
Por Manuel Sosa
Tendréis que excusar mis inoportunos reclamos en mitad de vuestra euforia, cuando las copas se alzan festejando el hecho de provenir todos de un mismo vientre, una matriz de aparente ensueño. Y es que ese vientre nunca ha resistido siquiera el más leve embate, deshaciéndose en su propia insipidez mientras cada vástago danza previsible, abarcable. Nada me cuesta admitir que descendemos de un clan cegado por el entusiasmo, llevado a alimentarse de mitologías veraniegas, armado de maracas y otros instrumentos pueriles: nunca de sutileza. Nada me cuesta admitir que nuestra patria es un hervidero de apóstoles, caudillos y trozos de mármol que la chusma idolatra. Nuestro esmirriado paisaje de palmeras, aves de rapiña y fachadas agrietadas desborda las acuarelas que pregonan en la plaza cada amanecer. Los símbolos que enarbolan, el pabellón de consabidos colores, los sones de tres acordes nada me inspiran salvo un asco profundo que vacía mi cuerpo a cada instante. Tendréis que excusar esta disidencia, o apostasía, o tozudez de no danzar nunca al son unánime en que se agita la muchedumbre.






























