martes, 1 de septiembre de 2009

Guaguancó/la historia de mi vida (continuación)


En Chicago nadie habla de enfermedades ni de muertos. Tampoco yo, lo he aprendido en estos treinta años. A los enfermos les enviamos flores y una tarjeta cariñosa, y a los muertos los queman y los despachan hacia Cuba donde, se comenta, los han confundido con sopas rápidas, los han hervido y se los han comido mojados con pan. En esta ciudad nadie habla de los muertos ni de los enfermos, cada uno vive como puede y se muere cuando le toca. Nadie habla de los muertos, después de enterrados o enviados para Cuba en cajitas de sopa rápida, o en ánforas, como se hace ahora con permiso para volar. Nadie vuelve a mencionarlos, si casi no hay tiempo para los vivos, cómo va a haberlo para los muertos. De cualquier forma, Rosario no hubiera querido un velorio como el de mi padre, donde se contara la historia de su vida.

Mi hijo buscó y contrató al tipo con su laptop, le dimos las fotos, las escaneó e hizo las dispositivas. “La historia de mi vida”, rezaba un letrero grande en una esquina, que mi hijo pintó en cartulina blanca y letras negras, a un extremo de la caja donde yacía el historiado con las manos cruzadas sobre el pecho en falsa pose beatífica. Quienes de sobra sabíamos que había sido mitad bueno y la otra mitad malditamente tenebroso, nos callamos, pues se trataba en definitiva de su velorio, de mi padre. Las dispositivas empiezan a proyectarse con un fondo musical cubano, Clara y Mario, adorados por mi padre a pesar de la sobrada y sabida mariconería de Mario.

Lo último en tecnología al servicio de los difuntos, de sus historias. Las fotos de Cuba. Las de sus amigos del barrio. Las de su boda con mi madre. Las de sus hijas pequeñas. Las de la familia con los vecinos. La última foto en Cuba. Así dice el letrero, en inglés y español, antes de que aparezcamos mi hermana y yo con la indumentaria y los pelados del año setenta, el de los diez millones. El sol, las mangas cortas, tanto brillo. Gente en chancletas, conversando, tocándose o sentada en los portales, es increíble haber vivido rodeados de tanto resplandor, de tanta luz en el aire. A los que nos gusta comprar y acumular, no nos interesa la luz del aire: es gratis y se desperdicia. ¿Qué valor tiene lo que no podemos mostrar como nuestro, si lo puede compartir todo el mundo?

Siguen las fotos. El exilio en Chicago, los abrigos, los días nublados, una cerveza en la mano, una cadena de oro, o dos, el carro y nosotras con las gangarrias, los vestidos y zapatos que habíamos deseado y ahora poseíamos y ostentábamos. Viene la primera casa que compraron mis padres a través de un programa especial para compradores primerizos, nadie nos leyó las cláusulas en letra pequeña que nos arrastraron a la bancarrota. Los abrigos, los días nublados. Las vacaciones en Miami Beach, el sol, una cerveza o dos. El sol de Cuba, aunque no idéntico, se paga por él. Siguen las fotos. La segunda casa. Mi hermana y yo hemos aprendido inglés, ella mejor, es la intelectual de la familia, nadie nos va a poder engañar, si bien volvieron a intentarlo, volverán a intentarlo siempre, pues de eso se trata.

Siguen proyectándose las fotos convertidas en diapositivas, con sus explicaciones. La fiesta del Open House para inaugurar la residencia, con la familia y las amistades. Las bodas de sus dos hijas, los abrigos, los días nublados, la cerveza Modelo, las quesadillas y los burritos, la mitad de Chicago se ha vuelto mexicana. Las Mañanitas junto a Celia Cruz, Willie Chirino y Miami Sound Machine. El bautizo de los nietos, los abrigos, los días nublados y las tormentas de nieve, las bodas de los nietos, la gordura de todos, la depresión inconfesable de la mayoría.

La computadora nos proyecta en la pantalla, a un lado del cadáver de mi padre, debajo del letrero “La historia de mi vida”, en inglés y español, y me pregunto si queda algo de esas personas. Mi madre muere primero, hay varias fotos con el balón de gas y la expresión perdida de Nena, mi madre. A alguien se le han escapado esas imágenes. Alguien, sin querer, le dio esas foto al tipo que escaneó la historia de la vida de mi padre, seguro fue uno de mis hijos. Se sabe cuán descuidados son los jóvenes, ¿cómo van a poder cuestionarse por qué se pasan la vida corriendo y carecen de tiempo? Tiempo es sinónimo de dinero. La libertad es una caza constante de dinero. ¿Cómo coño se puede ser joven sin disponer de tiempo?

Es imperdonable que se sigan proyectando esas fotos de mi madre con su expresión perdida, acompañada por el balón de gas, y no se puede hacer nada, la computadora repite la historia continuamente, habría que pararla y mi hermana no va a estar de acuerdo, la gente sigue llegando. Salen a fumar al portalito o bajan al sótano de la funeraria a tomar café y comer dulces, si los evangelistas los joden, o simplemente porque están aburridos de contemplar “La historia de mi vida”.

A partir de la última foto de mi padre con mi madre, él se ve cada vez más triste, más solo aun rodeado de hijos y de nietos. Hasta que aparece una imagen suya también con el balón de gas, en qué mierda estaba pensando mi hijo al escanear las fotos y dárselas al tipo de la laptop. Ahí está el resto de la familia, arropada por abrigos, aplastada por los días nublados.

Mi padre se ve muerto. Sin embargo, le quedaban fuerzas para masturbarse mirando las películas y las revistas pornográficas que a escondidas le compraba mi hijo, lo escuché una vez resollando de gozo, cercano a la muerte como estaba. No valió de nada el escándalo que les metí a él y a mi hijo, quien traía las películas y las escondía antes de que yo llegara del trabajo. ¿De dónde sacaba fuerzas ese viejo medio muerto, para excitarse, eyacular y todo? Los hombres no tienen remedio. Si hubiera sido joven en esta época, me hubiera metido a monja o a lesbiana.

Cientos de fotos siguen contando la vida del fallecido. Se le ve, cerca del final, repasando la historia de la vida familiar, en los tres álbumes dentro de los cuales la hemos ido registrado. Una hija, mi hermana, le pasa la hoja del álbum, demasiado pesada para él, y mira sin expresión, para entonces había terminado la diversión pornográfica y se había intensificado la conversión evangélica. Mi hermana le habla, pasa la hoja, le recuerda lo felices que fuimos, se lo exige, él está muerto. No se morirá hasta dentro de seis meses, tal vez está muerto desde que a su mujer la ahogó un cáncer, quizás estaba muerto a pesar de sus masturbaciones alborotadas con eyaculación y todo, y de la mirada enfocada en el culo de la enfermera que iba a atenderlo por la mañana. O acaso estaba muerto desde antes, en medio de tantos abrigos y tanto frío, de la cerveza Corona o la Modelo mexicanas, los burritos y los tamales de maíz seco que siempre odió, y por haber escuchado tanto un idioma ininteligible para sus oídos y árido para sus emociones.

Tú nunca hubieras querido un velorio así, Rosario. Lo sé, por eso en parte me alegro de que tu hermana te quemara y ya. Regresaste a Cuba, no como hubieras querido, es cierto, la realidad no tiene por qué siempre amoldarse a los deseos de una, no está en la obligación de complacernos constantemente, eso decías al ver mis frustraciones y ansiedades. Espero que tu hermana para ahorrarse unos dólares no te haya enviado dividida en paqueticos de sopa rápida, recurso innecesario en estos momentos, y hayas aterrizado en La Habana metida en una cajita de aluminio, envuelta en papel de regalo, amarrada con un lazo o algo así.

Si algo te obsesionaba, era la seguridad de que te quemaran. Habías leído lo que hacen con los restos del incinerado, renuentes a disolverse con el fuego. Leías como una demente. Tenías tiempo y le sacabas el máximo. Eras una negra fina, de inglés exquisito. Estabas “desabilitada”, no incapacitada como decíamos en Cuba, y aprovechabas el día de mil modos distintos, lo explotabas, te lo devorabas de una cosa en otra, sin perder tu sonrisa, tu serenidad, la paz que contagiabas, sin demasiadas quejas.

Estábamos en tu camota de chismorreos, me explicaste lo de la incineración pre-pagada. Los huesos partidos que no quema el fuego, los meten en una trituradora especial, la llenan, la tapan y la encienden. Ese ruido debe ser espantoso. No puede sonar igual que una batidora. Tal vez sea como el sonido producido por los hielos molidos. No, lo que quede de los huesos debe estar más débil que el hielo, después de haber pasado por el incinerador. Igual, susurraste, no estaré ahí cuando me quemen y me trituren. Te miré. Me dejaste desquiciada con el cuento de la quema y la trituración, y arriba, esa sonrisa con la cual habías soltado el disparate. ¿Y dónde coño ibas a estar?

Te habías tomado muy en serio a tus santos y a ese Buda panzón con incienso y velas colocados en uno de los closets. Recuerdo cuánto me reí con eso de que la muerte era la peor mentira en que vivíamos porque determinaba el resto de las demás y formaban una lista infinita de falsedades. Una mentira fundamental era la base de las subsecuentes mentiras que nos aterrorizaban: la muerte, la enfermedad, la soledad al final, el abismo abierto. ¿Dónde coño ibas a estar? Llegué a pensar que estos cuarenta años de frío habían acabado por desajustarte la cabeza.