? Se espera un GM más pequeño, rentable, productora de autos eficientes y funcionales, concentrada ahora en dos divisiones: Chevrolet y Cadillac. Ni más tanques Hummers, ni SAAB (ambas serán vendidas al mejor postor). GM se deshace de su Saturn y del Pontiac. Finalmente se separa de su división europea (que era más exitosa que la americana: terminan separándose). La nueva GM tendrá como mayoría de shareholders a su propia unión (el 50% paquete de beneficios será financiado por esta última). Para los expertos, el mensaje del presidente redefine de por sí la relación clásica existente entre la industria automotriz y el gobierno durante el siglo XX. Más que eso, la reestructuración -y posible reemergencia de GM- apunta al nuevo paradigma económico que se avecina. Compañías más diversas, eficientes y flexibles, que se proyecten con vista al futuro, centradas en el medio ambiente. Corporaciones con una nueva cultura de códigos éticos responsables que prevengan los excesos del pasado. Obama dejó claro que el gobierno no tiene interés en dirigir las operaciones de GM ni Chysler (aunque debe añadirse), ni otro remedio.

































