lunes, 4 de mayo de 2009

The Informers




Rosie Inguanzo

Es 1983, esa prehistoria. Algún cr
ítico la describe como novela rosa del infierno. Otro personaje es la música -que también nos marcó a nosotros (en aquella Cuba hermética fueron Billy Idol, New Order, Adan Ant…), Simple Minds, Men Without Hats, A Flock of Seagulls, Devo y Wang Cheng, música de fondo para una década. Es otra cara de los ochenta menos sangrienta que Scareface, pero más superficial e igualmente siniestra. Más joven, más perdida, más bella. Carpe Diem para una década marcada por el Sida: todos estos jóvenes rotundamente hermosos y drogados se sortearon la vida en la ruleta de la epidemia que barrería con cada uno de sus ardores. Basada en una novela de Bret Easton Ellis (American Psyco, Less than zero), quien también es cooproductor ejecutivo, es dirigida por Gregor Jordan, cuya cámara ausculta Los Ángeles con ojo de águila, deleitosamente fotografía bacanales de droga y sexo, protosentimientos suspendidos en burbujas de champán y humosos asteriscos de canabis. Los hijos de los Baby Boomers habían heredado todo el desconcierto enajenado y amoral de sus padres, más dosis tóxicas de independencia generacional carente de remilgos éticos. El protagonista vende drogas a una elite de congéneres adinerados pidiendo el agua con señas: “Necesito que alguien me diga qué está bien y qué está mal” se queja. Kim Basinger, igualmente anestesiada, hace lo que puede empastillada, para sobrevivir a un marido tecato, Billy Bob Thornton, que ¿ama? a otra –una Winona Ryder esquelética. Kim -cuyo personaje comparte amante con su hijo- bien se merece un Oscar por la modesta escena en que a dos voces temblorosas provee una jeringuilla cargada al marido, mientras dispara un discurso arquetipo, reclamando una cordura que se les escurre a todos. Las voluntades de estos seres parecen haber sido extraídas por vía intravenosa. Corran a verla en los cines ahora.