lunes, 23 de febrero de 2009

Vigencia del Joker


Jesús Rosado

Dos complacencias en esta edición 2009 de los Oscar. Una, el premio merecido a Penélope Cruz. Otra, el otorgado póstumamente a Heath Ledger por su Joker. El desaparecido actor no sólo es convincente en su rol de sicópata criminal disfrazado de clown, sino que infunde al desempeño un aliento shakesperiano que le augura un legado. Pero, lo más interesante es que el triunfo del siniestro personaje de Ledger coincide con toda esta secuencia espectacular de revelaciones de lo que podemos calificar categóricamente como los más sonados escándalos de corrupción en la historia de USA. Hay algo simbólico en el Joker que se conecta con la pululante elitización del crimen en la sociedad norteamericana y en las del resto de las naciones industrializadas. Un fenómeno desalentador que invita a pensar que la práctica del castrismo se ha expandido por las cumbres del poder capitalista. Puede parecer forzado el atribuirle al arquetipo cínico e inescrupuloso recreado genialmente por el actor una correspondencia ética con el presente histórico, pero pregunto ¿no queda pálida toda la astucia amoral del Joker ante el vandalismo sofisticado de los cleptócratas de última hora? Estoy seguro que entre las disparatadas aberraciones del antihéroe de The Dark Knigth, el ejercicio real del poder en la contemporaneidad y la expansión del saqueo aristocrático a escala global hay evidentes asociaciones semióticas y la actuación lograda por su intérprete resulta en sulfúrea parodia de convergencias aún insospechadas. Con esa premisa no habría por qué dudar que Ledger no solo asumió brillantemente la piel del villano más reconocido en la tradición comic, sino que al estilo de bestias de la gran pantalla como James Dean o Marlon Brando, también se involucró en un compromiso de activismo crítico ante las porquerías sociales de su época. Ahora esperemos que los sucesores de Ledger interioricen papeles al mismo nivel de excelencia cuando les toque en un futuro acometer los perfiles de la vileza. Para entonces, quizás no se trate del Joker. Serán argumentos en que la canallada tomará apellidos investidos de más glamour como el de Madoff o el de Stanford.